MAR ADENTRO


    

ASTURIAS & CANTABRIA
D
el 21 al 25 de agosto 2006
A mi madre y su “wolkswagen”

Lunes 21: Santander, Santillana del Mar y Comillas
Por si no había tenido suficientes dosis de estrógeno y progesterona, viajando con 4 mujeres a Ibiza y Formentera, nada más volver de las islas me embarqué en otra aventura en “femenino”. Con la madre de mis días y su “fragoneta” habilitada, salimos un lunes con la intención de recorrer las costas del cantábrico.

En cinco días, no teníamos mucho tiempo para hacer grandes rutas, a una media de 80km hora pero, la “volkswagen” respondió y pudimos ver varios sitios interesantes desde Santander hasta Rivadeo, ya en la frontera con Galicia. Salimos el lunes por la mañana desde Pamplona, y nuestra primera parada fue a escasos kilómetros de Castro Urdiales, ya en la comunidad de Cantabria. (La costa vasca merece capítulo aparte del diario viajero, y por eso dejamos atrás Bilbao y San Sebastián).

Iba a ser un viaje breve, pero yo tenía muchas ganas de experimentar, aunque sólo fuesen 5 días, esa sensación de libertad que da el poder viajar en un vehículo que te permite pararte dónde, cuando y cómo quieras. Ya en su día, allá por el año 1989, me impactó en el Museo Alemán de Munich, la foto gigantesca de dos tipos barbudos que habían dado la vuelta al mundo en una camioneta del mismo tipo. Yo quería probar esa sensación y casi 20 años después, tenía la oportunidad de probar la experiencia.

La primera parada, como decía, fue para comer en un área de descanso con vistas al mar y al puerto pesquero de Castro Urdiales. Es increíble lo que ha crecido en pocos años esta ciudad que abre las fronteras de Cantabria. Cuando la situación política estaba mucho más tensa en Euskadi, muchos miembros de la Ertzanza (la policía autónoma vasca) se trasladaron a vivir aquí. Desde entonces, les han seguido muchos bilbaínos que buscaban una vivienda más barata.

De todos modos, la ley de la oferta y la demanda no perdona, y según me comentaron a posteriori en Bilbao, Castro Urdiales ha crecido tanto y en tanto poco tiempo, que los precios han subido a la par, y ya no resulta tan rentable irse a vivir allí. En cualquier caso, con la autovía que une Bilbao con Santander, en poco menos de media hora, mucha gente se traslada a diario desde Castro Urdiales a Bilbao para trabajar.

En este viaje, la visita de Castro y Laredo no entraba en nuestros planes. Pero sí que me prometí a mi misma volver para recordar los veranos tan inolvidables que disfruté por estas tierras, cuando era niña. Seguimos ruta y llegamos a Santander, justo a tiempo de tomarnos el café en uno de mis rincones favoritos: el Sardinero.

¿Qué puedo decir de la otra “perla” del Cantábrico?. La “joya de la corona”, para mi gusto, sigue siendo San Sebastián, pero Santander tampoco se queda atrás. No se puede negar que es una ciudad señorial, burguesa, con unas playas impresionantes y unos edificios a escala de los ricos Indianos que volvieron de hacer las Américas con sus arcas nutridas. Es una ciudad volcada al mar, en la que aún se respiran aires de otras épocas.

Se pueden seguir varias rutas para conocer los rincones de la capital de Cantabria. La ruta monumental discurre entre las calles del centro histórico. Esta ruta parte desde los jardines de Pereda y pasa por el majestuoso edificio del Banco de Santander, por la plaza porticada de Pombo, el edificio de Correos, la Catedral y el Ayuntamiento. Con sus 11 playas Urbanas, sus puertos y su bahía, catalogada como una de las más bellas del mundo, Santander ofrece mucho al viajero y merece la pena quedarse como mínimo un par de días. http://www.ayto-santander.es/Concejalias/Turismo/Turismo_itinerarios1.htm

Nosotras, no teníamos tanto tiempo para quedarnos, pero como ya habíamos estado antes en Santander, nos fuimos directamente a la zona del Sardinero para tomarnos el café con vistas al mar. El Sardinero comenzó a ser conocido y muy visitado a partir de mediados del siglo XIX y especialmente a comienzos del siglo XX. Los famosos “baños de olas” atrajeron a la burguesía castellana y madrileña, y Santander pasó a ser lugar elegido por la realeza, en tiempos de Alfonso XII.

Los jardines que bordean las mansiones de época por un lado y la Bahía por otro, hacen del paseo hasta la plaza de Italia, donde se encuentra el Casino, una ruta a no perderse. Muy cerca del Casino en su día se levantaron hoteles, alamedas y casas de baño. Es como una ciudad-jardín con vistas a la península de la Magdalena, también conocida por su Palacio, sede de los cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo. Elegancia, y un viaje al pasado. En esto consiste esta zona de la ciudad que tanto me recuerda a Biarritz o San Sebastián. Hacía un día espléndido y daba mucha pereza irse de allí pero, teníamos que seguir. No nos quedó más remedio. Dejamos las playas a rebosar de gente (ni un top-less en las playas del norte) y volvimos a coger la volkswagen hacia la ciudad de las tres mentiras, esa que no es ni Santa, ni llana ni tiene mar…

En la costa occidental de Cantabria se ubican dos puntos de interés turístico: las cuevas de Altamira y, a tan sólo 30 km de Santander, el que según dicen es, por votación popular, el pueblo más bonito de España: Santillana del Mar.

