
Del 18 al 21 de mayo 2026
Lunes 18: vuelo a Bérgamo
Ya tenía ganas de volver a Milán como turista, no como comercial de muebles, acudiendo a la Feria del Mueble más importante del mundo. Milán no es solo la capital de la moda, es el lugar donde hasta las palomas parecen desfilar por la Piazza del Duomo con más estilo que uno en su mejor día. Aquí, los edificios góticos se codean con boutiques de lujo, y el café no es solo café: es una experiencia que te mira a los ojos y te dice “relájate, que la vida es bella”.
Visitar Milán es como abrir un armario donde conviven trajes de alta costura y reliquias históricas. Un momento estás admirando el Duomo, y al siguiente, intentando no gastar todo tu presupuesto en un par de zapatos que “solo ibas a mirar”. Es una ciudad que te seduce sin pedir permiso… y tú, feliz, te dejas llevar.
Una escapada para estrenar el aeropuerto de Castellón y de paso celebrar el cumpleaños de nuestro amigo Mario y de mi Santo que cumplía al día siguiente. Todos los astros estaban a nuestro favor…. Hasta llegar a recoger el coche de alquiler. Conmigo siempre surge alguna sorpresa, de esas sorpresas de “Tierra trágame”. La salida desde el “aeropuerto del abuelo” (así es como lo presentó el insigne cacique, Carlos Fabra a su nieto), fue como la esperaba, rápida, sin colas, es un aeropuerto de juguete, diría que el más pequeño de la península. Pero, al llegar a Milano-Bérgamo, la cosa se puso de otro color. “Vacía la cartera, no lleves tarjetas que no vas a usar, lo im-pres-cin-di-ble…”. Signorina vengo a recoger el coche de alquiler, sí claro, necesito su carné de conducir. ¿Mi carné de conducir? Lo necesito de verdad? Obviamente.. Vale Mario, tú lo llevas verdad, ponemos la reserva a tu nombre. No, Signora tiene que cancelar su reserva y hacer otra nueva. La broma triplica el precio de origen pero da igual, asumo mi error, pago yo. No Signora, tiene que pagar el conductor de la nueva reserva. Vale Mario dale tu tarjeta y hacemos cuentas. No Signora, esta tarjeta de crédito no lleva numeración y necesitamos una tarjeta física con numeración. Pero oiga! Que las tarjetas nuevas no llevan numeración, lo siento Signora. Al borde ya de un ataque de nervios, teníamos la última opción, tarjeta de crédito con todos sus numeritos de Dani. Sí, por fin!!!!, la signorina acepta y nos entrega las llaves del cochecito.
Pero, pero…ya estaba todo claro y arreglado???? Noooooo. Cogimos el bus que nos llevó al parking de los coches de alquiler, para arriba, para abajo caminando, no encontrábamos el dichoso parking. Al final, preguntando al chófer de otro bus que llegaba nos indicó que justo estaba detrás de la parada. Localizamos el coche, abrimos, metemos las maletas y……. ¿mi cartera, sin documentos, sólo con el DNI y una tarjeta de crédito, dónde coño estaba? En ese momento si Dani hubiese tenido cualquier arma homicida no hubiese respondido de sí mismo, yo histérica y Mario, el pobre, calladito sin decir esta boca es mía. ¡Vamos a la oficina del alquiler, es el único sitio dónde puede estar! En esos momentos ya no sólo no tenía el carné de conducir, tampoco el dni para coger el vuelo de vuelta— Un puñetero desastre. Pero como El Sin Pecado aprieta pero no ahoga… Dani recibió en ese mismo momento un mensaje de wasap de la signorina diciendo que tenía mi cartera. MADONNA SANTA!!!! Qué entrada a Milán!!
