“Rompida” de esquemas en Teruel


CASA ALBARRACIN

 “Rompida” de esquemas en Teruel
Mayo 2009
Quién siga pensando que Teruel es la “nada”, que no existe, tiene mucho que aprender porque sencillamente es una de las provincias más interesantes del país.

La Ruta del Tambor, la Ruta Mudéjar, la Ruta de Matarraña… ¿Por dónde empezamos?. La provincia de Teruel, lejos de ser “inexistente” ofrece tantas opciones para descubrirla que merece la pena recorrerla poco a poco, pausadamente, como un buen pastel de chocolate que se come a cachitos, para que no se acabe nunca. Teruel es campo, jamón y surrealismo, ya lo decía Buñuel. Teruel se expande como una gran mancha de aceite al ritmo de sus tambores de Semana Santa. Una tierra dura, agreste y despoblada. ¿Por dónde empezamos?

Ruta del Tambor: 9 pueblos, 9 citas.
Siguiendo una lógica más o menos aplastante, tendría que empezar este diario viajero por la capital, aunque sea la más pequeña del país pero no, prefiero empezar por la parte bullanguera, por la parte de los tambores ensangrentados y de la “Rompida” de Calanda. Hay tantas Semanas Santas como tradiciones y culturas ancestrales. En Aragón, y especialmente en la provincia de Teruel, el “Vía crucis” se vive de manera casi surrealista, como si ante el ostracismo que padecen durante todo el año, los 9 pueblos que componen la ruta se rebelaran y a golpe de tambores y bombos, proclamaran a los cuatro vientos ¡ Aquí estamos, existimos!!!. https://www.rutadeltamborybombo.com/

Personalmente, cuando empezamos nuestra segunda vida en el Mediterráneo, concretamente en Benicassim, allá por el mes de septiembre del año 2000, lo primero que pensé era que teníamos que conocer y vivir la famosa “Rompida” de Calanda, en la vecina provincia de Teruel. Mi padre era un cinéfilo empedernido y desde pequeña me inculcó el gusto por el cine. Aprendí mucho con él de libros y películas, aunque a veces me hiciese ver películas que no entendía y que me parecían un rollazo. Una de esas películas que no olvidaré por lo larga e incomprensible que se me hizo fue la de “Simón del desierto” de su amado, estimado y aplaudido Luís Buñuel. Ahora con unos cuantos años más, entiendo su pasión por este genio del surrealismo pero definitivamente no eran películas para una niña en su tierna infancia. La primera película que disfruté con él en un cine no se me olvidará tampoco, me fascinó y me sigue gustando: “Oliver Twist”, con la mejor banda sonora oída hasta la fecha. Otra de las películas que le pedí ver y que no aguantó hasta el final (nunca se me olvidarán sus ruegos para salir de la sala)  fue la de “Grease” (menos mal que luego la pude ver sin interrupciones). ¡Cuántos recuerdos!

Este paréntesis explica el interés que tenía yo en conocer el pueblo que vio nacer a Luís Buñuel, el creador de esas películas tan “raras”. Calanda no es un pueblo perdido, también es famoso por sus melocotones con denominación de origen. ¿Pero qué es eso de la Rompida? Buñuel grabó un documental para explicar esta tradición ancestral, aquí está el vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=JS1fPQ2NwrQ

Eso sí, lo mejor es vivirlo en vivo y en directo. Una de esas experiencias vitales que nunca se olvidan. La primera vez que viví la “Rompida” en directo fue con mi madre, aprovechando un viaje que hizo a Castellón para visitarnos. La segunda vez con mis suegros después de pasar la noche en Caspe. Las dos veces fueron impactantes, es difícil explicar con palabras lo que allí se vive a partir de las 12 del mediodía cada Viernes Santo. En realidad, no sólo es en Calanda, sino en varios municipios del Bajo Aragón. Cientos de tambores y bombos se reúnen en las plazas para tocar al unísono un toque que conmemora el fallecimiento de Jesucristo. Dicen que este sonido bronco y estruendoso representa al sonido que se escuchó en la Tierra cuando murió el hijo de Dios. En el resto de pueblos la “Rompida” tiene lugar a las 12 de la noche del Jueves Santo, sólo en Calanda se “rompe” la hora el viernes Santo al mediodía, hasta las 2 de la tarde del día siguiente, sin parar en ningún momento de tocar. Y así pasa, es tan fuerte la tradición que muchos se dejan la piel y la sangre literalmente. Pero vamos por partes…

