Álbum familiar en Bizkaia


Álbum familiar en Bizkaia
Del 27 al 31 de diciembre 2024 / 2 al 4 de enero 2026
A mi familia adoptiva y a Piluca

Dicen que los amigos se eligen, la familia no. En mi caso, yo elegí mi segunda familia, los de La Fuente Cárdaba me adoptaron, allá por los 80, y desde entonces el álbum familiar no ha dejado de crecer. Mi relación con Bizkaia es de cariño, de familia, de amistad pura y verdadera. A lo largo de mi vida, gracias a ellos he descubierto muchos rincones de esta provincia pero me quedaba una asignatura pendiente y era la de dedicar un diario viajero a Bizkaia. Así que, aprovechando las ganas de verles una vez más, reservamos  cinco días para recorrer la costa, adentrarnos en los pueblos del interior y pasar unas horas con ellos. La “Kapi” merece un capítulo aparte, pero aunque no nos dio tiempo a patearla una vez más, esta vez por un triste motivo, volvimos al año siguiente a culminar nuestra ruta.

Viernes 27: Mirador de Goiuri – Orduña – Areatza – Gernika –Ondarroa – Lekeitio
Antes de meterme en materia, decir que un sol resplandeciente nos acompañó durante toda la ruta en pleno mes de diciembre, ¡impagable!. La primera parada no estaba prevista, no sabía que nos íbamos a encontrar con un mirador espectacular en la provincia de Álava. Se trata del mirador sobre el río Oiardo. Hay que andar unos 500 metros, entre verdes prados, desde el parking hasta una zona habilitada frente a la cascada del río que se precipita en caída libre. Merece la pena, fue una sorpresa para nosotros y para Tuca y Lola que disfrutaron tanto o más que nosotros.  (Conviene ir en meses de deshielo o de lluvias, en verano cae muy poca agua). Cascada de Gujuli – YouTube

En la Frontera de Álava con Castilla, dejamos el mirador y enseguida encontramos el primer pueblo que nos daba entrada al Señorío Bizkaia: Orduña. En realidad, geográficamente es un islote vizcaíno en medio de Álava y en el camino de Castilla hacia el mar.

Al igual que Balmaseda fue un enclave aduanero y comercial de gran importancia durante la Edad Media. Una localidad histórica, a los pies de la Sierra Sálvada, una muralla natural de 25 kms de largo, imponente y majestuosa, que goza del título de Ciudad, desde el año 1229, siendo la única en la provincia con ese rango. Desde el primer momento que empiezas a caminar por su centro peatonal, de calles adoquinadas, se palpa la historia, con sus luces y sombras, como el gran incendio que asoló la ciudad en el año 1535, o el hecho de haber sido testigo de un campo de concentración de prisioneros encarcelados por Franco entre 1937 y 1941, llegando a someter a 50.000 personas a condiciones infrahumanas. De hecho, el Ayuntamiento ha designado un lugar en el cementerio municipal para el recuerdo y homenaje de todas las víctimas del fascismo que perecieron en Orduña, tanto en el campo de concentración como en la prisión central.  Se llama el Panteón de la Memoria.

Su centro histórico medieval es el de mayor envergadura de toda Bizkaia. Amurallado, palaciego, deslumbra al viajero. Nos perdimos por las calles aledañas a la majestuosa Plaza de los Fueros y cuando accedimos a ella finalmente, nos quedamos sin aliento, parados, alucinados. Es enorme, de hecho, es la mayor plaza ferial medieval del País Vasco. Con todo el perímetro porticado, mires donde mires, quedas rodeado por edificios históricos de gran belleza, como el Ayuntamiento o la Iglesia de Santa María. Fácil imaginar cómo Orduña se convirtió en capital del comercio en el Medievo, con sus propios privilegios y aduanas. Por ejemplo, en el edificio de la Aduana, que se distingue por sus trece arcos de medio punto, se abonaban los diezmos y aranceles que se aplicaban a las mercancías que pasaban por la localidad, y que en parte fueron utilizados para arreglar las condiciones de la Calzada Real por donde circulaban los arrieros con todo tipo de productos. Detrás de la Aduana, se encuentra el Palacio Olaso, de estilo neoclásico, que compite en belleza con el Palacio Mimenza de estilo Renacentista o con el Palacio Díaz Pimenta de estilo Barroco. Burguesía, comercio, Casonas palaciegas,  Orduña huele a maravedíes… Con Tuca y Lola excitadas, olisqueando todo y por todas partes, no es fácil pasear tranquilamente. Nos paramos a comprar lotería en uno de los soportarles de la plaza y seguimos los pasos de Tuca la exploradora que nos llevó hasta las murallas de la Villa. Antiguamente el recinto amurallado llegó a alcanzar 2 kilómetros de largo, hoy en día se mantienen dos terceras partes. El tramo más visible y que han restaurado con un paseo muy bonito es el que se encuentra junto a la Iglesia de Santa María.

Nos gustó mucho esta localidad. Seguíamos con buen pié nuestra entrada al Señorío de Bizkaia por su parte más sureña. Siguiente parada: Areatza. Para llegar hasta este pueblo metido en las entrañas de los bosques bizkaitarras, recorrimos varios tramos de carreteras comarcales sinuosas, entre Baserris enormes, sombras de hayedos y riachuelos que serpenteaban los laterales del asfalto. Areatza, en el Valle de Arratia y arropada por la cumbre más alta de BIzkaia, el Gorbeia, es otra villa medieval que merece el recorrido a pie, caminando sin prisas.

