Is-rael: “Dios ha vencido”


Is-rael: “Dios ha vencido”
Del 23-28 de octubre 2005

“Dios ha vencido”, es la traducción literal de Israel, tal y como se asegura en el libro-recuerdo que me compré al marcharme de este país, que me ha dejado huella, y al que sin duda volveré. Pero empezaré por el principio, por eso de iniciar la “casa por el tejado”. La posibilidad de viajar a Israel surgió por motivos profesionales: tenía que visitar a dos clientes de la empresa donde trabajo y, como no todo es negocio en esta vida, pude aprovechar el tiempo para hacerme, por lo menos una idea de este país tan repudiado por muchos y tan amado por otros. Siendo objetiva, tengo que decir que es una lástima que la situación política sea tan dura y tan difícil, porque es una parte del mundo realmente hermosa, con muchos puntos de interés histórico. Pero bueno, hoy por hoy, no parece que la situación vaya a cambiar, y lo que nos queda a los visitantes, es descubrir este país y contar lo que allí vimos.

Domingo 23 de octubre: Valencia- Tel Aviv
El madrugón fue bastante considerable, a las 4 en punto de la mañana, cuando las calles no están ni hechas…, vino a buscarme el chofer que me llevaría al aeropuerto de Manises en Valencia. Compartí el Furgón-taxi con una rusa enorme, cargada de maletas hasta las cejas eslavas que tenía, y con otra chica sin nacionalidad definida, que era el prototipo de “soy mujer, pero tengo lo que hay que tener para conquistar el mundo del business”. Bastante patética la chica, sobre todo cuando piensas que a los que conquistan el mundo, no les suena el despertador a las 4 de la mañana ni por asomo. Pero bueno, está bien esto de sentirte la “mujer del año”, aunque sea en el patio de tu casa…. Al llegar al aeropuerto la rusa imponente se plantó con su maleta-ataúd en el despacho de facturación de Alitalia. La azafata de tierra, muy mona ella le dijo textualmente:”lo siento señora pero su maleta excede en unos cuantos kilos y no la puede facturar. Tenga Usted en cuenta que los que cargan las maletas son humanos y esto no se puede consentir”. Así que vacíe la maleta si quiere montar en el avión”. La rusa no movió ni un pelo de sus cejas eslavas pero sí le preguntó ¿y ahora qué hacer yo?: y la azafata sin perder la compostura, muy educada y muy cínica ella le replicó: cómprese otra maleta en una tienda del aeropuerto y reparta el peso. Y la rusa, seguía con su hieratismo particular y mirándose el reloj, le volvió a contestar: tiendas estar cerradas ¿qué hacer yo? Y la azafata que ya tenía el pulso rápido y ganas de despacharla, en el peor sentido de la palabra: le dijo con bonitas palabras “búsquese la vida”. Mientras, la otra “business woman” que estaba detrás, contemplaba la escena impertérrita, sin dejar de mascar chicle. Fui a desayunar, y mientras tomaba un café no dejaba de pensar si finalmente la rusa subiría en el avión o no. Cuando ya nos llamaron para embarcar, eché la vista atrás y allí estaba ella, con un par de bolsas amarillas de plástico de “Aldeasa”, llenitas a rebosar como equipaje de mano. Iba acompañada de la otra “estupenda” business-woman que seguía mascando chicle, al estilo “Chon Guaine” en la Diligencia.

El vuelo a Milan-Malpensa fue corto pero intenso: Alitalia está en las últimas y ya no saben qué hacer para capturar clientes. Así que han decidido sortear un cochazo, diseño italiano, todas las semanas. Con lo cual, cuantos más viajes hagas con esta compañía, más probabilidades tendrás de volver en tu flamante bólido, en vez de volar: coherencia italiana. El cielo estaba más que nublado y el aeropuerto a rebosar. Muy pronto localicé la puerta de embarque para el siguiente vuelo a Tel-Aviv. Casualidades de la vida, justo al lado se sentó, la “heroína” del viaje: la misma que seguía mascando chicle y que no dejaba de mirar su ordenador portátil, mientras debía seguir pensando que era una estupendísima ejecutiva de altos vuelos. En fin, cuando ya me tocaba embarcar, estaba inmersa en una cola de pasajeros que destacaban precisamente por la ausencia de cualquier rasgo judío-ortodoxo. Cuando me senté ya en mi plaza, sí que me di cuenta de que no me había equivocado de avión. Justo detrás, había un grupo de unos 8 niños replicantes: todos con sus gafitas redondas, sus tirabuzones, sus levitas negras y sus camisas blancas almidonadas. Los más mayores leían la Torá , su libro sagrado, que recoge el “Pentateuco”, los 5 primeros libros del Antiguo testamento. El judaísmo no reconoce la figura de Jesucristo, ni el nuevo testamento. Para los judíos, Jesucristo fue un profeta más, un revolucionario al que crucificaron. 4 horas duró el viaje, y entre rezos, lecturas y las idas y venidas por el pasillo, de un grupo de “peregrinos” franceses que lucían enormes cruces y anillos con el sello de la Orden de Malta, llegamos a Tel-Aviv, con 30 grados de temperatura ambiente. Israel es lugar de culto y peregrinación. Se cuentan por miles los turistas que visitan cada año: Jerusalem, y otros lugares bíblicos como Canaan, Jericó, Belem, o Nazareth. El control en la aduana no fue excesivamente largo ni tedioso. Una chica me preguntó el motivo de mi viaje y el nombre de los clientes a los que iba a ver. Eso fue todo.

EL aeropuerto, moderno y luminoso, fue el primer contacto con este país que me impactó desde el primer momento. Ben-Gurion se llama el aeropuerto internacional de Tel-Aviv, en honor al que fuera primer ministro del país, que en 1948 proclamó el establecimiento del Estado de Israel. En la puerta de “llegadas” estaba esperándome la que se iba a convertir en mi “guía oficial” en el país: la madre de mis días, que llevaba un mes allí aprendiendo hebreo. Con falta de sueño, después de mi madrugón, decidimos coger un taxi.

El sistema más barato y cómodo en Israel es coger un “sherut”, una especie de mini autobús que por 25 shekkels, unos 4 euros, puedes hacer trayectos de hasta 60 km, como por ejemplo el trayecto entre Tel-aviv y Jerusalem. Pero, estando como estaba, lo mejor era coger un taxi. El taxista nos llevó al hotel, donde tenía reservada habitación en el Dana Internacional, a orillas del Mediterráneo.
http://www.danhotels.com/TelAvivHotels/DanTelAvivHotel/

La clavada del taxista, a pesar de su simpatía, fue de las memorables: 30 dólares por el trayecto. De todo se aprende, y enseguida me di cuenta de que en Israel, como ocurre en los países árabes, los taxímetros no existen, así que más vale negociar el precio antes de subirse. El hotel era un 5 estrellas por “imperativo” legal de mi empresa. Ir a Israel, sigue siendo una especie de “misión arriesgada”. Y yo, como soy muy obediente, no rechisté en absoluto: dormiría en un 5 estrellas. El “estado policial” del país, empecé a sentirlo nada más bajar del taxi, cuando en la entrada del hotel, nos recibió un agente de seguridad, pidiéndonos el nombre y apellidos antes de acceder a la recepción.

