Sevilla sigue oliendo a “rebujito” y a jazmín.


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Del 26 al 28 de febrero 2005
Familia Phillips, Familia Feliz…. Nada más llegar al aeropuerto de Valencia, la ley de      Murphy empezó a hacer efecto: una tribu familiar en la cola, abuelos, nietos, padres y el espíritu Santo, patrocinados todos por “Burberrys” colapsaban la cola. Cuando ya parecía todo claro, y faltaban 5 minutos para cerrar el embarque, resultó que la familia feliz había hecho mal las reservas por Internet y corrían el peligro de quedarse todos en tierra. La azafata de “Vueling” (era la primera vez que el Diario volaba con esta empresa de vuelos chollo) nos miraba con misericordia y el patriarca de la familia, que sin duda había hecho las reservas “on line”, siguiendo el curso de abuelos cibernéticos, intentaba calmarnos al resto que ya empezaba a estar hasta el moño de todos ellos. Al final se solucionó todo pero el Diario aprendió otra lección: huir de las familias que viajan unidas, son un peligro a evitar.

Los aviones de vueling son nuevos y la compañía tiene ese toque “cool”, tan catalán. Los azafatos/as nos saludan, nos tutean y nos desean un buen vueling. Al llegar a Sevilla luce el sol y el taxista con un humor muy local y su asentito 100% sevillano nos recomienda ir de tapeo al Casablanca, un bar muy cercano al hotel, donde suele ir “Juancar” a tomarse sus tapitas y sus cervecitas. Así que nada más llegar y dejar las maletas en el hotel hacemos caso de los gustos de la monarquía y nos “tapiñamos” una ración de cazón (pescado en adobo buenísimo que ya habíamos probado en Murcia por primera vez)., con su manzanilla, como mandan los cánones. Este bar respira “sevillanismo y tradición” por los 4 costados. La foto de los reyes preside y la música ambiental es de Semana Santa. Sólo faltaba la Dolorosa tapeando en la barra.

Tras la primera parada, y al mediodía, nada mejor que seguir paseando por el laberinto de calles del Barrio de Santa Cruz, al lado de la Giralda, y seguir tapeando. A 5 minutos de la Plaza del ayuntamiento, y por la avenida de la Constitución, se llega a la Giralda. Allí, es digamos, el cogollo de Sevilla: desde la plaza de la Virgen de los Reyes, nos encontramos a un lado la Giralda y la Catedral (la tercera mayor del mundo, tras la de San Pedro en Roma y la de Londres), al otro lado el Alcázar y para rematar el Palacio arzobispal. “Rien ne va plus”!!! Es mediodía y el hambre aprieta. Decidimos seguir recorriendo las callecitas estrechas y blancas del Barrio de Santa Cruz y visitar la Catedral y el Alcázar en otro momento. El Diario recomienda perderse por este Barrio hasta el infinito… es uno de los lugares más entrañables de los vistos hasta ahora. Un laberinto de calles estrechas, encaladas, con flores en los balcones y rincones que asoman a los patios sevillanos de las casas con sus azulejos típicos y pequeñas fuentes que dejan caer el agua y aíslan al viajero de todo. Entre las calles se mezclan plazas como la de santa Cruz, jardines como los de los Alcázares y rincones como en la Judería de los que paralizan al viajero y hacen pensar “aquí me quedo…”

