PARIS, toujours Paris



40 aniversario – 2008
Fin de semana rojo Valentino, rojo pasión, y recién cumplidos los 40. Lo tuve muy claro desde el principio, mis 40 primaveras no caían en saco roto, maleta de fin de semana, mucho amor y muchas ganas de patear de nuevo la ciudad del AMOUR, con mayúsculas.
Así que con el billete de Ryanair, comprado con bastante tiempo de antelación, nos plantamos en París, la noche del viernes 15, dispuestos a cargar las neuronas de amor y glamour parisino.

Con Ryanair, los aeropuertos más cercanos a la capital de Francia, están vetados. Hay que aterrizar en Beauvais, a 80 minutos de París y contratar por 13 euros por trayecto y persona, un servicio de autobús que desde la misma puerta del aeropuerto, te traslada hasta el Palacio de Congresos de París, cerca de la parada de metro de Porte Maillot, en la línea de metro amarilla, cerca de La Défense.

En resumen, entre el trayecto en coche hasta el aeropuerto de Valencia, el vuelo a Beauvais, el autobús a París y el metro al hotel, la broma sale por más de 6 horas!!! Pero bueno, lo importante fue llegar a tiempo de cenar unas buenísimas crèpes cerca del hotelito al que siempre acudo, porqué está céntrico, en zona tranquila y animada a la vez, y por un precio inmejorable: 55 euros la habitación doble con baño en la habitación, todo un lujo en una ciudad donde la tarifa no baja de los 90 euros.

El hotel se llama HOTEL DE LA TOUR, se encuentra ubicado en Boulevard Edgar Quinet, nº 19, en el distrito XIV, muy cerca de la gran torre de Montparnasse. No tiene página web, y la única manera de reservar habitación es llamando por teléfono: 00 33 1 43 27 64 50. Se trata de un hotel sencillo, pero limpio y con dueños muy agradables. Además está en el boulevard Quinet, donde hay un montón de restaurantes y bares, sobre todo restaurantes bretones, donde la especialidad son las crepes dulces y saladas, regadas con sidra de manzana o de pera. Antes de cenar, fuimos a dejar las maletas a la habitación y para ello, tuvimos que ir a recoger las llaves al bar de la esquina, llamado Liberté, con la mismísima pinta que el bar protagonista de la película Amelie (mi preferida, por cierto).

Allí nos esperaba el dueño sonriente, con un sobre a mi nombre que contenía las llaves. Son este tipo de cosas que parece mentira que puedan pasar en una gran ciudad como París, pero así fue, con las llaves nos fuimos a nuestra habitación a descansar para patearnos la ciudad, al día siguiente, por los cuatro costados. Sábado 16: Desde Eiffel hasta Montmartre, pasando por….. Mi primera reacción imperiosa al despertar fue correr la cortina para ver el color del cielo. Sol brillante, cielo azul y ni una sombra de nubes. Nos esperaba un día radiante para visitar la ciudad de los tortolitos amorosos.

Muy cerca del hotel, después de una buena ducha, localizamos una “Boulangerie” que a juzgar por la cola que había en la puerta, y el olor que desprendía, tenía que vender buen producto. Así que empezamos el día parisino como no podía ser de otra manera, con un buen “café au lait” y unos “croissancitos de mantequilla recién salidos del horno. Con las pilas puestas y después de pagar los cafés a 5 euros la unidad, cogimos el metro hasta la parada de Trocadero para contemplar la torre más famosa del planeta tierra (con permiso de la Torre de Pisa) desde todos los ángulos. Con el sol en frente, con el sol de lado, desde sus cimientos, desde el parque de los inválidos. Cualquier perspectiva era buena, la que nos quedaba era desde su cima, pero viendo las colas kilométricas que se forman, desde primera hora del día, para subir la torre, optamos por dejarlo para otra ocasión. (No sé cuántas veces he estado en París, y sigue siendo una asignatura pendiente….).

