Verde que te quiero verde…. Irlanda


Del 29 Junio al 2 de julio del 2006
Dudé mucho al titular este diario. Pensaba iniciarlo con “Dublín a doblón”, por lo caro que nos resultó todo en la capital irlandesa, pero tampoco quería que ese fuese el resumen. Así que como sí que nos impactó lo verde, verdísimo de sus paisajes, al final me decanté por el titular que lleva. Me recordó mucho a los verdes que vimos hace años en Noruega, pero este es otro capítulo del diario de viajes que ya relataré.

Personalmente tenía muchas ganas de viajar a Irlanda, de conocer Dublín y de “flipar” con los famosos “Cliffs Of Moher“, los acantilados de la costa Atlántica que tantas veces había visto en imágenes. Así que en cuanto tuve la oportunidad de ir a Irlanda, en viaje de trabajo, no me lo pensé dos veces y aproveché para quedarme 4 días por allí. Además, tuve la suerte de que mi “Santo” (el palabro lo copio literalmente de mi admirada Elvira Lindo, a la que desde aquí le mando saludos), tuviese unos días de fiesta, y la oportunidad de viajar conmigo.

Dicho y hecho, el jueves salimos, como siempre “por los pelos” del aeropuerto de Valencia, rumbo a Londres, y desde allí enlazamos con otro vuelo a Dublín. Por cuestión de fechas y de precio, salía mucho más rentable hacer esta escala en Londres, aunque eso sí, el viaje se nos hizo más largo. A las 5 de la tarde hora local, llegamos al aeropuerto, escondido entre las nubes y el cielo gris plomizo que nos dejó algunos momentos de tregua durante la estancia en el país verde.
Menos mal que fuimos previsores y cogimos sendos paraguas, porque nada más salir del hotel nos cayó un chaparrón de agua de los antológicos. Dicen que en Irlanda las chicas no necesitan cremas hidratantes, porque con el continuo “txirimiri” que cae y la humedad ambiental, las pieles están más que hidratadas. ¿Algo bueno tenía que tener este clima no?.

Nuestro hotel “Travelodge”, se encontraba en Rathmains, a unos 20 minutos del centro de Dublín andando. (Antes de que se me olvide, unas líneas para agradecer la profesionalidad y la ayuda de Nadia, la recepcionista italiana que atiende el mostrador de este hotel y que es todo amabilidad). Chapeau por ella!! ). Seguimos fielmente todas sus indicaciones y llegamos al centro, a la zona de Temple Bar.

Dublín no es una ciudad “bella” como tal, destaca el río que la atraviesa y algún que otro edificio como el “Trinity College“. Pero al llegar al centro a la hora de cenar,  pronto descubrimos los verdaderos encantos de la ciudad que James Joyce describió como sucia y fea: su “marcha” y el buen rollo de sus habitantes. Cenamos en una pizzería al lado de un restaurante que nos había recomendado la recepcionista, pero que a esas horas ya estaba cerrado. Al salir, a pesar de la lluvia, había mucha gente por las calles un jueves por la noche. Antes de “meternos en harina”, cruzamos uno de los puentes que pasa al otro lado del río Liffey y llegamos hasta el hotel Arlington, muy conocido por todo el que llega por primera vez a Dublín. Es conocido porque en la primera planta del hotel, donde está el pub, (enorme por cierto), hacen todas las noches actuaciones de bailes y música tradicional irlandesa. Cuando llegamos, ya habían acabado los bailes pero sí que pudimos tomarnos la primera Guiness, escuchando al grupo que animaba el “cotarro”. Las canciones eran un poco tristes y decidimos buscar otro antro de perdición donde los ritmos fuesen más alegres.