Aparcamos justo al lado del río Arratia, que atraviesa en longitud, como una espina dorsal, todo el centro histórico. No tardamos en llegar a la plaza consistorial, donde nos encontramos junto al edificio del Ayuntamiento de estilo neoclásico, dos palacios, el de Gortazar y el de Riscal. La plaza no era tan grande como la de Orduña, ni mucho menos, pero la descubrimos con las mismas ganas. Había animación para ser un viernes. Niños jugando al fútbol mientras los padres tomaban el aperitivo en las terrazas al aire libre. Sí, diciembre pero el sol invernal seguía siendo nuestro compañero (de hecho, tuvimos la suerte de que no nos abandonó durante toda la estancia). La terraza más grande estaba abarrotada, seguimos por la calle mayor, y encontramos otra terraza más sombría de un bar de los de “toda la vida”. La barra de pinchos no tenía mucho atractivo, la verdad. Pedí una caña y un vino y no me lo pensé, justo al lado entré en una tienda y compré embutidos, pan y queso y nos hicimos un pic-nic de órdago. Así, “pensat y fet” como dicen los valencianos, juntamos el vermú con una comida improvisada en Areatza, en las faldas del Gorbea.

El café de sobremesa nos lo tomamos en otra plaza, en la de nuestro siguiente destino, nada menos que la Capital sentimental de Euskadi: Gernika. Gudaris y Patria, la cuna sentimental de Euskadi tiene su lugar aquí, en el pueblo más castigado de la Guerra Civil cuya memoria pervivirá para siempre en el cuadro más famoso de Pablo Picasso. Aparcamos cerca de la plaza mayor, y enseguida localizamos una terraza para tomarnos el ansiado café de sobremesa, mejor dicho, de “sobrepicnic” improvisado. El aire era fresco para sentarnos en terraza pero los rayos de sol invernales seguían siendo nuestros aliados. Seguimos el paseo hacia la zona más alta de Gernika, dónde se escribe la historia de Euskadi. Antes de llegar a la Casa de Juntas y al archifamoso “árbol viejo de Gernika”, cruzamos una enorme plaza, conocida como “Pasileku” o Plaza de la Unión, dónde vimos la escultura en honor a los Gudaris, los soldados del Ejército Vasco que lucharon en la Guerra civil, defendiendo los ideales de la República y del Partido Nacionalista Vasco. Hay que caminar hacia la parte alta de Gernika para acceder a la Casa de Juntas, donde se celebran los plenos de las Juntas Generales de Bizkaia y al famoso roble que preside el jardín de la Casa de Juntas, donde se celebra la toma de posesión y el juramento del Lehendakari. Aquí también se constituyeron los Fueros, un conjunto de leyes que hacen que Euskadi goce de cierta autonomía respecto a otras comunidades del país.

No accedimos al interior de la Casa de Juntas, estaba, en ese momento cerrado al público. Dejo aquí un tour virtual: Batzar Etxea/Casa de Juntas. Sí que dimos un buen paseo por el Parque de los Pueblos de Europa que se encuentra detrás de la Casa de Juntas. Inaugurado en 1991, el Parque se distribuye en cuatro áreas, en la parte norte, vimos esculturas de Chillida y H. Moore entre árboles, en el Este se distinguen los cuatro ecosistemas de Euskadi atlántica: hayedo, robledal, encinar y vegetación de la ribera, en la parte sur del Parque vimos un riachuelo que desemboca en un estanque, donde vimos a varias parejitas echando la siesta y el resto del Parque lo disfrutamos paseando por un jardín clásico. Merece la pena pasear por este Parque, es un sitio muy agradable. A mí, me encantó, volvería sin dudarlo.

Atrás quedaba Orduña, nos estábamos acercando a la Costa y dejamos Gernika a media tarde con la intención de iniciar la ruta por la costa Vizcaína desde Ondarroa, límitrofe con la costa Guipuzcoana. Conforme nos fuimos acercando, el sol invernal desaparecía por momentos y una niebla espesa nos invadió con tal fuerza que el “Ongi Etorri a Ondarroa” desapareció en un instante. Una cosa increíble, como si de repente al pueblo costero se lo hubiese tragado una nube espesa. A duras penas llegamos al puerto, no se veía un pijo, nothing, la nada más absoluta. Quise aparcar pero tampoco vimos un hueco. Vuelta a la rotonda y Agur Ondarroa, rechazo a primera vista, de amor nada, ni olerlo. Fue salir de allí y a unos 5 kilómetros ya se hizo la luz, el destino no quiso que conociésemos este lugar, así que lo dejamos como asignatura pendiente: Ondarroa | Pueblos y ciudades del País Vasco | Turismo Euskadi

En Lekeitio, última parada del día, tuvimos más suerte. Primero fuimos al hotel para dejar las maletas y hacer el check in. No está en el pueblo, está a unos 5 minutos en coche pero, merece la pena, las vistas de “Villa Itzaso” sobre el mar son increíbles. Construida en 1883, por el geólogo Ramón Mª Adán de Yarza, como Casa de Veraneo, en la época de los baños terapéuticos de mar y de sol, de los balnearios en los que se alojaba la burguesía de la era de la industrialización. El caserío principal mantiene la decoración del s.XIX, nosotros nos alojamos en unas habitaciones más modernas que dan al jardín, como pabellones acristalados (las mascotas no se alojan en el edificio principal con suelos de madera decimonónicos). No pudimos disfrutar mucho de las vistas, a las 6 de la tarde y en diciembre, se nos echó la noche encima. Dejamos a las “niñas” calentitas y recién cenadas en la habitación y nos fuimos a dar una vuelta al pueblo.