No sé qué me pasa a mí con esta ciudad pero también recuerdo una de las veces que vine por trabajo que casi mato a alguien también a las 11 de la noche. Buscando Piluca y yo la agencia que nos alquilaba el coche y no la encontrábamos. Después de dar vueltas una hora, ya me planté en una y les dije que estaba harta de contratas y subcontratas y que me dijeran qué agencia era la puñetera “Autonoleggio”. Aún escucho las carcajadas del personal… Signora no es ninguna agencia, significa “Alquiler de coches en italiano”. A partir de ese día, empecé a reiniciar mis clases de italiano… Qué vergüenza!!! Lo dicho, Milano y yo estamos reñidas, no sé por qué, pero estamos reñidas.
Una vez recuperadas las pulsaciones cardíacas, alquiler pagado por Dani, Mario al volante y yo con mi cartera blindada, nos dirigimos hacia el apartamento que había reservado en Airbnb, cerca del aeropuerto de Bérgamo. Lo localizamos pronto, dejamos las maletas y nos fuimos a cenar a una pizzería cerca que se llama “La Farina”. Un local enorme, moderno y súper concurrido. Ya eran las 10 de la noche y nos sirvieron tres pizzas, a cada cual mejor, y tres birras artesanales que nos supieron a gloria celestial. Menos mal que por lo menos acabamos bien el día, porque ya era un ¿quién da más?- Paseando llegamos al pisito, muy limpio, cómodo y bien decorado. Dejo la referencia porque la verdad es que merece la pena: https://www.airbnb.es/rooms/1405732597282001407?guests=1&c=.pi129.pkpast_trip_share_virality&s=67&unique_share_id=7a99153e-9c0c-4c95-8489-a952ca9763a6
Martes 19.05.2026: Milán y Bérgamo
Nos despertaron los ruidos de la calle, ya no estamos acostumbrados. Bajé enseguida al supermercado que teníamos a pocos metros y compré para los desayunos de los tres días y alguna sorpresita dulce para los cumpleañeros. A las 9:30 ya estábamos cogiendo la autopista en dirección a Milán. En menos de una hora ya estábamos aparcando en una calle aledaña a la colosal y majestuosa Estación Central de Milán.
Imponente, blanca y monumental, la Estación Central de Milán, o Stazione di Milano Centrale, es una de las estaciones de ferrocarril más grandes y antiguas de Europa. Está situada en la plaza Duca d’Aosta, al final de la via Vittor Pisani. Aunque no tengas que viajar en tren merece la pena entrar en ella para disfrutar de sus elementos modernistas y de Art déco. Abundan las esculturas que ordenó esculpir Benito Mussolini cuando se convirtió en primer ministro. La Estación se convirtió en un símbolo del poderío fascista, de la megalomanía de Il Duce. 215 metros de ancho de fachada y hasta 50 metros de altura, en la parte más alta de la fachada, es sencillamente colosal y grandiosa.
Aprovechamos para coger el metro, la línea 2, allí mismo, en dirección Garibaldi, y pararnos en la Piazza Gae Aulenti. Aquí, se concentra el Milán postmoderno, con rascacielos como la Torre de Unicredit, con sus 231 metros de altura es el edificio más alto de Italia y la sede del mayor banco del país, o el famoso Bosque vertical, dos rascacielos gemelos con más de 2000 especies vegetales, un jardín de Babilonia moderno y vertical. (Miré por curiosidad el precio de un piso en esta selva urbana y no baja de 2 millones y medio de euros, pudiendo alcanzar los 10 millones). Torres, oficinas, tiendas… esta zona de Milán es el Canary wharf de Londres o la Défense de París. La ciudad más rica y cosmopolita de Italia, no podía dejar de tener su barrio postmoderno.
