LA RUTA DEL MOSELA


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Ruta del Mosela & Luxemburgo
Del 4 al 13 de agosto de 2008

Si alguien nos pregunta por la Ruta del Loira, quien más, quien menos, sabe que es la famosa ruta que recorre los castillos del Valle del río Loira;  pero hay otra ruta menos conocida, pero no por eso menos interesante, es la Ruta del Mosela, (en francés: Moselle, en alemán: Mosel, en luxemburgués, Musel ) un río de Europa, que discurre por el noreste de Francia, el este de Luxemburgo y el oeste de Alemania y desemboca en el río Rhin. Nosotros recorrimos el valle por el lado francés, desde Mulhouse hasta la ciudad de Strasbourg. Quizás no tenga castillos tan espectaculares como el Loira pero sus paisajes, sus pueblos como recién salidos de un cuento de los Hermanos Grimm, y por supuesto, sus vinos la convierten en una ruta muy recomendable.

Lunes 4: Mulhouse, punto de partida
El viaje empezaba en Valencia como no podía ser de otra manera, con sobredosis de adrenalina y sin saber si iba a despegar el avión por la amenaza de Ryanair de cancelar todos sus vuelos si el aeropuerto de Valencia no cedía a sus exigencias. Al final el avión salió sin retraso y cargado de familias con muchos niños rubios. Cuando llegamos al aeropuerto impoluto, de esos en los que se puede comer en el suelo de tan limpio que está, sobrevino la segunda sorpresa del viaje: 3 salidas posibles a Francia, Suiza o Alemania, sí un 3 x 1 en toda regla, como si salieras del metro a Calle Enao o a Calle Princesa. Opté por la salida  “Unión Europea” por si las moscas suizas, que a juzgar por los veinte y pocos grados de temperatura, no debían ser muchas. Salida correcta, por el lado francés a Mulhouse, por el lado Alemán a Friburgo y por las Suizas hacia Basilea.

En la entrada del aeropuerto ya estaban esperándome, la madre de mis días y su querida amiga Anama. La idea de recorrer esta zona de Francia de Auto-caravana me motivó desde un principio, la pena es que no pudo acompañarnos mi Santo. Y así, a media tarde llegamos al pueblo de Mulhouse, un lugar muy tranquilo con edificios pintados con “Trompe-oeuil” (es una técnica de arte con la que un artista utiliza imágenes bastante realistas para crear la ilusión de que las cosas que se muestran en las imágenes son tridimensionales). Pasear por el centro viendo estos murales (según parece hay más de 60) es como pasear por un museo de arte al aire libre. Al cruzar la Plaza mayor, un tío-vivo antiguo da vueltas sin niños, todo es bastante surrealista. No hay nadie por la calle y no es de noche aún.

En el centro no hay que perderse: la Plaza de la Reunión, que presenta un conjunto muy armonioso, y que debe su nombre a que en el pasado, Mulhouse, siendo Alemana unió su destino a Francia en 1798. Los alsacianos prefieren hablar de unión más que de anexión. El Ayuntamiento del siglo XVI en tonos rosados, de estilo Renacentista Renano y el Templo de San Esteban, que en otro lugar sería una Catedral pero en Mulhouse son reformistas protestantes y por eso lo llaman templo.

Mulhouse Fue una de las primeras ciudades francesas en industrializarse. Por eso abundan los, museos como por ejemplo, el Museo Nacional del Automóvil, el Museo francés del Ferrocarril, el Museo de la Impresión sobre Tejidos, el Museo de Bellas Artes, el Museo del Papel Pintado, el Museo Histórico y el Museo Ecológico de Alsacia.

Tras un buen paseo por el centro, decidimos seguir ruta hasta otra ciudad de cuento de hadas: Colmar. La distancia de 42 km desde Mulhouse a nuestro destino para pasar noche, la recorremos siguiendo el curso del Rhin, con un paisaje de viñedos de una blanca,  de la variedad “Restling”, que da fruto a un blanco seco exquisito, del que catamos más de una botella. Por no hablar del impronunciable Gewürztraminer (del alemán: Gewürz ‘especiada’), del que también dimos buena cuenta…

Para esa primera noche, en la cena, una vez ubicadas nuestras “suites caravaneras”, Anama nos tenía guardados dos secretos húngaros: un vino “Tokai” y embutidos de cerdo mangalika, una raza de cerdos autóctona de Hungría también. Antes de cerrar el ojo para dormir, lo presentí claramente, “la dieta de la alcachofa” en este viaje, quedaría relegada hasta más ver.

Martes 5: Colmar- Sélestat – Santuario de Sainte Odile – Obernai
Si tuviera que describir con pocas palabras esta ciudad, o pueblo del Alto Rhin, lo haría con una pregunta: ¿dónde viven Hansel y Gretel? Nada más empezar a recorrer las calles y canales de Colmar, tuve exactamente la misma sensación que tuve en Brujas: demasiado bonito para ser verdad; Tan sumamente cuidado todo, tan pluscuamperfecto que casi resulta irreal.

Bajo el mandato de los carolingios, Colmar se desarrolla al comienzo de la Edad Media, hasta alcanzar el estatus de Ciudad Imperial en 1266. La región de la Alsacia se creó en 1342 por orden de Carlos IV, pasando Colmar a formar parte de ella en 1354.

A comienzos de la Edad Moderna, choca la Reforma Luterana proveniente de Alemania con el cristianismo imperante en la región, aunque consiguieron aguantar medio siglo más que ciudades vecinas como Estrasburgo, finamente el luteranismo fue introducido en Colmar en 1575. El final de la Edad Moderna fue convulso en la ciudad, vivieron la Guerra de los Treinta Años y la Guerra Holandesa, esta última acabó poniendo a la ciudad bajo el protectorado del rey de Francia.

La llaman la “pequeña Venecia”, y no es exagerado,  hay tantos canales como calles en el antiguo barrio de pescadores a orillas del río Lauch. Los balcones floreados de las típicas casas alsacianas con sus entramados de madera son de postal. En una de las calles paralelas al Gran Canal, se encuentra el antiguo barrio de las Tenerías, dónde los artesanos secaban las pieles en los áticos de sus casas de los siglos XVII Y XVIII, unas casas de gran altura, por cierto.