Es difícil dejar Santa Cruz y durante la estancia volvimos allí varias veces. En cuestión “Tapeo” hay dos rutas principales: una por este Barrio y otra por Triana. Nos paramos en otro bar, “La mezquita” con su paellita y jarra de sangría en la entrada, no son fotos, se trata de un “cuadro” auténtico para que los guiris no se lleven sorpresas, por creerse que todo lo que sale en las fotos luego lo tienen, tal cual, en el plato. Allí nos aventuramos con una ración de “Flamenquines” y otra de lomo a la pimienta. Los flamenquines cordobeses son típicos, y son como rollitos de pollo empanados y rellenos de trocitos de jamón. Existe una variante que son los flamenquines de marisco, rellenos de gambas. En ese bar, el Diario es testigo de otra de esas escenas que deleitan al viajero: un chico sentado en la terraza y vestido con chándal y una medalla de la Macarena de 20 kilos de peso, sin exagerar, saluda a un amigo y a su novia. La chica es muy guapa, típica andaluza, y el chico de la medalla no le quita ojo. Al irse la pareja, el amigo se santigua 2 veces y no para de exclamar entre dientes, ¡Dios mío, qué peaso de mujer!!!. Es indescriptible la cara que ponía el chico mientras se santiguaba, como si hubiese visto una aparición de la mismísima Virgen de la Blanca Paloma.

Después del primer tapeo seguimos caminando por la calle Santa María La Blanca y llegamos hasta la Casa Pilatos (Palacio de San Andrés) un edificio que pertenece a la Fundación de la Casa Ducal de Medinaceli. Es un ejemplo de la arquitectura doméstica Sevillana del siglo XVI. Merece la pena pasearse por el patio renacentista con decoración mudéjar aunque todo el conjunto tiene un toque rancio y decadente. La visita guiada deja mucho que desear, la guía “echa” literalmente el rollo como si le hubiesen dado cuerda, como una autómata y el Palacio, a parte del morbo que pueda dar, por haber sido el lugar donde murió el Duque de Feria, tampoco aporta mucho más. El nombre de Pilatos le viene por haber estado junto a la puerta de esta casa la primera estación de Vía crucis que iba hasta la Cruz del Campo. Al señalarse en esa estación que Cristo era juzgado en casa de Poncio Pilatos, los sevillanos comenzaron a llamarla así.

Seguimos ruta y de repente llegamos al Palacio de las Dueñas, residencia de la Duquesa de Alba en Sevilla. Fue construido en el siglo XVI y perteneció a los Pineda. Como es casa particular sólo vemos el patio andaluz desde la verja y la placa a la entrada que señala que allí nació y vivió Antonio Machado. Entre Pilatos y las Dueñas, el Diario recorre la ruta de la prensa rosa, sólo nos queda ver el espíritu de Carmen Ordóñez por Triana o algún Astolfi de esos paseando con gomina y camisa de rayas de Ralph Lauren.

Siempre hacia el norte de Sevilla, y paralelamente al Gualdalquivir, llegamos a la plaza de Hércules. Allí hay muchas terrazas y bastante ambiente. La gente, aunque sea pleno invierno, aprovecha el sol y no hay ni un sitio libre para sentarse después de varias horas andando. Decidimos volver hacia el hotel para descansar un par de horas antes de vivir la noche Sevillana, con tablao de flamenco incluido.

El hotel Europa, es un hotel sencillo pero eso sí muy céntrico, justo al lado de la plaza del Ayuntamiento y a 5 minutos de la Giralda. Tiene su patio andaluz y su decoración “horror al vacío”. Además le falta una capa de pintura y un poco más de vidilla. Muy cerca, está el hotel la Maestranza con mejor pinta, más nuevo y a mejor precio (57 euros la doble con IVA incluido en temporada baja), http://www.hotel-maestranza.com. Aunque, también queda la opción de alojarse en el Alfonso XIII http://www.hotel-alfonsoxiii.com/ (unos 500 euros la doble) y dejarse de tonterías….Está en la Calle San Fernando y no es apto para el común de los mortales pero tampoco está prohibido entrar, ir por los pasillos como si fueses cliente habitual de la 303 y soñar un poco… el Diario lo hizo.