Entre ejecutivos y turistas como nosotros, salimos por un lateral de la plaza hacia el Corso Como, en dirección al barrio bohemio de Brera. EL Corso como es una famosa calle peatonal de Milán, dónde de día los milaneses acuden a sus restaurantes, tiendas y cafés y por la noche, se convierte en uno de los barrios más populares para salir de marcha, es el lugar para ver y dejarse ver. Caminando, en menos de diez minutos llegamos al también famoso Barrio de Brera, conocido por sus casas con fachadas de colores. El “Montmartre de Milán”, con sus calles empedradas, sus palacios antiguos y sus patios ajardinados que invitan a aislarse, es una joya que incluye una de las pinacotecas más importantes de Italia, con obras de Caravaggio, Raphael y Tintoretto. A la hora que llegamos a Brera, los restaurantes estaban a tope, hicimos amago de entrar en alguno pero fue misión imposible. Me habían recomendado comer en la Trattoria Milanese, fundada en el año 1933, y probar sus especialidades de cocina lombarda, como el rissotto a la milanese con azafrán y la cotoletta tradicional pero no estábamos cerca de la Vía Santa Marta, dónde se ubica, cerca del Duomo. Así que, optamos por seguir caminando y encontrar algún sitio dónde comer algo. Antes, cruzamos por otro de los puntos clave de Milán: El Castello Sforza, una gran fortaleza del s.XV con unos patios exteriores inmensos para pasear o simplemente sentarse en un banco y ver la vida a tu alrededor.
Todo es gigantesco en esta fortaleza de ladrillo rojo. Además choca bastante encontrarte con este remanso renacentista en mitad de una urbe como Milán. Al cruzar la gran torre de la entrada y caminar por sus patios enormes, es inevitable sentir un escalofrío al pensar que por estos mismos suelos caminaba Leonardo da Vinci ideando sus proyectos. Patios, jardines y museos. Entre sus muros, una pieza inacabada de Miguel Ángel, la Piedad de Rondanini. Arte antiguo, instrumentos musicales, Arte Egipcio y obras maestras de los grandes como Tizziano o Bellini. Nos quedamos un rato observando a la gente desde un banco en el gran patio inmenso, rodeados de los grandes muros de la fortaleza de ladrillo rojo. Después, al buscar los baños, vimos como por uno de los laterales se salía a un parque inmenso, el famoso Parque Sempione. 47 hectáreas, nada más y nada menos…Al estilo de los jardines ingleses, es el pulmón verde de Milán, y cuenta con un lago artificial, La Trienal de Milán (museo de arte contemporáneo), un acuario y un arco del triunfo, que aquí se llama el Arco de la Paz, y recuerda mucho al de París. Milán: Castillo Sforzesco ✅️ antigua fortaleza ahora museo| Guía Italia
Apretaba el sol y no teníamos claro aún dónde íbamos a comer. Desde el Castillo Sforza al Duomo, no hay mucha distancia, más o menos 1km y medio. Enfilamos por la Via Dante, una avenida enorme, ancha y llena de vida. En un momento dado, a la derecha, después de cruzar la plaza vimos un antiguo edificio de correos convertido en el Starbucks más fashion del planeta. Entramos en un espacio lleno de gente, de turistas, sobre todo, que giraban en torno a un enorme tostador de café en el centro del local y tubos de cobre en el techo por donde viajan los granos de café. Es todo muy “frikie”, en los laterales hay barras de comida y bebida. Dicen que es uno de los Starbucks más lujosos del mundo, no sé si será cierto, lo que si me pareció es que es muy Fomo (palabro que aprendí hace poco y que significa literalmente “Fear of missing out”), o lo que es lo mismo, algo que no te puedes perder, imprescindible…
Y allí nos paramos a comer algo, observando la fauna que pululaba por allí y oliendo a café tostado. Hubiese preferido comer un rissotto a la milanesa, pero bueno, la experiencia no estuvo mal. Además no tuvimos que hacer cola, que parece ser que es lo habitual. Reserve Roastery, el lugar para los amantes del café en Milán
Cuando salimos de allí, ya con el buche lleno, seguimos caminando hasta llegar al gran Duomo. La última vez que vine a ver la Catedral de Milán estaba en obras la fachada, y ahora, casi diez años después, había merecido la pena, esperar para ver su fachada limpísima, casi de piedra blanca inmaculada. 18 años de obras de restauración, ahí es nada.. Por mucho que la hayas visto en fotos, cuando llegas a la Piazza del Duomo, impresiona muchísimo. Sus miles de detalles, sus agujas, sus estatuas y ese impresionante color blanco hacen que parezca más un enorme encaje de piedra que una catedral. Subir a sus terrazas es de obligado cumplimiento, la perspectiva desde arriba cambia mucho.
