Estambul y la sombra de Atartuk.


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Estambul y la sombre de Atartuk
Del 24 al 28 de Marzo 2005

En la nuca clavados… Nada más pisar suelo turco, los ojos azules del que fuera presidente de Turquía Mustafá Kemal Atartuk, persiguen al viajero desde todas partes, en los billetes, en el aeropuerto, en las calles…. Allá donde vayas te persigue una mirada misteriosa y penetrante que no deja indiferente a nadie. Parece ser que Atartuk fue quien consiguió que Turquía se “euroepizara”, cambiando el alfabeto y las costumbres del país. Modernizó el país y lo convirtió en una república laica. A pesar de ello, a Europa sólo le une un 3% del país y, tal y como están las cosas, no creo que Turquía vaya a formar parte de la Unión Europea muy pronto.

El Diario llegaba al aeropuerto de Estambul el jueves Santo 24 de marzo dos horas más tarde de lo previsto. Ya desde el principio empezamos a descubrir las penurias de viajar cuando viaja todo el mundo. Retrasos, aglomeraciones en las colas de los museos, etc… Muy distinto todo a cómo fue en 1997 el viaje a Estambul fuera de temporada: los precios han subido bastante y el turista ya no es un “ser privilegiado”, los hay a cientos y los “sablazos” son sonados. Pero, vamos por partes, porque a pesar de todo, Estambul sigue teniendo encanto y el Diario recomienda el viaje sin contemplaciones.

Conforme se va acercando el avión, impresiona el mogollón de viviendas apelotonadas que rodean la ciudad. Entre las torres y casas, asoman los minaretes de las mezquitas que se cuelan en el paisaje. Estambul es la ciudad más grande de Turquía con más de 12 millones de habitantes, es caótica y sucia pero al mismo tiempo “engancha” desde el primer momento.

Entre Asia y Europa y bañada por 2 mares: el Bósforo y el Marmara, Estambul deja sobre todo muchas sensaciones: el olor a mar, el canto de los muecines desde las mezquitas, los atardeceres desde la orilla de Uskudar , el olor a especias,… Es un caos pero engancha.

Al llegar al aeropuerto de Atartuk, bastante nuevo por cierto, lo primero que hay que hacer antes de pasar por aduana es sacarse el visado, cuesta 10 euros y el trámite es rápido pero eso sí, no hay ni un solo cartel que indique que hay que hacerlo antes de pasar por aduana. Todo depende del país de origen, los franceses por ejemplo, no necesitan visado pero los españolitos sí. Una vez pasada la criba, la avalancha de guías en la puerta de salida, esperando a los miles de turistas, es una nueva versión de la Batalla de Lepanto, donde tanto perdieron los turcos. Después del retraso de dos horas ya sufrido, la guía nos comunica con cara angelical que nos habían cambiado de hotel, así como quien no quiere la cosa. Nos dice que nos han respetado la categoría y la zona pero entre los que estamos allí de la misma agencia de viajes, empiezan a verse caras de mosqueo considerable. Nos trasladan a los respectivos hoteles y lo que eran sólo sospechas, se vuelven realidad: nuestro hotel dulce hotel, resulta estar encajonado en una calle sin salida y con un look años 60 trasnochado que ni la pensión el Chinche…

El mosqueo llega a ser inconmensurable cuando comprobamos que el hotel contratado en un principio tiene mucho mejor pinta y encima luce una estrella más…. Decidimos tomarnos el tema con filosofía oriental y no dejar de reírnos durante toda la estancia, porque motivos surrealistas no faltaron. Cuando desembarcamos en lo que en su día fue un hotel, nos recibe un “botones”, con su uniforme y pajarita descolorida incluida. Nos sube las maletas y nos enseña, el pobre, cómo funciona el mando de la tele con su esparadrapo incorporado, la nevera del año de la picó y el baño alicatado en el año 1453 cuando la toma de Constantinopla (por irnos ambientando ya en la historia del imperio otomano). Nos miramos a la cara cuando Sacarino se va y la carcajada de “reír por no llorar” es tal, que ni nos enteramos del canto a la oración de la mezquita de al lado. Como según dicen por ahí, no hay mal que cien años dure y que a falta de pan buenas son tortas. Ante la perspectiva de cortarnos las venas o dejárnoslas crecer, decidimos salir a la calle e ir a cenar. Lo único que habían respetado era la zona céntrica y con ese ánimo nos prometimos disfrutar hasta las trancas de Estambul.