Entramos sin problemas, y accedimos a la habitación con vistas al Mediterráneo. La verdad es que el hotel tampoco era algo extraordinario, pero eso sí, las vistas al mar, y el emplazamiento a 10 minutos del centro de la ciudad andando, merecían la pena. Eran ya las 5 de la tarde y ya estaba oscureciendo. No había tiempo que perder. A pesar del cansancio, las puestas de sol sobre el mar, y el puerto antiguo de Yaffo, son motivo suficiente para venir a Israel. Impresionante. No hay palabras para describir esos atardeceres en los que el cielo se tiñe de naranja, el mar brilla como una gran bola de plata, y las sombras del que dicen es el puerto más antiguo del mundo, nos recuerdan que a pesar de todo, el hombre aún puede disfrutar de momentos como este, en el país más inhóspito del mundo…

Desde el hotel hasta el puerto de Yaffo, se extiende un paseo marítimo de unos 2 km y durante mi estancia en Israel, lo recorrí varias veces, porque esos atardeceres y amaneceres se quedarán grabados en la retina de mi memoria por los siglos de los siglos… Son estas pequeñas cosas las que hacen que los viajes sean uno de los mejores motivos para seguir viviendo y apreciar la vida. Andando y con las últimas luces del día, llegamos a cenar al Puerto. Además de ser, según dicen el puerto natural más antiguo del mundo, es famoso también porque según cuenta la leyenda, desde allí partió el profeta Jonás hacia Tarsis y en su camino acabó en la boca de la ballena. Hay versiones para todos los gustos.

Según la mitología griega su fundación se atribuye a Jopes (Casiopea), hija de Eolo. Parece ser que fue el escenario de la fábula de Andrómeda, la cual quedó atrapada en una roca y liberada posteriormente por Perseo. Sea como sea, lo que sí existen son datos históricos que demuestran que en tiempos del Rey Salomón ya sirvió como puerto para recibir los cedros enviados para la construcción del templo de Jerusalem. Yafo, es digamos la ciudad original y más antigua, mientras que Tel-Aviv, fundada a principios del siglo XX, y que significa “colina de primavera”, sería la ciudad moderna, la “nueva capital” del Estado judío, no reconocido hasta mediados del siglo pasado. Entre las callejuelas de Yaffo, muy estrechas y empedradas, vimos templos ortodoxos, iglesias cristianas y minaretes árabes, desde los que se oían los cantos a la oración de los muecines. Era una mezcla insólita de religiones, un aperitivo de lo que vería más adelante en Jerusalem.

Se hizo de noche, y entre el laberinto de calles, conseguimos llegar hasta la parte baja del puerto, donde se come un “humus” buenísimo. Cenamos en la terraza de un restaurante, junto a los barcos de pesca, y una familia que cenaba tranquilamente, a la luz de las velas, mientras los gatos correteaban entre las patas de las mesas y, de vez en cuando, “pillaban” las sobras de la mesa. De vuelta al hotel, soplaba una brisa buenísima, se respiraba el olor del mar, y las estrellas que ya anunciaban “sol y buen tiempo” para el día siguiente, nos guiaron hasta la cama del hotel. Acababa un día largo, agotador, pero al mismo tiempo lleno de buenas vibraciones.

Lunes 24-10-2005: Mar Muerto
Oscurecía pronto y por lo tanto, a las 6 de la mañana ya brillaba un sol resplandeciente. Había que aprovechar la víspera de una de las fiestas nacionales en Israel para “turistear” un poco. Después de un desayuno buenísimo, basado en productos del país: humus, falafel, ahumados de pescado, quesos frescos de todo tipo, y frutas exóticas, con fantásticas vistas sobre el Mediterráneo, ya estábamos más que preparadas para visitar el Mar Muerto.
Muy cerca del hotel, se encuentra el mercado del Carmelo. Cuando lo cruzamos, la ciudad empezaba a despertarse y los tenderos sacaban sus mejores frutas y verduras en los mostradores de sus puestos. Una de las cosas que más me sorprendió fue ver cómo hacían zumo natural de granada. Lo probé más tarde en Jerusalem, y la verdad es que me gustó más el color de la bebida que el sabor en sí. Aviso a navegantes: el servicio en autobús al Mar Muerto no es muy frecuente. Me imagino que en verano habrá más servicios, porque siendo un lugar tan turístico sorprendía bastante que sólo hubiese un servicio.

Salía desde la estación de Trenes, a las afueras de Tel Aviv a las 8:40 en punto de la mañana, en el autobús nº 421. Llegamos con el tiempo justo para observar que de cada 3 personas que esperaban en la cola del autobús, 1 era militar. Era víspera de la fiesta nacional judía que conmemora “la entrega de la Torá” y se notaba cierto trajín. Una de las imágenes que me chocó, fue ver a una chica, que casi era una adolescente con su traje militar y un peluche colgando de su mochila que rozaba con la metralleta que llevaba. El servicio militar es obligatorio para hombres (3 años) y mujeres (2 años), al cumplir los 18 años. La polémica está servida porque se hacen excepciones con los estudiantes de seminarios religiosos, con los nuevos inmigrantes y con las minorías nacionales, a excepción de los drusos. Los judíos ortodoxos también se libran de hacer el servicio militar. Los drusos, alrededor de 106.000 árabe parlantes, viven en 22 aldeas en el norte de Israel, constituyen una comunidad cultural, social y religiosa separada. Aunque la religión drusa es inaccesible para los extraños, uno de los aspectos conocidos de su filosofía es el concepto de taqiyya, que llama a una total lealtad de sus fieles al gobierno del país en que residen. Por eso no extraña que hayan renunciado voluntariamente a dejar de hacer el servicio militar y se recluten voluntariamente. Los beduinos también se ofrecen voluntariamente como rastreadores Además del servicio militar obligatorio, en Israel existe un sistema de reservas por el que cada ciudadano, hasta los 55 años para los hombres y 50 años para las mujeres, tiene la obligación de estar en reserva, disponible para ser llamado a filas, durante 45 días al año para los oficiales, y 30 días para los soldados rasos. Esto plantea problemas ya que se interrumpe la vida laboral y familiar de cada ciudadano durante esos periodos. Sin embargo, como el país puede ser atacado por sorpresa en cualquier momento, el sistema de reservas está más que asimilado por la población.

Como decía antes, se notaba cierto movimiento en la parada del autobús que nos llevaría al Mar Muerto. Como era víspera de una fiesta nacional, los jóvenes en servicio militar viajaban gratis a sus lugares de origen para pasar la fiesta en familia. Así, acompañadas de muchos jóvenes vestidos de kaki, llegamos a nuestro destino del día: el Mar Muerto. EL camino desde Tel- Aviv al Desierto de Judea, “puerta” de acceso al Mar Muerto, pasa por Jerusalem. Y allí tuvimos otra vez la ocasión de comprobar en nuestras propias carnes el “estado de sitio” en el que se encuentra Israel.