Uno de los edificios más bellos de Colmar es la casa Pfister en la que destaca su mirador- galería de madera. La decoración del mirador se le atribuye al pintor de Mulhouse, Christian Vacksterffer; con varias escenas de la Biblia, de los cuatro evangelistas, de los padres de la iglesia, y de las alegorías a las virtudes cristianas. En la parte inferior del mirador se representan medallones policromos en bajorrelieves con las esfinges renacentistas de Maximiliano I, Carlos V y Fernando I. Una auténtica joya arquitectónica, aunque no es la única.

La Casa de las Cabezas, un edificio de principios del siglo XVII que debe su nombre a las 106 cabezas que decoran su fachada; es digna de visitar también. Coronando la casa se encuentra la estatua de un tonelero que fue añadida en 1902, cuando se instaló aquí la compañía de vino Exchange. La Casa de la Policías, este edificio que adorna la céntrica Plaza de la Catedral, comenzó siendo el ayuntamiento de la ciudad y más tarde el puesto de guardia de la policía. Fue construida sobre las ruinas de la Iglesia de San Martín, de la que hoy sólo se conserva una cripta declarada Monumento Histórico. Y por último, la Casa Adolfo, otro edificio mítico de la Plaza de la Catedral, fue construida a mediados del siglo XIV, por lo que se considera la casa más antigua de Colmar, su fachada de estilo gótico alemán fue declarada Monumento Histórico.

Antes de llegar al último punto de nuestro recorrido por Colmar, nos paramos ante los escaparates de las carnicerías que parecen joyerías de tan cuidados que están, rebosantes de salchichas con choucroute, patés de foie de ganso y quesos “Munster” cuyo sabor es inconfundible. Otras “delicatesen” de Alsacia son: el Baeckeoffe, un plato de cuchara que se cocina a fuego lento durante más de un día, tiene como base patatas, carne y verduras,  la Matelote du Rhin, un guiso de pescados de río cocidos en vino blanco; el Coq au Riesling que es simplemente pollo al vino tinto y la Flammkuchen, una especie de pizza alsaciana.

En las tiendas de “souvernirs” me fijo en las galletas “la Alsacienne”. ¡Qué recuerdos de la infancia! Mi abuela francesa me las daba para merendar y yo me fijaba mucho en el traje regional de la chica que luce en la publicidad, con ese tocado, como un lazo gigante partido en dos mitades. Al salir de una de las tiendas, nos topamos con un cartel gigante de una “Alsacienne , de esos en los que puedes meter la cabeza para hacerte la foto. No sé cuántas fotos nos hicimos, un montón. ¡Qué risas!

Antes de dejar Colmar, visitamos la Colegiata de San Martín. Fue construida entre los años 1235 y 1365. Se trata del templo gótico más importante de la zona media de Alsacia. En tiempos de la Revolución Francesa tuvo el rango de Catedral. Destacan el campanario y las vidrieras del siglo XIII.

El Museo Unterlinden , ubicado en un convento de monjas Dominicas del siglo XIII no lo visitamos, pero quiero anotarlo porque alberga el famoso Retablo de Isenheim, la obra maestra del alemán, Matthias Grünewald: http://es.wikipedia.org/wiki/Retablo_de_Isemheim.

Nuestro siguiente destino era Obernai, otro pueblo turístico de Alsacia. En el camino hicimos varias paradas: la primera en Sélestat, con varios puntos de interés: el castillo de Hautkoenigsbourg , la catedral de Saint Georges, con unas vidrieras magníficas de los siglos XII y XIII, la Biblioteca Humanista de 1452, la más antigua de Alsacia y la Iglesia románica de Ste Foy: http://www.viajeuniversal.com/francia/selestat/quever/saintefoy_navecentral.htm.

La parada “técnica de reavituallamiento” llegó en foma de pic-nic campestre, entre viñedos. ¡Una auténtica gozada! Teníamos que reponer fuerzas antes de subir hasta el Santuario de Sainte Odile, el centro de peregrinación más célebre de Alsacia con unas vistas alucinantes sobre los Montes de los Vosgos. http://www.lumen-terra.com/peregrinacion-en-Francia/Santuario/Strasbourg/SANTUARIO_DE_SANTA_ODILIA_/

Después de deleitarnos con las vistas del Santuario, a pesar del mogollón de gente que había, bajamos por el monte hasta Saint Nabor, un pequeño pueblo de 500 habitantes, conocido por ser el punto de partida de las rutas de senderismo que discurren entre viñedos y los bosques frondosos de los Vosgos.

Cuando llegamos finalmente a Obernai, dónde íbamos a dormir en el camping municipal, nos encontramos con que sólo quedaba disponible una parcela sin luz. No teníamos otra opción, así que aceptamos y visitamos Obernai, haciendo parada en la vinoteca. La falta de luz en la parcela no nos iba a chafar el cenorrio a base de codillo con choucroute y unos buenos vinos Gewürztraminer.

La zona más bonita es la Plaza del Mercado, con sus casas típicas y la estatua de Santa Odile en el centro. El Ayuntamiento, la Torre de la Chapelle del s.XIII y el antiguo mercado de trigo del siglo XVI también forman parte del recorrido. Quizás no sea tan espectacular como Colmar pero sí que merece la pena pararse en Obernai.

Miércoles 6: Strasbourg
De los montes de los Vosgos pasamos a la llanura que rodea la capital de Alsacia. A tan sólo 31 km de Obernai, llegamos a una de las ciudades más bonitas de Francia: Strasbourg, en alsaciano: Strossburi. Su centro histórico es Patrimonio Histórico de la Humanidad desde el año 1988. Además, es la más Europea de las ciudades francesas: Sede del Consejo de Europa desde 1949, Estrasburgo es el símbolo de la unidad y la construcción europea. Desde 1998 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos tiene su sede en la capital alsaciana y en 1992 la ciudad se convirtió en sede oficial del Parlamento Europeo.