Lo primero que hay que tener en cuenta es que Calanda además de por sus melocotones es un lugar obligado en la Semana Santa turolense. Por eso, conviene llegar como mínimo, un par de horas antes de las 12 del mediodía de viernes Santo, para poder aparcar en un sitio más o menos cercano a la plaza Mayor. En esta plaza es dónde al mediodía, a las 12 en punto, se produce la famosa “Rompida” de la hora con un estruendo de bombos y tambores de todos los tamaños al unísono. Repiten, una y otra vez un ritmo acompasado que se te mete en las entrañas desde el primer momento. Niños, abuelos, mujeres y hombres, todo el pueblo participa, vestidos con túnicas moradas de satén. Es difícil hacerse un hueco porque no cabe un alfiler, pero merece la pena, es una experiencia única. Si el cuerpo y los tímpanos aguantan, la fiesta dura hasta el día siguiente a las dos de la tarde, sin parar, no hay tregua: https://www.youtube.com/watch?v=R391E5wogog

Como comentaba he vivido la “Rompida” de Calanda dos veces y no me importaría repetir porque engancha. Pero hay otros pueblos que merece la pena visitar en Semana Santa, como por ejemplo Alcañiz. Por este pueblo hemos pasado muchas veces cuando aún no existía la autovía mudéjar y teníamos que viajar a Pamplona pasando por Morella. En aquellos tiempos la carretera pasaba por el centro de Alcañiz, (ahora ya no, se rodea por una circunvalación) y nos parábamos a tomar algo o a comer en la parte alta, en su centro histórico. Alcañiz cuenta con un Parador Nacional con unas vistas increíbles sobre el paisaje del Bajo Aragón. Además, subir hasta la plaza España, por la calle mayor inclinada y de una sólo dirección, merece la pena, el centro histórico se encuentra allí. La plaza no es muy grande pero sí destacan varios edificios, entre ellos el Ayuntamiento de estilo Renacentista y la Lonja de estilo gótico tardío. Este edificio se comunica con la plaza mediante un pórtico abierto por tres altos y espaciosos arcos apuntados y encima una galería corrida de arcos de medio punto que apoyan sobre columnas toscanas y de tipología renacentista. Muy cerca, también se encuentra la que en su día fue Colegiata de Santa María la Mayor. De ese edificio medieval sólo se conserva la torre campanario, pues en 1736 se reconstruyó en estilo barroco con cierta similitud arquitectónica con El Pilar de Zaragoza. Esta plaza es una joya arquitectónica que cuesta imaginársela si no se accede hasta ella.

Allí, en este punto central de Alcañiz fue dónde pudimos disfrutar de otra manera de celebrar la Semana Santa. Forman parte de la ruta del tambor pero con ciertas diferencias que les caracterizan. Aquí no hay bombos, sino tambores, trompetas, carracas y matracas. Los trajes no son morados sino azules con unos capirotes en forma de colas plegadas muy carismáticos y tampoco celebran la “rompida de la hora”.
https://espanafascinante.com/fiesta-de-espana/fiestas-de-espana-en-semana-santa/semana-santa-de-alcaniz/

Otro punto que no aparece en la ruta de los 9 pueblos “oficiales” pero en dónde también celebran la Semana Santa a golpe de tambor es el pueblo de Caspe, famoso por el pacto histórico, conocido como el Compromiso de Caspe, un pacto que se firmó en el año 1412 por representantes de los reinos de Aragón, Valencia y del principado de Cataluña para elegir un nuevo rey ante la muerte en 1410 de Martín I de Aragón sin descendencia y sin nombrar un sucesor aceptado. Supuso la entronización de Fernando de Antequera, un miembro perteneciente a la dinastía Trastámara, en la Corona de Aragón, que pasó a la Historia como Fernando el Católico, proclamado rey de la Corona de Aragón en este pueblecito turolense. ¿Curioso no?