Nos hicieron bajar del autobús, pasar por un scanner, por un cacheo policial y volver a subir al autobús para seguir camino hacia nuestro destino final. La visita de la ciudad sagrada de Jerusalem la dejábamos para el día siguiente. Al salir del control de Jerusalem, y bordeando el monte de los olivos, que efectivamente existe, no es un invento de la Biblia, cruzamos el Desierto de Judea. Impresionante. EL autobús va bajando entre dunas y tiendas de beduinos hacia el punto más bajo de la tierra, (400 metros bajo el nivel del mar), donde se encuentra el Mar Muerto. EL paisaje nos deja atónitas y sin pestañear. Es un rincón del mundo único, muy árido, misterioso y al mismo tiempo muy atractivo. Las curvas y bajadas del desierto nos van acercando poco a poco a nuestro destino final. Al llegar a la explanada, al punto más bajo de la tierra, nos encontramos con una extensión de tierra enorme e ilimitada, bañada por un mar azul celeste con sus orillas blancas, de un blanco intenso que impresiona y que tiene una explicación: el agua del Mar Muerto cuenta con el más alto nivel de salinidad y densidad del mundo. Se llama así porque debido a su riqueza en potasio, magnesio, bromo y sal no tiene vida de ningún tipo. En sus aguas no hay peces ni algas, sólo minerales. Antes de apearnos del autobús en nuestra parada final, fuimos descubriendo en el camino otros lugares interesantes. Nos paramos en un antiguo kibbutz que ahora hace las veces de complejo turístico. En mitad del desierto y con una temperatura que sobrepasa los 30 grados a finales del mes de octubre, este lugar es un auténtico oasis en el desierto.

Los kibbutz son comunas en las que convive cerca del 3% de la población israelí. Las decisiones se adoptan en asamblea general de sus miembros y la propiedad y medios de producción pertenecen a la comunidad. Hace años, los kibbutz se dedicaban principalmente a la agricultura pero, hoy en día, sus ingresos proceden sobre todo de la industria y el turismo. El que vemos desde el autobús se llama Kibbutz Kalia; sus jardines y las vistas al Mar Muerto invitan a quedarse. Normalmente, los precios de estos kibbutz transformados en complejos turísticos suelen ser bastante elevados y en sus instalaciones se puede hacer todo tipo de actividades.

Seguimos nuestro camino y vamos viendo los distintos “spa” y balnearios que abundan en las orillas del Mar Muerto. Según nos cuenta una señora que viaja en el asiento de al lado, algunos balnearios disponen de acceso privado a la playa y en otros el acceso es libre. Los poderes curativos de las aguas del Mar Muerto son conocidos a nivel mundial. Viene gente de todos los lugares a bañarse y recibir tratamientos para curar enfermedades de la piel como la soriasis. La concentración en sales y minerales es diez veces superior a la normal y por eso la densidad es tal que los cuerpos flotan literalmente. La imagen del bañista leyendo el periódico mientras flota en el agua impacta pero tiene su explicación.

Antes de llegar a la última parada de nuestro viaje, pasamos por otro sitio de interés: Masada. Se trata de una ciudad fortaleza que se en encuentra en lo alto de una montaña, justo enfrente de las montañas de Jordania, y donde el rey Herodes en los años 40 antes de Cristo, se refugió de sus enemigos. La historia del lugar está cargada de simbolismo para los israelitas, ya que fue el último bastión de resistencia de los judíos. La fortaleza fue atacada por la décima Legión de Roma y los judíos celotes que allí vivían, tomaron una decisión: sacrificar sus vidas en vez de rendirse. Ben Yair ordenó que se quemara toda la fortaleza exceptuando las reservas de comida, para que el enemigo viese que era cuestión de orgullo y no por desesperación. Después los casados sacrificaron a sus familias. De todos los supervivientes, eligieron al azar a 10 hombres que matarían al resto. Al final quedó uno solo y se suicidó. Cuando llegaron los romanos sólo encontraron cadáveres y en vez de festejar la “conquista” admiraron el valor y el orgullo de los judíos que prefirieron morir antes que rendirse. Parece que se repite la historia y que el pueblo judío tiene que seguir luchando por un trozo de tierra “prometida”…. Pero los palestinos también fueron expulsados de su tierra… ¡Qué complicado es todo!.

Al llegar a nuestro destino, por fin, después de casi dos horas de trayecto, nos encontramos con un montón de hoteles y bastantes turistas en la playa. Muchos de ellos embadurnados de barro completamente, y otros flotando en el agua como patos de goma. La experiencia de meterse en aguas del Mar muerto es increíble. Huele muchísimo a azufre en el ambiente y flotar sin que salpique el agua a los ojos, ni por asomo no es tarea fácil. Parece fácil pero no lo es. Hay que cogerle el truquillo. Hay que tener mucho cuidado con los ojos y con no tragar agua porque es realmente un agua saladísima, y el cuerpo empieza a picar por todas partes a los 5 minutos. Al intentar flotar el cuerpo se balancea y salpica hasta que coges la postura, mientras te echas unas risas. Toda una experiencia la del baño en el Mar Muerto. En el suelo, la arena está formada por sales cristalizadas de color blanco y como no se puede sumergir la cabeza para coger las sales, nos inventamos una manera de hacerlo: con los pies. Y allí que nos pusimos a “capturar” sales minerales con los pies y la gente de alrededor se puso a imitarnos. Todavía recuerdo las risas que echamos durante un buen rato. Los turistas envueltos en barro también nos observaban desde la orilla y la verdad es que fueron momentos de los de recordar toda la vida. Después del baño, la piel se nos resecó y cogió un tono blanquecino por la salinidad del agua. Nos duchamos enseguida con agua dulce, en las duchas que están disponibles en la orilla.

Antes de regresar a Tel-Aviv, hicimos nuestras compras de barros, cremas, jabones y todo tipo de productos “Made in the Dead Sea”. Hay para todos los gustos y colores: cremas exfoliantes, de pies, de manos, hidratantes, mascarillas…. Un paraíso para los/las amantes de las cremas. Además de precio no están nada mal y merece la pena cargarse con todo tipo de productos extraídos de este lugar tan alucinante. Hay varios hoteles a orillas del mar y entre sus servicios ofrecen por supuesto, todo tipo de curas a base de las “maravillas del Mar más profundo de la tierra”.