El centro histórico es peatonal y conviene dejar el coche en un parking que hay cerca de las torres-esclusas del río que atraviesa la ciudad. Desde allí el paseo a pié hasta la Catedral es un auténtico deleite visual, cruzando puentes, admirando las fachadas de las casas alsacianas y perdiéndose por las calles estrechas que desembocan en una catedral que deja boquiabierto durante un buen rato a todo el que se acerca a verla.

La catedral de Estrasburgo se considera una obra maestra absoluta del arte gótico. La construcción de la catedral románica, de la que sólo queda la cripta y rastros de su emplazamiento, se inició en 1015. La aguja del edificio actual, de estilo gótico, se terminó en 1439. “Un prodigio de grandeza y delicadeza“, según palabras de Victor Hugo, su fachada es de una riqueza ornamental fantástica. La aguja, de 142 metros de altura, es una obra maestra por su finura y elegancia. Hasta el s. XIX, la catedral fue el edificio más alto de toda la cristiandad.

En el exterior, la fachada es el mayor libro de imágenes de la Edad Media. Los centenares de esculturas que parecen desprenderse de la pared acentúan los efectos de luz y sombra. El color de la arenisca rosa cambia según la hora del día y el color del cielo. En el interior, la alta y esbelta nave invita al recogimiento. Las vidrieras del s. XII al s. XIV y el rosetón son una maravilla. El órgano monumental posee una destacable caja adornada con autómatas. El reloj astronómico de época renacentista y cuyo mecanismo data de 1842 es una obra maestra en sí; el desfile de los Apóstoles se puede contemplar todos los días a las 12.30 h.

Otro punto ineludible, cercano a la catedral es la Casa Kammerzell : en esta casa, auténtica joya de la ciudad, se han sucedido varias generaciones de comerciantes acaudalados. En el siglo XV se instalaban los tenderetes bajo los arcos de la planta baja de piedra tallada. Los entramados de madera ricamente labrados que decoran las plantas superiores datan de 1589.

Paramos a comer en un restaurante muy fino con nombres en su menú como “Amour en cage” (hay que se francés para denominar a la fruta “Fisalis” como “amor enjaulado”). Uno de los postres típicos de Estrasburgo es la “Tarte aux Quetsches”: una tarta de ciruelas rojas, con masa quebrada. Aquí dejo la posteridad un documento muy completo con todos los platos de la gastronomía de Alsacia: http://www.otstrasbourg.fr/es/descrubrir/gastronomia.html

Por la tarde visitamos también la iglesia protestante de Santo Tomás otro bello ejemplo de arte gótico alsaciano. El coro alberga el impresionante mausoleo del Mariscal de Saxe, una obra maestra del arte funerario barroco del siglo XVIII.

Cuesta hacerse a la idea de despedirse de una ciudad tan bonita pero teníamos que continuar. Volvimos al parking, cruzando el barrio conocido como “La Petite France”: Es el barrio más pintoresco del casco antiguo de Estrasburgo. Antiguamente los pescadores, molineros, y curtidores de pieles vivían y trabajaban en este barrio construido a ras del agua. Sus magníficas casas con entramados de madera datan de los siglos XVI y XVII. Sus tejados inclinados se abren a los desvanes donde antiguamente se secaban las pieles.

Llegó la hora de irnos, con mucha pena pero nos esperaba en el horizonte otra ciudad anhelada: Nancy. Tuvimos suerte, dentro de la desgracia, de perdernos y tomar el camino equivocado. Finalmente tomamos la carretera en dirección a Metz, más al norte… ¡Bendito error!

Jueves 7: Metz – Luxemburgo
Es lo bueno de no tener una ruta cerrada. Al equivocarnos de camino e irnos más hacia el norte, dejamos para más adelante la ciudad de Nancy, y tuvimos la oportunidad de ver Metz, y de cruzar desde Francia hacia el Ducado de Luxemburgo, a tan sólo 55 km.

Lo que más sorprende al llegar a Metz, la capital de la región de  Lorena, es su localización, en un promontorio sobre la confluencia de los ríos Mosela y Seille. La ciudad se compone de 3 islas: la pequeña Saulcy, la gran Saulcy y Chambière. Las islas se unen entre sí y con la ciudad propiamente dicha por puentes: El puente medieval, el puente de los muertos, el puente de las rocas, el puente Saint-Marcel, el puente de la prefectura, el puente negro, el puente Saint-Georges y el puente de las rejas.

Es una de las ciudades con mayor patrimonio arquitectónico medieval de Francia. Su Catedral, en honor a San Esteban, la visitamos a primera hora de la mañana. Realmente espectacular. Presenta las mayores vidrieras góticas de Europa con cerca de 6,500 metros cuadrados. Los 41 m de altura de su nave la colocan en el tercer lugar de las iglesias góticas de Francia. Además de su grandiosidad, destaca la piedra de tono amarillo (piedra Jaumont) con la que se construyó durante 300 años. http://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_de_Metz.

Todo el centro histórico de Metz que circunda la catedral está construido con la misma piedra de tono ocre. Paseamos por su barrio judío y por el mercado central cubierto. Una lugareña nos explica que Metz se mantuvo como ciudad libre en la Guerra de las Religiones entre católicos y protestantes calvinistas en el siglo XVI.

El conflicto acabó con la extinción de la dinastía Valois-Angulema y el ascenso al poder de Enrique IV de Borbón, que tras su conversión al catolicismo promulgó el Edicto de Nantes en 1598, garantizando una cierta tolerancia religiosa hacia los protestantes. Sin embargo, los conflictos entre la Corona y los hugonotes se reavivaron periódicamente, hasta que el nieto de Enrique IV, Luis XIV, revocó tal tolerancia con el Edicto de Fontainebleau de 1685, proscribiendo toda religión excepto la católica, lo que provocó el exilio de más de 200.000 hugonotes.