Andando llegamos hasta la zona de Kumkapi. Es la zona portuaria de la zona céntrica y hay varias calles iluminadas con muchos restaurantes donde la especialidad es comer pescado recién traído del mar. Hay mucho ambiente y parece que es una zona donde los turcos suelen ir a cenar. Después de varios “no thank you” y de esquivar a varios camareros que te intentan meter a saco en sus locales, entramos en uno, el Olimpia que está a rebosar. Lleno de turcos eso sí, turcos que saben donde comer bien. La experiencia es única, de comedia italiana de mafia calabresa. Los camareros no paran: con tal de que entren todos los que asoman por la puerta, cogen sillas, suben mesas por encima de nuestras cabezas, sacan las bandejas de pescado fresco para que los parroquianos sepamos lo que nos van a poner en el plato… en un momento, las mesas del comedor se multiplican por tres y allí “vuelan” los platos y las botellas. Increíble!. Probamos una de las especialidades: gambas cocinadas con mantequilla y pimentón. Buenísimas. El pescado en brocheta y la dorada a la brasa están en su punto y el vino blanco turco también muy bueno pero para los que estéis acostumbrados a comer pescado fresco en los puertos, hay que decir que nada que ver con las raciones y las guarniciones de otros lugares, en Estambul, la gastronomía no es su fuerte. Un postre que sí recomienda el Diario es la crepe rellena de frutas, y los dulces en general, siempre y cuando, os guste la pastelería árabe que es más bien dulzona con miel, pistachos, almendras, cabello de ángel y muchos ingredientes de esos pecaminosos que duran 20 segundos en la boca y mil años en la cadera…

Salimos del restaurante y paseando volvemos al “hotel dulce hotel” pasando por la plaza donde están la Mezquita azul y la Iglesia de Santa Sofía. Una de las cosas a no perderse bajo ningún concepto en Estambul es ver estos dos edificios de noche, con la iluminación tan acertada que tienen, es una de esas imágenes que se retienen para siempre en la memoria…SIN PALABRAS!!. Después de quedarnos mudos ante tanto arte y tanta belleza, la vuelta se hizo más llevadera y ya teníamos ganas de que llegara el día siguiente para seguir la ruta por Estambul.

Viernes 25 de marzo
Luce el sol cuando despertamos y la habitación ya no nos parece tan cutre (lo que hace el optimismo). El desayuno es indescriptible: café, o más bien achicoria aguada y queso turco que está muy bueno por cierto, para acompañar. El queso es como el de cabra pero menos pastoso, es realmente muy bueno. Los “huéspedes” nos miramos con cara de circunstancias y con ganas de salir del comedor de película de terror serie B. Cuando salimos, cogemos el tranvía que recorre la arteria principal de la parte histórica de Estambul y llegamos a la parada de Sultanahmet , donde se encuentran Santa Sofía y la mezquita azul , las mismas que habíamos visto la noche anterior. Hay mucha más gente, 20.000 españoles según cuentan, y la quietud de la noche se rompe con “la Santa Cruzada” de turistas invadiéndolo todo por el día.

En Santa Sofía la cola es kilométrica y sin darnos cuenta nos ponemos en la cola de los guías, donde se lee perfectamente “priority guides”; como el lenguaje es tan “preciso”, damos por su puesto que prioridad no significa exclusividad, así que, sin cortarnos un pelo nos convertimos en “guías ocasionales” esperando que nos den prioridad…De repente, una chica muy simpática, eso sí con carné de guía de verdad, nos pregunta si somos guías y al contestarle que no pero que entendemos que el cartel no nos excluye, se ofrece a sacarnos las entradas. Con la tontería nos libramos de una espera de horas, pero no había que cantar victoria porque no nos íbamos a librar de las largas colas durante el viaje.

Santa Sofía fue construida hacia el año 360 DC, por el emperador Constantino. Sufrió 2 incendios y fue reconstruida en 530 DC por el emperador romano Justiniano. La disposición y la decoración son las típicas del período Bizantino, aunque actualmente está bastante dejada de la mano de Alá! Una vez asumido el control por parte de los turcos con la Conquista de Constantinopla en el año 1453, transformaron Santa Sofía en una mezquita y añadieron 4 minaretes. Hoy en día no es iglesia ni museo, no es lugar de culto y sí un museo. La visita merece la pena por ver los mosaicos del Pantocrator y la Virgen pero decepciona un poco el estado en el que se encuentra. En el año 1997 los andamios ocupaban la parte central y 8 años después siguen ahí, en el mismo lugar…

Al salir de Santa Sofía, tomamos un café en una terraza donde el sol calienta y comprobamos personalmente los “peligros del café turco”: absténganse los que no gusten del café con posos, porque el café turco es eso: una concentración de posos de café sin filtrar. Tras la pausa nos acercamos a la Mezquita Azul , mientras suenan los cantos de los muecines y la atmósfera es de cuento de Sherezade. Están orando en ese momento y está prohibida la entrada a los turistas. Para entrar en las mezquitas hay que quitarse el calzado y las mujeres tienen que taparse la cabeza con un foulard o un pañuelo. (Aunque en las más grandes no exigen el velo para la cabeza). Decidimos dejarlo para otro momento y rodeamos la mezquita por la parte trasera donde vemos a los hombres lavarse los pies en las fuentes, ya que forma parte del ritual de la oración.