Lekeitio es sencillamente espectacular. Aparcamos a unos metros de la entrada al centro histórico y nos dejamos llevar por las calles del casco antiguo que conducen a la joya de la corona, el puerto pesquero. Ambientazo el que había un viernes invernal, a pesar del frío y la humedad de mar. Caminamos hasta el rompeolas frente a la isla de San Nicolás. Con bajamar vimos la pasarela que une el puerto con la isla formando dos playas. También vimos una trainera que entraba al puerto y a un pescador remendando redes en una bajera. Toda la postal completa, sólo faltaba un txacolí y unos pintxos. Niños corriendo y jugando, parejas paseando, abuelos charlando, todo el pueblo se había dado cita en el puerto. Destaca la Iglesia- Basílica de Santa María, del siglo XV y estilo gótico. Con la iluminación nocturna de su fachada, nos impresionó aún más. No pudimos entrar en ese momento, estaba cerrada, una pena…Dejo aquí un video que explica cómo se financió esta basílica (atentos al valor de las lenguas de las ballenas), Vídeo: La Basílica de Lekeitio fue costeada por el corsario Iñigo de Artieta.

Para cenar elegimos un bar con raciones y bocatas. Pedí la carta en castellano y no la tenían, así que echando imaginación y memoria de mis escasísimos recuerdos del lehenengo urratxa allá por 1990 en AEK, conseguimos cenar sendos Bokatas que nos supieron a Gloria Benditakoa. Qué frío hacía y qué humedad al volver al coche para resguardarnos en el hotel…Cómo me gusta el mar y qué poco la humedad que conlleva. Con la caminata, fuimos entrando en calor pero llegar a nuestra habitación con Tuca y Lola calentándonos la cama, ajenas al frío y a todo, fue otra bendición.

Sábado 28: Ea – Elantxobe – Mundaka – Bermeo – San Juan de Gaztelulatxe – Bakio
A menos no sé cuántos grados amanecimos en el hotel con vistas… A Room with a view se llamaba la película… pues el título de nuestra película sería An Hotel with a view. Primeras luces de un amanecer que teñía de rosa el horizonte y rompía en un mar azul con el islote de San Nicolás en primer plano. El paseo mañanero de Tuca y Lola por la propiedad del hotel no duró mucho, las princesas tampoco se acostumbran al frío, más bien son de chimenea y manta. Nos costó despedirnos pero teníamos que seguir…Lo dicho, navegantes, parada y fonda en el Hotel “Villa Itsaso”, nos os arrepentiréis. Página principal – Hotel *** Villa Itsaso,

Para desayunar en el hotel, había la opción de ir a recepción y recoger una bandeja con el desayuno y llevarlo a la habitación. Pero optamos por parar en una pastelería (Goxotegia), muy cerca de la Basílica y hacer acopio de varias “joyas” recién sacadas del horno. Como no era fácil aparcar en el centro para tomar café, seguimos ruta hacia nuestro primer destino del día, un pueblo de nombre corto, llamado Ea. Antes de llegar, paramos en un bar de un pueblo que se hizo tristemente famoso por un atentado de ETA que se cobró 6 guardias civiles. Este pueblo con nombre casi impronunciable se llama Ispaster. El Bar, en la calle principal, nos recibió con las puertas abiertas de par en par, pese al frío congelador que se colaba sin miramientos. Cafetito y las joyas de la Goxotegia con Tuca y Lola acurrucadas a nuestros pies. Una parroquiana simpática nos saludó y empezó a hablarnos de lo que le gustaban los perros. Como siempre digo, mi estructura social se divide entre los que aman los animales y los que no (a estos últimos procuro no acercarme).

Llegar a Ea fue un descubrimiento total, además no había un alma y disfrutamos del paseo los cuatro sin ruidos, en calma. El centro urbano de este pequeño pueblo costero de apenas 800 habitantes, discurre a ambos lados de su ría que desemboca en el mar cantábrico. Para salvar el cauce natural, Ea cuenta con 4 puentes que facilitan el acceso a ambos lados. En estos puentes radica el encanto de esta localidad, un auténtico cuento de hadas. Al haber estado dividido el pueblo en varios núcleos urbanos en el pasado, cuenta con 4 iglesias y 3 ermitas, nada más y nada menos… Todo cuidado, al detalle, una joyita en la costa Bizkaina. Llegamos caminando hasta la playa urbana de Ea, y nos entró tal emoción que casi pierdo el móvil. Menos mal que me di cuenta a tiempo, y lo encontré en la arena.

Muy cerca de Ea, siguiendo por la costa, llegamos a otro pueblo bonito (aunque lo de Ea fue el mayor flechazo). Para llegar a Elantxobe, donde está estudiado que hay más mozos viejos por km2, hay que bajar hasta el nivel del mar desde la carretera costera unos kilómetros. Llegar al puerto de este pueblo en vertical merece la pena. Salvando las distancias me recordó un poco al precioso pueblo de Cudillero en Asturias. Las casas en pendiente, caen al mar sobre la ladera del cabo Ogoño. Unidas por estrechas y empinadas calles de piedra, forman junto al puerto pesquero una de las estampas más visitadas de Euskadi. Aparcamos con suerte al lado del puerto y después de un breve paseo, encontramos una terraza al sol para tomarnos un txacolí bien fresco y unas gildas de aperitivo. El sol nos regaló unos minutos gloriosos, nos costó volver a coger el coche para seguir con nuestra ruta, aunque el siguiente destino que nos esperaba nos animó a levar anclas y dejar Elantxobe atrás.