Cuando llegamos, las calles de este pueblo-museo estaban a tope de visitantes. Sus calles medievales, adoquinadas y flanqueadas por enormes casas-palacio blasonadas, giran en torno a la Colegiata de Santa Juliana. La villa se abre camino a través de una única calle que se bifurca en forma de “Y”. Por un lado, se llega por la calle de Juan Infante a la plaza de Ramón Pelayo y por otro, a la Colegiata, el monumento románico más importante de Cantabria. Antes de llegar al templo, dimos una vuelta por la plaza triangular donde se encuentran algunos de los edificios más representativos: la casona de la familia Barreda-Bracho, con su gran escudo de piedra en la fachada, las casas del Águila y la Parra, el Ayuntamiento, la Torre de Don Borja, que hoy en día es la sede de la Fundación Santillana y la Torre de Merino del siglo XIV, que es el edificio más antiguo.

Era la segunda vez que visitaba Santillana, pero no me importó nada volver a entrar en la Colegiata. Se levanta sobre una antigua ermita del siglo XVII, y cuenta con una planta de tres ábsides, un crucero y tres naves. El claustro es realmente fascinante (ver fotos). La estructura del conjunto sigue el modelo de Fromista (Palencia) y del románico internacional que penetra en Castilla por el Camino de Santiago.

En sus 42 capiteles se repiten las alegorías que representan la lucha entre el bien y el mal. Una voz ambiental va explicando con claridad, la historia de la Colegiata y el significado de los capiteles. Después en el interior, destacan el gran retablo de estilo hispano-flamenco, con tablas pictóricas relativas al martirio de la santa, y el impresionante pantocrátor del año 1200.

Con esa paz espiritual que nos “regaló” la Colegiata, fuimos poco a poco volviendo hacia la salida de Santillana por esas mismas calles de adoquines y balcones llenos de flores. El “retiro espiritual” breve, pero intenso, nos relajó y nos dio fuerzas para seguir ruta. Siguiente parada: Comillas.

Comillas, al igual que Santillana es señorial y muy interesante. También es conocida como la Villa de los Arzobispos, dado que allí nacieron cinco prelados que destacaron durante la Edad Media. Casonas, palacios, edificios modernistas como el “Capricho” de Gaudí, y muchos rincones para perderse durante horas. Comillas, no es un pueblo cualquiera, con su plaza mayor y sus edificios más o menos imponentes. A mí personalmente, lo que me sorprende de este lugar, es que tiene cierto aire de cuento infantil. Tiene esa extraña mezcla de pueblo, con su casco antiguo, y su otra parte monumental con edificios que luchan entre sí por ser el más fastuoso. Son edificios, como la Universidad pontificia o el Palacio de Sobrellano, más fácilmente imaginables en una ciudad, y no tanto en un pueblo de la cornisa cantábrica.

Parece ser que la Comillas monumental tiene su origen en Don Antonio López, primer Marqués de Comillas. Este buen hombre consiguió que durante el verano de 1881, el rey Alfonso XII disfrutase de sus vacaciones en la villa. Fue el mejor reclamo para que la alta sociedad de entonces, frecuentara esta localidad. Por eso, muchos de los edificios llevan la firma de afamados arquitectos catalanes modernistas, como Gaudí o Martorell. A éste último pertenece la autoría del Palacio de Sobrellano, cuyo propietario fue precisamente, el Marqués de Comillas. Se construyó entre 1881 y 1890 y su apariencia de palacio de cuento de hadas, tiene que ver con el estilo neogótico imperante a finales del siglo XIX.

Antes de dejar atrás este “islote” de modernismo catalán en Cantabria, y seguir ruta hacia San Vicente de la Barquera, fuimos a ver el famoso “Capricho” de Gaudí. El proyecto fue encargado por Máximo Díaz de Quijano que deseaba tener una casa de veraneo al lado del palacio de Sobrellano, propiedad de su concuñado el primer marqués de Comillas. Aunque Gaudí no había adoptado aún un estilo arquitectónico definitivo dentro del modernismo, sí que destaca su fachada de ladrillo caravista con tiras de cerámica decorativa y sus balcones de hierro forjado, formando esas ornamentaciones tan típicas del modernismo. (http://www.portalmundos.com/mundoarte/movimientos/modernismo.htm

Con la dosis espiritual de Santillana y la artística de Comillas, sólo nos quedaba un objetivo para culminar el día: encontrar un buen sitio para dormir. Tuvimos suerte. Al llegar a San Vicente de la Barquera, vimos una cola de coches kilométrica que cruzaba uno de sus famosos puentes. Pero los dioses estaban de nuestro lado, y nada más llegar, giramos a la derecha, antes de cruzar el puente y encontramos un camping fantástico, el “Rosal”, al lado del mar, y con unas vistas únicas sobre San Vicente.

Estaba anocheciendo y mi mente fue poco a poco haciéndose a la idea de que iba a dormir por primera vez en un “coche-cama”. Lo de dormir en tienda o al aire libre ya lo había experimentado, pero esto de dormir en un espacio tan reducido, me causaba cierta angustia. Dicen que a todo se acostumbra el cuerpo humano, y tengo que confesar que la experiencia resultó ser mejor de lo que me temía. Con un silencio sepulcral, debido a que la mayoría de los clientes eran extranjeros, cenamos en la mesita de camping y cuando empezó a oscurecer nos retiramos a dormir a “nuestros aposentos”, con las luces de San Vicente como telón de fondo.