Caspe merece la visita y no perderse varios puntos de interés, aunque las calles estén colapsadas por las procesiones: la Colegiata de Santa María, el Castillo de Bailia del siglo XIV y la Torre Salamanca.

En Caspe la Semana Santa es también diferente, más “castellana” y sobria. Tuvimos la oportunidad de disfrutar de la “Rompida” de la hora a medianoche, el Jueves Santo, precedida de la procesión del Descendimiento que se celebra a partir de las 9 de la noche. Esta vez, tuvimos ración doble de “Rompidas” en Caspe por la noche, y al día siguiente en Calanda, durante del día. Y si tengo que resumir, la Semana Santa en Teruel es un redoble de percusión que se te mete en las entrañas y cuesta un tiempo “desintonizar”, una experiencia única que nada tiene que ver con otras maneras de celebrar la Semana Santa. En Teruel no hay saetas, ni procesiones silenciosas como en Castilla, aquí en Teruel todo suena a Bombo y a carracas.

La capital y alrededores
¿Merece la pena viajar hasta la capital de Teruel y pasar un fin de semana largo? Pues sí, sin dudarlo. La capital menos poblada del país es una “joya” de arte mudéjar y está rodeada por pueblos que figuran en la lista de los más bonitos de España como son: Albarracín, a 30 kms, y Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, también a media hora escasa de la capital del Bajo Aragón.

La ciudad del “torico” es como de cuento, pequeña, accesible y con muchos rincones escondidos que son un regalo para los que la visitan sin prisa y con ganas de relajarse. Lo primero que sorprende al llegar a la plaza mayor es el tamaño del “torico” que subido en un pedestal es todo un símbolo de Teruel. Cuenta la leyenda que la ciudad se fundó en el lugar dónde vieron a un toro justo debajo de una estrella. De hecho, las fiestas patronales del Torico, son conocidas como el “San Fermín txikito” por coincidir en las fechas y por ser unas fiestas dónde el vino también corre a raudales. Una imagen siempre vale más que mil palabras: http://www.vaquillas.es/informacion/puesta-del-panuelico/

Nunca he estado en estas fiestas, coinciden con los Sanfermines de mi añorada Pamplona, pero por lo que me cuentan, a menor escala, no tienen nada que envidiar a las fiestas pamplonicas. Pero, volviendo a la calma, pasear por la Plaza Mayor de Teruel tiene mucho encanto. No es grande, al igual que su “torico”, pero sí que es bonita y agradable. Lo que más destaca en esta ciudad es su rico patrimonio mudéjar, de hecho, durante la Edad Media se convirtió en un núcleo importante de convivencia entre las culturas judía, cristiana y musulmana, como lo fueron también Todelo y Córdoba.

Empezamos el recorrido “mudéjar” visitando las 4 torres más relevantes: la Torre de la Catedral, la de San Pedro, la del Salvador y la de San Martín. Todas ellas compiten en belleza y fueron construidas en la Edad Media, aunque en diferentes épocas. La primera en construirse fue la Torre-campanario de la Iglesia de San Pedro en cuya fachada destaca una mano de Fátima. En esta misma iglesia es dónde se hallaron las tumbas de los Amantes de Teruel, protagonistas de la ciudad, y que merecen un capítulo aparte. http://www.amantesdeteruel.es/quever_mausoleo.php