Después de tomar unas cuantas fotografías de la “Señora Eiffel”, volvimos a cruzar uno de los puentes que cruzan el río Sena, y pasamos a la “Rive gauche”, a la orilla donde la moda parisina se expone con todo su “charme”. Pasamos por delante del trágico Puente de Alma, donde la “Princesa de corazones” dejó su huella eterna en ese accidente que colapsó a medio mundo. (ver foto). No tiene pérdida, destaca una llama de antorcha, réplica de la antorcha de la estatua de la Libertad de Nueva York, que en su día regalaron los franceses a los norteamericanos. Y después de ver el famoso puente, nos ocurrió la primera anécdota del día. De repente vimos a una señora que se agachaba delante de nosotros y recogía un anillo de oro del suelo. Vino hacia a mí para ver si era mío, diciendo que se lo había encontrado en el suelo.

Al contestarle que no, que no era mío, me lo entregó en la mano diciendo que ella no se lo quería quedar, que ella era de no sé qué religión y que no podía quedárselo. Yo insistía que no era mío y que no me lo quería quedar. La historia empezaba a oler a chamusquina. Ella insistía y me apretó la mano con el anillo dentro diciéndome que era para mí. No sabíamos qué hacer, hasta que pronto se descubrió el pastel, cuando empezó a pedirnos dinero a cambio del anillo. Nunca habíamos visto esta modalidad y las risas fueron sonadas cuando a partir de ese momento, empezamos a ver a un montón de señoras agachándose y haciendo la “escenita” del anillo. Lo mejor era ver el teatro que le echaban algunas.

Lo dicho siempre!! la realidad supera la ficción con creces!!!! A fuerza de reírnos, llegamos a la avenida de los Campos Elíseos casi sin darnos cuenta. Antes de llegar, pasamos por una peluquería que por su aspecto y por las clientas que salían con sus cardados al viento, más bien parecía una joyería de alto standing. Las peluqueras salían a la recepción con sus batas blancas para despedir a sus clientas exclusivas, como si acabaran de comprar un pedrusco de 15 kilates. Impresionante!. Con curiosidad nos acercamos para ver las tarifas que estaban expuestas en un tablón dorado con caligrafía versallesca y vimos con estupor que un simple peinado en seco, costaba la friolera de 200 euros.
Así nos fuimos de allí con los pelos como escarpias del susto!.

Cuando llegamos por fin, a la famosa avenida de los Campos Elíseos, delimitada por un lado por el obelisco de la Plaza de la Concorde y por el otro por el Arco de Triunfo, seguía luciendo un sol a pleno rendimiento y la gente entraba y salía de las tiendas con y sin bolsas. Como ya nos había pasado en otros rincones del mundo, volvimos a ver una tienda de Zara que ocupaba uno de los mejores edificios des “Champs Elysées” y entramos para comprobar una vez más el fenómeno de la “moda globalizada”.

Después de perfumarnos en una mega tienda de la cadena francesa “Sephora”, seguimos nuestro camino hacia la “Place de la Concorde”, presidida por el obelisco egipcio, regalado a Francia por un gobernante egipcio en el siglo XIX. Si destaca esta plaza por su tamaño, también lo hace por el significado de su nombre, porque en ella se instaló la guillotina, donde murieron cientos de franceses. Cuando la Revolución francesa llegó a su fin, esta Plaza tomó el nombre de Concordia, haciendo olvidar su sangriento pasado. El famoso hotel Crillon, también exhibe sus oropeles en una esquina de la Plaza. Quisimos entrar en su hall, pero nada más asomar la cabeza, nos invitaron amablemente a volver sobre nuestros pasos.

A veces, los botones almidonados hacen la vista gorda, y dejan entrar a los curiosos como nosotros, que quieren ver a esos ricos riquísimos dejando la llave en recepción. Pero esta vez, el botones sacarino, más negro que un tizón, nos vetó la entrada a “ricolandia”, y pese a todo, tuvimos derecho a ver a dos japonesas escandalosas, que dejaban las llaves de su Mercedes biplaza para que se lo aparcaran, mientras intentaban agarrar con sus manos, todas las bolsas de Dior y Chanel que tocaban a dos por dedo.
Otro espectáculo en vivo y en directo. Por la misma Rue de Tivoli, que corre paralela a los jardines del Louvre, seguimos nuestro camino y giramos por la Rue Royale donde se encuentra otro lugar emblemático de París, el restaurante Maxims. http://www.maxims-de-paris.com/p2fr.htm  que de ser un lugar histórico ha pasado a ser puro marketing, vendiendo la marca “Maxims” para todo tipo de artículos de regalo, noches de cabaret, etc.