Lo encontramos. Volvimos a la zona de Temple bar, que toma el nombre del famosísimo pub con el mismo nombre. Nadie se puede ir de Dublín sin visitar este pub,  fundado en el año 1840 y en donde entre otras lindezas, tienen la carta de whisky (de güiskises como decían en las pelis del destape) más surtida de toda Irlanda. No hay palabras para describir el ambientazo que había un jueves por la noche en el garito. Estaba a tope de gente tomándose sus guiness y bailando al ritmo de un grupo mucho más alegre que el anterior. Era un trío que pusieron al personal en pié con la primera canción. Tuvimos suerte de encontrar unos taburetes en primera fila, y disfrutamos como enanos cantando y viendo bailar a un grupo de autóctonas que con los zapatos en las manos, animaron la fiesta hasta las tantas.

Tampoco era cuestión de llegar a la entrevista de trabajo al día siguiente hecha unos zorros. Así que, siguiendo el lema de una “retirada a tiempo…”, cogimos un taxi y regresamos al hotel. El taxista, por supuesto, había estado en Spain de vacaciones, en Torremolinos concretamente, y nos explicó entre chistes, por qué había tantos españoles en Irlanda aprendiendo inglés. Según nos dijo era sobre todo por afinidad de carácter y de religión, y porque muchos padres preferían mandar a sus hijos a Irlanda, antes que a Inglaterra por eso del catolicismo. Seguramente tenía razón, porque otra cosa no, pero colegios de monjas e iglesias vimos casi tantos como bares. Ironías de la vida.

Viernes 30 de junio 2006: Dublineando
Nada más salir del hotel, fuimos al encuentro de una “boulangerie” que habíamos “fichado” el día anterior. Se anunciaba como “auténtica” pastelería francesa y nos tomamos sendos cafés a precio de “Dublín a doblón”, casi 3 euros por el cafelito. Después andando, andando, llegamos otra vez a la zona de “temple bar” que se cruza con una de las calles principales de la ciudad, la “Dame Street” que va a parar al famoso “Trinity College”. Antes de llegar a este punto de interés turístico pasamos por la oficina de Turismo y contratamos una excursión para el día siguiente. Yo siempre había visto las imágenes de los famosos acantilados de Moher y cuando ví que era posible hacerlo en un día, no lo dudé dos veces. Había que madrugar y la jornada sería intensa porque teníamos que cruzar el país de costa a costa pero, después de todo, merecería la pena.

Mi cita laboral estaba muy cerca del famoso “Trinity College” y pasamos finalmente por su puerta. Esta Universidad protestante de Dublín es la más prestigiosa y la más antigua. Fue fundada en 1591 por Isabel de Inglaterra, sobre un monasterio previamente confiscado y en su interior se conservan grandes obras literarias como el Libro de Kells, una copia manuscrita de los evangelios, realizada en el siglo IX. Muy cerca del Trinity College tenía mi cita de trabajo. Cuando acabé, me reencontré con Daniel que estaba al otro lado del río, en la zona comercial de la ciudad, en las calles peatonales, atestadas de tiendas, la “Mary Street” y la “Henry Street”. Si se quiere “shoppinear” un poco, ésta es la zona de Dublín dónde hay que ir. Al llegar hasta el final de la “Mary Street”, giramos a la izquierda y volvimos a cruzar el río Liffey por otro de sus puentes, y llegamos a la parte medieval e histórica de Dublín.

Esta ciudad, fundada por los vikingos en el siglo IX, fue arrebatada y ocupada por los anglonormandos hasta que los irlandeses consiguieron recuperar su independencia en 1921. La lucha entre los dos países: Irlanda e Inglaterra ya no es militar pero sí moral. Durante toda nuestra estancia pudimos “palpar” cierto rencor hacia todo lo inglés.

En el barrio “vikingo” como así lo denominan, se encuentran los edificios históricos más emblemáticos de la ciudad. Empezamos la ruta por La “Christ Church Cathedral“, fundada en 1083 por el rey danés Sitric. Fue demolida y reconstruida por los normandos entre los siglos XII y XIII. Sorprende la piedra caliza de color gris de los edificios, que les da un aspecto más bien triste y sobrio. Quisimos entrar pero cuando vimos el “negocio fariseo” a 5 euros la entrada, con tiendas y cajas registradoras a pleno rendimiento, en vez del silencio que se supone debe haber en un templo, nos dimos media vuelta y seguimos ruta. Es cuestión de principios o de cabezonería, no lo sé. Pero lo que sí sé es que me niego a pagar por ver una iglesia.