Las torres de San Salvador y San Martín son gemelas, casi idénticas y, una vez más, una leyenda explica el por qué. Allá por el siglo XIII, dos amigos, Omar y Abdalá, se enamoraron de la misma bella Zoraida. Lucharon tanto por su amor que su amistad se tornó en una ruptura definitiva. El padre de Zoraida les dijo a ambos que el primero que construyera una torre en honor a su hija se casaría con ella. Omar fue más rápido pero cuando la acabó, se dio cuenta de que la torre estaba ligeramente inclinada. Al ver claro su error, se tiró desde la torre y se mató. Abdalá, acabó más tarde una torre perfecta y se casó con la bella Zoraida. Lo curioso de la historia, es que a pesar de haberse ocultado entre ellos la evolución de sus obras, las dos torres resultaron ser prácticamente iguales. Igual de hermosas, igual de mudéjares e igual de simbólicas.

La última torre y quizás, la más visitada es la Torre de la Catedral. Dicen que la Catedral de Teruel es la “capilla Sixtina” del arte Mudéjar y la verdad es que vale la pena pagar la entrada y admirar el techado en madera que cubre toda la nave principal de 32 metros de largo. ¡Simplemente espectacular! . Se alza sobre la antigua Iglesia de Santa María de Mediavilla, su construcción se alargó desde el año 1171 hasta el 1257. Empezó siendo de estilo románico, pero la torre campanario, que fue el último elemento añadido, ya era de estilo mudéjar.  Merece la visita al 100%: http://www.patrimonioculturaldearagon.es/bienes-culturales/catedral-santa-maria-de-mediavilla-teruel

Además de deleitarnos con los numerosos ejemplos de arte Mudéjar que se multiplican en Teruel, la visita al mausoleo de los Amantes de Teruel, que convierten a la ciudad en una “Verona” patria, es otra de las asignaturas obligadas Como decía antes, el mausoleo se ubica justo al lado de la Iglesia de San Pedro. Los protagonistas de esta historia se llamaban Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla. La leyenda que cuenta su historia de amor tiene todos los elementos imprescindibles: amor, desamor, espera, angustia….. Un culebrón “turolense” desgarrador:
https://es.wikipedia.org/wiki/Los_amantes_de_Teruel . Para revivir este cuento de amor,  se celebra todos los años en el mes de febrero, cómo no podía ser de otra manera,  las Bodas de Isabel, un acontecimiento en el que se recrea la trágica historia y las calles se transforman a la época medieval.

El centro como decía al principio, es pequeño, y se recorre en pocas  horas, pero hay un bonito paseo que también merece la pena seguir antes de encaminarnos hacia Albarracín. Se trata del Acueducto de los Arcos, con sus 150 arcos, que une la parte histórica de la ciudad con los barrios más recientes que se encuentran extramuros. Es una obra arquitectónica de estilo renacentista y ha servido como acueducto y también como viaducto con tránsito peatonal sobre el gran barranco que separa la ciudad del arrabal. El recuerdo que tengo siempre que hemos ido a Teruel es del viento frío, helador, que nos ha acompañado cada vez que hemos paseado por este acueducto. Pero pese a todo, yo lo recomiendo porque desde allí la perspectiva sobre la ciudad de Teruel es otra.

Muy cerca de la capital: Albarracín, Mora de Rubielos y Rubielos de Mora
En los alrededores de la capital, tenemos dos opciones interesantes. Por un lado, Albarracín, en la lista de los pueblos más bonitos del país, y por otro lado, dos pueblos que se encuentran muy cercanos entre sí, que son Rubielos de Mora y Mora de Rubielos. Empezaremos por Albarracín, a 30 kilómetros de Teruel capital. La ruta se las trae porque las curvas se suceden todo el rato pero el paisaje lo compensa. Al llegar finalmente al destino, a esta localidad, monumento nacional desde 1961, se te olvidan todas las curvas y la boca se queda abierta durante un rato. El núcleo histórico se ubica en las faldas de una montaña y rodeado en la base por el río Guadalaviar. Muros de piedra roja, casas “colgadas”, callejuelas estrechas y empinadas que invitan a perderse entre los rincones escondidos que juegan al escondite con el visitante. La ciudad de los “Hijos de Razin” (reyes taifas que se asentaron en este rincón de Aragón) es una joya que invita a quedarse y recorrerla sin prisas.