Martes 22: San Vicente de la Barquera, Llanes, Ribadesella, Oviedo y
S. Esteban de Pravia

La vida “hippy” es lo que tiene, te acuestas cuando oscurece y te despiertas con los primeros rayos de sol. Una buena ducha en el camping, desayuno a pié de furgoneta y ya estábamos listas para seguir nuestro camino. A nuestros pies, justo en frente del camping se presentaba la puebla vieja de San Vicente que fue declarada Bien de Interés Cultural de Cantabria en 1987, por su conjunto monumental que integra la Iglesia de Santa María de los Ángeles, el castillo y los restos de la muralla. Para llegar al centro de San Vicente hay que cruzar uno de los puentes que cruzan las rías que rodean la villa.

A primeras horas del día, la marea estaba baja, y las imágenes de las barcas de colores, “ancladas” en las marismas, con las gaviotas sobrevolando, y los primeros rayos de sol dando de lleno sobre las murallas y el Castillo de San Vicente, nos mantuvieron boquiabiertas un buen rato. Es un pueblo marinero que huele a mar y que tiene una belleza fuera de lo común.

Después de cruzar el puente de la Maza, con sus 28 ojos, y construido bajo el reinado de los reyes Católicos en el siglo XVI, aparcamos nuestra “casa ambulante” y nos echamos a andar para subir hasta lo alto del castillo, que corona la ciudad. Cruzamos la Plaza de José Antonio (sí, no hace falta el apellido, aún quedan resquicios de esa España en muchos lugares) y subiendo por calles en cuesta, llegamos hasta las murallas y el Castillo, desde donde las vistas a las rías y al Parque natural de Oyambre son antológicas.

Cuenta la historia que el castillo o fortaleza se edificó en el reinado de Alfonso I y con posterioridad se formaría la muralla defensiva que cerraba la villa, hasta la explosión demográfica que se produjo a partir del siglo XIII. Desde el principio San Vicente adquirió un marcado carácter pesquero, gracias precisamente a la riqueza de la ría y las posibilidades de la mar. Nos gustó mucho la visita y después de hacer varias fotos, volvimos a la carretera hacia Llanes, ya en “Asturias Patria querida”.
A pocos kilómetros de San Vicente, se encuentra la frontera de Cantabria con Asturias. El pueblo fronterizo se llama Unquera y es famoso por las “corbatas”, unos hojaldres bastante buenos, por cierto. Teníamos por un lado los Picos de Europa y por el otro, la costa asturiana que nos recibía con un cielo azul, sin una nube que lo enturbiara. La furgoneta seguía rodando sin problemas, y pronto llegamos a la primera parada en el Principado de Asturias: Llanes.

Este viaje tenía un factor común: el mar. Y Llanes no podía defraudarnos. Hoy, sigue siendo un puerto de pesca activo y merece la pena pasear por sus playas y por su serpenteante Paseo de San Pedro sobre el acantilado. En un momento dado del paseo, se llega a los famosos cubos de colores de Agustín Ibarrola, el polémico escultor vasco que también concibió el Bosque animado o Bosque de Oma, pintando en los troncos de los árboles figuras humanas, animales y geométricas. Además de por su obra, el artista se ha hecho tristemente famoso por ser uno de los “blancos” de ETA, al haber mostrado su apoyo a la plataforma antiterrorista ¡Basta ya!. Los cubos de la memoria, en definitiva, son dibujos que representan figuras geométricas, animales y otros motivos, realizados en esmaltes de colores sobre los cubos de hormigón que forman el espigón del puerto. Es una obra muy colorista y original, que ha dado más fama aún a este pueblo de la costa asturiana.

En nuestro paseo llegamos hasta el puerto chico, desde donde las vistas al mar abierto son inolvidables, y volvimos por el centro histórico de Llanes que también es espectacular, con sus palacios, su basílica de estilo gótico y sus murallas de forma poligonal. En la calle principal, también vimos varios palacetes y edificios construidos al gusto de los Indianos, con sus palmeras en los jardines y una ermita que a mí me gustó especialmente: la ermita de Santa Ana. Casi pasa desapercibida por lo pequeña que es, pero tiene mucho encanto y recomiendo entrar en ella, aunque sólo sea por ver el retablo y las tallas de la virgen, a la que los marineros honran con una procesión en barco, el día de su fiesta, el 26 de julio. En nuestra despedida de Llanes, pasamos por un horno artesano y compramos una empanada de atún recién salida del horno. Se acercaba la hora de comer y decidimos “hincar el diente” en nuestro siguiente destino: Ribadesella.

El elemento común del viaje, era, como decía antes el mar y el agua. Cuando se llega a esta localidad partida en dos por el estuario del río Sella, lo que más sorprende es la armonía y la tranquilidad que se respira. No estuvimos mucho rato allí, porque queríamos llegar a Oviedo antes del anochecer, pero sí que pudimos “palpar” un poco la esencia del lugar.
Yo había oído hablar de la famosísima bajada del río Sella, pero cuando ves la desembocadura en el mar del río, es cuando realmente te puedes hacer una idea de la fiesta que se debe montar, con miles de piraguas, dispuestas a batir el récord de una pareja de australianos que recorrieron en 1988 los 17 km que separan Arriendas de Ribadesella en una hora, seis minutos y 36′ http://www.desdeasturias.com/turismo_asturias/ribadesella/la_villa_de_ribadesella/index.asp?loc=55.