Antes de dejar Metz, cruzamos la gran Puerta de los Alemanes, una fortaleza que cruza el río Seille. Las vistas hacia el cielo, hacia la ciudad, desde la parte baja son, incluso, más impresionantes, resaltan la envergadura de la ciudad como fortaleza medieval.

Comimos en una terraza y nos dispusimos a descubrir Luxemburgo, dejando Metz en el camino, en un lugar privilegiado de nuestra memoria viajera.

Atravesando  una zona muy industrial con pueblos grises y tristes, llegamos a la frontera con el ducado de Luxemburgo. El paisaje era menos triste, más limpio y con muchas, muchas gasolineras. A 1,194 céntimos el litro de diesel, la cajera nos explicó que siempre han tenido la gasolina más barata que en Francia. En poco más de 1 hora llegamos a la capital, que cómo no podía ser de otra manera en este viaje, también son sus barrios antiguos y sus fortificaciones Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Nos costó llegar a la parte baja de la ciudad, la zona de Pfaffenthal, dónde se encuentra ubicado un albergue del que nos habían dado buenas referencias. Sin embargo, viendo que sólo quedaban habitaciones compartidas optamos por ir a las afueras, a un camping municipal de primera, muy recomendable, espacioso, limpio, silencioso y muy bien equipado.  http://www.ccclv.lu/site/index.php/nl/

El sueño llegó antes de lo previsto. Cena ligera y a dormir de un tirón para patearnos al día siguiente la capital con el PIB per cápita más alto del mundo.

Viernes 8:  Luxemburgo – Nancy
Cielo gris para desayunar. Era agosto sí, pero por estas latitudes tampoco era de extrañar. Cogimos un bus hasta la estación central y empezamos a pasear por la Avenue de la Liberté, repletita de Bancos de todas las nacionalidades. Uno de los edificios que destaca es el de “Arcelor”, ¡Impresionante!!. Llegamos al viaducto dónde se ve muy bien la parte alta y baja de la ciudad. En la parte alta seguimos nuestro recorrido hasta alcanzar la Catedral de Notre Dame, también conocida como la Catedral de Santa María. Construida en 1613 es un claro ejemplo de arquitectura gótica, aunque también posee elementos renacentistas. Los últimos trabajos de ampliación se realizaron entre 1935 y 1938.

Todo, absolutamente todo: las calles, los edificios, los parques y jardines están perfectamente cuidados. Al salir de la Catedral, cruzamos una gran plaza y nos encontramos con el Palacio Ducal. Aparentemente, podría ser un edificio de oficinas, más que la residencia oficial de los Grandes Duques de Luxemburgo. En un principio, desde 1572 hasta 1795 fue la sede del Ayuntamiento de la ciudad, luego pasó a ser la Prefectura del departamento regional, y a partir de 1871, con la ascensión de la Casa de Nassau-Weilburg, la dinastía reinante, es cuando este edificio tan “poco hogareño” pasó a ser la Residencia oficial de la corte Gran Ducal.

En la parte alta de la ciudad, poco más hay para ver, aparte de oficinas bancarias que se multiplican en cada esquina.

Lo más interesante de la capital está en la parte baja, merece la pena acercarse a las “Casemates du Bock” o grutas en la gran roca-Fortaleza, desde dónde las vistas sobre el “Grund” , la parte baja de la ciudad y sobre los nuevos edificios de la Unión Europea, son espectaculares. El Bock es una colina situada junto al casco viejo de la ciudad de Luxemburgo. Su especial configuración hace de ella una excelente defensa natural y por ello el Conde Sigfrido construyó un castillo sobre ella en el año 963 (Castillo de Lucilinburhuc).

Los primeros túneles que se hicieron con fines defensivos fueron excavados bajo el castillo durante el período español en 1644. 40 años más tarde las defensas fueron mejoradas por el ingeniero militar Vauban pero no fue hasta el periodo comprendido entre 1737 y 1746 cuando la red de túneles fue ampliada hasta su extensión actual por los austríacos. Hablamos de nada menos que de 23 kilómetros de galerías que llegaron a albergar hasta 1200 soldados y 50 cañones. En la parte sur tenemos una salida que conecta las galerías con el casco viejo de la ciudad a través de un puente. Se trata del Pont du Château que fue construido en 1735 por los austríacos.

En 1867 el complejo defensivo del Bock tuvo que ser demolido como consecuencia de las condiciones impuestas por el Tratado de Londres. Su demolición costó una fortuna y 16 años de trabajo. Se destruyó el Castillo casi completamente pero las galerías no pudieron ser destruidas y hoy en día son el gran atractivo de la ciudad, proclamadas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1984.

Así dimos por finalizada nuestra visita a este “paraíso financiero” tan cuasi perfecto. Volvimos en bus al camping y retomamos la ruta de regreso a Francia. Ahora sí que no nos podíamos equivocar de ruta, teníamos que llegar a la barroca Nancy para hacer noche allí o en los alrededores. Llegamos a media tarde, justo a tiempo para cruzar la que dicen es una de las plazas más famosas de Francia, la plaza barroca, mejor dicho rococó, Plaza de Stanislas.  http://es.wikipedia.org/wiki/Plaza_Stanislas .

Lo primero que impresiona al cruzar el umbral de sus puertas es el tamaño de la plaza. 106 x 124 metros de plaza. Te sientes casi insignificante entre tanta floritura arquitectónica de los edificios que la rodean, unidos entre sí por enrejados monumentales de hierro forjado, realzados con pan de oro. Es una auténtica “orgía” de barroquismo. Personalmente no es un estilo que me guste pero hay que reconocer que el conjunto resulta merecedor de figurar en la lista de los Patrimonios de la Humanidad.