La Catedral empezó a construirse en 1386, por iniciativa del arzobispo Antonio da Saluzzo y con el apoyo de los Visconti, que gobernaban la ciudad. Su construcción se prolongó durante casi seis siglos, con arquitectos y artistas de diferentes épocas.
Es una auténtica joya del gótico italiano, famosa por sus enormes dimensiones, sus más de 3.000 estatuas y sus numerosas agujas y pináculos de mármol blanco. La famosa Madonnina, la estatua dorada de la Virgen que corona la catedral, se colocó en 1774 y se convirtió en uno de los símbolos de Milán. Aquí fue coronado Napoleón como rey de Italia en 1805 y, con el paso del tiempo, esta plaza se convirtió en el gran corazón de Milán. Hoy está llena de turistas, pero durante siglos fue el escenario de acontecimientos religiosos, políticos y sociales que marcaron la historia de la ciudad. También aquí, en el año 2009 ocurrió una de esas historias de película de Tarantino. Berlusconi acaba de terminar un mitin cuando un hombre le lanzó una pequeña réplica del Duomo y le golpeó la cara. Acabó en el hospital, el Duomo se convirtió en el arma más famosa de la ciudad.
La piazza y el Duomo en sí, merecen el paseo pausado, aunque si el cansancio aflora, otra manera de disfrutar del entorno es desde la terraza Aperol. Sí, la terraza con las mejores vistas de Milán, te ofrece la posibilidad de tomarte el aperitivo made in Italy más famoso, el Spritz, mientras sigues el vuelo de alguna paloma que se posa en las agujas del Duomo.
Al otro lado, la entrada a otro icono de Milán: el pasadizo acristalado más hermoso del mundo, el famosísimo Corso Vittorio Emanuele II. Esta calle que conecta la Piazza Duomo con la Piazza San Babila es una de las más populares del centro de Milán. Hoy en día es una vía peatonal, que cuenta con numerosos comercios. Sin embargo, la vía tiene orígenes muy antiguos, ya que en época romana era la arteria que conducía hacia el noreste, posteriormente tomó el nombre de Carril dei Servi (siglos XVII y XVIII) y fue el primer tramo de la calle que conectaba Piazza Duomo a la Porta Venezia. En los años 80 perdió un gran número de cines que se concentraban allí y muchos de ellos fueron sustituidos por las grandes marcas de moda. Hay terrazas para ver y ser visto, un café a precio de oro merece la pena por la ubicación. El famoso Café Marchesi 1824, es uno de ellos y sólo por la decoración merece la pena entrar y curiosear.
Yo creo que el techo acristalado de la galería es el más fotografiado del mundo, con permiso de la cúpula de Galerías Lafayette de París. Mirábamos al cielo y al suelo también, no podía quitar ojo del calzado de los hombres de negocios que pululaban por allí, brillantes, impolutos, una cosa por demás. El par de ocasiones que había estado en Milán por trabajo, después de la Feria los pinreles ya no respondían y siempre acabábamos en una terraza del Duomo, sin fuerzas para descubrir otros lugares de Milán a pocos metros.
Esta vez sí, atravesamos el Corso y lo cruzamos hasta llegar a dos plazas emblemáticas, casi unidas entre sí: la Piazza Mercanti y la Piazza Scala, presidida por otra parada imprescindible: el teatro la Scala de Milán y el Ayuntamiento en frente. La Piazza Mercanti conserva su carácter Medieval, es muy bonita. Flanqueada por Palacios como el della Ragione, inaugurado en el año 1233 para albergar los tribunales de justicia de la ciudad, o el Palazzo delle Scuole Palatine, un edificio que en la Edad Media se convirtió en la escuela más prestigiosa de Milán. Frente al Palacio della Ragione se encuentra el Palazzo dei Guireconsilti, sede de la Cámara de Comercio. Y para rematar esta piazza Mercanti, la Loggia degli Osii, destaca por sus grandes arcadas abiertas, decoradas con estatuas y escudos de armas. Aquí se encontraban las oficinas de los jueces y los notarios.