Ribadesella se parte en dos y en la orilla Este, dónde estuvimos nosotras, se encuentra la zona histórica peatonal. Dimos una vuelta por sus calles, y vimos varias sidrerías, y pastelerías donde vendían “Letizias”, unos dulces en honor a la Leticia, con Z más famosa del reino. Su también famosa abuela Menchu vive por estos lares y se nota, como diría Peñafiel, cierto “tufillo” cortesano en el ambiente.
Cruzamos la Plaza de la Iglesia y la Plaza nueva, y nos dejamos caer en la terraza de un café para descansar un rato mientras veíamos pasear al personal (una de mis aficiones favoritas en los viajes: sentarme en una terraza y observar al personal).
Al otro lado de la ría, tras cruzar el puente se accede al Arenal de Santa Marina, con sus mansiones de estilo indiano y sus playas que van a parar a la Punta del Arenal. Esta zona de la ciudad no pudimos verla porque teníamos que seguir nuestra ruta, pero sí que me prometí volver a Ribadesella con más tiempo y visitarla a fondo.  http://www.desdeasturias.com/paginas/index.asp?loc=55

En todo viaje hay intereses contrapuestos e intereses compatibles. En nuestro caso, yo quería recorrer la costa, sin perder de vista el mar, y mi madre quería ver prerrománico asturiano en el interior. Lo bueno de Asturias es que al no ser muy grande, la huella del mar nunca se pierde y aunque vayas hacia el interior, siempre te persiguen los “cantos de sirena”.

Desde Ribadesella a Oviedo, pasando por Villaviciosa, la patria de la sidra el Gaitero, tan sólo hay 85 km. Me hizo gracia ver la fábrica del Gaitero, porque me trajo muchos recuerdos de la infancia, de cuando mis tías me “engañaban” diciéndome que era como el cava. No paramos en Villaviciosa y seguimos ruta hacia nuestra primera cita con el prerrománico asturiano: el monasterio cisterciense de Valdediós. Se encuentra enclavado en el Concejo de Villaviciosa, a tan sólo 10 km de la capital del “gaitero”. En la actualidad este monasterio está habitado por una pequeña comunidad de monjes cistercienses consagrados al trabajo manual, en talleres dedicados a la fabricación de artesanía. Según la vieja tradición monástica, el beneficio que reportan estos trabajos debe servir para cubrir los gastos de su vida en comunidad, y para practicar la ayuda a los más necesitados. Este monasterio también atiende una pequeña hospedería destinada a dar alojamiento a los diversos peregrinos que realizan todos los años el Camino de Santiago. No tuvimos suerte porque la iglesia estaba cerrada a “cal y canto” pero sólo por ver el entorno, merece la pena desviarse hasta allí.

Muy cerca de Oviedo capital, también teníamos dos citas importantes con el prerrománico asturiano, y volvimos a la carretera en dirección a “Vetusta”. (Si hay un libro que me fascinó en mi adolescencia, ese fue “La Regenta” de Leopoldo Alas Clarín. Así llamaba el autor a Oviedo y aunque, era un libro de esos “obligatorios” en 3º de BUP, me gustó tanto, que me lo leí varias veces hasta que quedó prácticamente ilegible). Al llegar a la capital asturiana, yo decidí darme un voltio por mi cuenta, rememorando a Ana Ozores, la protagonista de la Regenta. Es un placer pasearse por las calles peatonales del centro de Oviedo. Estuve un par de horas, y como ya conocía la ciudad de una vez anterior, volví a la catedral, y luego me perdí por las calles porticadas que rodean a la Seo, cuya construcción se inició en el siglo XIII, en honor al Salvador y en la que destaca, su torre que es la más elevada de Europa, seguida por la Catedral de Viena.

Cuenta la leyenda, que el rey asturiano Fruela salió de caza con unos amigos, y se pararon a comer en un sitio idílico. A la pregunta de dónde pensaba construir la capital de la corte, contestó: ubi edo, que quiere decir “donde como”. Y no eligió mal sitio!. Paseando por las calles peatonales se ven multitud de bares y restaurantes en los que no fallan la incondicional fabada, y la bebida nacional: la “sidriña”. Yo estuve haciendo un montón de fotos por la zona que comprende: el mercado de Fontán, la Casa de Llanes con su famosa fachada barroca, la Casa del Deán Payarinos que alberga el Conservatorio de Música y el Ayuntamiento. La zona comercial de Oviedo discurre sobre todo por las calles aledañas a la calle Uría.

Por momentos me imaginaba que en cualquier esquina podía aparecer algún personaje de la “Regenta”. El paseo me dio sed y me “ofrecí un homenaje”, sentándome en una terraza bajo unos soportales. A la pregunta del camarero de qué quería beber, le contesté que una sidra y en un abrir y cerrar de ojos, tenía una señora botella en mi mesa. Me escanció un par de vasos y cuando empecé a ver “nebulosas” pagué la sidra, con envase y todo, y me la llevé como si no quisiera separarme de ella, por nunca jamás!! La madre de mis días se había ido por su cuenta a ver una iglesia, y con puntualidad británica coincidimos las dos, en frente de nuestro “hotel ambulante”. Antes de irnos de Oviedo, teníamos que ver dos iglesias prerrománicas: la de Santa María del Naranco y la de San Miguel de Lillo.