Siguiendo por las calles Nicholas St y Patrick St. Se llega a la otra gran catedral de los irlandeses, la venerada y adorada “St Patricks Cathedral”. Es todo un símbolo irlandés, ya que está dedicada al Patrón del país y de todos los irlandeses del mundo. Por eso, el día 17 de marzo, cuando se celebra la onomástica de San Patricio, todos los “paddys” (como se les conoce a los irlandeses) se reúnen en los pubs del planeta, allá donde haya una guiness para celebrar su patrón, brindando con cerveza verde. (sí de color verde, la tradición manda y en los bares el 17 de marzo se tiñe la cerveza del color que representa al país).

¿Pero quién era ese santo tan venerado? Tenía 16 años cuando fue apresado por unos piratas irlandeses que lo tomaron como esclavo junto a otros prisioneros.  San Patricio fue llevado a Irlanda y allí fue comprado por un ganadero que le destinó al pasto de ovejas y al cuidado de montes y bosques. Durante todo este tiempo entró en él una auténtica devoción hacia Jesús, dedicando muchas horas a la oración. Al cabo de cinco o seis años consiguió escapar en un barco que se dirigía a Italia. Allí se ordenó de sacerdote  y entró en contacto con San Germán que le enseñó todo lo necesario para evangelizar. En el año 432 fue ordenado obispo de Irlanda, un cargo difícil, si tenemos en cuenta que el cristianismo en aquella nación se desconocía. San Patricio empezó a crear comunidades cristianas por todo el país y predicando el Evangelio a todo aquél que lo quería escuchar. Levantó iglesias, fundó diócesis, bautizó, ordenó sacerdotes etc.

Otro símbolo de “Eire”, nombre gaélico de Irlanda, es el trébol. Según cuenta la leyenda,  San Patricio, como gran catequista que era, una vez tuvo que explicar lo que era la Santísima Trinidad. Para que todos lo entendieran, utilizó un trébol como muestra, explicando que la Santísima Trinidad, al igual que el trébol, era una misma cosa pero con tres personalidades diferentes (una misma planta con tres hojas).

Dicen las estadísticas que hay más de 40 millones de estadounidenses que tienen su origen en el “país verde”. Muchos inmigrantes de Irlanda se trasladaron a los Estados Unidos a mitad del siglo XIX  y se instalaron en poblaciones como Nueva York, Philadelphia y Boston. A pesar de la discriminación y de las dificultades, los irlandeses conservaron su religión católica y con ello las costumbres. Para los irlandeses, la elección en 1960 de John Fitzgerald Kennedy como presidente de los Estados Unidos fue un motivo de alegría y de orgullo, ya que era de linaje irlandés y católico.

Estábamos ante el Símbolo de los símbolos: la Catedral de San Patricio. Está rodeada de unos jardines muy cuidados, aunque no sobran los bancos para sentarse. Cuando conseguimos “pillar” uno, mientras mi Santo se echó una mini siesta yo, entre otras cosas, aprendí que la Catedral está vinculada al autor Jonathan Swift, famoso por su libro: “Los viajes de Gulliver” (un libro que desde niña me fascinó). El autor está enterrado entre los muros de San Patricks, ya que además de escribir desempeñó el cargo de deán entre los años 1713 y 1754.

Al salir del “remanso” de paz y tranquilidad, volvimos sobre nuestros pasos y por la calle “Brides St” llegamos hasta el “Castillo de Dublín“. Antes de entrar, en este símbolo del dominio inglés, paramos a comer en un restaurante de comida persa, o lo que es lo mismo, un buen plato de carne de cordero, al estilo “Kebbab”. El restaurante pertenece a la cadena “Zaytoon” y la verdad es que se come bastante bien y por un precio asequible.  Con el cuerpo “más mejor”, como dirían en Milagro, el pueblo de mis ancestros, ya estábamos preparados para visitar el “hogar” del Virrey, que representaba al poder inglés en Irlanda. La entrada incluye la visita guiada y aunque hay dos turnos diarios de visitas que se hacen en español y en italiano, decidimos unirnos a la que se iba a celebrar inmediatamente en inglés.