El famoso teatro de la Scala queda un poco eclipsado por una plaza tan monumental como la Piazza Mercanti pero merece la pena acercarse a su entrada principal. Se puede visitar su Museo, con recuerdos de las óperas representadas, o incluso asomarse a ver el impresionante auditorio desde los palcos, siempre que no haya ensayos. En el cartel antes de entrar se anunciaba Nabucodonosor de Verdi, por 300 euros la entrada de palco. ¡Qué pena no vestir para la ocasión, otra vez será…!
Cruzamos una calle, ya no recuerdo cuál y le pregunté a una chica muy simpática si estábamos cerca del Quadrilatero de la Moda y en perfecto castellano nos indicó que sí, que estábamos al lado del famoso distrito del lujo en el centro de Milán. La calle más famosa y más cara es la Vía Montenapoleone, con joyerías, boutiques de diseño y decoración y talleres de las más importantes firmas de moda. La verdad es que algunos escaparates que vimos eran auténticas obras de arte. Por supuesto, como en París, volvimos a ver parejas jóvenes de japoneses que salían de las tiendas con bolsas que no les cabían en las manos. Una auténtica hoguera de las vanidades, una escena del “Diablo se viste de Prada” en directo, sin trampa ni cartón. El nombre de este barrio deriva de las 4 calles que lo delimitan, La Vía Montenapoleone, la Vía Alessandro Manzoni, la Vía della Spiga y el Corso Venezia. Me faltó ver a más gente local con ese estilo Milanés a la hora de pasearse por estas calles y no a tanto asiático que compra ropa pero que jamás podrá comprar ese estilo tan made in Milano.
No caímos en la tentazione, fuimos capaces de pasar de largo y no pecar (ni en sueños). Lo que sí hicimos es volver en metro a la estación central para recuperar el coche y comernos un gelatto como mandan los cánones. Estábamos cansados pero nos esperaba Bérgamo para cenar y celebrar el cumpleaños del Tauro que me enamoró hace casi 30 años, ahí lo dejo.
Una horita escasa de trayecto, ducha fría y descanso de media hora para subir a cenar a la parte alta de Bérgamo, que por cierto, nos encantó. Nos dio tiempo antes de que anocheciera a callejear por el centro histórico de la Cittá Alta. Calles empedradas, pequeñas plazas, cada rincón invita a seguir callejeando sin prisa. Llegamos a la Piazza Vecchia y nos quedamos un rato viendo los edificios que la rodean y el Campanone, de 52 metros de altura, con una campana enorme que repica, cada noche a las diez, 100 campanadas, manteniendo el toque de queda que se anunciaba así, desde la Edad Media, e indicaba el cierre de puertas de las murallas. Muy cerca se encuentra la Piazza del Duomo, también monumental y conectada a la plaza Vecchia por una calle estrecha porticada.
La Piazza de la Catedral o del Duomo es más pequeña pero alberga cuatro edificios emblemáticos: La Capilla Colleoni, conocida como la capilla de la ciudad, en honor a los Santos Bartolomé, Marcos y San Juan Bautista, fue construida como mausoleo para Bartolomeo Colleoni y su hija, miembros de una de las familias más poderosas de Bérgamo. Adosada a la capilla, se encuentra la Basílica de Santa María la Maggiore, última morada del famoso compositor Donizetti, oriundo de Bérgamo. El tercer edificio es la propia Catedral, en honor a San Alejandro, construida a mediados del s.XV, con una fachada de mármol de estilo neoclásico, que pasa más desapercibida. Y por último, el Baptisterio, construido en el año 1340 por Giovanni da Campione dentro de la Basílica de Santa Maria Maggiore. En la cara superior de mármol rojo de Verona y perforada por columnas pequeñas, aparecen a los lados del octógono, estatuas del siglo XIV que representan las Virtudes.