Para iniciar el ascenso, se recomienda dejar el coche en la parte baja, en alguno de los parkings que hay junto a la carretera. Por la calle Bernardo Zapater podemos subir hasta la Plaza Mayor porticada, dónde se ubica el Ayuntamiento, y desde dónde la vistas sobre Albarracín y su entorno son espectaculares. A continuación, tomamos la calle Catedral hasta llegar a la Plaza Palacio, donde encontramos algunas casas nobles destacadas, como la Casa de la Enseñanza (actual Sede Comarcal), la Casa de los Monterde, o el antiguo Palacio Episcopal. Según el escritor Julio LLamazares en su libro “Las rosas de piedra “La Catedral  de Albarracín es la más pobre de España”. Dedicada a El Salvador, se construyó entre los años 1572 y 1600 sobre un templo anterior románico y mudéjar. El acceso principal se realiza por la puerta del claustro, a la que se accede por una larga escalinata que salva el desnivel de la calle. Merece la pena relajarse en su interior, después de haber ascendido hasta allí. Pobre no me lo parece, sinceramente, pero sí austera, fiel reflejo del carácter aragonés, sin florituras, ni excesos. Las vistas sobre el pueblo y el entorno desde esa altura, inmejorables.
http://www.patrimonioculturaldearagon.es/bienes-culturales/catedral-de-albarracin

Seguimos nuestro paseo, perdiéndonos por las calles estrechas hasta encontrarnos, con el Museo y el Castillo. El museo está ubicado en el antiguo hospital y podemos encontrar importantes piezas arqueológicas de épocas cristianas y musulmanas. Para acceder al Castillo, restaurado recientemente, hay que comprar la entrada en el Museo. También cuenta con importantes excavaciones arqueológicas de las mismas épocas. El recinto amurallado está muy bien conservado y merece la pena visitarlo.

Antes de dejar Albarracín, volvemos sobre nuestros pasos para ir al otro lado y callejear otra vez para ver la casa más fotografiada del pueblo: la fachada de la Casa de la Julianeta. La casa está tan inclinada que parece que se va a caer en cualquier momento. Pero ahí está, aguantando desde el siglo XIV, formando el ángulo que delimita dos calles en cuesta, la calle del Portal de Molina y la de Santiago.

Mora de Rubielos y Rubielos de Mora
Sí, en Teruel también se puede esquiar, menos playa los maños del sur lo tienen todo. A escasos kilómetros de la capital, se encuentran estos dos pueblos que compiten entre sí por su “medievalismo” y son la entrada a la Sierra de Gúdar, a escasos 40km de las pistas de esquí de Valdelinares: https://www.javalambre-valdelinares.com/.

Los dos pueblos merecen la visita, además sólo hay una distancia de 12 km entre ellos. Si empezamos por Mora de Rubielos, lo primero que destaca es su impresionante Castillo de origen musulmán que domina el horizonte y se impone como protector de la Villa medieval. El castillo dispone de dos entradas, la llamada de intra-muros y la de extra-muros. Es de planta cuadrangular irregular con dos pisos, tiene cuatro torres y un patio de armas porticado,  de unos 1400 m2, con una galería claustral de cuando fue utilizado como convento. Para acceder al mismo hay que subir por una rampa de acceso que ejercía como elemento de defensa. En la Gran Sala fue donde los monjes franciscanos  montaron la iglesia mientras permanecieron en el castillo. Después de visitar el Castillo, y antes de perderse por las calles de Mora, la parada obligatoria para recuperar el aire y degustar las mejores tapas, es el bar el Escalón, en la plaza de la Iglesia. A los amantes de las “cochinadas”, decirles que la tapa de oreja de cerdo es exquisita, para pringarse los dedos y no dejar huella.