Nancy es una ciudad extensa y para visitar sus rincones recomiendo desde aquí coger un tren turístico que recorre todo el centro histórico: el Arco de Triunfo de Heré, los jardines del Parque de la Pepinière, las plazas de la Carrière y de la Alliance, que también fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad, el Palacio de los Duques de Lorena, la Catedral neoclásica y pomposa, muy diferente a las góticas de Metz y Estrasburgo que tanto nos gustaron, el Cours de Léopolde, una plaza enorme también, y los edificios de estilo modernista que abundan en la ciudad. De hecho, la Escuela de Lorraine de “Art Nouveau” de Nancy tiene mucho renombre a nivel mundial. Un deleite para la vista el paseo en tren, y para las piernas fatigadas, más aún. Para dormir buscamos el Canal Marne sobre el Rhin, el Ródano, le Rhone en Francia, para hacer acampada libre. Nos costó un poco decidir el sitio idóneo y al final aparcamos al lado de unos de los barcos “peniche” que orillan el canal. Después de cenar, paseando vimos cómo una pareja de ricachos se hacían servir la cena en su barco y otros más modestos metían la compra, ellos mismos, en su casa flotante. Todo un mundo éste de la vida en una “péniche”. Ya en Amsterdam me resultó un poco chocante pero bueno si lo piensas bien, es una manera de vivir diferente, con sus pros y sus contras. El mayor obstáculo que ahora mismo tienen en Francia es conseguir el permiso para “aparcar” en un lugar vacante y los precios que se pagan, entre 50.000 y 100.000 euros, por un barco-vivienda de estas características.

Pasamos una noche tranquila. Al amanecer la neblina cubría los techados de las “péniches”, y unos vagabundos paseaban por la orilla. Después de asearnos con “lavado de gato” me sentí más identificada con el entorno…¡ Ay! Cuántas cosas las tenemos sin darnos cuenta de lo que valen hasta que faltan. Hubiese dado en esos momentos lo que fuera por una ducha caliente…

Sábado 9: Neufchâteau, Langres y Dijon
La primera parada en nuestra ruta de regreso hacia el Sur fue en el pequeño pueblo de Neufchâteau. No hace honor a su nombre, del Castillo poco queda y lo que vimos fue un mercadillo típico de los que abundan los sábados en Francia, y uno de esos bares tan tristes, con sus asientos de sky y sus parroquianos que parecen recién salidos de un frenopático. Lo de los bares en los pueblos franceses es de estudio. En general son tristes, nunca hay nadie, y cuando hay gente suelen ser lo mejorcito de cada casa, reunidos en un “centro de acogida” dónde se sienten mucho mejor que en sus propias casas, si es que las tienen.

En la siguiente parada, en Langres, nos sentimos mucho mejor, por lo menos, sin sentirnos observadas por locales con cara de pocos amigos. Langres está ubicada en una colina y es la cuna del escritor ilustrado Diderot. Nos encontrábamos entre dos regiones, la de Lorraine-Franche comté y la de Champagne y Bourgogne. Al otro lado de los Vosgos, dónde se encuentran las 2 ciudades termales de Vittel y Contrexville.

Antes de comer en la terraza de un restaurante, paramos a visitar la Catedral en honor de Saint Mammès, un mártir de la Capadocia del siglo XIII. Presenta una mezcla de estilos con una fachada neoclásica del s. XVIII  y elementos románicos y góticos, tanto en el interior como en el exterior. Una vez saciada el hambre de cultura, saciamos la del estómago con unas “Andouillettes” (salchichas a base de intestino y tripas de cerdo) muy especiadas y muy ricas. Se venden ya cocidas y se preparan a la parrilla, al horno o en una sartén, o guisadas con vino blanco. Se acompañan tradicionalmente de mostaza de tipo francés, blanca y muy picante. http://es.wikipedia.org/wiki/Andouillette

Ya estábamos más que preparadas para seguir la ruta, y meternos de lleno en otra región famosa por sus vinos y su mostaza: la Borgoña. La capital de la región, Dijon,  cuna de Gustave Eiffel, fue otra grata sorpresa del viaje. Es una ciudad ecléctica, lleva de vida y con muchos lugares para perder la noción del tiempo. Iniciamos la ruta por la Rue de la Liberté, dónde abundan los pequeños comercios con esos escaparates tan bien cuidados y tan “franceses”. En este país la expresión de “lamer escaparates” cobra todo el sentido. El “Pain d´épices” (pan de especias),  el “Jambon persillé”, un jamón que parece gelatinoso, son sólo alguna de las delicias que te dicen “cómeme” desde todas las esquinas. Es díficil pasear con hambre por las calles de una de las capitales de la gastronomía francesa, con permiso de Lyon, por supuesto.

La Rue de la Liberté desemboca en una impresionante Place de la Libération, donde se alza el palacio de los duques de Borgoña, rodeado por las bellas fachadas de los edificios circundantes, con sus entramados de madera que nos recuerdan que no estamos tan lejos de Alsacia. Tejados de pizarra negra y color de su famosa mostaza en la arenisca que cubre las paredes de las casas. Todo es armonía en Dijon, me recuerda un poco a Burdeos. No perderse la arquitectura del Hotel de Vogüé, del siglo XVII, en el número 8 de la calle la Chouette, muy cerca de la Iglesia de Notre-Dame. ¡Espectacular! Otros puntos de interés a no perderse son: La Catedral de Saint- Bénigne (siglos XIII y XIV), considerada como una obra maestra de arte románico,  la Iglesia de Saint Philibert de estilo románico también, la Iglesia de Notre-Dame del siglo XIII, de estilo gótico borgoñón, la Iglesia de Saint Michel de estilo Renacentista, El Museo de Bellas Artes, uno de los más antiguos de Francia con su Salle des gardes (Sala de los guardas) dónde se encuentran los sepulcros , esculpidos por el escultor de origen español Juan de la Huerta, de la reina Margarita de Baviera y del rey Juan sin Miedo, Duque de Borgoña y cuyo hijo Felipe III el Bueno fundó la orden de caballería de la Toison de oro: http://es.wikipedia.org/wiki/Orden_del_Tois%C3%B3n_de_Oro#Grandes_maestres_de_la_Orden . Cuando salimos de Dijon ya asomaba la luz menguante del atardecer. Seguimos nuestra ruta hacia Lyon por una carretera entre viñedos hasta el famoso pueblo vitícola de Nuits-Saint Georges. Se respira riqueza en este pueblo, castillos como el de Clos Vougot  me recuerdan a la zona de Saint-Emilion , el pueblo bodeguero de los vinos de Burdeos.