Muy cerca, en la misma acera, empieza a oler a lujo y tarjetas de platino, estábamos ya rozando la milla de oro parisina, la rue de Saint Honoré, donde están todos los que son y si no está, no existe. Antes de soñar despiertos, viendo los escaparates del lujo, vimos a un montón de gente frente a la iglesia de la Madeleine. Estaban asistiendo a la misa fúnebre por el descanso eterno de una estrella de la canción que acaba de morir: Henri Salvador.

Cuando vimos su foto en un gran panel a la entrada de la iglesia, supimos enseguida el por qué de tanta gente, y de tanto silencio. Éste sólo se rompía con la homilía del sacerdote, sus canciones que sonaban de fondo recordándole, y los discursos en su honor, que iban dedicándole desde el púlpito sus más íntimos. La organización había instalado una gran pantalla, para que los ciudadanos de a pié, también pudieran rendirle honores desde el exterior del templo. De repente, y cuando parecía que la ceremonia ya había acabado, llegó el momento “Glamour” de nuestro viaje, cuando del templo salió a toda prisa un “enano” Sarkozy, al que casi no se le veía entre sus guardaespaldas. Salió escoltado en su coche oficial, y justo al pasar por nuestro lado, por la gracia divina, bajó la ventanilla y Oh!!! Nos saludó con la mano, mientras los que le aclamaban se quedaban boquiabiertos sin reaccionar.

Bueno todos no, porque alguno osó gritarle ¿Dónde está Carla? No ha venido?. Fue el momento “flash” del viaje. A continuación, salió después Alberto de Mónaco, en su coche oficial, pero apenas le hicieron caso, la estrella fulgurante era Sarkozy y su misteriosa y ausente dama, Carla Bruni. En fin!, nos quedamos sin ver a la nueva primera dama, recién estrenada, pero nos consolamos siguiendo nuestra ruta por la calle de los lujos inalcanzables. Una de las tiendas más estrafalarias hacía casi esquina con la entrada de la Place Vendôme, era la tienda del creador de Dior, el gaditano Jhon Galliano. Fiel a su estética, los maniquíes mostraban sus creaciones, luciendo escafandras y cámaras antigás en sus rostros, de la forma más natural, como si el look “me voy a la guerra con mi pekinés”, fuese el día a día de una mujer del siglo XXI. Nunca entenderé la belleza de la alta costura en manos de estos “genios” del pespunte.

Superado el esperpento visual, las joyas de las Casas Cartier, Bulgari o Chopard de la Plaza más rica del planeta, nos reconciliaron con el verdadero lujo clásico. En este plaza presidida por la fachada del famoso Hotel Ritz y por una columna de inspiración napoleónica, los edificios que la rodean son armoniosos y de gran belleza arquitectónica. A mí personalmente, me gusta mucho esta plaza, me parece uno de los rincones más bonitos de París. Y a pocos metros, hacia el norte, se alcanza otro bello edificio de París, el de la Ópera. Su estilo es una mezcla de varios, aunque prevalece el barroquismo del llamado “Segundo Imperio”. No entramos dentro, porque el tiempo no daba para más, y decidimos rodear el edificio, y seguir por detrás, para ver las famosas galerías comerciales de “Lafayette”.

El sol no nos abandonaba, y después de echar una ojeada a los escaparates de estos almacenes, cogimos el metro hacia nuestro destino para pasar la tarde en la Butte de Montmartre. Lo mejor es bajar en la parada de Abesses, aunque al salir al exterior haya que subir unas escaleras en forma de caracol que no acaban nunca. Llegar se llega, pero con los pulmones en la boca!. ¿Y qué decir del barrio más pintoresco de París? Sus pintores, sus callecitas empedradas, sus “Bistrots” donde los camareros parecen sacados de un cuadro de “Toulouse Lautrec”. Vayas por donde vayas, y mires a donde mires, Montmartre engancha. Como ya era la hora de hincar el diente, entramos en una de esas tiendas tan francesas de platos cocinados, y le dijimos al amable dependiente que nos preparara un par de bocadillos, con pan de baguette, mostaza de Dijon, y carne en finas lonchas.