La parada en el Escalón permite seguir callejeando por Mora de Rubielos y dejarse seducir por las fachadas de las casas señoriales que se multiplican por el barrio histórico. Cuenta con interesantes espacios como la Plaza de las Monjas, la Plaza de la Iglesia, en la que se edificó, además de la Iglesia, la Casa del Rector, la Plaza de la Villa, en la que se encuentra el Ayuntamiento del siglo XVII y calles como Cuatro Esquinas, Teruel, Pedro Esteban Bordás o la calle de las Cruces que se inicia en el Arco del Calvario construido en 1801. La calle Parras concentra algunos de los edificios más nobles del conjunto, grandes casas de hidalgos entre las que destaca la Casa de los Cortel de la Fuen del olmo del siglo XV.

Resulta difícil pensar que en la localidad vecina de Rubielos de Mora se pueda superar lo visto en Mora, pero sí, hay que ir, porque aunque quizás no tenga tanta vida, es un “museo” al aire libre. Se accede al centro del pueblo por la bien conservada y magnífica, Puerta del Carmen. Entramos directamente en el barrio histórico del Campanar por el que callejeando descubriremos: la Casa Consistorial, hoy Ayuntamiento, un bellísimo edificio que junto al Palacio de los Marqueses de Villasegura, el Palacio de los Condes de Creixell, el Antiguo Mesón, el Palacio de los Condes de la Florida, la Casa Vivó-Roca, la Casa de los Gascón, la Casa de los Barberanes, la Casa de los Igual y el Palacio del obispo Sánchez Cutanda.

No nos cruzamos con mucha gente, en Mora se nota que hay más vida, más ajetreo. Rubielos está como “dormida”, anquilosada en un pasado que se resiste a evolucionar. Un remanso de paz y de historia. Una auténtica joya medieval a pocos kilómetros del mundanal ruido.

La Ruta del Matarraña
Esta ruta que toma el nombre del río Matarraña nos lleva a descubrir la parte más oriental de Teruel, colindante con las provincias de Tarragona y Castellón. Etimológicamente, el nombre del río Matarraña, también procedente del árabe,  significa “el río del obispo” por los litigios que hubo entre el obispado de Zaragoza y el de Tortosa.

Nuestro punto de partida lo iniciamos en un pueblo enrocado a orillas del río Ebro que se llama Miravet. Para acceder a este pueblo singular hay que coger el último transbordador del Ebro que funciona sin motor. Cruzar el Ebro empujados por la corriente tiene su punto de aventura y nos gustó la experiencia, casi tanto, como el pueblo en sí que es sencillamente espectacular.  Vertical, estrecho, un desafío al equilibrio: http://www.ebreguia.com/miravet/castellano/recomendado.htm

Perderse por los rincones de Miravet significa conocer uno de los pueblos más castigados durante la famosa Batalla del Ebro en la Guerra Civil, descubrir su Castillo de origen andalusí,  convertido por la orden del Temple en castillo-convento a mediados del s. XII, caminar por sus estrechas calles y disfrutar de las vistas panorámicas sobre el río Ebro. Otro de esos lugares en los que el reloj del tiempo se paró hace años y todo transcurre a un ritmo mucho más lento y pausado. Cuesta imaginarse el horror que debieron sufrir por esta zona durante la guerra fraticida, pero el pueblo viejo de Belchite, el pueblo fantasma de la Guerra Civil, también a orillas del Ebro, es sin lugar a dudas, el mejor ejemplo del horror vivido, un cementerio de casas en ruinas y calles abandonadas, un lugar de muerte y desolación. Nos acercamos a verlo porque a pesar de que el sentimiento de tristeza es palpable mientras dura el paseo, creo que tendría que ser obligatorio visitar este rincón de la vergüenza para no olvidar lo que allí pasó. https://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Belchite_(1937)