La mezquita Azul fue construida durante el reinado del decimocuarto sultán otomano, Ahmet I, entre 1603-1617. Es la mezquita más grande y fastuosa de Estambul. Fue construida por el discípulo del arquitecto Mimar Sinan, Mehmet Aga. Su construcción, fue iniciada en 1609 y finalizada en 1616. El sultán Ahmet subió al trono a los catorce años y gobernó con gran aceptación popular hasta los veintiocho; falleció, supuestamente de cáncer, unas cuantas semanas después de inaugurar la mezquita. Está enterrado en el “külliye” de su propia mezquita, en un mausoleo que construyeron más tarde. El arquitecto de la mezquita, Mehmet Aga recibió el apodo de “Sedefkar”, el marquetero. El lugar elegido para la construcción de la mezquita fue el centro de la ciudad, antiguo emplazamiento de un hipódromo romano. Uno de los motivos de elegir esta zona fue porque estaba cerca del palacio de Topkapi . El cuidado que mostraron al elegir el lugar es un reflejo del posterior esmero que pusieron en elegir los materiales de construcción y en la decoración de la mezquita. Los 21.043 azulejos usados en su construcción fueron hechos en los talleres del palacio; las alfombras de cientos de metros cuadrados fueron tejidas en los telares imperiales y los cristales de las lámparas de aceite fueron traídas del extranjero. Es la única en Estambul que tiene 6 minaretes. El nombre de mezquita azul se debe a su decoración interior de azulejos azules de Iznik (ciudad famosa por su producción de cerámica) con motivos florales (flores de lis, claveles, tulipanes, rosas, cipreses y otros árboles).

Al salir por una puerta lateral, nos encontramos con la plaza del Hipódromo . El hipódromo era una inmensa construcción con 480 metros de extensión y 117.5 metros de anchura; según las estimaciones, tenia capacidad de cien mil espectadores. Fue construido en 203 D.C. por el Emperador Septimus Severus y después fue extendido y remodelado por Constantino El Grande. Cuando Santa Sofía era el centro de la vida religiosa, el hipódromo era el centro de las actividades civiles. Los intereses y pasiones de la población eran divididos entre las controversias teológicas y corridas de carros en el hipódromo .

Muy cerca de allí también se encuentra la entrada principal de la cisterna Yerebatan, que es la más grande de las 60 cisternas que fueron construidas en Estambul durante la época Bizantina, está situada frente al museo de Santa Sofía. Como no había agua dulce suficiente dentro de las murallas que rodeaban la ciudad, durante siglos la traían de las fuentes y ríos desde el bosque de Belgrado, a unos 25 Km. de distancia. Durante los asedios, los enemigos destruían los acueductos o envenenaban el agua, por eso se vieron obligados a depositar el agua potable en estas cisternas y, de este modo, utilizarla en caso de necesidad.

La cisterna de Yerebatan, construida en el año 532 en pocos meses, era el lugar en donde depositaban el agua traída a través del acueducto de Valente . Fue utilizada hasta el siglo XIV y restaurada a mediados del siglo XIX, ya que durante mucho tiempo en la época otomana no fue utilizada. Para su construcción se utilizaron diferentes tipos de columnas romanas de distintas épocas. Consta de 336 columnas repartidas en 12 hileras de 28 y situadas a 4 metros unas de otras y nos recuerda a un bosque de columnas. Ocupa un área de 10.000 m2, tiene 8 m de altura y aproximadamente su capacidad es de unos 80.000 m3. Tras las restauraciones realizadas el año 1987 se reabrió para el turismo. Hoy en día se puede llegar hasta al final de la cisterna que antes sólo se visitaba en barquitas. La música clásica y el espectáculo de luz completan su atmósfera mística. En el ángulo izquierdo de la cisterna , se descubrieron dos columnas cuyas bases esculpidas con óvolos clásicos reposan sobre dos extrañas cabezas de Medusa. Merece la pena visitar este lugar y dejarse llevar por la música y la iluminación, muy lograda por cierto.

Llegaba el descanso y después de comer en una terraza muy cerca a la Mezquita azul , un kebbab de cordero y una buena cerveza Efes (es la más conocida), el cuerpo pedía un descanso y nada mejor que “echar” una cabezada en los bancos que se encuentran justo en frente de la mezquita azul , mientras sonaban otra vez los cantos a la oración. Otro momento sublime del viaje.

Por la tarde, antes de quemar la tarjeta visa en el Gran Bazar , el Diario descubrió otro lugar muy recomendable. Justo al lado de la Mezquita azul , se encuentra un hotel con servicio de bar-restaurante en la azotea. Se llama el Seven Hills y no hace falta ser cliente del hotel para subir, tomar algo y disfrutar de las mejores vistas sobre Santa Sofía y la Mezquita. El café cuesta 6 liras turcas (más o menos 3 euros) pero las vistas valen el precio sin dudarlo.

Paseando por detrás del Palacio de Topkapi , nos perdimos por las calles llenas de gente, y llegamos al Gran Bazar . El bazar fue fundado en la época Otomana por el Sultán Mehmet II el Conquistador. La construcción comenzó justamente después de la conquista (1452) en el mismo sitio en que esta hoy. Fue destruido muchas veces por los incendios y al final fue renovado según el primer plano de la época de Mehmet II en el año 1954, aunque perdió su atmósfera oriental en la última década. El gran bazar es una pequeña ciudad. Según un sondeo que se hizo en 1880, el bazar tenía 4399 tiendas, 2195 talleres, 497 telares, 12 almacenes, 18 fuentes, 12 mezquitas pequeñas, también una mezquita grande, una escuela primaria y una tumba. Parece que el número de establecimientos comerciales es más o menos igual hoy, pero se añadió media docena de restaurantes, muchas cafeterías, dos bancos, los servicios y un centro de información.