Nos fuimos de allí a las 2 y media de la tarde, cuando el sol calentaba, mejor dicho quemaba literalmente la piel. El chofer del autobús nos dijo que pasaría por allí a las 14:30 en punto, pero cuando estábamos esperando obedientes se nos acercó un “sherut” y el conductor nos dijo que nos llevaba a Jerusalem por 125 shekels, tras un regateo en toda regla. Lo que no nos imaginábamos es lo que nos iba a pasar a continuación. El conductor era árabe y desde que nos montamos no dejó ni un segundo de hablar por el walkie con no sé quien. EL caso es que chillaba y estaba nervioso. Vueltas y vueltas, él quería llenar el sherut de turistas para que le saliera rentable el viaje a Jerusalem. Al final, después de dar mil vueltas, a la media hora de trayecto, se paró, nos pidió disculpas, y devolviéndonos el dinero nos dijo que cogiésemos el autobús que venía justo detrás. Nos quedamos ojopláticas con la operación pero bueno, al chico no le salía rentable y nosotras nos dimos una vuelta por la zona “de gratis”.

A pesar de ser poco más de las tres de la tarde, ya se notaba que iba declinando la luz del día. Con la aventura del sherut aún en el cuerpo, nos sentimos más seguras en el autobús de línea, lleno hasta los topes, con gente que se dirigía a casa para pasar la fiesta del día siguiente. Cuando llegamos a Jerusalem, eran las 5 de la tarde más o menos y no había un alma por las calles de la ciudad Sagrada. Bueno, miento, había bastantes judíos ortodoxos que iban corriendo por las calles, como con prisas y ataviados con sus mejores galas y sombreros. Resulta que cuando es fiesta nacional judía en Israel, como era el caso, la fiesta dura exactamente lo que dura la luz del sol. Es decir, la fiesta dura desde que anochece la víspera, hasta el anochecer del día de la fiesta. Por eso, cuando llegamos la víspera a Jerusalem a las 5 de la tarde, ya no había nada abierto. Las tiendas estaban cerradas, no había servicio de autobuses y los turistas estábamos perdidos sin saber qué hacer ni a dónde ir. En realidad, cuando es shabat no se puede hacer fotos, ni encender la luz, ni preparar comida, ni nada de nada. Según dicen las escrituras Dios después de la creación se retiró y por eso, cuando es Shabat, los judíos se dedican a descansar en el más estricto sentido de la palabra. No hacen ningún trabajo manual. Sólo se dedican a meditar y rezar.

En vista del panorama y de que sólo veíamos rabinos con tocados de todo tipo (los judíos de Europa del Este y Rusia llevan sombreros de ala ancha forrados de piel), preguntamos a una pareja de sudamericanos, afincados en Estados Unidos, si sabían a qué hora iba a pasar el autobús. Eran de “La Florida”, Miami, y nos contestaron que iban a coger un taxi y que si queríamos compartirlo. Dijimos que sí, y paramos al primer taxi que vimos libre. Una vez más, tuvimos que enfrentarnos a una situación un tanto estrambótica. El taxista pensaba que íbamos todos al mismo hotel y, cuando a mitad de camino, le hicimos entender como pudimos que a nosotras nos tenía que parar antes y desviarse una sola calle, se puso a chillar como un energúmeno. Tanto es así, que yo estuve a punto de bajarme en ese mismo instante cuando pensé que le iba a dar un infarto de miocardio. Empezó a gritarnos diciéndonos que le habíamos engañado, y que la carrera era más cara de lo pactado. Al final le dimos 4 shekels por no escuchar más sus gritos y le aconsejamos que no se pusiera así, que no valía la pena. Gracias al Sin Pecado, la parejita de “La Florida” como decían ellos, eran de esos buenos cristianos que a toda pena le ponen buena cara. Ella intentaba apaciguar al taxista y con su mejor sonrisa nos preguntaba si nosotras también teníamos la suerte de contar con “él” como amigo. Se refería a Jesucristo claro…

La escena era trágico-cómica y cuando nos bajamos de aquel taxi, dimos gracias al “amigo” por llegar sanas y salvas. El encontrarnos con la pareja de cristianos no era algo casual, porque en Israel, y especialmente en Jerusalem, el turismo que se da, es sobre todo religioso, más que cultural. Vienen a millares los turistas en peregrinación a ver los “santos lugares”. En ese preciso momento estábamos pisando tierra de la ciudad más visitada por los católicos, después de Roma. Llegamos al hotel-albergue y como era de temer estaba completo. Las calles seguían desiertas y decidimos coger otro sherut y dormir en nuestro hotel en Tel-Aviv, donde teníamos la cama asegurada.

Al día siguiente podíamos volver a Jerusalem sin problemas, y con fuerzas renovadas para vivir la “Entrega de la torá” . En poco menos de una hora llegamos a Tel-Aviv. En la capital ya era de noche y estaba todo cerrado pero no tan desierto como en Jerusalem. Cogimos un taxi al hotel y cenamos en Yaffo, en un restaurante con vistas nocturnas a las playas de Tel-Aviv. Después de cenar, al llegar a la habitación, me esperaba un mensaje hospitalario de unos de los clientes a los que visitaría el miércoles. Pero aún quedaba un día de fiesta nacional, un día más para disfrutar de un país que seguía impactándome.

Martes 25-01-2006: Jerusalem
Un día especial tenía que empezar con un desayuno especial, y nada mejor que comer todo tipo de especialidades del país: humus (pasta de garbanzos con limón y ajo), falafel, (croquetas fritas preparadas con pasta de garbanzos, ajo, sésamo y especias), berenjenas, quesos, ahumados de pescado, etc… viendo el Mediterráneo por los grandes ventanales del comedor del hotel. El sol brillaba y la temperatura rondaba los 20 grados desde primera hora del día. Un día perfecto para descubrir una ciudad como Jerusalem. Antes de narrar lo que allí vimos, me quedo con estas líneas sobre Jerusalem: Diez medidas de belleza descendieron sobre el mundo; nueve recibió Jerusalem y una, el resto del mundo. (Talmud de Babilonia, Tratado Kidushín 49:2).

Decidimos ir andando a la estación central para coger un sherut porque siendo fiesta era el único medio de transporte disponible. En el camino, nada más salir del hotel vimos una escena dantesca. De repente, en el paseo de la playa vimos a cuatro perros histéricos que tenían agarrado a un pobre gato por la cabeza, el cuello y las patas. En cuestión de segundos se lo estaban “merendando” literalmente, y nos pusimos a chillar como energúmenas para espantar a los perros. No nos hacían ni caso. De repente, apareció un chico en bici, se bajó y empezó a dar patadas a diestra y siniestra para que los perros dejaran en paz al pobre gato. Lo consiguió y el pobre misino asustadísimo, con los pelos como escarpias, se puso en guardia a bufar sin creerse aún lo que le había pasado. Fue horrible la verdad, menos mal que llegó el “salvador” y los perros se quedaron con las ganas. El gato se fue corriendo, y contando las 6 vidas que le quedaban…..la séptima la acababa de perder…. Con el susto aún en el cuerpo llegamos a la estación, tras un paseo de unos 15 minutos por unas calles completamente desiertas.