No podía imaginar que Bérgamo mereciese tanto la pena. Siempre se sale o se llega a esta ciudad para ir a Milán, ciudad de paso, literalmente y resulta que es un tesoro arquitectónico e histórico que poco tiene que envidiar a Milán.
Nos invitaba el cumpleañero a cenar y busqué en google varias opciones. Al final, reservé en un restaurante muy popular (16 mil reseñas) y con buena puntuación. Se llama “Circolino cittá alta” y está ubicado en un antiguo monasterio, reconvertido en prisión, muy cerca de la Piazza Vecchia. Menos mal que reservé a tiempo porque cuando llegamos estaba a tope, tanto el interior como el exterior. Cenamos muy bien, bajo un techo de parras de vid, buen vino y buena cocina. ¡Recomendable!.
Un paseo digestivo por las calles que antes habíamos pisado nos vino muy bien. Ya era de noche y las murallas venecianas que rodean la Cittá Alta, que alcanzan los 6 kilómetros de perímetro, nos sirvieron de guía para volver al parking cubierto dónde habíamos dejado el coche. Por cierto, el conjunto defensivo amurallado fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. De día, el paseo por las murallas con vistas a los Alpes de fondo y a la parte más moderna de Bérgamo, es un “must” como la copa de un pino. Día largo con final feliz, nos esperaba un buen descanso en nuestro apartamento.
Miércoles 20: Lago Di Como y Milán
No estaba previsto pero la idea de Mario, de volver a Milán pero antes desviarnos a ver el Lago di Como nos pareció estupenda. Los 3 lagos más grandes de Italia se encuentran en el norte, y más o menos cerca de Milán. El Lago di Garda, es el más grande, con 370 km2 y está más al Este de Milán, a 145 kms.
El Lago Maggiore, con una superficie de 212 km2, cercano a Lugano y a 87 kms de Milán, es el que descubrí con mi añorada y recordada Piluca, cuando fuimos por trabajo a la Feria de Milán, y nos alojamos en un hotel a orillas del Lago. Ese viaje no lo olvidaré nunca, por las risas que nos echamos al no encontrar la empresa de alquiler de coches (lo cuento al principio). Este lago es inmenso y largo, y recuerdo que nos encantó la Isola Bella, una isla pequeñita, en mitad del lago que forma parte de las 3 Islas Borromeas, propiedad de la familia Borromeo. (Para los asiduos al papel couché, así se apellida la esposa de uno de los hijos de Carolina de Mónaco, Pierre Casiraghi casado con Beatrice Borromeo). Se puede visitar esta isla Bella, de hecho nosotras lo hicimos. Se coge un pequeño ferry en el embarcadero de Stresa, una localidad a orillas del lago y en unos minutos desembarcas en esta péquela isla ocupada, básicamente por un majestuoso palacio barroco y un jardín botánico de diez terrazas escalonadas. Calles estrechas que rodean el castillo con tiendas de recuerdos, es como de cuento de hadas.
El tercer lago por tamaño es el de Como, y es el más cercano a Milán, unos 50 kms. Teníamos ganas de acercarnos, aunque no disponíamos de todo el día para recorrerlo, nos quedaban sitios por ver aún en Milán. Lo normal al llegar al primer pueblo a orillas del lago, que se llama Lecco, es encontrar un sitio para aparcar, pero ese día no tuvimos suerte, no hubo manera de encontrar un hueco para dejar el coche. Seguimos por la carretera, rodeando el lago unos kilómetros hasta que dimos la vuelta para ver si teníamos más suerte. Hueco vimos por fin, pero no nos atrevimos a aparcar porque era una especie de aparcadero de coches de una autoescuela, y una señora en cuanto nos vio salió de la oficina con un jeto sospechoso. Optamos por desistir y a unos metros vimos un parking privado y allí que fuimos. Paseamos un poco por este pueblo pero estaba la mitad de las calles y paseo en obras. El lago sí que vimos desde un puente y la verdad es que las mansiones que se ven al otro lado del pueblo son impresionantes. Yo hubiese apostado que una de ellas era la de George Clooney pero no, la suya es Villa Oleandra, está en este lago pero en otra localidad que se llama Laglio. La excursión que dura todo el día por estos lares, y sale desde Milán, llega hasta Suiza, a la ciudad de Lugano, y luego se cruza el lago hasta llegar a Bellagio, la llamada “Perla del Lago di Como”, para acabar en la localidad de Como. Nosotros nos contentamos con ver la parte más al sur del Lago, pero no me importaría volver y hacer la excursión completa. ¡Volveremos!