Sí, Mundaka, otra vez volvimos a disfrutar de esta maravilla de la naturaleza. Creo que hay pocos lugares que dejen una huella como este pueblo costero a orillas de una reserva de la Biosfera. El mar se mete hacia dentro como una gran lengua de agua que invade el paisaje con la pleamar y retrocede volviendo a su origen con la bajamar. Y este fenómeno de la naturaleza que produce una de las mejores olas para los surfistas de todo el mundo, tiene nombre: Reserva de la Biosfera de Urdaibai, un espacio formado por amplias marismas y 12 kms de arenales que dan cobijo a miles de aves migratorias. Amenazada ha estado esta maravilla ecológica, aunque parece que finalmente ha primado la cordura. Querían hacer 2 nuevas sedes del Museo Guggenheim en la zona, una en la antigua fábrica Dalia de Gernika y en los astilleros de Murueta, en plena reserva natural. 17 años desde que se anunció el proyecto, 17 años de protestas que han culminado en la paralización del proyecto. Menos mal…
https://youtu.be/GLy7kI6P1tc?si=PsJw0YCgaTdyzh61

 Mundaka es sobre todo su puerto y su centro histórico, un peñón de tierra rodeado de mar. Merece la pena abordar el pueblo desde la costa, desde su lado sur, para llegar al pequeño puerto pesquero que se cobija del mar abierto entre calles, ambiente y bares llenos de parroquianos a la hora del txacolí vermutero. En nuestro paseo vimos a un grupo de chicas bañándose en las rocas, cerca del puerto. Brillaba el sol sí, pero seguía siendo diciembre y no quiero imaginar a qué temperatura estaba el agua….Entre la Casa Consistorial y el Palacio Larrinaga apostamos por mimetizarnos con el ambiente y sumarnos al vermú tardío que no cesaba… Uno, dos, tres txacolís, la cosa empezaba a ponerse seria. ¡Ambientazo en Mundaka!

Para comer ya era un poco tarde, y en vez de quedarnos en Mundaka seguimos ruta hacia Bermeo. Otro puerto pesquero a no perderse en la costa Bizkaitarra, una de las localidades más pobladas de la comarca. Al llegar por la carretera costera, deslumbra el puerto emblemático de Bermeo, un puerto que ya existía en el s.XI y que desde entonces, hasta la fecha, ha sido y sigue siendo el motor económico de esta villa pesquera, antiguamente amurallada.  Rodeado de casas de varios colores, el puerto del que salieron durante muchos años a pescar ballenas, sigue vivo y a pleno rendimiento. Yo creo que junto a la plaza mayor, la imagen que más impacta y más queda en el recuerdo de Bermeo es sin duda, la del puerto viejo. Nos fue imposible aparcar en la zona del puerto, y al final opté por tirar hacia arriba, y conseguir las mejores vistas sobre el mar, detrás del cementerio. Sorpresas de la vida… Improvisamos de nuevo un pic-nic con unas vistas increíbles sobre el Mar Cantábrico, una auténtica pasada… Estos rincones no se citan en las guías turísticas pero desde aquí recomiendo sí o sí subir hasta el cementerio de Bermeo y pedir “mesa” en la parte trasera, frente al mar. No encontraréis mejores vistas en ningún sitio.

La joya de la Corona la dejamos para el final del día… Muy cerca de Bermeo se encuentra la archifamosa Ermita de San Juan de Gaztelulatxe. Roca tallada por el mar, 241 escalones separan la tierra firme de la ermita que corona el islote. La ermita actual no es la original, se cree que la primera fue erigida en el s.XI y en el S. XII se convirtió en convento. La afluencia de turistas es continua todo el año, para los amantes de la serie “Juego de tronos” y para otros que como nosotros llegamos sin saber que no hay que pagar entrada pero sí hacer una reserva previa por internet: Gaztelugatxe Tiketa 2026. (No me quiero imaginar lo que tienen que ser esto en verano). En la era de la información, y peinando canas, hice lo que ya no hace ningún millenian, preguntar a los locales. Un chico muy majo que atendía un puesto de recuerdos nos reveló el secreto: existe una ruta alternativa para ver la ermita desde arriba, desde todos sus ángulos. Y allí que fuimos, no se tarda nada, empieza por delante del Hotel Gaztelu Begi, un poco más adelante hay un jardín privado con maquinaria de labranza antigua expuesta y siguiendo por ese camino de tierra en pocos minutos se accede a las mejores vistas del dragón de piedra con su ermita en la cima. Sin duda, no se ven mejores imágenes de la isla en ninguna otra parte. San Juan de Gaztelugatxe, una ermita suspendida sobre el mar

Y como colofón del día, acabamos la ruta en Bakio, nada que ver con pueblitos pesqueros como Ea o Elantxobe, en Bakio priman las torres de pisos de los años 70, el encanto de otros pueblos se pierde aquí. Lo que sí tienen es una playa que se la rifan los surferos pero estéticamente no nos dio muy buena impresión, la verdad. Dimos un paseo con Tuca y Lola por el paseo marítimo y buscamos nuestro alojamiento, peculiar, por cierto. Se llama Hosterío Señorío de Bizkaia, admiten mascotas of course, y es como una mansión inglesa de piedra, emplazada en un terreno de tamaño colosal, tipo campiña inglesa en medio de las torres setenteras, una cosa un poco extraña. Las habitaciones son sencillas, de piedra y el desayuno está incluido. Recomendable para viajar con mascotas, sin duda: Hosteria del Señorío, Bizkaia.