Las dos se encuentran a muy pocos kilómetros de Oviedo, en las faldas del monte Naranco, desde donde las vistas a Oviedo son impresionantes. Para visitarlas, se recomienda dejar el coche en el aparcamiento gratuito que hay disponible, y subir andando por un acceso empinado pero con final feliz. La primera iglesia a la vista, es la de Santa María del Naranco, declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985. En realidad, no se construyó como una iglesia sino como un edificio palaciego, bajo el mandato de Ramiro I en el siglo IX. Para compensar la pendiente del terreno, Santa María del Naranco se edificó en dos plantas con bóvedas de medio cañón y sobre una planta baja, como un gran zócalo que contrarresta la dificultad del terreno.

La otra Iglesia, la de San Miguel de Lillo, también fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985 y al igual que la de Santa María, también se construyó bajo el mandato del rey Ramiro I. Originalmente tuvo planta basilical de tres naves, pero sólo se conserva una tercera parte de su longitud, porque durante el siglo XIII o principios del XIV se arruinó posiblemente debido a las malas condiciones del suelo. Se conserva únicamente el vestíbulo y el arranque de sus tres naves. Las dos iglesias son dos “joyas” arquitectónicas. Además, el entorno, con sus hórreos, sus campos de manzanos y sus vacas pastando, despistan al viajero. A tan pocos kilómetros de la capital de Asturias, parece mentira que existan sitios como éste.

Ya empezaba a oscurecer y teníamos que encontrar un sitio para dormir. Nos alejamos de Oviedo y volvimos hacia la costa.

Dejamos atrás Avilés, sin querer pararnos ante tal “acoso” de industrias, chimeneas y fábricas. Nuestro objetivo era dormir en Cudillero pero, lo bueno de las rutas organizadas, es romperlas de vez en cuando, y acertamos de lleno.
Nos desviamos hacia San Esteban de Pravia, a 4 km de Cudillero y la sorpresa fue más que grata. San Esteban es un pueblo tranquilo, en la desembocadura del río Nalón. Lo que más me gustó de este pueblo son los antiguos cargaderos de mineral que han sido restaurados e integrados en un paseo que va desde el pueblo hasta la playa. La sensación que da al llegar, es como si fuese un lugar dormido en el tiempo, en el que las grúas y remolcadores que quedan al borde del río son “fantasmas” de un pasado industrial que ya es historia. Según me informo, este puerto fue uno de los más activos de España, en el que se trabajaba las 24 horas del día. Era nuestra segunda noche en ruta, y decidimos quedarnos allí a dormir. Antes, cenamos en un sitio que recomiendo a todo el mundo. Se llama la tasca del marinero, y sus “chipirones con fundamento” son ricos, ricos, ricos…Nos contó el dueño, que tienen tanto éxito con este plato, que hay un cliente que los pide todos los días para cenar. (La ensalada templada de ahumados también está buenísima, por cierto).

Miércoles 23: S. Cudillero, Tapia de Casariego, Castropol, Luarca y Cadavedo
Despertarse al oído de los graznidos de los patos y de las gaviotas, en vez del timbrazo de un despertador, es una de las ventajas de la “acampada libre”. Sacamos la parafernalia para desayunar, y con vistas a la desembocadura del río, nos quedamos un buen rato disfrutando de las vistas. No habíamos llegado a Cudillero el día anterior, pero tampoco nos importó nada, porque San Esteban nos dejó un muy buen recuerdo.

Nos despedimos de allí, con la misma tranquilidad y la misma paz que habíamos encontrado al llegar la noche anterior. La llegada a Cudillero, a tan sólo 4 km fue otro cantar. Este pueblo, declarado de “excelencia turística”, es uno de los lugares de Asturias que más turistas recibe. Al verlo, tampoco extraña porque es realmente original y pintoresco. Se trata de un pueblo pesquero no muy grande, con las casas pintadas de colores y escalonadas sobre el mar. Nos recordó mucho, a los pueblos costeros que vimos en Noruega, cerca de Bergen.

Como aún era temprano, no sufrimos la avalancha de turistas y pudimos recorrer el pueblo, después de tomar un café caliente en la plaza principal. Me hizo gracia el cartel que anunciaba las fiestas de San Pedro, San Pablo y San Pablín. Me recordó a otra frase antológica que había leído en Oviedo: “si por la manzana perdimos el paraíso, por la sidra volvemos a él”. Aún no era hora de echarse unas sidritas pero sí de hacer un montón de fotos. Así lo hicimos antes de irnos de un pueblo que me gustó especialmente. Al salir de Cudillero, vimos también la zona de El Pitu, en el que se encuentra el conjunto palaciego de Selgas, conocido como el Versalles asturiano. No tenía nada que ver con el Cudillero marinero, pero el contraste era interesante.

La siguiente parada en la ruta era Tapia de Casariego. Volvimos a “revelarnos” y en el camino hacia nuestro destino, nos metimos por unos maizales hasta un descampado, en el que sólo se oía el rumor de las olas. Olía a campo y a mar. Con la única compañía de algunos cuervos que sobrevolaban los campos de maíz, y el mar de fondo, disfrutamos de un rato de naturaleza salvaje, alejadas del turismo masivo del mes de agosto.

Llegamos a media tarde a Tapia de Casariego, otro típico pueblo marinero, que aprovecha un entrante del mar entre dos promontorios donde se apiñan las casas que “caen” al mar. El nombre del pueblo viene de un ilustre comerciante y banquero que bajo el reinado de Amadeo de Saboya, obtuvo los títulos de Marqués de Casariego y Vizconde de Tapia. También cuenta la historia que en este pueblo, hubo un núcleo de población de origen vasco que se dedicaba a la pesca de ballenas.