De nuevo en la calle, cenamos “pescaíto frito” y un buen rioja antes de entrar en el tablao de los tablaos según dice todo el mundo: el tablao del Arenal. Se encuentra en la calle Rodó, muy cerca de la Real Plaza de Toros de la Maestranza, dónde por cierto los abonos de temporada (19 corridas) se pueden adquirir por el módico precio de 3000 euros. El Tablao es de película de los años 60: sus mesitas con velas, su escenario y su decoración “Tipical spanish”. Estamos rodeados de guiris, aunque algún nacional también hay. La sesión dura casi dos horas y no está mal. No es tan espontáneo como los que puede haber en Granada en las grutas de Sacromonte pero es lo bastante íntimo como para no sentirse en un Flamenco Show para hordas de japoneses. Con la mesa en primera fila, vivimos los taconeados en directo y la verdad es que impresiona bastante. Todo el mundo recomienda este tablao, dicen que es el mejor de Sevilla y el Diario agradeció el momento tan auténtico (son cosas que hay que vivirlas aunque sea una vez en la vida no?).

A la salida, fuimos bordeando el Gualdalquivir y pasamos por el Puente de San Telmo, para pasar a la calle Betis, en Triana, donde hay muchos garitos a orillas del río. Allí es lugar de marcha y se nota, pero entre todos los bares, de esos que se encuentran en todas partes, encontramos uno que el Diario recomienda: “Lo nuestro”. Si queréis ver niñas bien de Sevilla con sus perlitas y sus dientes blancos bailando sevillanas con sus parejas de chicos cortijeros, engominados al son de música en directo, no os lo podéis perder. La realidad supera la ficción. Canciones del tipo “Siempre así” o “Manuel Soto”, o lo que es lo mismo, inversamente proporcional al flamenco gitano. Allí el pijerío sevillano se lo pasa pipa y defiende “lo nuestro” para gusto del respetable. Una cita obligada, merece la pena!!!

Llega el descanso para seguir la ruta al día siguiente. El domingo amanece lloviendo, y el tiempo gris nos acompañará hasta el final del viaje. ( MALAJE! hacía 3 meses que no caía una gota…. ). Después de desayunar, no quisimos perdernos la visita a los Reales Alcázares de Sevilla., en la Plaza del Triunfo, junto a la Catedral y el Archivo de Indias. Se accede por la Puerta del León. La visita cuesta 5 euros y nada más entrar, el viajero entra en el túnel del tiempo y aterriza en un Palacio de las mil y una noches. Es el edificio civil más importante de Sevilla. Las murallas que lo rodean datan del siglo X y en el interior destacan el patio gótico, construido durante el reinado de Alfonso X, la sala de Justicia de Arte mudéjar y, sobre todo, el Palacio del Rey Don Pedro, donde el salón de Embajadores es la pieza principal. No perderse las decoraciones en yeso y los alicatados de los muros. Antes de salir, hay que pasearse por los jardines  con sus laberintos de setos y sus fuentes que no dejan indiferente. La pena es haber visto el conjunto bajo la lluvia, porque con sol seguro que la visita hubiese sido mucho más impactante.

Aún diluviando cruzamos otra vez el río pero esta vez por el Puente de Isabel II que desemboca justo en la entrada de Triana. El barrio tan famoso no destaca por sus monumentos ni calles, tiene más solera que belleza. Aunque, si queréis seguir otra ruta del tapeo, no os equivocaréis eligiendo Triana. Nada más cruzar el puente, está el mercado en la plaza del Altozano y siguiendo por la derecha, por la calle San Jorge, se encuentra el “Casa Manolo”, un bar casta, con unas tapas de espinacas y riñones al jerez de agonizar de gusto. Los camareros te apuntan los precios de las consumiciones con tiza en la barra y el espectáculo está servido.

Familias enteras, parejas de abuelos y algún guiri ojo – plático que se observan mutuamente mientras los camareros van cantando las tapas a cocina: GENIAL! Al salir, a 50 metros por la derecha está otro bar de toda la vida: Casa Cuesta, la decoración es muy bonita y da gusto sentarse en las mesas, junto a la cristalera que da a la calle y probar las especialidades de la casa: Menudo Casa Cuesta (callos) y el salmorejo trianero (especie de gazpacho denso con taquitos de jamón y huevo) para untar y dejarse las yemas en el plato. Sigue diluviando y al salir nos encontramos en la Calle Castilla, en frente de una tienda de zapatos de baile flamenco.