El bazar parece un laberinto en el que uno puede perderse fácilmente, en realidad tiene casi un plano ortogonal sobre todo en el centro. El nombre de las calles corresponde a los artículos que se venden en las tiendas. Sabiendo la calle del artículo, es muy fácil encontrar lo que se busca. Hay una calle columnada de tiendas de alfombras orientales que tiene desde las piezas magnificas de museo hasta las piezas baratas de tipo moderno. Hay también una calle de joyerías, de plata y ornamentos de oro donde se pueden encontrar desde joyas de baja calidad hasta las joyas gerenciales. Cada tipo de artículo se encuentra en el bazar o fuera del bazar por lo tanto uno tiene que andar, ver y regatear.

Dicen que es difícil, si no imposible, salir de allí sin comprar nada, pero el Diario fue, vio y venció a la tentación. Lo que predomina en Estambul es la venta de falsificaciones de grandes marcas y resulta bastante cómico ver, sobre todo, a las marujas españolas comprando los bolsos y maletas falsos de Dior o de Louis Vuitton a kilos. Una opción es sentarse en una terraza de los bares que hay en el interior y ver al personal comprando compulsivamente como si realmente se llevaran a casa reales lotus, aunque ponga lorus o Bulgaris, aunque ponga Bulsaris, da igual, lo que importa es que la vecina de Moratalaz cuando te vea con tu flamante perico de lujo piense que es de verdad, lo demás son tonterías…. Una de las carcajadas más sonadas del viaje sonó cuando en el aeropuerto, a la vuelta del viaje veías las verdaderas tiendas de Bulgari, con los verdaderos relojes de lujo y las marujas ponían cara de circunstancias al ver que cualquier parecido con la realidad era puritita ficción… Y también fue gracioso ver en el hall del “cutre hotel” lleno de maletas falsas de Dolce y Galbana y de Vuitton, como si los dueños salieran del mismísimo Ritz… ¡qué graciosa es la gente que quiere aparentar lo que no es!.

Al salir, decidimos coger uno de los barcos que salen a cruzar el Bósforo sin saber el destino. Era de noche casi, y sin saber muy bien a donde íbamos, cogimos el primer barco que salía en dirección a Kadikoy . Allí no hay tanto turista, se nota que los turcos viven fuera del centro histórico y era una buena ocasión para perdernos entre ellos. Encontramos un restaurante típico, en pleno mercado y cenamos una de las especialidades turcas: kebbab (cordero fileteado) con yogurt, acompañado de la bebida nacional el ayran (yogurt batido). Las bebidas alcohólicas en Turquía no se encuentran en todos los restaurantes, ya que si son 100% musulmanes, el alcohol lo tienen prohibido. Si tienen licencia, el Diario comprobó que más vale abstenerse en la medida de lo posible porque los precios son de órdago. Una botella de vino supone en general más de la mitad de la cuenta,. Si lo normal en Estambul es comer por unas 20 liras turcas (unos 12 euros, dos personas), con el vino la cuenta subía a entre 40 y 60 euros…..Con lo cual, la recomendación está clara: abstinencia o petaca. Ustedes mismos!!!

A la vuelta, ya no había barcos (suelen acabar a las 7 u 8 de la tarde) y no tuvimos más remedio que coger un taxi. Antes era normal regatear con los taxistas pero actualmente tienen taxímetros y más vale no regatear porque se corre el riego de que se mosqueen. Sin darnos cuenta, vimos en el mapa que estábamos en la otra punta y la “aventura” no salió barata: 20 euros el trayecto que duró media hora casi. Es alucinante el tráfico que hay en Estambul, y cuando hay que cruzar los puentes que unen las orillas asiáticas con las europeas, los coches se cuentan por cientos. Largas colas kilométricas y conductores que parecen acostumbrados…

El día llegaba a su fin y la cama del cutre hotel la cogimos como si fuese el paraíso terrenal. Al día siguiente nos esperaba otro día intenso con muchos paseos por barco. De Estambul, un recuerdo inolvidable que siempre queda en la memoria son los paseos en barco, desde donde se ven las mezquitas y palacios bordeando las orillas. De lo mejorcito del viaje.

Sábado 26 de marzo
Volvió a salir el sol. Paseando por la avenida principal, intentamos visitar el Palacio de Topkapi . Las colas, una vez más eran kilométricas y desistimos en el intento. Esta vez el truco de guardar cola en la de los guías no funcionaba. Como el Diario ya lo visitó en el 97, decidimos dejarlo para otra ocasión. La verdad es que merece la pena visitarlo pero no cuando media humanidad piensa en hacer lo mismo.