El siguiente pueblo, al que llegamos casi al atardecer es Calaceite. Allí cenamos y disfrutamos de un recorrido por este pueblo que figura en la lista oficial de los “pueblos más bonitos de España”. El centro se articula en torno a la Plaza Mayor y el Templo Parroquial. De este núcleo parten tres vías principales que atraviesan la población y que conectan con las capillas-portales, de la Virgen del Pilar, San Antonio, y la desaparecida Virgen del Rosario. Su estructura urbana tiene dos núcleos elevados originarios, la Torreta y el Castell, y destaca la abundancia de casas solariegas. A lo largo del s. XVIII y principios del XIX hubo un período de eclosión arquitectónica en el que se construyeron muchas casas (se pueden observar sus escudos en las portadas) como indicio de prosperidad económica debido al cultivo del olivo del que Calaceite ha sido históricamente máximo productor de la zona.

Para dormir, nos podíamos haber quedado en Calaceite, hay varias opciones, pero preferimos seguir hasta un pueblo pequeño que se llama Torre de Compte, y conocer un hotel muy singular. La antigua estación ferroviaria es ahora un hotel con mucho encanto. Los precios no son bajos, es un 4 estrellas, pero merece la pena disfrutar del entorno y de la decoración del hotel: http://www.hotelparadadelcompte.com/. Las habitaciones son muy grandes y temáticas, cuenta con piscina y unas zonas comunes muy agradables. Para darse un capricho y seguir disfrutando de la ruta del Matarraña.

La Fresneda nos esperaba después de desayunar tranquilamente en Torre de Compte.
Otro pueblo de la comarca de Matarraña de gran interés. Encaramado en una montaña, la Fresneda es uno de los conjuntos arquitectónicos más bellos de Aragón. Destacan: la Plaza Mayor con su Ayuntamiento del año 1576 de estilo gótico-renacentista, la Casa de la Encomienda, que data del siglo XVI y fue la residencia del Comendador, el Convento de los Franciscanos Mínimos,  la Ermita de la Virgen de Gracia, la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, y la Iglesia de la Virgen de las Nieves con su campanario octaedro. Hay que hacer piernas y subir y bajas cuestas pero merece la pena, La Fresneda es simplemente espectacular.

 Apenas diez kilómetros separan a la Fresneda del siguiente pueblo, Vallderrobles, otra joya histórico-arquitectónica de la comarca del Matarraña. También pertenece a la red de los pueblos más bonitos de España y nada más llegar ya intuyes el tesoro que espera al otro lado del puente de piedra, entrada principal del centro histórico:
https://www.lospueblosmasbonitosdeespana.org/aragon/valderrobres

El Castillo se impone en lo alto del pueblo. Tiene sus inicios a finales del siglo XII, cuando coincidiendo con la Reconquista, cumplió las veces de torreón defensivo. En 1307, el arzobispo de Zaragoza se convirtió definitivamente en señor feudal de estos territorios e impulsó la construcción del Valderrobles más monumental, empezando por la Iglesia gótica y parte de la planta baja del castillo.

Siendo la capital administrativa de la comarca, no es de extrañar que pase el río Matarraña a sus piés. Cruzar su magnífico puente de piedra medieval es entrar en uno de los centros históricos más esplendorosos del Bajo Aragón. Además del Castillo, no hay que perderse: la Casa de los Moles (logia), en la parte alta, de estilo gótico, el Ayuntamiento, de estilo manierista e inspirado en el de Alcañiz, el Palacio junto al Castillo cuya función original era la de servir como sede para la recaudación de impuestos y era, al igual que el castillo, propiedad del arzobispo de Zaragoza. Hoy en día lo que fue el edificio de “el Palau” es en buena parte propiedad privada, quedando la parte de propiedad municipal a la espera de albergar proyectos de interés comunitario. Y por último, después de habernos perdido por las calles de Vallderrobles, nos despedimos, visitando la Iglesia consagrada a Santa María la Mayor.