Pocas veces suelo tener antojos pero esa noche lo tuve. Me apetecía cenar pescado fresco y más concretamente, rodaballo. Cerca del hotel encontramos un restaurante que lo ofrecían en su carta. Llamé  a la “Taberna Egia”, que así se llamaba, por si acaso y me dijeron que les quedaba 1 ración, así que raudos y veloces a las 9 en punto ya estábamos en una de sus mesas dispuestos a cenar. Cena caliente y rica, la mejor manera de acabar el día… aunque, felicidad no iba a durar muchos tiempo…

Domingo 29: Armintza – Plentzia – Sopelana – Santurtxi – Getxo
Con la peor noticia nos despertamos en Bakio, nuestra amiga Piluca emprendió su último viaje en la noche del sábado al domingo. Estaba enferma sí, pero tan solo unos días antes hablé con ella y parecía que se iba recuperando de su último achaque pero no… la noticia fue un jarro de agua fría que nos dejó devastados. Tardé en reaccionar, no podía creer que no iba a volver a verle, que no íbamos a poder seguir hablando de libros, de política, que ya no volverían las comidas ricas que nos cocinaba. Llamé a mi amiga Pura de Castellón para darle la noticia y desahogarme del dolor que no me dejaba hablar. Pasado un rato me tranquilicé y miré al cielo azul que nos seguía acompañando. Casualidades de la vida, estábamos muy cerca de Bilbao, la misma ciudad que te vio nacer Piluca.

No sabíamos muy bien qué hacer, anular el hotel en Getxo, anular la cita con nuestros amigos.. o seguir con el plan original. En poco tiempo supimos que el velatorio en Valladolid duraría hasta el 31, con lo cual nos reorganizamos para volver a Pamplona, pasando antes por Valladolid y darle nuestro último adiós.

Saliendo de Bakio aturdidos y con pocas ganas de hablar, llegamos a Armintza, otro pequeño pueblo de pescadores tranquilo y sin muchos paisanos a esas horas de la mañana un domingo invernal. La esencia marinera poco a poco iba quedando atrás, conforme nos íbamos acercando a la capital. Lo curioso de este pequeño pueblo es el puerto, tiene una orografía diferente, el acceso por la presencia de grandes rocas en la superficie y en la tierra, hace que se haga difícil, de hecho, ya no entran ni salen barcos pesqueros sino embarcaciones de recreo. Hace como una gran S y es muy curioso, sólo por verlo merece la pena llegar hasta aquí.

A pocos kilómetros, bordeando la costa más occidental llegamos a la señorial villa de Plentzia. Aquí ya no hay tantas casas humildes de pescadores sino palacetes y casonas señoriales. Antiguamente también estuvo amurallada y hoy en día, el único vestigio que queda es el Arco de Santiago. En el casco antiguo de origen medieval nos encontramos con la Iglesia de Santa Mª Magdalena, y el antiguo Ayuntamiento construido en sillería que alberga el Museo de Plazentia Butrón (antiguo nombre de la localidad) donde se muestran piezas históricas.
Eso sí, lo que más destaca aquí es el paseo marítimo por la ría y su extensa playa. Tuvimos suerte al aparcar muy cerca del paseo y aprovechando el sol que seguía brillando, dimos el paseo dominguero con Tuca y Lola que no pararon de “saludar” a todos sus congéneres que se cruzaban por derecha e izquierda. Como los caracoles al sol, todos los vecinos de Plentzia paseando o tomándose un vermut en las terrazas que rozaban el overbooking. Un auténtico lujazo.

Habíamos quedado para comer en Las Arenas con mi “hermano adoptivo” Arturo y Esti, su mujer. Pero antes, también aprovechamos para tomarnos el vermut en Sopelana con mi prima Paula, Xabi su pareja y Cloti su peluda (como dice mi prima, Tuca, Lola y Cloti también son primas, faltaría más). Muy cerca de Plentzia, quedamos en un chiringuito al borde de un acantilado frente al mar. Ellos viven muy cerca, con unas vistas increíbles. A tope estaba todo, no cabía un alfiler, en el chiringuito que se llama “El Peñón de Sopelana” no había un rincón libre, y mesa ni soñando. Fuimos a otro detrás, y allí sí, guardando cola para pedir unas rabas y unos txacolís pudimos disfrutar de un vermut riquísimo con los primos y las primas peludas. ¡Involvidable, gracias prima, gracias Xabi!!!

Toda esta costa desde Plentzia hasta Getxo merece mucho la pena recorrerla, es diferente a la costa de los pueblos marineros que habíamos disfrutado en días previos pero también tiene su aquél. Conforme nos íbamos acercando a la “Kapi”, los puertos pesqueros daban paso a las mansiones de estilo inglés y jardines cuidados frente al mar. Llegamos pasadas las 2 de la tarde a las Arenas, donde nos esperaban para comer nuestros amigos para recibirnos con el cariño de siempre. Por la tarde cruzamos el famosísimo puente colgante de Portugalete y pasamos a la otra orilla para ir caminando hasta Santurce y visitar a mi segunda madre, a mi querida Euge. Allí en Santurce también nos encontramos con Inma “mi hermana adoptiva” y su marido Leku. Es difícil describir el cariño y el afecto que nos tenemos desde que se cruzaron nuestras vidas a finales de los 80 en el pueblo de Milagro, en la Ribera Navarra, cuna de mi familia paterna y destino elegido por muchos vascos para pasar el verano huyendo de la humedad, el asma y abrazando el calor seco.  Tantas y tantas historias, viajes, anécdotas y risas desde entonces hasta ahora. Inolvidables también los días que pasaba con ellos en verano, en Portugalete, cuando me “adoptaban” como una hija más, como una hermana más, la número 8. Nos emocionamos al abrazarnos, como siempre, pero ese día especialmente duro por la muerte de una amiga, el abrazo de mi segunda madre me consoló como nadie, sin ella saberlo, no era necesario contárselo.