El Palacio de Topkapi fue la residencia oficial del Sultán por tres siglos. Topkapi significa la puerta (kapi) redonda (top). Después de la conquista de Constantinopla en 1453, Mehmet II- el conquistador, construyó este magnífico palacio. El complejo del palacio es hoy un gran museo con muchos cuartos en exposición. Se pueden apreciar objetos en oro decorados con piedras preciosas (tronos, taza de té, cuchillos, tenedores y cucharas, cuna, joyerías, kilos y más kilos de objetos trabajados en oro), objetos en plata, cerámicas, miniaturas, paños y objetos sagrados Islámicos. En el palacio de Topkapi , el Harem está lleno de misterio y de historias. El harem está abierto al público y puede verse cómo vivieron la esposa, las concubinas y la madre del Sultán. El palacio de Topkapi fue la residencia oficial del Sultán hasta el final del siglo diecinueve. Mahmut II fue el último Sultán que vivió en este palacio. Los últimos Sultanes prefirieron vivir cerca del Bósforo, en palacios con estilos más europeos y así, construyeron los palacios de Dolmabahce, de Ciragan y de Beylerbeyi.

Tras el intento, bajamos al puerto de Eminonu y cogemos, esta vez, un barco hacia Uskudar para hacer escala y seguir hacia Besiktas. Como comentaba antes, los paseos en barco por el estrecho del Bósforo son toda una experiencia, y quizás lo mejor de Estambul. (Según el criterio del Diario claro). El Estrecho une dos mares, el Negro y el de Marmara, y separa la parte europea y asiática de Estambul.

En la orilla de Besiktas está el Palacio de Dolmabahce. Está situado en la parte europea de Estambul, en la orilla del Bósforo e impresiona más su situación que el interior. Antes de entrar, otra vez una cola enorme y cuando ya estamos a punto de comprar la entrada, nos ocurre una situación de reír por no llorar. Cierran la ventanilla y un guía turco se intenta colar descaradamente para comprar 50 entradas. En la tensa espera, le digo en refinado inglés que lo siento mucho pero que estamos antes que él y que la fila sigue por detrás. El chico se hace el sueco-turco y cuando reabren la ventanilla al cabo de media hora, y después de la hora previa de espera, él mismo que vende las entradas quiere colarle al guía sin miramientos. Allí se armó la de San Quintín, los unos gritaban al guía, el de la ventanilla hacía caso omiso a las quejas y seguía vendiéndole las entradas y una servidora acabó increpando al de la ventanilla con una retahíla de improperios en inglés que ni los hooligans de Manchester hubiesen tenido tantos registros. AL final llegó la calma y la mirada penetrante de Atartuk que nos rodeaba por todas partes, hizo que entrásemos en el Palacio un poco menos tensos. EL Palacio es enorme, tiene 248 habitaciones, 43 halls de entrada, 6 baños turcos y una lámpara de cristal que pesa casi 5 toneladas, regalo de la reina Victoria de Inglaterra. Se divide en dos partes: la oficial donde el sultán recibía a los huéspedes ilustres y el Harem donde vivían las esposas, la madre y las concubinas. Allí vivió el “amigo ojos azules Atartuk” durante 3 meses y allí murió, en una habitación, cubierta con la bandera turca y a orillas del Bósforo. Antes de irnos del Palacio, volvemos a vivir otra anécdota, de esas que te alegran el día: un hombre con su recién estrenada cámara de video, va con la maquinita registrándolo todo como un niño, mientras su hijo pequeño le mira con compasión y su mujer le indica lo que tiene que hacer: “tú hazle un barridito a esta habitación y ya está”, ¡No comment!

Al final, cuando ya se han visto 10 habitaciones con sus cretonas y sus lámparas de cristal, la trigésimo cuarta habitación es igual a la anterior y decidimos poner pies en polvorosa, escaparnos de los barriditos y de los calzonazos con videocámara.

Siguiendo la ruta por la orilla, nos dirigimos a Ortakoy . Antes de llegar, a unos 500 m se encuentra el Palacio de Ciragan, hoy hotel y casino que fue construido en 1874, destruido por un incendio en 1910 y reconstruido recientemente. Se trata de un palacio impresionante que alberga un hotel de lujo y el Diario recomienda colarse por sus pasillos e incluso tomar una café en sus terrazas que dan al Bósforo.

El destino de nuestro paseo es Ortakoy , un barrio de pescadores con mucho ambiente, y muy típico por sus casas de madera. Allí se encuentra la mezquita del barrio, Mecidiye Camii, justo debajo del puente del Bósforo (el 6º más largo del mundo). La zona tiene mucho encanto, hay mercadillo y la gente pasea por las calles y comen “patatas asadas rellenas” y gauffres rellenas de chocolate y frutas. Ortakoy está alejado pero el paseo en barco y el ambiente que se respira bien merecen el desplazamiento.

Caía el atardecer y para no quedarnos sin barco de vuelta como la noche anterior, decidimos regresar al puerto de Eminonu, nuestro punto de salida y entrada habitual. Ya era la hora de cenar y cruzando el puente Galata nos fuimos paseando por la base del puente, donde hay un montón de bares y restaurantes a pie de agua. Al llegar al otro extremo del puente, subimos una calle empinada que va hacia la torre Galata.