Beceite, siguiente y penúltima parada. Un pueblo con una estructura compleja ya que se adapta a la ladera en la que se asienta, a orillas del río Matarraña. Un río con pueblo, el flujo de agua que recorre como una arteria vital todo el perímetro urbano es, sin duda, el gran atractivo de Beceite. Nos fijamos en un hotel rural, nada más llegar, instalado sobre un antiguo molino papelero del año 1710. En sus orígenes en el sótano de esta casa rural estaba alojada la maquinaria de la fábrica de papel de barba (que se utilizaba para redactar las escrituras notariales de la época) y en las plantas baja, primera y segunda estaban los secaderos. http://www.fontdelpas.com/

Cosas curiosas que aprendimos: algunos molinos trabajaron para Heraclio Fournier en la elaboración de naipes, fabricaron papel moneda para el estado y Goya utilizaba papel de Beceite para sus grabados… Siempre se aprenden cosas viajando…

Beceite llegó a tener nueve molinos de papel en el siglo XVII, uno de ellos transformado hoy en día en una galería de arte (Antigua Fábrica de Noguera). Otro atractivo de la localidad son sus portales, antiguas entradas al centro histórico. Hoy en día se conservan los portales de Villanueva, el de Coll, el de San Roque, San Gregorio y el de la calle Llana. En la entrada de la localidad se encuentra la Ermita de Santa Ana, que tiene elementos góticos y renacentistas. La iglesia de San Bartolomé, en el centro de la población, es de estilo barroco. Destaca también la Lonja de la casa consistorial y los antiguos lavaderos.

Nuestra ruta por la comarca de Matarraña culminaba en Fuentespalda, pueblo muy cercano a Monroyo y Morella, entrando de nuevo en la provincia de Castellón. Si en Beceite destacan los molinos de papel y el protagonismo del Matarraña, aquí, lo que destacan son sus casas palaciegas ubicadas en las calles Llana, San Francisco, Mayor y del Puente. El edificio más relevante, sin embargo, es La Torreta. Esta construcción hizo la función de cárcel y se puede acceder a la plataforma o mirador que se ha superpuesto. Se conserva el portal de la Virgen del Carmen, la capilla portal de San Francisco Javier y el de San Antonio de Padua. Otro de los edificios interesantes es la casa palaciega de los Belsas, que constituye un importante conjunto con horno antiguo y la Casa consistorial. El Museo del Aceite, ubicado en un antiguo molino aceitero de Ráfales también merece la pena visitarlo. Para no aburrirse en Fuentespalda: https://www.escapadarural.com/que-hacer/fuentespalda/que-ver

Un viaje inolvidable. La despedida de la comarca del Matarraña la recordaremos siempre. Empezamos con una travesía fluvial sin motor y acabamos con un “accidente” de la naturaleza que nos dejó literalmente pasmados. En nuestro último trayecto hacia Morella, la carretera comarcal iba entre montañas y grandes explanadas de paisajes rocosos sin apenas vegetación, cuando de repente paré el coche. Frené a tiempo, menos mal. Un jabalí muerto y una bandada de buitres carroñeros se lanzaron sobre la presa, formando una gran bola de alas gigantes. Fue realmente espeluznante y al mismo tiempo, no podíamos dejar de mirar, agazapados en nuestros asientos del coche. Cuando acabaron el “festín” dejaron los restos y emprendieron un vuelo circular. Los cazadores llegaron tarde, los buitres se habían adelantado y del pobre jabalí no quedaban ni las raspas, los huesos y poco más. Un poco sanguinaria la forma en la que dimos por terminada nuestra ruta por el Matarraña pero, sí que la recordaremos hasta el infinito y más allá….

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