Ya era casi de noche cuando llegamos al camping más cercano a la localidad de Beaune, que visitaríamos al día siguiente. Una ducha de agua caliente fue el mejor regalo del día.

Domingo 10: Beaune y Lyon
Un paseo matutino por el pueblo vitícola de Beaune es un regalo de los Dioses, sobre todo, cuando descubrimos los Hospicios de Beaune, un edificio declarado Patrimonio Nacional de Francia, ejemplo de estilo gótico tardío francés. El patio central ofrece una espectacular vista sobre sus tejados coloristas de tejas vitrificadas con dibujos geométricos. El edificio fue una institución de caridad del antiguo Ducado de Borgoña fundada en 1443 por Nicolás Rolin (canciller del duque Felipe III “el Bueno”), convertida en la actualidad en un museo que recibe más de 400.000 visitas anuales (los servicios hospitalarios se han trasladado a instalaciones modernas). El asilo alojó a los ancianos hasta el año 1985.

Cuando salimos de aquel patio inolvidable, teníamos dos opciones, bebernos unos vinos de la zona o seguir ruta. Viendo la hora temprana y la cercanía de otro destino caliente en la agenda, decidimos seguir ruta hacia Lyon, la que dicen es la segunda París de Francia, la capital del Ródano, la ciudad de Bocuse, el Chef de cocina con mayúsculas, la ciudad de los “Traboules” y de muchas cosas más que desde hacía tiempo tenía ganas de descubrir.

Antes de llegar a nuestro destino, cruzamos por Chalon. Más adelante, pasamos por un desvío hacia la famosa Abadía de Cluny: http://es.wikipedia.org/wiki/Abad%C3%ADa_de_Cluny  pero seguimos adelante, teníamos demasiadas ganas de llegar a Lyon.

Al ser domingo, cuando por fin llegamos a la tercera ciudad más poblada del país, todo estaba bastante tranquilo. Lo primero que te recuerda a París cuando entras en Lyon es su ubicación en la confluencia de los ríos Rhône (Ródano) y Saône; salvando las distancias, recuerda mucho a la bifurcación del Sena cuando rompe en la Isla de cité. A primera vista promete esta ciudad.

Digamos que Lyon se divide en 6 zonas principales a la hora de visitarla: El vieux Lyon, el centro histórico, la zona de Saint Just, la colina de la Basílica de la Fourvière, el Barrio popular de Croix Rousse, la zona de la Presqu´île con sus bellos edificios de los siglos XVIII y XIX y el barrio burgués de Ainay en el sur.

Empezamos nuestro paseo por el centro histórico, por lo que se conoce como el “Vieux Lyon”, limitado por el norte, por el Boulevard de la Croix Rousse y al sur por la Plaza Carnot. Está considerado el mejor conjunto renacentista de Francia y el segundo de Europa después de Venecia. Paseando por sus calles refulgen los colores venecianos rosa, rojo, naranja y arena. Un laberinto de calles estrechas, patios interiores preciosos y un fenómeno curioso, el paso por los “traboules”, pasajes que atraviesan los patios internos de varios edificios, permitiendo el paso de una calle a la otra. Nunca habíamos visto algo semejante: http://es.wikipedia.org/wiki/Traboule . Uno de los “Traboules” más bellos es el conocido como la Tour Rose, en el número 22 de la Rue du Boeuf. Es una torre majestuosa de color rosa, que se erige en uno de los patios y que también sirve de pasaje entre los pisos superiores, como una gran escalera de caracol cubierta. Es fácil perderse en este laberinto de calles y plazas. Tiene mucho encanto esta parte viaje de Lyon.  Según me informo, estos “pasajes casi secretos” jugaron un papel esencial en la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y en la lucha de los obreros textiles (las revueltas de los Canuts)de siglo XIX; los mismos obreros que aparecían en la primera película de cine de la Historia: La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir (Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir), de los Hermanos Lumière, originarios de Lyon. http://es.wikipedia.org/wiki/Hermanos_Lumi%C3%A8re

Ya fuera del centro, otro lugar de interés es la Basílica de Notre Dame de Fourvière, emplazado en lo alto de la colina del mismo nombre que domina la ciudad. Desde allí, las vistas sobre Lyon y su entorno son espectaculares y merece la pena subir en funicular. Siguiendo con las semejanzas con París, este santuario sería como el Sacré Coeur de Montmartre.  Fue construida con fondos privados entre 1872 y 1896. Si hablamos de abigarramiento y de “horror vacui”, su significado toma forma en este lugar. Se salvan los mosaicos que adornan las paredes y techos pero el resto es un auténtico delirio, un empacho. Al salir al exterior y disfrutar de las vistas desde los miradores, se vuelve a la calma, la vista descansa de tanto oropel, de tanto pan dorado que produce alucinaciones. Hablo en serio, no es broma….

No podíamos acabar la ruta por Lyon sin pasar al otro lado del río, al Barrio canalla de Croix Rousse. En este lado del río nos encontramos con dos partes diferenciadas, la meseta y las pendientes. En lo alto, hasta dónde llegamos, vimos unas ruinas galo-romanas. Sin aliento llegamos a la cima del barrio, luego la bajada fue un placer. Calles estrechas, casas humildes, tiendas bohemias, plazas animadas y mucho arte callejero. En los inicios este barrio estaba extramuros de Lyon, fuera de las murallas del siglo XVI que bordeaban la ciudad. Fue ya avanzado el siglo XVIII y en el XIX cuando esta zona rural y vitícola empezó a poblarse desmesuradamente con edificios de gran altura y calles con desniveles abruptos. Siempre ha sido el barrio obrero por antonomasia y concretamente aquí, el barrio de los obreros textiles, especializados en la industria de la seda. (Los canuts que mencioné previamente). Después de recorrer este barrio tan emblemático, cruzamos, ya cerca del río, las plazas de la Republique y de los Jacobinos en la zona de la Presqu´île. Las dos plazas están rodeadas de bellos edificios de los siglos XVIII y XIX. Después de varias horas en Lyon y de haber visitado por fin una de las ciudades que más ganas tenía de ver en Francia, me quedé con ganas de más pero no era posible, teníamos que seguir nuestro camino de regreso a casa. La noche la pasamos en Vienne, otra ciudad al borde del Ródano con muchas sorpresas.