Al final yo escogí en vez de bocadillo, un trozo de tarta de queso, jamón y patata gratinada que nos pedía a gritos …”llevádme”!!!!!. En la capital de la France, ¿qué mejor que un pic-nic, cervecita en mano, y en frente del monumental “Sacré Coeur” que a esas horas del día, y con ese día soleado, estaba hasta la bandera de gente?. Abundaban y destacaban los turistas japoneses. Resultaba hasta difícil sacarse una foto, sin que apareciera algún nipón por medio. Nos dimos por vencidos! y al final les sacamos una foto al grupo de japoneses que estaban a nuestro lado, era mejor “unirse al enemigo que luchar contra él”. Las vistas de París desde allí son inmejorables, y aprovechamos el buen tiempo y la digestión de nuestro “pic-nic” para quedarnos un buen rato en las escaleras, atestadas de gente.

Después, seguimos nuestra ruta por lo que se llama el barrio de los pintores o los artistas. En la famosa plaza du “Tertre”, donde cuelga una placa dedicada a un tal Renault, que llegó hasta ese punto en su “invento de cuatro ruedas”, iniciando así la industria automovilística de Francia, no hay excusa para no hacerse un retrato artístico o una caricatura. Allí entre las terrazas de los bares y “brasseries”, se ubican los pintores que se ganan la vida haciendo retratos a los turistas. Es un ambiente muy pintoresco y muy agradable, aunque me imagino que en los tiempos de Tolouse Lautrec o de Picasso , que también fueron asiduos del barrio, sería un barrio más genuino y no tan “asediado” por los turistas. ¿ Quién no ha visto alguna vez una fotografía o una pintura sobre las calles de Montmartre?.

Creo que junto a la Torre Eiffel, es el lugar más visitado de París. (con permiso de Notre Dame, claro) Desde la cima de Montmartre, se puede bajar andando hasta el barrio “Rojo” de los cabarets y “mala vida” de Pigalle. A lo largo del Boulevard de Clichy se asoman las puertas clandestinas de las salas XXX , con sus cortinas de terciopelo rojo, más raídas que el moño de la Piquer. En los años 60 y 70, este boulevard era el reino de los cielos eróticos, pero hoy en día, la mayoría de locales están en las últimas, decadentes y sucios, ni sombra de lo que en su día fueron.

El barrio de Pigalle, tampoco goza de muy buena fama. En las guías aparece como una zona no recomendable para pasear, aunque bueno, es como todo, peligros “haberlos hailos” pero no creo que más que en cualquier otro barrio “rojo” de otra ciudad como Ámsterdam. Una parada obligatoria, antes de dejar el barrio, es la que se hace ante la fachada del famosísimo “Moulin Rouge”. No hay pérdida, se ve desde lejos, todo un símbolo parisino!. Desde este punto, teníamos dos opciones: caminar hacia la zona de Pompidou o coger el metro para ver uno de los cementerios más célebres del mundo, donde reposan hasta el día del juicio final un gran número de famosos de todas las artes.

Se trata del cementerio de Père Lachaise, uno más de todos los que hay en Paris, que creo que en total son 7, pero donde según parece, ganan el ranking de famosos enterrados por metro cuadrado. Desde la misma parada de metro de “Blanche”, frente al cabaret del molino de aspas rojas, fuimos directamente hasta la parada del famoso cementerio. Cuando llegamos ocurrió lo que nos temíamos: el cierre del cementerio a las 17.00. Incautos!!! Nos habíamos olvidado de que estábamos en un país, donde comen a las 12, cenan a las 7 y se acuestan antes que las gallinas! No problem! Volveríamos al día siguiente, las tumbas no iban a cambiar de sitio.