Este Castillo, fue el centro del poder vikingo, normando e inglés. En el origen contaba con cuatro torres de piedra pero, en el año 1684, un incendio causó su destrucción y se tuvo que volver edificar en el siglo XVIII, por orden del Rey Jorge de Inglaterra. La visita discurre entre salones y habitaciones decoradas con tapices franceses del siglo XVIII, muebles y sillería también de estilo Luís XIV. La verdad es que personalmente creo que, salvo la importancia histórica de alguna sala, como la de “James Connoly”, uno de los jefes que firmaron la proclamación de independencia, que fue herido en la rebelión y trasladado a esta habitación, y el gran salón “Saint Patricks”, donde se celebran los actos de estado principales, como la investidura de los presidentes de Irlanda, la visita del Castillo de Dublín poco más da de sí.

Cuando salimos, bajamos por  la Dame Street, y en poco tiempo llegábamos una vez más a la zona de Temple bar, donde todos los pubs estaban a tope de gente, ensimismados frente a las pantallas de televisión. Enseguida entendimos el por qué. Jugaban, en los mundiales de fútbol, Argentina contra Alemania y el personal estaba claramente a favor de Argentina. Menos mal que al final los “boludos” se llevaron la victoria que si no, hubiese sido el acabose….Nos entonamos enseguida, y con otra guiness auténtica, vimos el partido casi hasta el final. Al día siguiente teníamos la “gran excursión” a los acantilados de Moher, y no queríamos prolongar mucho la noche, porque el madrugón iba a ser considerable. Así que cenamos en un hindú que estaba hasta la bandera de despedidas de solteras y con el arroz basmati y el pollo tandoori en el “body” nos fuimos a descansar.

Antes de cerrar el ojo, hicimos un “estudio sociológico” sobre el fascinante mundo de las “despedidas de soltero” en Dublín. Vimos muchos grupos, sobre todo de chicas, celebrando sus despedidas en la ciudad de la marcha. Lo que siempre me he preguntado es si el cortejo de amigas, son realmente amigas o las peores enemigas que una pueda tener. Porque por ejemplo, sin ir más lejos, en el restaurante hindú, donde cenamos, la “soltera” en cuestión era una chica talludita, más bien entrada en carnes y en arrugas, vestida para la ocasión con un corpiño, tan ajustado que los michelines desbordaban literalmente los encajes que bordeaban el bustier. A la pobre sus queridas amigas le habían coronado además, con sendas orejas de peluche rosa – conejo de chica playboy y la estampa era de ¿ qué hecho yo para merecer esto?.

Después de divagar y divagar llegamos a la conclusión de que este comportamiento despiadado de las amigas con respecto a las futuras esposas podía tener una doble explicación: o bien era una venganza de las amigas que ya habían pasado por la misma situación, o bien un “ajuste de cuentas” de las amigas solteras que se vengaban de la que iba a dejar de serlo. En cualquier caso, cada vez que veo una “despedida de soltera de este tipo”, me alegro infinitamente de no haber caído en las manos de una “amiga” que tuviera la genial idea de ponerme una “pollita” luminosa a modo de tiara. Gracias, Dios mío por haberme concedido un momento de cordura…

Después del análisis concienzudo, pude conciliar el sueño y no tener pesadillas con orejas de peluche ni sonrisas maquiavélicas de amigas sin piedad. Nos quedaban pocas horas de sueño para recorrer el país de costa a costa. A las 6 de la mañana sonaba el timbre del despertador, ese aparato al que nunca llegaré a acostumbrarme.