Llegamos a Milán y en vez de aparcar en la estación como el día anterior, dejamos el coche en un parking subterráneo de un edificio emblemático de Milán, sin saberlo. Muy cerca del Duomo, pero al otro lado de la Galería de Vittorio Emanuele. El edificio en cuestión, se llama Torre Velasca, tiene forma de seta y desde su construcción a finales del los 50 del siglo pasado, es un símbolo del skyline milanés, un icono de la posguerra de 27 plantas, y 106 metros de altura. Aparcamos en un parking en el subsuelo de este rascacielos milanés, sin tener conciencia de que estábamos en las entrañas de este símbolo de la ciudad.
Hacía calor y era la hora de comer. No teníamos idea de dónde comer, al final acabamos en un Thai, rodeados de universitarios. Resulta que la Torre Velasca está a pocos metros de la Universidad de Milán que ocupa un edificio del s.XV, antigua sede del Hospital de Ca´ Granda. Esta Universidad es la más prestigiosa de Italia y forma parte de la Liga de Universidades de Investigación Europeas (de España está incluida la Universidad de Barcelona).
Comimos bien, el restaurante se llama Kindii Baan Thai. Reanudamos la ruta, yendo a una Iglesia que también está cerca de la universidad y es famosa por un siniestro detalle. Se trata de la Iglesia de San Bernardino alle Ossa. Cuando entras, ves una iglesia no muy grande, con sus retablos, sin más, pero en su interior, alberga una capilla “memento mori”, decorada con calaveras y huesos humanos. Cuenta la historia que en 1145 se construyó un hospital cerca de la Iglesia de Santo Stefano Maggiore. El cementerio de la iglesia se llenó en poco tiempo y tuvieron que construir una sala para recoger los huesos. En 1269 se construyó junto a esta sala esta Iglesia en honor a San Bernardino. No pudimos elegir mejor para hacer la digestión…. https://youtu.be/nEALT5NA8m8?si=Dsz1n01LBG_fTWS4
Para la siguiente parada volvimos al parking a recoger el coche para ir otra Iglesia, la de Santa María delle Grazie , más alejada del centro histórico, en un barrio pijo, que a media tarde estaba a rebosar de niñeras latinas recogiendo a los niños uniformados que salían de sus colegios privados. No sólo niñeras, también vimos a padres y madres divinos esperando a sus vástagos como si estuviesen en la “First row” de un desfile de Gianni Versace. Es lo que tiene Milán, tolerancia zero a los looks “casual wear”, aquí brilla el betún y la seda.
El desplazamiento hasta este barrio fue en vano, bueno, no totalmente. Había intentado comprar entradas para ver la obra maestra de Leonardo Da Vinci, “La Ultima cena”, que se encuentra en esta Iglesia de Santa María delle Grazie, y al no conseguirlas previamente, on line, pensé, ingenua de mí, que en taquilla sí que habría entradas. Nos encontramos con un cartel de “Sold out” nada más entrar a la recepción. El aforo está muy imitado para preservar la pintura, Leonardo no pintó al fresco tradicional sino que usó una técnica experimental de pintura al temple y óleo sobre pared seca. Esto causó que la obra empezara a deteriorarse poco después de terminarse. Y para más inri, sólo se permiten grupos reducidos cada 15 minutos, lo que limita a unos 1300 visitantes al día para ver una de las obras más famosas del mundo. Una auténtica proeza conseguir entradas. Nos quedamos con las ganas. La próxima vez con Civitatis, u otro tour operador de los que compran entradas a través de sistemas automatizados al milisegundo en el que salen a la venta. La Iglesia en sí, de estilo gótico-renacentista se puede visitar, es de entrada libre. https://youtu.be/uTfHuYuU7y0?si=XXFZqe1TMUQLvToo
Un clavo saca otro clavo, la espinita nos la sacamos deleitándonos con un gelatto en una heladería que encontramos en los alrededores. Otro desfile de modelos haciendo cola en la gelatteria. Una chica llevaba un conjunto un tanto especial, el pantalón bombacho lo tenía atado al tobillo, como arremangado con cuerdas. No llegamos a saber si el modelo era así o era un apaño de ella. Pero estando en Milán, lo mismo el diseño le había costado un potosí.