Era fiesta y se notaba, incluso en Tel-aviv. Enseguida cogimos un sherut con destino a Israel, junto a dos mujeres negras americanas enormes y sus respectivas niñas, de no más de tres años, guapísimas con sus trencitas de colores y sus ojos como platos. Hacía un tiempo buenísimo y cuando llegamos a Jerusalem entramos en la ciudad amurallada por la puerta de Damasco. La ciudad vieja tienen 8 puertas, pero las 4 principales son: la de Damasco, la de Yaffo, la de los Leones y la de Sión. Accedimos a la ciudad Santa por las calles empedradas de la parte árabe, donde no era festivo y la vida cotidiana seguía su curso. Hay dos maneras de visitar el centro histórico: paseando por sus calles o bien, desde las alturas, por un camino trazado que discurre por la parte alta de las murallas y a la que se puede acceder por unas escaleras. Dentro de las murallas de la Ciudad Vieja, se divide en cuatro barrios: cristiano en el noroeste agrupado alrededor de la iglesia del Santo Sepulcro; armenio en el suroeste; musulmán en el centro y noreste y judío en el sureste. Esas murallas fueron construidas por el Sultan Suleimán el Magnífico en el siglo XVI, siguiendo aproximadamente la línea de las murallas construidas por los romanos para circundar Jerusalem. Jerusalem es la ciudad más grande del país, con más de 600.000 habitantes, y es reconocida como ciudad Santa por las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo y el Islam. Aunque, cada religión interpreta esta santidad de diferente forma. Para el pueblo judío, la ciudad ya es santa de por sí. Durante casi 3000 años, desde tiempos del Rey David y la construcción del Primer Templo por su hijo Salomón, Jerusalem ha sido y es su “casa”, su centro de peregrinación. Para los cristianos, Jerusalem es la ciudad de los Santos Lugares, donde acontecieron muchos capítulos de la vida de Jesús. Y por último, para los musulmanes, la “ciudad conocida también como la ciudad de la paz”, es identificada como el “santuario más alejado” desde el cual el profeta Mahoma, acompañado por el ángel Gabriel, llevó a cabo su travesía hacia el cielo. Se habla de la ciudad de la paz porque en pocos sitios como éste, conviven desde hace siglos las tres religiones mayoritarias del planeta. Aunque esta “paz” se ha visto en peligro en muchas ocasiones. Jerusalén fue una ciudad árabe regida por un alcalde musulmán palestino desde el siglo VII hasta mayo de 1948. Cuando se formó el Estado de Israel, la ciudad se vio sometida a una “ocupación” y se sustituyó la población palestina-árabe por inmigrantes judíos. Hoy en día, la mayor parte de las propiedades y bienes sigue siendo de los palestinos aunque esté colonizada por los judíos. Esta sería la versión árabe, porque los judíos piensan que tras siglos de usurpación, fue en 1948 cuando pudieron finalmente recuperar la ciudad donde se erigía el Templo de Salomón, su rey y patriarca, destruido por Nabucodonosor.

Paseando por el laberinto de calles de la ciudad vieja, pasamos por delante de uno de los Hospicios que se conservan en Jerusalem. Los cruzados conquistaron Jerusalem en el año 1099, masacraron a sus habitantes judíos y musulmanes y fijaron la ciudad como capital del Reino Cruzado. Bajo los cruzados se destruyeron sinagogas, se reconstruyeron antiguas iglesias y muchas mezquitas fueron convertidas en templos cristianos. A mí personalmente, siempre me ha fascinado el mundo de estos “monjes-soldados” que hacían la guerra Santa y defendían unos valores cristianos cargados de simbolismos. A lo largo de la historia se conocieron hasta 4 cruzadas contra los infieles, y en Jerusalem se fundó en 1118 la Orden del Temple, que en sus inicios se llamaba la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y más tarde se conocieron como los Caballeros Templarios o Caballeros del Templo de Salomón. La también famosa Orden de Malta, fue fundada en Jerusalem en el siglo XI. Primero fue hospitalaria porque sus caballeros atendían a los peregrinos que acudían a Jerusalem en el Hospital de San Juan y luego tomó carácter militar cuando sus miembros lucharon contra los musulmanes en las Cruzadas. Mires por donde mires y vayas por donde vayas, perderse por las calles de esta ciudad es como viajar por el túnel del tiempo. Todas las paredes están cargadas de historia, y cuando te das cuenta de que estás realmente delante de “piedras” con tanta historia, la sensación es de una mezcla de respeto y alucinación considerable.

Al doblar cualquier esquina, las sorpresas esperan, y de repente llegamos a una explanada magnífica donde se encuentra otra de las puertas principales, la de Yaffo. El sultán Suleimán la hizo construir en 1538 y su orientación es hacia el oeste, hacia el puerto de Yafo. Es una zona llena de vida en la que sobresale la “Torre de David”, un símbolo de la ciudad. Es el punto más alto de Jerusalem y el contorno de la ciudadela que se ve hoy en día, no cumple más funciones militares, sino que funciona como Museo de la Historia de Jerusalem. Seguimos nuestra ruta y bajamos hacia la zona donde se encuentra el famosísimo Muro de las lamentaciones. Antes de llegar, merece la pena curiosear por las tiendas del zoco de la parte árabe. De las tiendas entran y salen muchos palestinos que hacen vida normal, ya que para ellos no es un día festivo, algún que otro turista, y más de un militar que vigila para que no haya altercados en un día como este, de tanta “carga religiosa”…Con un buen vaso de zumo de granada, decidimos ir primero a visitar otro monumento de la humanidad: la Iglesia del Santo Sepulcro. Justo cuando llegamos nos encontramos con un desfile de popes, monjas y sacerdotes de todas las razas y colores que nos dejaron boquiabiertas. Desde fuera, la Iglesia donde según cuenta la historia respiró Jesucristo por última vez, no es tan espectacular por fuera como lo es por dentro. El origen hay que buscarlo en la madre del emperador Constantino, la reina Helena, que quedó muy impresionada cuando le contaron la situación de abandono en que la que se encontraban los lugares consagrados por la vida y muerte de Jesucristo y decidió ver estos lugares personalmente. Identificó en su viaje el lugar de la crucifixión y la tumba de Jesucristo e hizo que su hijo mandara construir un santuario apropiado en el lugar.