Sábado 1 de julio: verde, que te quiero verde
Puntualmente vino a buscarnos el taxi que habíamos reservado la noche anterior. Teníamos que estar a las 7:15 en la estación de trenes de Houston, la misma que se encuentra justo enfrente de la fábrica de Guiness. Llegamos puntualmente, y ahí estaban los guías con sus cazadoras amarillas esperándonos. El tren con destino a Limerick, la ciudad donde se ambienta el libro “las cenizas de Ángela”, que fue premio Pulitzer, salió con puntualidad “irlandesa” a las 7:30 en punto.

Desde la ventanilla del tren se sucedían las colinas y prados verdes. Todas las variedades del color verde que uno mismo pueda imaginar.  A medida que avanzaba el tren, cerraba los ojos y por momentos me sentía como si estuviese viajando por una gran moqueta verde y ondulante. Sólo me alteró el sueño una conversación que escuché y que me hizo mucha gracia. Un matrimonio comentaba con una amiga los anuncios de una nueva marca de leche que se estaba vendiendo en Irlanda con el nombre de “Lullaby” (Canción de cuna). El trío se reía porque según parece, la leche se llama así, porque las vacas son ordeñadas cuando están dormidas, y la leche que dan al no estar estresadas resulta que ayuda a los consumidores a conciliar el sueño. No sé si será verdad pero lo que sí sé es que me hizo mucha gracia.

Cuando llegamos a Limerick, la guía con su particular humor, entre cínico y resignado, nos explicó hasta qué punto se habían sufrido en esta ciudad las consecuencias de los años de hambre y miseria que sacudieron a Irlanda. Nos enseñó en una rápida vuelta con el bus que habíamos cogido para seguir la ruta, las casas de de ladrillo rojo, donde se hacinaban las familias con sus proles. Nos explicó también en qué consistió la “Gran hambruna“, (the Great Famine) que dejó entre medio millón y un millón de muertos en el país, entre los años 1845 y 1849. La causa principal fue la escasez de un alimento básico para la población: la patata. Muchos irlandeses tuvieron que dejar la isla y emigrar a Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá y Australia.

Dejamos Limerick con cierta melancolía al imaginarnos lo que padecieron sus habitantes, y seguimos camino hacia el castillo de Bunratty, en el condado de Clare. Este castillo se encuentra ubicado dentro del recinto que ocupa el “Folk village”, una especie de parque temático sobre los usos y costumbres de Irlanda. A través de una fundación, la “Shannon Heritage” y con ayudas europeas, en el Bunratty Folk Park se muestra al público un poblado típico irlandés, con sus casas de época, sus tiendas y las costumbres rurales y urbanas de la Irlanda del siglo XIX. Es bastante interesante, porque, aunque la idea parezca un poco artificial, han conseguido “trasladar” al público a esa época con gente real, vestida de época, consiguiendo un entorno muy auténtico. En una de las casas, hay una pareja de abuelas haciendo una tarta de manzanas, que cuentan anécdotas y son geniales, con sus mofletes rojos y sus delantales de puntilla.

El castillo que se encuentra a la entrada del recinto es impresionante: se trata del castillo medieval más completo y más auténtico de Irlanda. Hasta hace poco estaba habitado por la familia Mac Namara. Lo vendieron en el año 1800 y tras varias restauraciones, sirve de escenario para los banquetes medievales que se llevan a cabo durante el año. Con la entrada del “Folk Village se incluye la visita del castillo y merece la pena verlo.

Al salir, seguimos ruta hacia nuestro objetivo: los acantilados de Moher. Más campos verdes,  y más colinas de hierba mojada que nos iban marcando el camino hacia la costa Atlántica. Era la hora del lunch y la guía nos explicó que íbamos a parar en un Pub, conocido por su servicio rápido y sus comidas abundantes. Se llama el Gus O´Connors, (cómo no?!), y se encuentra en Doolin, un pueblo muy cercano a los acantilados. Recomiendo a todo el que visite esta zona que pare allí a comer. Especialidades irlandesas como el “Traditional Bacon & Cabbage with Mashed Potato (jamón asado con berza y patatas) buenísimo, acompañado todo por una buena guiness claro! o el famosísimo guisado de carne, cocinado con la cerveza negra más famosa del mundo. Dicen que además, este pub, se conoce a nivel nacional por ser uno de los lugares donde se escucha a los mejores grupos de música tradicional irlandesa. Me encantó el sitio y lo recomiendo a todo el mundo.