Y ya nos íbamos acercando al final de nuestra escapada a Milán. Nos quedaba despedirnos con un buen aperitivo en los canales de Navigli, pero antes nos dirigimos a ver la Torre Branca, ubicada en el interior del Parque Sempione. La vimos desde el coche, porque sinceramente nos esperábamos otra cosa. Se trata de una torre de observación de casi 110 metros de altura, construida con tubos de acero. Se puede subir a la cima en ascensor y las vistas sobre la ciudad deben ser impresionantes pero nos apetecía más pasear por la zona de los canales y tomarnos un Spritz bien cargadito de aperol.
Justo a tiempo llegamos, antes del atardecer. La zona de Navigli es una de las zonas más frecuentadas de Milán. El famoso aperitivo italiano no se sirve antes de comer, sino por la tarde, entre las 6 y las 9 de la noche, cuando la gente sale de trabajar. Pagas la bebida, que normalmente suele ser el famoso Spritz o una copa de vino y viene acompañado de una tapa, o acceso libre a un buffet. Lo descubrimos en Bolonia, en un bar que teníamos junto al apartamento y el buffet era tan variado y rico que prácticamente salías “cenado”.
Pero ¿Cómo es posible que en Milán existan estos canales cuando no tienen salida al mar? Su historia se remonta a la Edad Media cuando la ciudad, sin acceso al mar, por motivos comerciales y defensivos, hizo que se construyesen estos canales para conectar la ciudad con los ríos y los Lagos del Norte, como el Maggiore. Uno de los impulsos definitivos fue, curiosamente, la necesidad de transportar grandes bloques de mármol, desde las canteras del Norte para edificar la Catedral, en el siglo XIV. A finales del siglo XV, el duque Ludovico Sforza encargó a Leonardo da Vinci perfeccionar el sistema de navegación. Leonardo diseñó un innovador sistema de esclusas e ingeniosos cierres de madera para resolver los desniveles del terreno, lo que permitió conectar varias cuencas de agua y hacer navegable el centro urbano.
Con la llegada del ferrocarril y el transporte por carretera en el siglo XX, los canales perdieron su función comercial y muchos fueron soterrados. Hoy en día sobreviven principalmente el Naviglio Grande y el Naviglio Pavese, reconvertidos en el corazón bohemio, gastronómico y de ocio nocturno de la ciudad. Animación garantizada, todos los días de la semana. Nos costó elegir sitio pero al final cayeron 2 spritz por barba bien cargaditos, cerca de un rincón curioso: il Vicolo dei Lavandai (callejón de los lavanderos). Es un pequeño callejón que conserva uno de los lavaderos tradicionales, dónde los lavanderos, hombres, que no mujeres, en el s. XIX se ocupaban del servicio de lavandería. Más tarde fueron sustituidos por lavanderas, pero en el origen eran hombres. Me hubiese gustado coincidir con el mercadillo enorme que se instala alrededor de los canales, el último domingo de cada mes pero no pudo ser, ya tenía otra excusa perfecta para volver a Milán.
Y así acabamos nuestro periplo por la capital más burguesa, más industrial… por la ciudad que se reinventa cada día. Agotadora sí, pero vibrante, incombustible…. Eterna.