Esta torre de 61 m de altura se aprecia desde toda la ciudad. Está construida encima de una colina que domina el Bósforo , el mar de Mármara y el Cuerno de oro . Al mirador de la torre se puede llegar a través de 143 escaleras o en ascensor. Desde este mirador se puede admirar un panorama de la ciudad, Se sabe que desde el siglo V en este mismo lugar había una torre, pero la torre de Galata actual fue construida por los genoveses hacia 1348, como gran baluarte del recinto amurallado que debía protegerlos de los eventuales ataques de los bizantinos. Los genoveses la llamaron “la torre de Cristo”, alcanza una altura de unos 140m desde el nivel del mar y tiene 9 m de diámetro por dentro.
La torre, durante la época otomana, fue utilizada como prisión para encarcelar a los prisioneros de guerra, También se utilizó como observatorio. Después del final de la época otomana, se convirtió en atalaya de vigilancia de incendios. Ahora tiene en su piso más alto una sala de fiestas, un restaurante y un café.

La calle que va hacia la torre es muy empinada y cuando ya los pulmones se salen por la boca y la respiración no es más que un suspiro, aparece el “oasis”: un bar de tapas español que se llama “La venta del toro”. No es el típico bar español que se encuentra en las ciudades extranjeras, éste tiene una decoración todo “diseño”, con mosaicos, y música flamenca Chill-out que ayuda a olvidar por un rato el “tute” que el caminante lleva en el camino… A la entrada tienes unos pufs de infarto, de esos en los que si te sientas un rato corres el peligro de no levantarte nunca jamás. El peligro es que después de la calle empinada y del descanso en los pufs no hay valiente que se enfrente a las 143 escaleras de la Torre Galata…. el Diario se rindió al asalto y prefirió las cervezas en los pufs a las vistas panorámicas del Todo Estambul.

A la vuelta es de noche ya, y poco a poco nos vamos retirando. Antes de que fuese demasiado tarde y que nos diera por coger cualquier barco con destino a ningún lugar, fuimos cautos y nos fuimos a descansar.

Domingo 27 de marzo
La suerte de los Dioses no podía seguir constantemente de nuestro lado, y el domingo amaneció nublado. Después de tres días de tráfico, gente y ruido, un paseo dominical temprano, cuando no hay nadie por la calle fue todo un acierto. En Estambul hay muchas mezquitas pero se puede decir que las principales son la mezquita azul y la de Suleyman el magnífico. Decidimos ir a visitarla, y tuvimos la suerte de contar con un guía particular, que nos abrió las puertas del interior de la mezquita y nos llevó a una terraza desde donde hay unas vistas alucinantes sobre el Bósforo y la Torre de Galata.

La Mezquita de Suleymaniye es la mayor mezquita de Estambul y fue construida entre 1550-1557 D.C. por el Sultán Suleyman I – “Suleyman el magnífico”. Fue el sultán más rico y más poderoso del imperio otomano. El tamaño de la mezquita impresiona. Cuatro columnas sólidas masivas sostienen la mezquita: una de Baalbek, otra de Alexandría y dos de antiguos palacios Bizantinos. El arquitecto fue Sinan, un arquitecto conocido por trabajar sin necesidad de planos. Fue el arquitecto elegido por 5 sultanes y durante los 50 años de vida profesional, firmó unas 400 obras.

Al salir, o antes de entrar, merece la pena ver la zona de las tumbas, donde están enterrados los sultanes, sus mujeres y una serie de nobles identificados por unas lápidas, colocadas de forma curiosa. Seguimos la ruta, y de repente vemos los restos de un acueducto en un estado de conservación bastante lamentable. Muy cerca de allí están la mezquita de Sehzade. Esta es más pequeña y menos frecuentada. Quizás por eso, antes de entrar, un señor viene corriendo a pedirnos 2 liras a cada uno para entrar. Nos negamos porque además de estar prohibido cobrar en los lugares de culto, nos parece que el cartel de tontitos lo llevamos en la frente…. En vez de ceder al timo, aprovechamos las dos liras y nos tomamos un té de manzana, especialidad turca, que nos deja como nuevos para seguir caminando. Teníamos “mono de barco” y volvimos a coger uno con destino a Uskudar . Esta orilla del Bósforo, tiene fama por su paseo que bordea toda la orilla, desde donde se ven los mejores atardeceres de Estambul. Hay incluso partes del paseo con zonas cubiertas de alfombras para contemplar las vistas. Desde allí también se puede ver la torre de Leandro.

Este edificio de 1200 m2, conocido por los turcos como “Kiz Kulesi” (la torre de la virgen) y llamado por los europeos La Torre de Leandro, se construyó encima de una zona rocosa en medio del mar, a unos 200 m de la orilla, justo enfrente del barrio de Salacak de Üsküdar. Los dos nombres de la torre provienen de dos leyendas. Una de ellas se relaciona con un emperador bizantino que encerró a su hija en esta torre para protegerla de algún mal. Desgraciadamente, una serpiente que salió de una cesta de uvas que una bruja le había llevado a la torre le picó y la pobre princesa murió como habían presagiado los oráculos. A la torre por eso la llaman La Torre de La Virgen. El nombre de La Torre de Leandro no es nada más que una adaptación de una leyenda mítica que cuenta la relación entre el joven Leandro y Hero, sacerdotisa de la diosa Afrodita. Leandro cada noche atravesaba a nado el Bósforo guiado por el resplandor de la antorcha que encendía Hero, pero una noche de tormenta la tea se apagó y el joven murió ahogado. Cuando Hero supo la noticia se arrojó también a las aguas del Estrecho.