Lunes 11: Vienne, Valence y Montelimar
Para los que como yo, nunca han oído hablar de esta localidad, tengo que decir que fue sorprendente ver toda la riqueza de restos galo-romanos que tienen, a tan sólo 30 km al sur de Lyon. Su fidelidad a Roma durante la Guerra de las Galias le valió a Vienne el título de colonia latina (hacia el 30 a.C.) para después, en el 40 a.C. obtener el raro y codiciado título de colonia romana, lo que permitía a sus habitantes acceder a todos los derechos de los ciudadanos romanos. Pasear por sus calles es como un viaje a la Roma clásica: el Teatro antiguo en la (Rue de Cirque): Construido hacia el 40-50 de nuestra era al pie del Mont Pipet, está considerado como uno de los más importantes de la antigüedad romana. Con un diámetro de 130 metros y un aforo estimado de 13.000 espectadores, es uno de los anfiteatros mayores de Francia. Restaurado en 1938, recobró su función inicial albergando manifestaciones artísticas como el Festival de Jazz. Desde la zona alta la vista de la ciudad y del Rhône es espectacular.

El Templo de Augusto y Livia (Place Charles de Gaulle): Llamado así desde finales del siglo XVIII, dedicado al culto de Roma y Augusto, se elevaba en una zona sagrada sobre el foro. Su construcción empezó hacia el siglo 20-10 a.C. Transformado en iglesia a principios de la Edad Media, fue restaurado en la segunda mitad del siglo XIX gracias a la intervención de Prosper Merimée, escritor, historiador y arqueólogo francés. Sólo existe un edificio similar en Francia: la Maison Carrée, en Nîmes.

El Jardín Arqueológico de Cybèle (Proximidades de la Place Miramont y la Rue Victor Hugo): Templo dedicado a la diosa Cibeles, cuyo culto incluía ritos orgiásticos. Situado en el emplazamiento de los antiguos hospicios, presenta vestigios completos de un barrio de la ciudad galorromana: arcadas de un pórtico del foro, muro de gran aparejo de una sala de juntas municipales, casas y terrazas acondicionadas.

Otros lugares de interés en Vienne: El Museo Arqueológico, la Iglesia de St Pierre, una de las más antiguas de Francia de los siglos V y VI, la Catedral de Saint Maurice, con una imponente fachada de tres pórticos ojivales, el Barrio antiguo con sus casas burguesas de los siglos XVI y XVII, la Iglesia y el Claustro de Saint André le Bas que forman parte de una abadía del siglo VI y la Iglesia de Saint André le Haut, antigua capilla del colegio de los jesuitas (actualmente colegio Ponsard) dedicada a Saint-Louis. Su fachada es de finales del siglo XVII y principios del XVIII, con dos pisos coronados por un frontón, pertenece al más puro estilo jesuita.

Para ser una ciudad tan pequeña, Vienne es desde luego un lugar a tener en cuenta. ¡Todo un descubrimiento! A pocos kilómetros de Vienne, nos esperaba otra sorpresa, antes de llegar a Valence, nuestro siguiente destino. Nos desviamos de la carretera para visitar un pequeño pueblo llamado Châteauneuf-de-Galaure, famoso en el mundo entero por la “locura” de uno de sus paisanos, el cartero, llamado Ferdinand Cheval.

Resulta que este señor invirtió 33 años de su vida en construir con sus propias manos el Palais idéal (el Palacio Ideal) aprovechando su ruta postal para recoger piedras y llevarlas a su casa. Transportaba su material en los bolsillos, luego en una cesta y finalmente en una carretilla. Sus vecinos lo consideraban una especie de tonto del pueblo.  La entrada al Palacio que muestra una mezcla de estilos con elementos bíblicos y de la mitología hindú, cuesta 6 euros. Cheval pasó las dos primeras décadas levantando los muros exteriores. Poco tiempo después de su muerte, su obra comenzó a llamar la atención de personajes como André Breton y Pablo Picasso.

Todo el pueblo vive del turismo, la peluquería se llama Coiffure Ideal, el Palacio de los helados,etc.. Todo el mundo saca tajada de la “locura” del cartero. Me acordé del anciano español que ha construido también una catedral con sus manos durante 50 años, cerca de Madrid. http://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_de_Justo

La verdad es que el Palacio Ideal del cartero es algo digno de verse. Merece la pena el desviarse unos kilómetros. Estábamos en el departamento de la Drôme, acercándonos ya a los famosos campos de lavanda que preceden a la Provenza. Después de ver el Palais, retomamos la nacional hacia Valence viendo en los arcenes figuras de gran tamaño de color negro con inscripciones de los años en los que murió alguien por accidente. Resulta algo tétrico pero bastante contundente, nada que ver con las cruces con flores de plástico que vemos en España.

Cuando llegamos a Valence, lo que primero que nos sorprendió fue lo abierta que está, al estar construida sobre cuatro terrazas aluviales. Calles anchas, explanadas, cielo abierto, es como si toda la ciudad quisiera mostrarse a primera vista, sin recovecos. Valence es la puerta al Sur de Francia y a los Alpes. El centro de la ciudad vieja alberga destacados edificios: la Catedral de Saint-Appolinaire, construida en el siglo XI y consagrada en 1095 por el papa Urbano II, y la Casa de las Cabezas (1530) de estilo gótico flamígero y que debe su nombre a la presencia de numerosas cabezas esculpidas en su fachada –los Vientos, la Fortuna, el Tiempo y figuras emblemáticas como la Teología, el Derecho o la Medicina. Las 3 hectáreas que ocupan los jardines de Champ de Mars también merecen un paseo. Parece ser que en Valence vivió Napoleón y que, incluso, aprendió artillería. Por falta de espacio en estos jardines no sería….