Con los estómagos saciados, llegamos por fin a nuestro destino: The Cliffs of Moher. En estos casos es cuando eso de que “una imagen vale más que mil palabras”, cobra pleno sentido. Pocas palabras pueden describir lo que allí vimos. Han acondicionado unas rampas de piedra para llegar a estos muros escarpados que caen al mar de forma casi dramática. En gaélico irlandés se les conoce como “Aillte an Mhothair”, o lo que es lo mismo: los acantilados de la ruina. No sé el por qué, pero desde luego que si alguien se cae por los 120 metros de altura que tienen sobre el nivel del mar, se busca la ruina seguro. Se extienden a lo largo de 8 kilómetros y es uno de los principales lugares de interés turístico del país verde, sino el primero.

La torre de O”Brien (O”Brien”s Tower) es una torre circular de piedra que se encuenta aproximadamente en la mitad de los acantilados. Fue construida por Sir Cornellius O”Brien en 1835 como mirador para los cientos de turistas que acudían al lugar. Desde lo alto de la atalaya se pueden ver las Aran Islands y la Bahía de Galway, y al fondo las montañas Maumturk en Connemara. Ante un fenómeno natural como este, el ser humano queda reducido a la mínima expresión y creo que es uno de los mayores atractivos que tiene el lugar: la grandeza y el poder de la naturaleza. Nos quedamos un buen rato paseando y mirando al horizonte desde varios puntos de las cornisas rocosas. La gente se hace fotos desde todos los ángulos y algunos incluso, tientan a la suerte saltándose los límites de seguridad. Llega un momento en el que se recomienda no traspasar y no seguir el camino pero la tentación es superior y todo el mundo quiere llegar hasta las puntas más salientes. Nosotros también lo hicimos, aunque supimos parar a tiempo y no arriesgar al máximo. Las fotos son de “postal” pero tampoco tiene tanto mérito, porque el entorno lo hace todo…

Teníamos que volver al autobús y así lo hicimos. Me prometí a mí misma volver al lugar con más tiempo, ya que nos quedamos con las ganas de seguir paseando por allí. Con puntualidad irlandesa salió el bus, pero regresando hacia Dublín por otra zona inolvidable: la bahía de Galway. Dicen que esta costa es una de las más hermosas de Europa y a medida que fuimos recorriéndola no tuvimos más remedio que aceptarlo. Es un paisaje único, porque al gran tamaño de la bahía con entrantes y salientes de agua, se une toda la gama de verdes que uno pueda imaginar . Las casitas blancas con techos de paja se esparcen por todo el territorio y la estampa recuerda a los viejos cuentos de Charles Dickens. Bordeando toda la orilla de la bahía, durante kilómetros y kilómetros, llegamos finalmente a la capital del condado: Galway.

Desde allí teníamos que coger a las 6 de la tarde el tren de regreso a Dublín. Dimos una pequeña vuelta por la plaza principal y entramos en un pub animadísimo, que en esos momentos coreaba al equipo de fútbol portugués que jugaba contra el enemigo público número uno de Irlanda: Inglaterra.  Entre guiness y pintas de Lager vimos un poco el partido, mientras los irlandeses aplaudían las jugadas de los lusos contra los ingleses. Alguna chica llevaba incluso la cara pintada con la bandera de Portugal. Yo no pensaba que el odio hacia lo inglés llegara hasta estos extremos pero me he documentado sobre el tema y la historia de estos dos países es la historia de un odio que parece no tener fin. Se ha abandonado la lucha armada del IRA pero el resentimiento contra los ingleses sigue latente.