En los documentos históricos se cuenta que aquí se construyó un castillo por Alkibades durante la guerra entre Atenas y Esparta en el siglo V. Antes de Cristo. El castillo, tras la conquista de la ciudad, fue reconstruido y reforzado con cañones por el sultán Fatih . La torre en el siglo XVI se utilizó como faro. Su aspecto actual proviene de finales del siglo XIX, en la época del sultán Mahmut II. La torre ha servido sucesivamente de faro, de semáforo, de puesto de aduanas, de casa de retiro para los oficiales de marina, y de cuartel de inspección de la marina turca.

Justo enfrente de la torre, se encuentra el restaurante Seraglio, las vistas desde sus ventanales a la torre son únicas pero, ¡Cuidado con la comida!!! El Diario sufrió uno de los mayores “atracos a mano armada de su historia”. Por una ensalada de huevas de pescado, tamaño pintxo de ensaladilla rusa, una cazuelita de pulpo a la turca , cuyas dimensiones no superaba el tamaño del vaso de un yogurt (sin exagerar de verdad) y dos crepes de pescado bastante insípidas, los parroquianos nos cobraron 5000 pesetas del ala. Una vez más, volvimos a probar la “evolución del mercado en Estambul”; parece que la ansiada entrada del país en la Unión Europea les hace creer que cuantos más sablazos peguen más garantías tendrán… Ya no es lo que era, hace sólo 7 años se podía comer en Estambul por 500 o 600 pesetas y actualmente los precios se han quintuplicado. ¡¡Viva el capitalismo y la globalización!!!

Después del “atraco” y de rentabilizar las vistas del restaurante, nos pusimos a pasear por toda la orilla (hay más de un km) y a observar a la gente local que paseaba con las galas del domingo. El tiempo pasaba y el paseo duró hasta el anochecer. (Era cuestión de hacer la digestión después del empacho….). A lo largo del paseo, además de las alfombras, hay bancos para sentarse y cuando el sol se va poniendo sobre Santa Sofía y la Mezquita azul es un momento de auténtico éxtasis, de esos momentos que sólo se viven una vez…

De regreso al hotel, decidimos desquitarnos del desastre de la comida y, después de una buena ducha, nos obsequiamos con una cena en el restaurante Rami: www.ramirestaurant.com  Este local, está justo delante de la mezquita azul , y ocupa una casa de madera muy típica. Normalmente hay que hacer reserva porque los yankis ocupan todas las mesas. El ambiente es muy auténtico: música clásica, a la luz de las velas en candiles, mobiliario del siglo XIX, y vajilla y cristalería de época también. Los precios son altos pero la calidad de la comida y el ambiente esta vez sí que lo merecen. Una de las especialidades son las dolmas, un plato muy típico de Turquía que consiste en hojas de parra y hortalizas rellenas de arroz, con pasas y piñones. Otro plato que probamos fue la carne de cordero con verduras salteadas pero cocinado al horno envuelto en papel, tipo “papillote” que además de buenísimo, “entra por los ojos”, porque la presentación es muy original. De vuelta al hotel, paseando vimos algo que nos sorprendió un poco: entre las tumbas cercanas a las mezquitas que daban a la avenida principal, veíamos neones de colores, y mucho ambiente que procedía de los salones de té donde se puede fumar el nargile en pipas de agua. Chocaba un poco ver tanto ambiente junto a las tumbas y ver como las luces de neón se enredaban entre las lápidas.

El viaje ya llegaba a su fin. Al día siguiente nos esperaban las últimas horas en Estambul y las teníamos que aprovechar….¿qué mejor que un baño turco en un Hamman? Toda una experiencia recomendada por el Diario.

Lunes 28 de marzo
Nuestro último desayuno en el cutre hotel. Cuando llegamos ya estaban recogiendo y eran las 9 de la mañana, según marcaban nuestros relojes. No estaban estropeados, no eran Lorus ni Bulsaris ¿qué estaba pasando?, habían cambiado la hora como en España y nosotros pensando que sólo la habían cambiado en nuestro país. A otros les pasó lo mismo y menos mal, porque siguiendo la hora que teníamos, hubiésemos perdido el avión de vuelta que salía a las 20:30 según el horario previsto. Y digo según el horario previsto, porque la última sorpresa del viaje estaba por llegar….

Ya habíamos visto el Gran Bazar y nos quedaba por ver el Bazar Egipcio, también conocido como el de las especias. Es muy auténtico y se encuentra muy cerca de la salida del puerto de Eminonu. El bazar Egipcio es famoso por vender las mejores especias de Estambul y Turquía. En el bazar existe una selección inmensa de especias como el azafrán, orégano, menta, kimyon, henna para el pelo, especias Turcas especiales para la carne, diversos tipos de pimienta… Hay dulces Turcos típicos tales como ” baklava ” (una torta dulce hecha con miel y milfoil rellena con nueces, pistachos, castañas, almendras…), ” lokum ” (un dulce delicioso de corte en pedazos cuadrados pequeños, hecho con azúcar, harina y nueces, pistachos, almendras…) Diversos tipos de té como camomila, “ada cayi” (“té de la isla” – un té Turco especial), té de manzana, té negro… Muy cerca de allí también se encuentra una pastelería que se llama “dedeoglu”; allí preparan unas cajas para llevar, con una mezcla de los dulces que están diciendo “cómeme”. Tanto el bazar como los comercios en general están llenos de españoles que agotan sus últimas liras. Los comerciantes lo saben y repiten en perfecto castellano: ¡compra, compra último día!!!!