De la visita a Tapia, lo que más me gustó fue el paseo que va desde el puerto hasta el faro. Si en Cudillero lloviznaba, en Tapia el sol empezó a pegar con fuerza y pudimos aprovechar el buen tiempo para pasear hasta el rompeolas, donde el cantábrico sacudía con fuerza, con esa fuerza que tanto echo de menos en el Mediterráneo.

No estábamos muy lejos de la frontera con Galicia y al salir de Tapia, enseguida llegamos a Rivadeo, la primera población que abre las fronteras de Galicia. Las dos comunidades están separadas entre sí por un gran puente, el de los Santos, que cruza la desembocadura del río Eo, una Reserva Natural Protegida. Pasamos al otro lado del puente, y fuimos bordeando por el lado gallego hasta llegar a Vegadeo. Allí tuvimos suerte de encontrar un garaje, en el que por dos euros, sí dos euros, nos revisaron el aceite y el líquido de frenos del “tronco móvil” que empezaba a chirriar de un modo preocupante. La ventaja de estas “piezas de museo” es que con un simple retoque aguantan lo que les echen y además tienen su club de fans, como las harley. En más de una ocasión, durante el viaje, nos saludaron otros conductores, la mayoría extranjeros, que también viajaban en sus “Volkswagen”.

Por la orilla, seguimos bordeando toda la ría, y con la camioneta como nueva llegamos a otro sitio muy recomendable: Castropol. Estábamos otra vez en el lado asturiano y nos sorprendió mucho el encanto y la tranquilidad que se respiraba allí. Su actual nombre proviene de denominaciones que aludían a su origen fortificado, pasando de Puebla de Castro a Pola de Castro y Pola de Castropol. Este pueblo es casi más bonito visto desde lejos, ya que está en un alto y su parte histórica, con sus palacios forman un mirador sobre la desembocadura del río. Arquitectónicamente, lo más notable de la población es la capilla del Campo (siglo XV), los Palacios de Valledor y de los Marqueses de Santa Cruz de Marcenado (siglos XVI-XVIII), la Casa de las Cuatro Torres (siglo XVIII), y el conjunto modernista, de principios del XX, formado por el Parque de Vicente Loriente, el Casino/Casa de Cultura (sede actual de la afamada Biblioteca Popular, fundada en 1921 y considerada de las mejores, si no la mejor, de su clase en España) y el monumento a Fernando Villaamil.

Estuvimos recorriendo las calles de Castropol, y disfrutando de las vistas sobre Rivadeo y la desembocadura del Eo, desde una terraza. Nos costó irnos de allí, porque habíamos encontrado un lugar de esos “idílicos” y daba pena irse. Pero, teníamos que seguir y como Galicia no entraba en nuestros planes, cogimos la misma carretera por dónde habíamos llegado y empezamos la vuelta atrás.

Regresamos sobre nuestros pasos y paramos en otro de los lugares a no perderse en la costa asturiana : Luarca. Se la conoce como la “villa blanca” y si hasta el momento no habíamos sentido los agobios típicos del mes de agosto, en Luarca sí que los padecimos. Tuvimos que aparcar a las afueras, y hasta que llegamos al puerto, fue una auténtica tortura de tráfico y gente.

Cuando por fin llegamos al puerto, lleno de barcos pesqueros, que me recordaron a las Txalupas del País Vasco, hice varias fotos, y dando un paseo llegué hasta el punto desde donde se ve el cementerio, en lo alto del promontorio que se conoce como la Atalaya. Había oído hablar de este cementerio con vistas al mar y en el que según parece, está enterrado Severo Ochoa. Un buen sitio para criar malvas.. En un principio pensé que se trataba del famoso cementerio moro, pero no. El cementerio de los 300 soldados marroquíes, que murieron combatiendo en la guerra civil, con las tropas de Franco, se encuentra en Barcia, en el interior montañoso. Según me informo, se trata de un lugar prácticamente ignorado y perdido entre pinares, con detalles arquitectónicos propios del arte musulmán.

Antes de irnos de Luarca y después de tomarnos unas sidras en una terraza del puerto, dimos un paseo por el puerto, viendo las casas de la “Villa Blanca” y entre el mogollón de turistas, conseguimos salir de allí, sanas y salvas. Me quedé con las ganas de disfrutar más tranquilamente de Luarca, pero tendría que volver en otra ocasión.
Alejadas del mundanal ruido, después de la tranquilidad de Castropol o de San Esteban de Pravia, encontramos, cerca de Luarca un lugar tranquilo para dormir: Cadavedo. Fuimos directamente al camping, que por cierto está bastante bien, y dejamos la visita del pueblo para el día siguiente. Estábamos agotadas y no tardamos en dormirnos.

Jueves: Gijón y Cabezón de la Sal.
La localidad de Cadavedo, ocupa el emplazamiento del puerto medieval de Vallenarán, que se dedicaba a la caza de ballenas. En vez de visitar el pueblo, con renovadas fuerzas, y después de una buena ducha, nos fuimos directamente a ver la playa de Cadavedo, entre el Cabo Ovidio y el Cabo Busto, que se encuentra a un par de km del pueblo. Esta playa resultó afectada por el desastre del Prestige, y cuesta imaginárselo cuando la ves tan limpia y tan bella. Tiene forma de concha, sus aguas son cristalinas, y dispone de todo tipo de facilidades: parking, servicios, merenderos, puesto de la cruz roja, etc… Como era temprano y no había casi nadie, nos llenamos los pulmones de brisa marina, y después de disfrutar del paisaje, volvimos a la carretera, en dirección a la que para muchos, es la verdadera capital de Asturias: Gijón.