El paseo de vuelta a Portugalete caminando fue tortuoso, Lola estaba totalmente desatada, no paraba de echarse encima de Dani, no sé si por los ruidos, por el cansancio o porque tenía sed. Cuando llegamos finalmente se calmó, y nos dejó tomarnos unos vinos en una terraza de un bar de Las Arenas, en pleno mes de diciembre…. Largo día de emociones, brindamos por la vida y yo miré al cielo.

Los planes originales cambiaron, obviamente, en vez de volver a Pamplona por Elorrio y Durango, lo hicimos por Valladolid ya que nuestra amiga Piluca sería enterrada el 31 y quisimos darle nuestro último adiós. Fue duro, muy duro, consolar a Mario, su pareja y nuestro amigo, duro también consolar a la madre y hermanos… No te olvidaremos Pilu…

Viernes 2 de enero de 2026: Elorrio – Durango – Getxo
Siempre hay una buena excusa para volver a disfrutar de mi familia bilbaína, y aprovechando nuestra larga estancia navideña en Pamplona, reservé otra vez en el mismo hotel de Getxo para una escapada de fin de semana. Esta vez la ida a Bilbao pasaría por los dos pueblos que se quedaron en el cuaderno de bitácora el año anterior: Elorrio y Durango.

Me había avisado mi amiga Irantzu de lo bonito que es Elorrio y tengo que decir que le tengo que dar la razón. Un año después no nos acompañaba el sol radiante y excepcional, aunque, Elorrio nos recibió sin lluvia. Aparcamos cerca del riachuelo que delimita el centro histórico. Fuimos caminando y cruzamos una explanada dónde iban poco a poco desmontando los puestos del mercado ambulante. La entrada al centro histórico de Elorrio ya viene cargada de intenciones. De hecho, su casco histórico está catalogado como uno de los más imponentes e impactantes de toda Euskal Herria. Más de 50 palacios, casas torre, casas solariegas y casonas con sus blasones heráldicos, y una Basílica de la Purísima Concepción que alberga los restos mortales de San Valentín de Berrio, un misionero que evangelizó en Vietnam y en Filipinas y murió decapitado en el año 1861. Nació y se crió en Elorrio (hay una ruta que indica la casa-palacio dónde nació, que hoy ocupa la oficina de Turismo, y otros espacios dónde transcurrió su vida antes de marchar a Asia). El paseo arranca en la Plaza Gernikako Arbola, dónde vemos por un lado la Basílica, la fachada del Ayuntamiento y muy cerca, La Puerta de Don Tello, una de las dos puertas que sigue en pie de las 6 con las que contaba la antigua muralla que protegía esta villa señorial. Mires dónde mires este pueblo respira hildalguía. Paramos en un par de sitios a tomarnos los correspondientes txacolís, acompañados de unas tapas que no cuadraban con el entorno, curiosamente, en los dos bares, la misma tapa de los siervos de la gleba, pechuga de pollo reseca con pimiento verde o queso…. Qué menos que unos pintxos “ad hoc”¿no?. En el último bar que estuvimos era como sumergirse en otra dimensión; parroquianos asiduos alrededor de una barra pequeña, todo muy estilo años 70, con música de fondo de Lorenzo Santamaría y dueña a conjunto, con melena muy larga y lacia descorchando el vino cual Agatha Lys.. Ya era tarde, pero seguían vermuteando.

Antes de dejar Elorrio nos dejamos en el tintero del diario viajero, un cementerio, mejor dicho, la Necrópolis de Argiñeta, con un conjunto de estelas y sepulcros, de entre los siglos VII y IX D.C, agrupados en el interior y exterior de la ermita en honor a San Adrián. Un lugar singular que dejamos como asignatura pendiente: Necrópolis de Argiñeta | Elorrio Turismo.

A Durango, capital de la comarca del Duranguesado, llegamos en poco tiempo. Era el otro pueblo que se nos quedó sin visitar el año anterior. A primera vista, Durango es más grande y más capitalino. Aparcamos no muy lejos del centro y caminando llegamos a la orilla del río Mañaria, bordeado por casones, iglesias y edificios históricos que conforman el centro neurálgico de la Villa. Es fácil dejarse llevar y recorrer las calles peatonales que discurren entre el río y una de las dos iglesias principales, la de Santa María de Uribarri conocida por su inmenso pórtico de madera. Es realmente impresionante. Nos quedamos un rato, bajo la gran estructura de madera observando a un artista callejero argentino que cantaba suave, muy meloso, un tipo de Bossa Nova, mientras entraban y salían de la iglesia de estilo gótico, varias beatas que pasaban por delante del músico y no soltaban un céntimo.

Empezó a chispear y seguimos caminando por el centro peatonal hasta alcanzar la plaza del Ayuntamiento con una fachada de pinturas estilo “rococó” bastante curiosas. El Arco de Santa Ana, junto a la Iglesia del mismo nombre, es la única puerta que queda de la antigua muralla. Al Igual que en Elorrio, aquí en Durango se nota el señorío en sus casas y edificios administrativos, que en su día fueron auténticas casas-palacio. Su desarrollo económico se basa en la industria del metal (ferrerías y herrerías) y por ubicarse en una de las rutas del comercio entre Castilla y los puertos de la Costa.