La sociedad irlandesa del siglo XIX era fundamentalmente agrícola, la Revolución Industrial que vivió Inglaterra no llegó a Irlanda. Las tierras eran propiedad de ingleses debido a las políticas de expropiación que Inglaterra llevó a cabo para colonizar la isla irlandesa. Además, En 1800, se firma el Acta de Unión que supuso la unión política de Gran Bretaña e Irlanda, creando así el Reino Unido. Se suprimió el parlamento irlandés y se les otorgó 100 escaños en el Parlamento de Westminster para representar a los irlandeses. Sin embargo, a pesar de que la mayoría de la población irlandesa era católica, hasta 1829 la ley impidió que ningún católico pudiera ocupar escaño alguno. Además, hasta finales del siglo XIX permaneció la prohibición que impedía que cualquier católico pudiese estudiar en universidades británicas.

El origen de la guerra entre protestantes ingleses y católicos irlandeses es y ha sido siempre una guerra de religiones. En la etapa posterior a la Guerra de los Cien Años, la disputa dinástica entre los Lancaster y los  York desencadenó la guerra de las Dos Rosas, que culminó con el ascenso al poder de los Tudor en 1485. El período de los Tudor es considerado el comienzo de la historia moderna en Inglaterra. Uno de los Tudor, Enrique VIII (1509-47) rompió con Roma, confiscó todos sus monasterios y fundó la Iglesia Anglicana. El deseo de extender la autoridad inglesa y la reforma religiosa a Irlanda hicieron que la sucesora de Enrique, Isabel I (1558-1603), impusiera su dominio en el Ulster. La invasión de Irlanda por parte de los Tudor dio origen a siglos de conflicto político y religioso, que aún no se han resuelto.

Y viendo lo que vimos esa tarde y durante toda la estancia en Irlanda, personalmente creo que el problema tiene difícil solución. Son muchos siglos de enfrentamientos y de ocupación inglesa. Pensando en todo esto, cogimos el tren y volvimos a Dublín, en un viaje que duró unas 3 horas. Llegamos justo a la hora de cenar y nos esperaba otra sorpresa en el centro de Dublín: manadas de gente se paseaban por las calles de Temple bar, un sábado noche, celebrando otra semifinal histórica, la de Francia contra Brasil. De repente vimos banderas tricolores, y oímos cantar la “Marsellesa” a pleno pulmón. Los franceses que estaban en Dublín no lo dudaron dos veces. Salieron a la calle a festejar la victoria por todo alto.

No podíamos dar crédito a la de gente que vimos pulular por las calles céntricas de la ciudad. Los pubs estaban a tope, las calles también y después de cenar como pudimos en la terraza de un bar, nos las vimos y deseamos para encontrar un hueco y saborear las últimas guiness. Increíble la marcha que había!. Si me dicen que este ambientazo existe en un país del frío norte de Europa no me lo hubiese creído. Ver para creer……

El viaje se acercaba a su fin. Al día siguiente teníamos que volar hacia Londres primero, y después hasta Valencia. Después de un día tan “completo” y de ver a más y más grupos de despedidas de solteras, con sus abalorios estrambóticos, decidimos ser prudentes y retirarnos a tiempo, antes de que alguna loca nos disparara a matar con un torpedo volador con forma de prepucio. Peligro, peligro…

Domingo 2 de julio: bye bye Dublin
La fiesta seguía en el aeropuerto. Colas y colas de festeros habían “tomado” literalmente el aeropuerto de Dublín. Grupos de chicas con el rimel corrido y con caras de no haber dormido desde el principio de los siglos. En otro grupo destacaba un sujeto disfrazado de oso yogui, con su traje de peluche sucio y con los restos de una noche histórica. Miraras a donde miraras, el espectáculo era alucinante. Las dos horas de espera hasta la salida de nuestro vuelo, se nos hizo muy corta.  Yo hubiera pagado dinero por seguir viendo las escenas que allí vimos.

Cuando ya empezó a despegar el avión y fuimos poco a poco dejando Irlanda a nuestras espaldas, se me dibujó una sonrisa en la cara. Definitivamente me había gustado el país y sobre todo el “buen rollito” que se respira. Sin darme cuenta ya estaba pensando en verde,  ya estaba pensando en Irlanda.

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