Yo tenía muchas ganas de ver esta ciudad. Mi “santo” había estado muchas veces en la Semana de cine negro, que se celebra en verano en Gijón, y me había hablado maravillas de su ambiente y de sus “fabes con almejas”. En menos de una hora llegamos a Gijón e intentamos aparcar la furgo, cosa que no fue nada fácil. Al final lo conseguimos, y poco a poco, llegamos al paseo marítimo de Gijón, con la famosa Iglesia de San Lorenzo, al frente.

Hacía un día soleado y la playa estaba a rebosar. Gijón a primera vista, no me pareció tan bonita como Santander o San Sebastián, pero sí que me recordó un poco a la playa de Orzán de la Coruña. Antes de pasear por la playa, y llegar hasta la plaza mayor, donde comimos en un restaurante que nos recomendó una chica a la que preguntamos por la calle, nos perdimos por las calles del centro, y disfrutamos de un mercado medieval que se celebraba en una de las plazas del centro de la ciudad.

Me gustó mucho el “lado verde” de Gijón. Según me informo, en el centro hay más de 5000 árboles, 4 parques costeros y un parque natural, el del Deva. Una zona que también nos gustó, fue la del Parque de la Atalaya, que se encuentra justo al lado de la zona de Cimadevilla. Después de comer, en una sidrería con solera, como es el “Centenario”, situada en la playa del Ayuntamiento, un pastel de cabracio (especialidad de la casa) y unas “parrotxas” (sardinas pequeñas), con sidra, claro; nos fuimos a pasear por Cimadevilla.

Me habían recomendado esta zona que se encuentra en el cerro de Santa Catalina, con sus casas típicas de colores y sus calles adoquinadas. Desde allí las vistas sobre Gijón y sus tres playas de San Lorenzo, Poniente y Arbeyal, son magníficas. Además, merece la pena subir hasta la parte más alta del parque que bordea Cimadevilla, para contemplar el “Elogio del Horizonte” de Chillida.  Es una escultura colosal, como todas las que hacía este hombre (que a mí personalmente me fascina). Se encuentra frente al mar, y aunque al principio su colocación suscitó mucha polémica, con el paso del tiempo parece que se ha convertido en el símbolo de la ciudad.

Un buen rato estuvimos paseando por allí, hasta que la brisa marina, nos empujó a bajar por el parque hacia la Iglesia de San Lorenzo. Antes de llegar, muy cerca de la iglesia, se encuentra el Club Náutico de Gijón, al que quisimos entrar para tomarnos un café y nos quedamos con las ganas. Es un club privado, y sólo tiene acceso la Jet Society gijonesa.
Seguimos “resignadas” nuestro camino, mientras veíamos cómo se bañaban las “cukis y los borjamaris” de turno, en las piscinas que caen al mar literalmente. Envidia, mucha envidia me recorrió la espina dorsal.  Hicimos unas fotos desde la Iglesia de San Lorenzo hacia la playa, y después de tomarnos un café en una terraza, donde sí nos dejaron sentar, volvimos a perdernos por las calles del centro, en busca de nuestro “hotel ambulante”.

A media tarde salíamos de Gijón, con un buen “gusto de boca” y nos adentramos hacia el interior en dirección a Oviedo, para luego coger la autovía de Santander. Para los que vayáis por primera vez a Gijón, a la hora de salir hay que tener cuidado porque no está nada claro. Si queréis ir hacia Galicia, tenéis que coger dirección Avilés y si queréis ir hacia Cantabria, tendréis que ir primero en dirección a Oviedo, para luego coger la autovía del Cantábrico hacia Santander. Al final lo conseguimos pero no fue fácil salir de allí. Ya en ruta, pasamos por Unquera, como hicimos a la ida, y esta vez paramos para tomar algo y comprar las famosas “corbatas de hojaldre” de Unquera. Al entrar ya en Cantabria, nos entró la duda de si dormir esa última noche en Suances o en Cabezón de la Sal. Optamos por éste último y acertamos de lleno.

El origen de su nombre, se remonta a los tiempos de la época romana en los que el cabezón era una medida que se utilizaba para la compra-venta de sal. Su ubicación, hace que haya obtenido beneficios económicos en todas las áreas. Por allí pasaba la antigua vía hacia Oviedo y la vía desde Castilla y Campóo hacia el Cantábrico. Hoy en día, a esta última vía, se la conoce como la Ruta de los Foramontanos y rememora a los antepasados cántabros, que en los primeros siglos de la Reconquista repoblaron las tierras del norte de Castilla.

Después de aparcar la furgo, en una calle sin salida, bordeada por casas típicas cántabras, con sus balcones llenos de geranios, nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Como sitios de interés en Cabezón, yo recomiendo visitar: las casonas blasonadas, como el Palacio de la Bodegas, la Iglesia de San Martín y el Parque Conde de San Diego. También nos gustó mucho el paseo, que bordea el canal que cruza por el centro de Cabezón. En la oficina de turismo, nos indicaron que Cabezón se encuentra en un lugar privilegiado, en pleno parque natural del río Saja. También muy cerca se puede visitar el valle de Cabuérniga y el pueblo más antiguo de Cantabria y quizás, también de España: Bárcena mayor. Nosotras no teníamos tiempo de visitar la zona con más detenimiento pero sí que tomé nota para volver.