Nos quedó un buen sabor de boca pese a la lluvia, que a media tarde ya se iba arreciando. Además, siendo enero, la luz del día iba cayendo y optamos por retirarnos al que ya hemos elegido como alojamiento habitual en Vizcaya: el Petit Palace Tamarise de Getxo. Para viajar con perro, muy recomendable. Frente a la playa de Getxo, sitio tranquilo, buen desayuno, precios muy competitivos y 100% petfriendly, nada de postureo.

Sábado 3: Laredo e Isla – Cantabria
A primera hora desayunamos y nos preparamos para un viaje al pasado, un viaje de reencuentros con lugares que siguen despertando una sonrisa al recordarlos. Castro Urdiales, Laredo, Santoña, Isla, Noja… , el refugio de muchos bilbaínos en verano y fines de semana, también fueron refugio en mi adolescencia. Cantaban en la radio “Vamos a la playa”, en 1983, las camisetas de Ocean pacific triunfaban (aunque no hubieses tocado una tabla de surf en tu vida) y si no calzabas unos náuticos de piel eras simplemente invisible. ¡Cómo aprovechamos el pisito del ex de mi tía en la playa de Laredo!!. Creo recordar que fueron 2 o 3 veranos, de mañanas al sol en la playa y atardeceres de paseo hasta el pueblo, a la calle Santa María donde se cortaba el bacalao…La discoteca Babel, que seguramente no exista ya, los conciertos de verano en Santander, con uno que me dejó huella profunda, cuando por primera vez escuché la obra “Carmina Burana”. En fin…. Muchos recuerdos que 40 años después afloraban a medida que llegamos a la playa de Laredo en busca de la casa que se han comprado nuestros amigos David y Marian. (Dimos nuestro consentimiento, buena compra, ahora sólo nos quedaba invadirles algún que otro verano…)

Seguía lloviendo pero con el reencuentro, un año después, con nuestros “hermanos” Arturo y Esti, la lluvia quedó olvidada, entre abrazos y achuchones. Aprovechamos nuestro viaje a Laredo para conocer también su casita en Isla, muy cerca de Laredo. Me vino a la memoria un recuerdo vago de este pequeño pueblo de la Costa Cántabra, frente a Noja. Sí que me acordaba con más detalle de Santoña, pero de Isla, no tanto, recordaba los peñascos, las grandes rocas en la orilla, formando pequeñas piscinas de agua marina. A pesar del viento, del frío y la lluvia dimos un paseo que nos abrió el apetito. Comimos un menú muy rico en el restaurante del Hotel Estrella del Norte, sitio conocido por Arturo y Esti, muy recomendable.

Después de comer, seguimos a nuestros cicerones y entre pastos, vacas y casonas, llegamos a la cima de un monte, desde donde las vistas sobre la costa eran inmejorables. Cantabria Infinita a nuestros pies. Antes de que oscureciese también visitamos el centro histórico de Isla, a unos kilómetros de la costa. Es pequeño pero con un rico patrimonio: la Casa Palacio de los Condes de isla, impresionante edificio del s.XVII, la Iglesia de San Julián y Santa Basilisa, y dos enormes torres medievales que coronan el conjunto, declarado Bien de Interés Cultural en 2004. No nos dio tiempo a verlo todo con calma, la noche se nos echó encima y teníamos que volver a Bilbao. Una odisea fue la vuelta con lluvia y tráfico. Los bilbaínos están más que acostumbrados pero, aquí una servidora que de noche conduce ya como un caracol, las pasó canutas por la autovía con la penosa lluvia que no nos abandonó en todo el trayecto.

Menos mal que para rematar el día, Arturo y Esti nos hicieron olvidar el mal rato de la carretera con su hospitalidad. Empezamos el día abrazados y terminamos el día igual.

Domingo 4: visita guiada por Bilbao
Hace tiempo que, aunque conozcamos las ciudades a las que viajamos, recurrimos a las visitas guiadas para descubrir nuevos rincones. La cita quedó postergada el año anterior pero esta vez, pudimos acudir puntuales a las 10, al Teatro Arriaga, edificio emblemático de la Capi.

Nos esperaba una guía que resultó ser simplemente maravillosa. Una chica joven de Santander pero afincada y enamorada de Bilbao desde hacía años. Historiadora con muchas ganas de contagiar su pasión por el Botxo. Empezó contándonos la historia del Teatro, a orillas de la ría. Edificio Neobarroco de finales del s.XIX, se construyó en honor al compositor bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga, conocido como el Mozart español. Esplendoroso, a pesar de que quedó casi destruido por un incendio en la madrugada del 22 de diciembre de 1914.

Frente a un lateral del Teatro, al otro lado de la ría, y sin dejar de atender las explicaciones que nos iba dando la guía, me fijé en la imponente fachada de la estación de trenes BilbaoConcordia. (Más conocida como la estación de Santander). De estilo modernista, seguramente en visitas anteriores, pasé por delante sin darme cuenta de su belleza. O también puede ser que antes de su restauración en 2007 no destacara tanto.

Como decía, cruzamos el puente del Arenal, y antes de entrar de lleno en las 7 calles, la guía nos explicó la historia algo turbulenta de la Iglesia de San Nicolás de Bari. Primero fue ermita de pescadores, cuando esta zona era arrabal, extramuros, a orillas de la ría. En el año 1553 una riada devastadora se la tragó literalmente y en el año 1743 empezaron a edificar el templo actual con fachada barroca. Durante la Guerra de la Independencia fue alcanzada por un rayo y convertida en almacén durante las Guerras Carlistas. Y no podía faltar el escudo de Bilbao en su fachada, flanqueado por dos leones rampantes. (Ahora entiendo yo lo de los Leones del San Mamés).