Se acercaba la hora de comer y el Diario disfrutó de otro momentazo del viaje: un baño turco en un hamman, por eso de volver relajados a casa. Toda una experiencia. Nos habían recomendado el de Cemberlitas, que data del siglo XVI, muy céntrico, y muy cercano a una de las entradas del Gran Bazar , en la calle Divanyolu. Fue todo un acierto. La entrada que incluye baño y masaje cuesta 28 liras, unos 15 euros. Cuando es la primera vez, uno se encuentra como un pulpo en un garaje pero vale la pena, en serio. Al entrar, hay que desnudarse en los vestuarios y taparse con una especie de toalla de algodón. (Tanto los vestuarios como los baños de mujeres y hombres están separados, aunque en otros hamman vimos que no hay tal separación). Antes de entrar en el hamman, se recomienda entrar unos minutos en la sauna. Cuando el sudor empieza a asomar, se entra en el recinto principal. Es una sala circular, con el techo abovedado, por donde se cuela la luz natural a través de unos orificios: allí esperan las masajistas turcas en top-less, las mismas mujeres que en la calle van con sus velos, cuando entran en las mezquitas…. Es un contraste. Cuando llegas por primera vez no sabes ni lo que hacer, ves a otras clientas desnudas sobre la tarima de mármol, descansando y secándose después del baño y los masajes. Te desprendes de la toallita y como te trajo el Sin Pecado al mundo, te tumbas en la tarima y esperas las órdenes de la masajista que te va a bañar y masajear. Fuera complejos! Allí se ve de todo, michelines, cuerpos esbeltos y tetas al aire más o menos caídas. La turca de turno te enjabona y te enjuaga como si fueses un bebé. Después del baño, llegan los masajes, desde la nuca hasta el dedo pequeño del pié, Una gozada!!! Es como una vuelta a la infancia, como cuando te metían en la bañera y te enjabonaban de la cabeza a los pies. Las masajistas son agradables pero se les nota que están un poco hasta el moño de hacer siempre lo mismo, como no hablan inglés a golpe de cachete en el culo, te van indicando cuando te tienes que girar boca arriba, boca abajo o sentarte….Cuando acaba el baño y el masaje, hay que tumbarse para secarse y relajarse. Allí nos quedamos todas las “Diosas” al desnudo en la tarima de mármol como un harem esperando al sultán.

Después de una hora más o menos, aunque no hay tiempo límite, se puede alargar la relajación y es cuando el cuerpo levita literalmente. Sales como nuevo y dispuesto a patearte Estambul tres veces más. Pero ya no daba tiempo, nos fuimos a comer a un restaurante que ya conocía el Diario y que después de 7 años, seguía igual: con la misma decoración, la misma buena comida y los mismos precios asequibles. Se llama “Haci Bozan Ogullari!, está en el nº 6 de la calle Laleli y es un sitio donde se come muy bien y a buen precio. EL último kebbab de cordero y el último ayran para beber… Estambul ya empezaba a formar parte del recuerdo.

A las 17:00 nos venían a recoger al hotel dulce hotel para llevarnos al aeropuerto. En el trayecto pudimos ver a decenas de barcos de carga que cruzaban el Bósforo con rumbo al Mar Negro y Rusia. Fue una bonita manera de despedirse de Estambul, aunque las historias que la gente contaba nos devolvían a la realidad pura y dura: los unos se quejaban de lo somieres de la camas, los otros de que les servían la mantequilla en una coctelera con cubitos de hielo, qué horror!!! Hasta una maruja se quejaba de que le daban choped en el desayuno y claro, en un hotel de 2 estrellas, qué querían que le dieran un desayuno con caviar a juego con sus maletas falsas de Louis Vuitton?. En fin, fuimos a facturar las maletas y de repente, por arte de magia, la salida en vez de a las 20:30, marcaba a las 22:30. Al principio todo el mundo pensaba que era un broma pero no era broma, la broma iba a llegar más tarde cuando al final embarcamos a las 12:30 de la noche y llegábamos a Valencia a las 3:30 de la mañana, o lo que es lo mismo, 4 horas más tarde de lo previsto. La gente trinaba, hubo hasta un motín que ni el de Esquilache. Por un momento, la azafata de tierra se vio acorralada por un tropel de gente que casi se la come literalmente. El Diario al embarcar pudo abstraerse y recordar los paseos en barco por el Bósforo y las vistas nocturnas a la Mezquita azul … Nadie ni nada nos iban a estropear los buenos momentos en Estambul aunque, eso sí, una cosa estaba clara: ¡Nunca más volveríamos en Semana Santa! Ni a Estambul ni a ningún sitio……pero… ¿será capaz el Diario de no seguir activo cuando se presenten unos días de vacaciones???? Seguro que no. De hecho las maletas ya están preparadas para el próximo puente… CONTINUARÁ!

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