Con las primeras luces de neón, que anunciaban oficialmente el atardecer, nos fuimos caminando a lo largo de la kilométrica avenida de la République hasta la zona del centro cultural de Pompidou. En esta misma zona, se pueden visitar más puntos de interés: el Ayuntamiento, Notre Dame, les Halles, la zona de Marais (Barrio judío), etc. Después de la caminata, desde la otra punta de París, tuvimos la recompensa de ver Pompidou y la archifamosa Catedral de Notre Dame, iluminados por los rayos celestiales de “Thomas Edisson”, o lo que es lo mismo, bajo la luz artificial de las bombillas. No era la primera vez que veía Nôtre Dame: de día, de noche, con sol, con nubes, pero no sé por qué, esa noche lucía más bella que nunca.

Para los amantes del arte moderno y contemporáneo, el centro Pompidou ofrece siempre una amplia gama de exposiciones. Nosotros optamos por callejear, visitar las tiendas que rodean el centro comercial de “Les Halles”, y extasiarnos con la gran dama de las catedrales: http://www.visitandoeuropa.com/paris/monumentos/catedral-notre-dame.html   Y con el éxtasis llegaron la calma chicha y las ganas de cenar.
Me habían recomendado cenar en el restaurante más antiguo de París, llamado Procope, y hacia a este lugar, en la calle de la Ancienne Comédie, dirigimos nuestros pasos. Para ello, tuvimos que cruzar el Sena, por el puente que une Notre Dame, con el barrio más animado de París, el barrio latino de Saint-Michel. Un sábado por la noche estaba a tope de gente. En Saint Michel hay oferta gastronómica para todos los gustos: cocina, griega, árabe, española, italiana, francesa, para todos los gustos y apetitos.

A esas horas el ambiente era total, de sábado noche con temperatura más que primaveral. Preguntando a un par de personas, conseguimos finalmente encontrar este restaurante, donde según aseguran compartieron mesa, en los tiempos de la Revolución Francesa, líderes revolucionarios como Marat, Robespierre, e incluso Benjamin Franklin. www.procope.com  Estaba a tope de gente, pero enseguida nos dieron mesa en la sala “Marat”.

La verdad es que el sitio es muy agradable, y con mucha historia, pero la calidad de la comida, para los sablazos que meten, deja mucho que desear. El típico sitio que vive de su fama, y renombre y que probablemente, hace tiempo que vive de las “rentas”. Yo personalmente, creo que como sitio tiene su aquél y su historia, pero no creo que repita! .Salimos de allí con la cabeza sobre los hombros, y sin rastro de guillotinas sanguinarias en los cuellos. Robespierre nos dejó marchar… Decidimos volver andando hasta el hotel, en Montparnasse, pasando por los jardines de Luxemburgo, que a esas horas estaban cerrados.

Es otra parada obligatoria. Desde aquí recomiendo entrar en estos jardines y sentarse en uno de sus bancos, rodeados de flores de todo tipo. Un auténtico lujo para los sentidos.

Domingo 17: Au revoir Paris, à la prochaine…..

Volvió a lucir un sol resplandeciente, y lo primero que hicimos fue volver a desayunar croissanes recién hechos, con un buen tazón de “café au lait”. Esta vez sí que íbamos a ver el cementerio de Père Lachaise sin problemas de horarios. Cuando llegamos al famoso cementerio, ya había gente visitando las tumbas más conocidas: la de Lord Byron (que por cierto está llena de pintadas), la de Jim Morrison, el cantante de los Doors, que está casi escondida, la de Edith Piaff , junto al recién enterrado Henri Salvador, y muchos más. No es que visitar un cementerio sea lo más romántico del mundo, pero sí que tiene algo especial, el de Père Lachaise. Justo en la entrada coincidimos con una visita guiada, y nos acoplamos sutilmente, hasta que el buen hombre que guiaba, se percató de que el grupo se hacía cada vez más grande, e “invitó” a los curiosos a dejar de merodear….