A continuación, nos dirigimos hacia la Plaza Nueva, una plaza porticada que me recordó mucho a la de Donosti. De estilo Neoclásico, el edificio central que flanquea la plaza es la sede de la Real Academia de la Lengua Vasca (la Euskaltzaindia). En los soportales 3 templos de la gastronomía local, el Zuga, el Sorginzulo y el Bertoko Berri. (no era cuestión de escaquearnos en ese momento y probar sus delicias, el vermut lo tomaríamos más tarde en el Café Iruña, dónde justo habíamos aparcado). La guía nos contó una de las grandes “Bilbaínadas” que aconteció en esta plaza. Ya se sabe que en Bilbo todo es grande, y aunque parezca mentira me lo creo… resulta que hace 150 años, para agasajar al rey Amadeo de Saboya de visita en la villa, se les ocurrió inundar la plaza nueva en el año 1872 y llenarla de góndolas. ¡¡Sos grande Bilbao!!!

De la plaza, ya nos fuimos adentrando de lleno en las 7 calles, que forman el centro neurálgico de Bilbao. Antes parada en otra plaza importante, la que custodia una columna alta encabezada por un busto de Unamuno. La historia del busto de Unamuno trae cola. Al grito de españolazo, en 1999 unos jóvenes que estaban en el homenaje al primer etarra fallecido en un enfrentamiento con la Guardia Civil, Txabi Etxebarrieta, escalaron la columna y se hicieron con el busto en bronce de Unamuno. El Ayuntamiento mandó hacer dos réplicas, una para reponer lo en el mismo lugar y otra para el Museo de Bellas Artes. Poco tiempo después la policía encontró el busto original en el fondo de la ría, al lado de Puente de San Antón, y el alcalde de entonces se lo quedó en el despacho. Dejo un video que ilustra la vida de Unamuno en Bilbao.
https://youtu.be/tAmw4f_SbC8?si=T3ntTg_pgC_KPIsE

Las 7 calles dan nombre al Casco Viejo de Bilbao: Somera (la más antigua), Artecalle, (la del medio), Tendería (antiguamente la de las tiendas y talleres) Belosticalle, (antiguamente la de las pescaderías), Carnicería Vieja, (donde se encontraba el primer matadero), Barrenkale (la calle de abajo) y Barrenkale Barrena (la última calle del casco viejo original).  Actualmente, para comer pintxos la calle de Somera o la Plaza Nueva. Perderse por cualquiera de ellas es perderse en el Bilbao más auténtico. No nos dejó perdernos del todo, nuestra guía nos llevó hasta la puerta de la Catedral de Santiago. De pequeño tamaño, contrasta con las hechuras del “Gran Bilbao”, pasa casi desapercibida entre varios edificios. Seguimos callejeando, hasta que en una esquina la guía nos hizo mirar al cielo para ver un anuncio de una tienda de bacalao con muchos, muchos años de vida. EL letrero dice así “Ultramarinos finos Gregorio Martín, especialidad en Bacalao, remojado todos los días” con teléfono de 5 cifras, ni prefijos ni ná..
Nos cuenta la guía la leyenda que persigue al plato estrella de Bilbao: el bacalao al pil pil. Resulta que un comerciante local realizó un pedido de 20 o 22 bacaladas pero por un error le llevaron 20.022 unidades. Intentó vender tal cantidad pero sin éxito. Hasta que llegó la Guerra Carlista y el asedio de la ciudad. Los alimentos empezaron a escasear y el comerciante pudo hacer fortuna con su excedente de bacalao. Con aceite y ajo se hace el pil pil, así que muchos Bilbaínos de aquella época se alimentaron de bacalao durante un tiempo y sin más remedio…

Muy cerca nos acercamos hasta la orilla del Nervión otra vez, para hacer una parada en la Iglesia de San Antón, junto al puente de San Antón y frente al renovado Mercado de la Ribera. Desde las escaleras de la Iglesia, famosa por formar parte, junto al puente, del escudo del Atlétic de Bilbao, la renovación del Mercado se aprecia muy bien. La Iglesia de San Antón es mucho más que un edificio religioso. Es una de las construcciones más antiguas de Bilbao y probablemente, junto a la Basílica de Begoña, la más querida. Se construyó a mediados del s. XV y a día de hoy es un lugar único y especial en el corazón de los bilbaínos. 

Al mercado imponente, junto a la ría no pude entrar con Tuca y Lola pero sí que pude apreciar un poco desde el hall de la entrada su inmensidad, parece ser que es el mercado cubierto más grande de Europa, con más de 10.000 m2. La próxima vez que vengamos a Bilbo, visita obligada. (el Barrio de Irala también).

Y así, con las glándulas palatinas en plena ebullición y con los olores ricos que emanaban del Mercado fuimos poco a poco bordeando la ría y volviendo a nuestro punto de partida: el Teatro Arriaga. La visita nos dejó un bonito recuerdo, nos estamos aficionando a estos Free tours. El coche lo teníamos aparcado justo en la puerta del Café Iruña. Allí que volvimos y antes de salir, nos homenajeamos con unas rabas buenísimas y unos txacolís fresquitos. ¿Se puede acabar el tour por Bilbao de mejor manera? Yo creo que no, el Iruña sigue siendo un lugar para volver y volver. Pura esencia del Bilbainismo. Café IRUÑA – Desde hace un siglo «con mucho gusto» en Bilbao

Y colorín colorado…. Este cuento se ha acabado… por el momento… como dice la canción: Morirse en Bilbao, no hay nada mejor…https://youtu.be/hm1I_OaOBVs?si=wENx7zY3asxb0G2r

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