Viernes: Vitoria, ya de vuelta

Amaneció lloviendo y después de haber pasado toda la semana con días soleados, la lluvia no nos perdonó en todo el viaje de vuelta. Salimos de Cabezón de la sal, y por la carretera nacional hacia Torrelavega, seguimos hasta Bilbao. No entramos en el “botxo”, porque entre otras cosas, teníamos que volver a Bilbao en diez días para una boda. (Bilbo merece capítulo aparte, y espero escribir pronto el diario viajero sobre una ciudad que me trae muchos y muy buenos recuerdos).

Desde Bilbao a Vitoria, la capital de Álava, se llega en poco menos de una hora. En “Vitoria-Gazteiz” donde se hace la ley… (cantaba la canción), nos encontramos con una ciudad que yo defino, sobre todo y ante todo, como “habitable”. Yo creo que es la ciudad más verde de toda España y una ciudad “hecha a la medida del hombre”. http://www.vitoria-gasteiz.org.  Después de Gerona, es la segunda ciudad de España con mayor calidad de vida, y ocupa el primer lugar en el ranking de áreas verdes y espacios culturales por persona.

Aparcamos a las afueras, en un parque y andando llegamos hasta el mismo centro de Vitoria, la capital política de Euskadi. La lluvia nos dejó pasear por las calles del centro histórico y aunque el cielo estaba gris, pudimos disfrutar de las calles y rincones de Gasteiz. Para descubrir el centro histórico de Vitoria, subimos por la parte trasera de la Catedral de Santa María, por las escalinatas de San Bartolomé, hasta la plaza del Machete, donde juraban sus cargos los representantes de la villa. También se la conoce por la plaza del Juicio, ya que allí se ejecutaban las penas de muerte, siendo la última a garrote vil, en el siglo XIX.

La parte más antigua de Vitoria, abarca el perímetro de la vieja ciudad medieval amurallada. El barrio, que tiene forma de almendra, está situado sobre una colina y sobre las laderas de ésta. La ciudad estuvo prácticamente constreñida a lo que actualmente es el Casco Viejo desde su fundación a finales del siglo XII hasta finales del siglo XVIII. Por eso, aquí se encuentra buena parte del patrimonio artístico y arquitectónico de la ciudad.

Según cuenta la historia, Vitoria fue fundada en 1181, por el rey navarro Sancho VI el Sabio sobre la colina que ocupaba el primitivo poblado de Gasteiz, levantando un recinto amurallado con el propósito principal de servir como fortificación defensiva. Más tarde perteneció a la Corona de Castilla y en el año 1431, el rey Juan II de Castilla, le concedió a Vitoria el título de ciudad.

Por las calles adoquinadas y estrechas que rodean a la catedral y a la Plaza majestuosa de la Virgen Blanca (patrona de la ciudad), fuimos dando un paseo hasta la hora de comer. Entre los edificios que se encuentran en esta “almendra amurallada”, destacan: el Palacio de Bendaña, sede del Museo Fournier de naipes, El Palacio Escoriaza-Esquivel, del S XV, construido por Claudio de Arziniega. El de Villa Suso, en el que habitó Martín de Salinas, embajador de Carlos V (del S XVI). Y el mayor tesoro medieval de Vitoria: la Catedral de Santa María.

Se la conoce como la catedral vieja. Edificada sobre el cementerio de la primitiva aldea vascona de Gasteiz (que hoy se puede visitar gracias a las excavaciones), la iglesia de Santa María se derrumbó con el incendio de 1202, y Alfonso VIII (que había conquistado la plaza apenas 2 años antes), ordenó reconstruir la ciudad y levantar en el sitio de la anterior iglesia una nueva que había de servir dos propósitos bien distintos: salvar almas y guardar armas. Así nació la Catedral de Santa María, todavía iglesia, como un templo-fortaleza que servía de entrada a la ciudad.

Desde la parte alta de la colina, donde se encuentran la catedral y los palacios, se puede ir bajando hasta llegar a la gran plaza de la Virgen Blanca, donde destacan las fachadas de las casas con sus miradores acristalados. En esta plaza es donde se celebra la famosa bajada de Celedón, un muñeco que representa a un “casero” y que cruza la plaza suspendido de un hilo, mientras la gente descorcha botellas de cava, y empiezan las fiestas en honor a la Virgen Blanca, del 4 al 9 de agosto.

Desde esta parte baja de la parte vieja, se accede a lo que es el “Ensanche” de Vitoria, la zona central y comercial de la ciudad. Antiguamente era el espacio extra-muros al sur de la ciudad que se utilizaba para la celebración de ferias y mercados. Antes de regresar y dar por acabado nuestro paseo por Vitoria, también cruzamos, la plaza Nueva o de España, con sus soportales y pórticos que recuerdan a otras plazas como la de Salamanca, o la de Madrid.

Ya era el final del viaje, definitivamente. Con el cielo gris y las calles vacías de Vitoria, en los últimos días del mes de agosto, nos despedimos, recordando los días soleados de Asturias y Cantabria, y la cantidad de sitios bellos que habíamos visto en nuestra ruta por la Cornisa cantábrica. La brisa del mar se iba diluyendo, pero su fuerza seguía latente, una fuerza que personalmente siempre me tira …. mar adentro

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