Por esa misma calle hacia arriba, se encuentran varios portones de las capillas desde donde salen las cofradías en Semana Santa. Las imágenes de la Virgen son de foto y el Diario no pudo contenerse. Al final de la calle, la última parada de la ruta gastronómica por Triana, nos lleva al Bar “Sol y sombra“, otro bar de solera, oscuro, decorado con carteles antiguos de corridas, con mesitas y sillas bajas, típicas andaluzas y con un solomillo al ajo que no se pué aguantar!. Acababa la visita a Triana y aunque seguía lloviendo, nos fuimos a ver la Catedral, donde está enterrado Cristóbal Colón. Antes de llegar, pasamos por la zona de la calle San Fernando, donde se encuentra el “hotel” de Alfonso XIII, el Palacio de San Telmo, y la Antigua fábrica de tabacalera.

La Catedral de Sevilla tiene su entrada por la Plaza de la Virgen de los Reyes. Se construyó sobre la mezquita mayor almohade de Sevilla del siglo IX erigida por el rey Abd-al-Rahman II, donde a su vez se hallaba la bizantina Basílica de San Vicente. Hoy es el mayor templo gótico del mundo y tercero de la Cristiandad, ocupa 22.720 m2. En el interior de la Catedral se encuentra un mausoleo con los restos del descubridor Cristóbal Colón, cuyo féretro portan cuatro heraldos que representan los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra. La Santa Iglesia Catedral de Sevilla fue declarada Monumento Nacional en 1928 y en el año 1987 la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad. Es realmente impresionante, su altura, las vidrieras, las esculturas, etc… Al salir por el Patio de los Naranjos se puede ver la Giralda y el cuadro es realmente impresionante.

Por la noche, volvimos a perdernos por el Barrio de Santa Cruz y cenamos en el restaurante el Cordobés, en la calle Santa María la Blanca donde volvimos a pedir las espinacas con garbanzos al estilo Sevilla (allí aprendimos el secreto: les añaden pimentón y comino). No es lo mismo comer estos platos en un restaurante que en la barra de un bar de tapeo, porque en Sevilla no se come se tapea…

Nos recomiendan otro bar con ambiente flamenco, muy cerca, en la calle Levíes 18, se llama “La Carbonería” y el Diario lo recomienda sin remisión. No tiene nada que ver con el que vimos el día anterior. Aquí el pijerío sevillano brilla por su ausencia, aquí el público es mayoritariamente extranjero y la “gauche divine” de la ciudad. Siempre hay actuaciones, y en ese momento, hay un chico al piano que toca y canta “divinamente”. Compartimos mesa con italianos, dos parejitas locales y un trío formado por una pareja y una señora gitana que canturrea y toca las palmas al ritmo del piano, mientras caían varios rebujitos (manzanilla con sprite y hielo) y las cervezas Alambra por nuestro gaznate. La escena es inolvidable y el lugar lo es más todavía. Se llama así porque realmente antes era una carbonería y es muy auténtico. De lo mejorcito del viaje…

Ya llegaba el final y nos fuimos a descansar. Al día siguiente seguía lloviendo y antes de ir al aeropuerto, fuimos paseando hasta el Parque de María Luisa. Como el tiempo no acompañaba, decidimos ir sólo hasta la Plaza España. Es impresionante, con su galería porticada que rodea una plaza inmensa de ladrillo rojo. La pena fue verla con tanta lluvia y con un cielo tan gris. Pero bueno, como siempre digo, la próxima vez que el Diario vuelva por aquí, queda pendiente el Parque y la Plaza España a poder ser soleada.

Antes de la despedida de Sevilla, el Diario recordó la cita de Antonio Gala: “Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo…lo peor es que puede que tengan razón”

Un comentario en “Sevilla sigue oliendo a “rebujito” y a jazmín.

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