Nada más entrar en la Iglesia, nos encontramos con varias personas de rodillas besando y rezando ante la lápida de mármol, coronada por unas grandes lámparas de aceite. La escena me puso la piel de gallina, porque en todo caso, la religión así entendida no deja de ser un tanto estrambótica para mentes más agnósticas como la mía. Al final poco importa de qué religión se trate, ya sea delante del muro de las lamentaciones, mirando a la meca o besando la lápida donde se supone que murió Jesús, cuando veo estos “actos de fe” tan irracionales es cuando me acuerdo de Goya cuando decía eso de que “el sueño de la razón produce monstruos”. Pero bueno, también es una suerte tener esa fe incombustible y creer en el más allá y todas esas cosas que prometen las religiones. Una vez superado el primer impacto, entramos en la iglesia y nos dejamos llevar por la historia y el simbolismo que allí se concentran. La iglesia fue destruida por los persas en el año 614 y poco tiempo después fue reconstruida parcialmente; Más tarde, en el año 1010 fue destruida por el Califa Hakim de Egipto y reconstruida en 1048 por el emperador bizantino Constantino Monómaco; Finalmente, en 1144, los cruzados reconstruyeron toda la iglesia, la colocaron bajo un solo techo e hicieron muchas alteraciones y adiciones. Por eso, después de tantas destrucciones y reconstrucciones se entiende que el interior sea todo menos uniforme. El ambiente que se respira es bastante intrigante. Hay poca luz y entre los visitantes, vemos muchos griegos y rusos ortodoxos. Pero todo tiene su explicación, porque la propiedad de la Iglesia la comparten los católicos, representados por los franciscanos, los ortodoxos griegos, los armenios, los etíopes y los coptos.

Esta iglesia copta fue fundada en el siglo I en Egipto. Según la tradición, tiene su origen en el evangelio según San Marcos, que llevó el cristianismo a Egipto. Forma parte de las iglesias ortodoxas de oriente y conserva la doctrina cristiana ortodoxa en su forma más pura. Seguimos el recorrido y por la derecha llegamos al Calvario, donde tres altares recuerdan los últimos momentos de la vida de Cristo: su llegada al “lugar de la calavera”, la Crucifixión y la muerte en la cruz junto a otros dos condenados. Bajando del calvario, se encuentra la lápida de la unción, donde según cuenta la historia se cumplió el rito judío del embalsamar el cadáver de Cristo. Envuelto en una sábana, fue llevado al sepulcro, situado en un huerto de José de Arimatea, y es allí donde al tercer día resucitó. Por eso, lo paradójico del lugar es que todos acudimos a venerar el santo sepulcro, donde no existe ningún resto humano.

Cuando salimos de allí, nos volvimos a perder por las calles de la ciudad vieja y llegamos a otro símbolo mundial de la religión: el Muro de las lamentaciones. Su acceso está bien señalado pero eso sí, también está muy custodiado. Hay que pasar controles, por el scanner y como era día de fiesta ortodoxa, no se podía sacar ni fotos ni vídeos. Desde nuestro acceso, la explanada la vimos desde arriba y fuimos bajando las escaleras hacia el muro. Me pasa siempre, cuando veo realmente una escena imaginada, y tantas veces vista por televisión o en el cine, me quedo muda, y me cuesta reaccionar. Ahí estaba yo, presenciando el muro que había visto cientos de veces. Fuimos bajando poco a poco y llegamos a la explanada donde se oían los cánticos de los judíos que celebraban la entrega de la torá. La Torá está compuesta por dos partes: la Ley Escrita y la Ley Oral. La Torá Escrita contiene los Cinco Libros de Moisés, los Profetas y los Escritos. Junto con la Torá Escrita, a Moisés también le fue dada la Ley Oral, la cual explica y clarifica la Ley Escrita.

Vemos a los hombres y mujeres separados por una especie de valla. Al fondo, el gran “muro” de grandes piedras, lleno de papelitos con plegarias, colocados en los huecos que hay entre las piedras. Se ven miles de papelitos y muchos hombres y mujeres rezando y moviendo las cabezas de adelante hacia atrás, mientras leen sus libros sagrados. En realidad el muro, es un muro de contención y el último resto del Segundo templo de Salomón. Los restos que aún quedan, datan de la época de Herodes el Grande, quien mandó construir grandes muros de contención alrededor del Monte Moriá, ampliando la pequeña explanada sobre la cual fueron edificados el Primer y el Segundo Templo de Jerusalén, formando lo que hoy se conoce como la Explanada de las Mezquitas. El Primer Templo, o Templo de Salomón, fue construido en el siglo X Antes de Cristo, y destruido por los babilonios en el 586 ADC. El Segundo Templo, fue reconstruido por Esdras y Nehemías a la vuelta del Exilio de Babilonia, y vuelto a destruir por los romanos en el año 70 de nuestra era, tras la Gran Revuelta Judía. De tal modo, que cada templo se mantuvo en pie por unos 400 años. Según cuenta la leyenda, el emperador romano Tito dejó sólo este muro en pié para que los judíos recordaran siempre que Roma venció a Judea. Los judíos por su parte creen que el muro es fruto de una promesa de Dios, según la cual siempre quedaría en pie al menos una parte del templo sagrado como símbolo de su alianza perpetúa con el pueblo judío. Por esos los judíos “rezan a través de las piedras”, creyendo que es el lugar más sagrado de la Tierra ya que no pueden acceder al interior de la Explanada de las mezquitas que sería un lugar más sagrado aún (el sancta sanctorum, lugar sagrado entre los sagrados).

Un lugar donde los musulmanes han construido la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa., y que representa el tercer lugar más sagrado para el Islam. Para hacernos una idea de lo que representan estos lugares para judíos y musulmanes, en el año 2000, Ariel Sharon visitó la Explanada de las Mezquitas y esto fue visto como una provocación y se desencadenó la segunda Intifada o levantamiento popular palestino. Aunque tampoco hay que olvidar que tras el triunfo de los israelíes en la Guerra de los 6 días, La parte Oeste de Jerusalem que estaba en manos de Jordania fue anexionada por Israel y la mayoría de los árabes fueron expulsados.

Volviendo al muro, nos quedamos un buen rato observando a los judíos y judías rezar ante el muro. A mí personalmente me chocó ver a algunas mujeres que se subían a las sillas, por encima de la valla que les separaba de los hombres, para observarles mientras cantaban sus cánticos y celebraban la entrega de la Torá. También me sorprendió ver como nunca dan la espalda al muro, y cuando acaban de rezar, se repliegan hacia atrás pero sin dar la espalda al muro. Llevaban sus mejores galas: ellas con vestidos y tocados muy elegantes y ellos con sus trajes oscuros, sus kipás o gorritos y sus talit o mantos blancos y negros. Era un día grande para ellos y se notaba en sus caras y en sus cánticos. Normalmente, los judíos acuden al muro especialmente durante el shabat (desde el viernes a las 4 pm hasta el anochecer del sábado) y allí cantan, rezan y bailan. La palabra ‘Torá” significa instrucción o guía. La palabra “mitzvah” significa tanto mandamiento como relación. Hay 613 mandamientos. Los mandamientos positivos (‘hacer’) numerándose 248, son equivalentes al número de órganos en el cuerpo humano. Los 365 mandamientos negativos (‘no hacer’) son equivalentes al número de vasos y nervios en el cuerpo humano. “A través del estudio de la Torá y el cumplimiento de las mitzvot nos conectamos con Dios”. Esto es a grandes rasgos la Torá y el sentido que tiene para los judíos la celebración de su entrega.