Hasta ese momento, nos reímos mucho con sus comentarios. Ante una de las tumbas majestuosas, en donde descansan los restos de un Barón llamado Roland, el guía nos explicó la triste y trágica vida de este niño, que murió joven y que según cuentan su alma “vuelve a la tierra” de vez en cuando. Al hilo de esto, hizo un juego de palabras en francés que me gustó “à l´ au.-délas” (al más allá o al agua de aquí que se pronuncia igual) je. préfère le vin d´ici (prefiero el vino de aquí). Yo también prefiero el vino de aquí, porque lo del más allá aún no la contado nadie. Antes de despedirnos del grupo, también nos enteramos de que cualquiera que muera en París puede ser enterrado en el cementerio correspondiente a su distrito. De ahí el gran número de extranjeros famosos enterrados, que en el momento de dar el último respiro, se encontraban en algún lugar cercano a Père Lachaise. El mantenimiento de un mausoleo es bastante caro, y muchos están abandonados.

Estamos hablando de un mínimo de 79.000 euros por “plaza de aparcamiento”. De hecho, se han quitado en los últimos tiempos más de 500 plazas. Aunque bueno, cosas mundanas a parte, lo dicho, el paseo por este cementerio merece la pena. Antes de salir, pudimos ver una tumba muy concurrida de gente y de flores. Las coronas de flores no dejaban ver a quien pertenecían tantos honores. Pero al final, pudimos comprobar que correspondía a la última morada del cantante Henri Salvador, el mismo a quien honraban el día anterior en la Iglesia de la Madeleine, con Sarkozy de estrella invitada. Como comentaba antes, su tumba está pegada a la de otro genio de la canción francesa, la pobre Edith Piaff, cuya vida no fue un camino de rosas precisamente. Y así nos fuimos con la nostalgia en el cuerpo y la tranquilidad en el espíritu. Hay que ver lo relajantes que son los cementerios. Nos quedaban pocas horas en París y cogimos el metro en dirección al Museo de los museos, el megalítico y majestuoso Louvre.

No sé cuantas veces he estado en París, y a fecha de hoy sigue siendo una asignatura pendiente. Desde que aprendí que para ver todo lo que exponen hay que recorrer el museo durante 3 meses y pararse una media de 20 segundos por obra, me entra una agonía terrible. Lo tengo asumido, la próxima vez que vaya a París, el objetivo será sólo y exclusivamente ver el Museo. Lo que sí hicimos fue dar un paseo por todos los jardines que rodean a la famosa pirámide que da entrada al museo, y deleitarnos con las vistas que desde allí hay sobre la tour Eiffel. (La entrada al museo, hoy en día cuesta 9 euros y se puede comprar in situ o bien reservar por Internet). Seguimos nuestro último paseo, por la orilla del Sena, entre libreros que ofrecen “joyas literarias”, cómics, y rarezas varias, en los kioscos instalados a lo largo del paseo que bordea el río.

Volvimos a pasar por delante de la fachada del Ayuntamiento (Hotel de Ville) y nos adentramos por otra zona a no perderse: el “Marais”.
Es el barrio judío de París y además de muchos restaurantes de comida “Kosher”, bares, tiendas interesantes, y mucho ambiente, esta zona ofrece sitios tan bonitos como la Plaza des Vosges, que a mí personalmente, me gusta mucho. En los siglos XVI y XVII, esta plaza era el centro del París burgués y señorial y hoy en día, alberga una gran cantidad de tiendas de anticuarios y galerías de arte. Era domingo y los niños judíos con sus “kipás” en las cabezas, salían del colegio. Para ellos era un día normal de escuela y para nosotros el fin de nuestro viaje a París. Volvimos al hotel, recogimos las maletas, y antes de salir rumbo a la parada de “Porte Maillot”, desde donde saldría el autobús para ir al aeropuerto de Beauvais, volvimos a relamernos con unas crepes bretonas, en la misma zona, cercana al hotel, donde habíamos cenado también al llegar. Y así acabó nuestro “finde” parisino. Con muchos kilómetros en las piernas, pero con las mismas ganas de volver una vez y otra vez más a París. No sé qué tiene esta ciudad que engancha tanto…. Bueno sí!!!!!, me lo imagino, alguien lo dijo hace mucho tiempo, un tal Carlos IV, …..”París bien vale una misa”.

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