Nuestra última parada antes de llegar a Pont Sait Esprit, cerca de Nîmes, para dormir, fue en la capital del Nougat,  el paraíso de los niños, llamado Montellimar. Todos los niños franceses sueñan con esta ciudad, dónde se produce el dulce nacional, una especie de turrón blando, de color blanco con almendras y piñones. http://es.wikipedia.org/wiki/Nougat#mediaviewer/Archivo:Nougat_Gap.jpg

Colas de padres y niños comprando dulces, sufrimos atasco al llegar al pueblo. Ya olía a Sur y a dulce de Nougat, con sus casas de ventanas de madera (volets), sus terrazas, su ambiente callejero, atrás quedaba la frialdad de Luxemburgo. El pueblo de Montellimar no tiene mucho más para visitar, lo que prima es comprar dulces y ver las caras de los niños ante los escaparates de las tiendas. Sólo pueden recibir la denominación de origen «Nougat de Montélimar» las pastas producidas con al menos un 30% de almendras (que pueden ser 28% de almendras y 2% de pistachos) y un 25% de miel de lavanda.

El camping elegido para dormir tampoco tenía nada que ver con los del Norte, mucho más ruidoso, con las caravanas en las que no falta ni un detalle, por tener tienen hasta la colcha de ganchillo de la abuela y el caniche en la puerta guardando la parcela. Menos mal que el pueblo de Pont Saint Esprit, a orillas del Ródano y ya en la región de Languedoc-Roussillon es muy bonito y merece la pena visitarlo. http://es.wikipedia.org/wiki/Pont-Saint-Esprit

Martes 12: Besalú y La Garrotxa
Por la noche llovió y mucho. Al día siguiente nos despedimos del “camping de los horrores” con bronca de un viejo a una cuadrilla de chavales por la bulla que habían metido por la noche. Los enanitos de plástico y los periquitos enjaulados nos miraban al pasar, en sus caras pudimos ver el gesto de desesperación: ¡¡¡¡sacadnos de aquí por favor, socorro!!!. Pero cualquiera se atrevía a salvar a los enanitos de las garras de sus dueños, ¡¡¡ qué miedo!!!

Tres horas nos separaban de la Junquera, para pasar la frontera con España. Al llegar a Girona caían chuzos de fuego del cielo, una chicharrina impresionante. Paramos en Figueras pero una vez más desistimos de ver el Museo de Dalí, viendo las colas kilométricas de espera bajo un sol abrasivo. Decidimos seguir hacia Besalú, un pueblo medieval del interior de la provincia, a no perderse bajo ningún concepto. Este pueblo medieval se encuentra en la comarca de la Garrotxa. Lo primero que destaca al llegar es su puente románico del siglo XII que cruza el cauce del río Fluvià; todo el centro de esta ciudad condal representa uno de los conjuntos medievales más importantes y mejor conservados de Cataluña.

El origen de la ciudad fue el Castillo de Besalú del siglo X, construido encima de un cerro donde están los restos de la canónica de Santa María. El trazado actual de la villa no responde fielmente a su estado original pero sí que posibilita hacerse una idea de cómo era Besalú en la Edad Media : el puente, los baños judíos, la iglesia del monasterio de San Pedro de Besalú y San Julián, antiguo hospital de peregrinos, la Casa Cornellá, la iglesia de San Vicente y la sala gótica del Palacio de la Curia Real. Recorrer el centro a pie, especialmente con la luz del atardecer, es una auténtica gozada. El día anterior viajábamos a la Roma clásica paseando por las calles de Vienne y un día más tarde estábamos inmersos en la Edad Media recorriendo las calles de Besalú.

Después del calor pasado durante el día, el frescor del Parque natural de la Garrotxa nos supo a gloria bendita. Este parque volcánico es de propiedad privada en un 98%. En catalán “Garrotxa” significa “tierra áspera, rota y de mal pisar”. Hasta llegar al camping de Montagut, en pleno parque, tuvimos la suerte de disfrutar durante unos kilómetros del paisaje único de la Garrotxa. http://es.turismegarrotxa.com/

El camping de Montagut es un 5 estrellas, limpio, con piscina y buenas instalaciones. Las parcelas son bastante grandes y el entorno natural es único. La única pega es el precio, un poco elevado, más caro que cualquier camping francés- http://campingmontagut.com. Eso sí, el baño que nos dimos en la piscina valía su peso en oro.

Miércoles 13: Olot, fin del viaje
El viaje tocaba a su fin. Nos quedaba parar en Olot, capital de la comarca de la Garrotxa y seguir hasta Castellón, punto final del viaje. En el camino hacia la ciudad de los famosos joyeros de Tous , vimos un pueblo del que me había hablado una amiga, llamado Castellfollit de la Roca.  El pueblo está asentado en un riscal, el riscal de Castellfullit. Tiene más de 50 metros de altura y casi un kilómetro de longitud. Este riscal basáltico es la consecuencia de la acción erosiva de los ríos Fluviá y Toronell. La vista desde la carretera del pueblo es espectacular. Parece como si las casas flotaran literalmente en lo alto del riscal. ¡Realmente impresionante!.

Olot, sin embargo, no es tan bonito, es más industrial, menos espectacular que Besalú o Castellfollit de la Roca. Paramos para dar una vuelta pero exceptuando la plaza Mayor, del resto poco a destacar. Quizás también influyó el que estuviésemos ya con ganas de llegar a casa, porque en Olot también hay lugares para ver: http://www.spain.info/es/que-quieres/ciudades-pueblos/otros-destinos/olot.html

Y así acabó el periplo por el Este de Francia, con muchos kilómetros a la espalda, con muchos buenos momentos y con muchos motivos para seguir escribiendo este diario viajero…

 

 

 

2 comentarios en “LA RUTA DEL MOSELA

  1. Que hermoso relato, justo haremos parte de esa ruta en junio y me han venido muy bien los comentarios. Gracias !

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