Después de un buen rato, salimos del recinto y nos volvimos a perder conscientemente por la parte oriental de Jerusalem. Eran ya las 2 de la tarde y había muchos niños que salían de los colegios y muchos árabes que hacían sus compras en el mercado. Era un día normal para ellos y creímos que nos dejarían entrar en la explanada de las mezquitas pero no fue así. Cuando llegamos a una de las puertas de la explanada, nos prohibieron el paso, y nos preguntaron a ver si éramos musulmanas. Al responderles que no, nos dijeron que no podíamos pasar que era tiempo de oración. Así que muy a nuestro pesar, nos quedamos sin ver la mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de oro.

La explanada se conoce como Haram esh-Sharif, el Noble Santuario o Monte del Templo. Como decía antes, después de la Meca y la Medina es el tercer lugar más sagrado para los musulmanes. Se dice que en el sitio que ocupa la Cúpula de la Roca (construida entre 688 y 691 d.C.) se desarrolló uno de los episodios centrales de la vida de Mahoma: el Viaje Nocturno. En este Viaje, Mahoma fue llevado desde La Meca hasta Jerusalén, desde donde efectuó el ascenso a los cielos hasta la presencia de Dios, para volver de nuevo a La Meca por la mañana. Volvimos sobre nuestros pasos y de repente, aparecimos en mitad de la “Vía Dolorosa”.

En frente del Palacio de Pilatos y muy cerca de la Iglesia de Santa Ana, donde dicen que nació la Virgen María. La Vía Dolorosa es el recorrido que siguió Jesús cargando con la cruz, desde donde fue condenado, hasta donde crucificado y enterrado. De hecho, las últimas etapas del calvario se encuentran en la Iglesia del Santo Sepulcro que habíamos visitado por la mañana. Esta vía es un símbolo para los peregrinos cristianos que la recorren a miles cada año, parándose a rezar en las 14 estaciones que relatan los hechos de la Pasión de Jesucristo. Además, todos los viernes a las 3 de la tarde, los padres franciscanos salen en procesión por la vía dolorosa y muchos peregrinos y turistas se unen a ellos. En la misma Vía Dolorosa se encuentra la Iglesia de Santa Ana: Cerca de la Puerta de los Leones, es uno de los edificios mejor conservados del periodo cruzado. Adyacente a la piscina de Beit jisda, se considera la casa de los padres de María, Santa Ana y San Joaquín y el lugar en el cual Jesús curó al paralítico. Entramos en su interior y a oscuras vimos a un montón de mujeres rezando con velas y cirios. Parecían rusas o de países del Este. Vimos varios frescos e iconos en las paredes y salimos porque el recinto es pequeño y había demasiada gente.

EL hambre apremiaba y salimos de la Vía Dolorosa, adentrándonos por un mercado callejero en pleno apogeo. Llegamos a la puerta de los Leones, y salimos de la ciudad vieja para comer algo en la ciudad nueva. Al salir, de la ciudadela que rodea la ciudad vieja, nos ofrecieron la posibilidad de ir a Belém, pero no entraba en nuestros planes. Belén es una ciudad a la que se recomienda ir con guía, ya que es territorio ocupado. Seguimos ruta, y vimos un montón de niños (ver foto) palestinos de uniforme escolar, esperando a los autobuses que les llevarían al otro lado del muro, a Ramala o a Belén en territorios ocupados por el ejército israelí. La imagen es dura y tierna a la vez, porque los niños no parecen ser conscientes del infierno en el que viven… o quizás sí.

Andando, andando, llegamos a la parte nueva de Jerusalem. Las calles estaban desiertas y parecía difícil encontrar un restaurante abierto. Pero al final, preguntamos a una chica que atendía un súper abierto las 24 horas, y nos recomendó un sitio muy cercano. Se trataba de un bar con terraza, muy “cool” con mucha gente joven comiendo, bebiendo y charlando. En medio de la terraza se sentaba un guardia de seguridad que registraba todos los bolsos y mochilas que entraban en el bar. Hacía una temperatura muy agradable y comimos unas ensaladas buenísimas, con diferentes tipos de lechuga, nueces, pipas y queso de cabra. El pan de cereales estaba caliente y las raciones eran enormes. Nos merecíamos una comida como esta después de una caminata de varias horas.

Después de comer, dimos una vuelta por la parte nueva de Jerusalem. En la ciudad nueva, existe una ley por la cual todas las fachadas deben mantener un estilo característico: el de respetar el color de las piedras con las que estuvo construida la antigua ciudad en otras épocas. Uno de sus barrios, el de los religiosos judíos o Mea Shearim (Cien Puertas), es una zona donde se concentran gran cantidad de estudiosos de la Biblia. Sus habitantes, judíos ortodoxos un poco peculiares, llevan vestimentas adecuadas a su posición: levitas negras, sombreros de piel y peies (especie de bucle que los varones se dejan crecer a manera de patilla). Aunque para un extranjero resulten todos parecidos, dentro del grupo de los ortodoxos existen diferencias ideológicas sustanciales. Por ejemplo, hay mujeres que tapan sus cabezas rapadas con pañuelos, y visten una especie de guardapolvo de rayas grises y blancas. Pertenecen a uno de los sub-grupos más extremistas y tradicionalistas. Otras, en cambio, seguidas por sus proles hijos, en lugar del pañuelos, cubren sus cabezas con pelucas. Son como las “asyrics” que vimos en Nueva York y en Amberes. Toda esta zona estaba más desierta que nunca e hicimos caso a las recomendaciones de no hacer fotografías. Los judíos ortodoxos no se andan con bromas, y según había leído, llegan a apedrear a cualquiera que pase y no respete sus normas. Para la religión judía los días de fiesta son fiestas “sagradas”.

A las 4 de la tarde empezaba a oscurecer con el horario de invierno y no quisimos irnos de Jerusalem sin visitar la Gran Sinagoga. Se trata de un edificio moderno e imponente, dedicado a los muertos del holocausto y a los que murieron en defensa del Estado de Israel. Se construyó gracias a los numerosos donativos de muchos judíos de la diáspora. En la entrada se puede ver los nombres de muchos de ellos, que han hecho historia en Estados Unidos. Coincidió que en ese momento iba a haber oficio, y después de dejar los móviles y las cámaras de fotos en la entrada, nos dejaron entrar y subir a la platea. Vimos a muchos “feligreses” entrar con sus mejores galas. Muchos son americanos que vienen a su “casa” de Israel y entran en la gran Sinagoga luciendo unos trajes impresionantes. Además era un día de gran fiesta para ellos y al salir del oficio pudimos verlos bailando y cantando en el hall de la sinagoga. Yo personalmente había visto sinagogas desde fuera en Berlín y Londres pero nunca había entrado en una y me sorprendió lo que allí vi. En realidad, una sinagoga, como su nombre indica en hebreo es un lugar de asamblea, de reunión. Choca ver como las mujeres no tienen los mismos derechos (por qué será que se parecen tanto en muchos aspectos al Islam). Las mujeres asisten a los oficios en una tribuna, separadas de los hombres. En las ceremonias se lee la Torá y el oficio está dirigido por los rabinos ayudados por el cohen. La sinagoga no es sólo casa de oración, sino también centro de instrucción, ya que en ellas suelen funcionar las escuelas talmúdicas. Por eso, lo que presenciamos era más bien una lectura de la torá, más que una “misa” tal y como la entienden los católicos.

Al salir tuvimos derecho como decía antes, a ver como sacaban la “Torá” en una especie de Jaulas o rulos gigantes y en corro, bailaban y cantaban dando vueltas. Sólo los hombres, las mujeres eran meras espectadoras. Hay otras fiestas importantes en el calendario judío como la de Iom kipur, el día del arrepentimiento. En ese día se guarda ayuno total, y no se puede hacer absolutamente nada más que meditar. Salimos de la Sinagoga, y antes de coger el sherut que nos llevaría de vuelta a Tel-Aviv, entramos en un Mac Donalds, previo cacheo de los bolsos. Me imagino que la gente se acostumbra a vivir en este “estado policial”, pero la verdad es que no resulta fácil vivir así.

Al llegar a Tel-Aviv, era de noche pero la ciudad retomaba su vida normal a todo ritmo. Las tiendas volvían a abrir y a pesar de ser de noche, las calles que por la mañana estaban desiertas por ser “sabath” estaban a tope de gente en esos momentos. Cenamos cerca de la playa y antes de ir a dormir, tomamos una cerveza en uno de los bares de la playa, con asientos “fashion” en la arena, luces de diseño, brisa marina y una buena manera de culminar un día como aquél: el día del descubrimiento de Israel.

Miércoles 26  y Jueves 27: días de trabajo
Ya era hora de trabajar un poco. Cuando fui a desayunar me avisaron de que habían cambiado el lugar, ya que el salón habitual estaba ocupado por los participantes de una convención de Microsoft.¿Bill Gates rondando por allí ?Me había fijado en las portadas de la prensa y vi que aparecía su foto en portada y que al parecer estaba en Tel-Aviv. Más tarde me aclaró el cliente que fui a visitar, que efectivamente el rey de la informática, el hombre más poderoso del mundo, se alojaba en el hotel de al lado, y que no tendría la suerte de verlo porque desayunaba en su suite. ¿Normal no? Cómo iba a desayunar humus y falafel en la mesa de al lado, el hombre más rico del mundo mundial. ¡Ni en sueños!. ¡Siempre ha habido clases y siempre las habrá!

Con puntualidad británica, (será por la herencia colonial), vino a buscarme mi cliente. La jornada laboral se prolongó hasta las 2 de la tarde y después de aceptar su invitación para cenar, me llevaron al hotel. La piscina del hotel estaba casi vacía y no era de extrañar, porque a pesar del sol que lucía y de la buena temperatura ambiental el agua estaba más que fría, estaba helada. Era imposible bañarse sin correr peligro de hipotermia. Así que decidimos irnos a pasear por la calle Shenkin, famosa por sus tiendas.

Es una calle muy animada y con unas tiendas de ropa y artesanía muy interesantes. Cuando llegamos era el atardecer y los cafés estaban a rebosar de jóvenes. Dicen que Tel-Aviv es una de las ciudades más animadas del mundo. A las 4 de la mañana, los bares y cafés siguen abiertos, ya sea fin de semana o día laborable. Hicimos unas compras y después de tomar un café en una terraza, volvimos al hotel para prepararme para cenar.

Tenía cita con los clientes y no quería llegar tarde. Con puntualidad británica una vez más, vinieron a recogerme y me llevaron a un restaurante en la playa, muy cercano al hotel, altamente recomendable. Se llama Manta ray, es un poco caro pero dicen que se come el mejor pescado de la ciudad. Está ubicado en la misma playa y hay que hacer reserva porque siempre está completo. La velada fue muy agradable. EL pescado buenísimo y los entrantes y el vino insuperables. El sitio merece la pena de verdad. Antes de llevarme al hotel, me llevaron de circuito nocturno por las calles de Tel-Aviv para ver los edificios Bau Haus. A Tel-Aviv se la conoce como la ciudad blanca por la cantidad de edificios que hay de este tipo, declarados por la UNESCO “patrimonio de la humanidad”. La arquitectura Bauhaus (escuela arquitectónica alemana de principios del siglo XX), se caracteriza por las líneas simples, sin adornos superfluos, con paredes que parecen cortinas o barreras climáticas y por unas formas geométricas concretas: cubos, cilindros, etc. Destaca el color blanco de sus fachadas; Parece ser que en Tel-Aviv es el lugar del mundo donde más abundan este tipo de edificios, más que en Alemania incluso. Me gustó mucho el paseo en coche. Además, el blanco de las fachadas de estos edificios destacaba más al ser de noche y fue una bonita manera de acabar el día.

Al día siguiente, visité al segundo cliente y acabé pronto. Me despedí de mi madre que volvía a Jerusalem para quedarse hasta diciembre y pasé mis últimas horas en Tel-Aviv, paseando y prometiéndome a mí misma que volvería. La última cena, en solitario la hice en otro restaurante de la playa y, una vez más, degusté una cena riquísima: pasta con aceitunas negras, y especias, buenísima y, una ensalada con tomates y queso de cabra también buenísima. Lo he dicho antes, pero vuelvo a repetirlo. La comida en Israel es 100% mediterránea, las raciones son abundantes en general y los ingredientes fresquísimos y buenísimos. Creo que no he comido unas ensaladas tan buenas en mi vida.

Viernes 28 : despedida de Israel
Me daba pena marcharme de allí. Disfruté de mi último desayuno en la terraza del hotel, con vistas al Mediterráneo y pedí un taxi con 3 horas de antelación al vuelo. Me habían avisado: los controles al salir de Israel duran horas, y así lo comprobé. Llegué al aeropuerto a las 10:30 y hasta las 13:30 estuve pasando controles, scanners e interrogatorios. La verdad es que es un poco paradójico que haya tanto control al salir del país y no al entrar…. Pero bueno, sus razones tendrán. En 4 horas llegamos a Milán y tuve que esperar un par de horas para el siguiente vuelo con destino a Valencia. Otra sorpresa del viaje llegaba en ese momento. Primero se retrasó el vuelo y hasta las 12: 30 de la noche no llegué a Valencia.

Y cuando ya pisaba territorio nacional, me esperaba la sorpresa final: mi equipaje no aparecía. Una vez más, (me pasó lo mismo que cuando volví de la India) me comunicaban que mi equipaje se había quedado en Milán y que me llamarían cuando lo recibieran. Es una práctica común pero no deja de cabrear al personal. Entre pitos y flautas llegaba a casa a las 3 de la mañana, cuando el taxi de la empresa me dejó en la puerta de casa. Cansada y dormida, me duché e imaginé por un momento que estaba bañándome en el Mar Muerto, cogiendo sales con los pies…. ¿Era una señal? Sin duda. Era la señal de que apenas habían pasado 24 horas desde mi salida de Israel, y ya tenía ganas de volver allí…

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