Noruega: La arcadia feliz


 

NORUEGA

Del 31 de julio al 16 de agosto 2010
A Gunhild y su familia.

Han pasado más de 10 años desde que estuve por primera vez en Noruega. Entonces recorrí el país con mi madre y mi tía en un autobús, en uno de esos circuitos en los que ves mucho y nada a la vez, en los que si te toca un grupo de compañeros de viaje agradable, como así fue, el viaje se disfruta mucho, aunque a veces el estrés, los madrugones y las paradas de 5 minutos cronometrados te hagan pensar: ¿Pero qué hago yo aquí ? Esta segunda vez era diferente. Íbamos a nuestro aire, dos semanas por delante casi sin rumbo fijo. Sólo teníamos que viajar a dos destinos sin falta: a la capital, Oslo, dónde aterrizamos, y a Stavanger, la ciudad cerca de dónde vive mi amiga, que fue mi compañera de piso en Bruselas, en un año inolvidable de mi vida. Gunhild, vive en un pequeño pueblo llamado Tjelta, a pocos kilómetros de Stavanger, que junto a Bergen son las 2 ciudades más importantes de los Fiordos noruegos.

La Costa Oeste de Noruega es la arcadia feliz, un paisaje sobrenatural, fuera de lo común. El mar se adentra en la tierra, formando profundos valles, tallados por la acción de los glaciares entre grandes muros de paredes montañosas y manantiales de aguas cristalinas. Si uno decide viajar a Noruega, tiene que estar preparado para vivir una experiencia única, que no podrá vivir en otro lugar. Uno se olvida del mundo, entra en conexión directa con la naturaleza, con el silencio, con la madre tierra en un sentido literal.

Girona – Bremen – Oslo
No teníamos vuelo directo desde Valencia, así que decidimos volar desde Girona a Oslo, haciendo escala en Bremen. La primera sorpresa del viaje llegaba en forma de cancelación repentina del vuelo a Bremen. Estando en la cola de espera para facturar, aparecía en pantalla un mensaje que nos dejó a todos atónitos: “Vuelo cancelado – próximo vuelo a las 6 de la mañana con destino a Bremen”. Así, sin más, sin dar ningún tipo de explicación. La mayoría de los viajeros eran chicos y chicas alemanes que regresaban a sus casas después de haberse tostado al sol sin clemencia. Sin enfadarse, ni gritar, deambulaban por el aeropuerto, mientras que la fila de reclamaciones de Ryanair empezaba a bullir. No lo anuncian a los cuatro vientos, más bien se lo callan, pero cuando se cancela un vuelo y el siguiente vuelo es al día siguiente, la compañía tiene la obligación de cubrir los gastos de alojamiento y dietas que se produzcan durante el tiempo de espera. https://www.reclamador.es/derechos-del-pasajero

En la ventanilla nos dieron un listado de los hoteles a los que podíamos ir. En principio, dicen que por ser causas ajenas a su voluntad, aunque sea por causas técnicas, sólo tienen la obligación de ofrecer unos bonos canjeables por bebidas y alimentos a consumir dentro del aeropuerto. Pero no es así. Nosotros sí pedimos el listado de hoteles, a la vuelta mandamos los justificantes de pago del hotel, cena y desayunos y nos enviaron una amable carta diciendo que a pesar de que no estaban obligados por ser causas técnicas ajenas a su voluntad, nos remitían un cheque para abonar todos los gastos incurridos. Aviso a navegantes….

A Bremen llegamos a las 8 de la mañana, cuando teníamos que haber llegado la noche anterior. Fuimos directamente al hotel que teníamos reservado para descansar unas horas, http://www.prizeotel.com/es/hotel-bremen/bilder/, antes de descubrir esta ciudad hanseática del norte de Alemania. Apunto el enlace de este hotel porque tiene todo lo que se puede exigir a un hotel: buena ubicación, higiene, personal amable y buen precio: 70 € la habitación doble. Fueron pocas horas, pero suficientes para patearnos “la ciudad de los músicos” de los Hermanos Grimm. Bremen hay que recorrerla a pie, su centro histórico es como un cuento de hadas. Al llegar a una de las plazas más bonitas de Europa, la plaza del Ayuntamiento de Bremen, el cuento de hadas abre sus primeras páginas. La tradición manda y para que se cumplan los deseos, hay que tocar con las dos manos las patas del burro de la figura de bronce que representa a los 3 animales-músicos del cuento de los Hermanos Grimm. Esta famosa estatua se encuentra a un lado del Ayuntamiento, junto a la bodega más antigua de Alemania, el “Ratskeller”, que data de 1409, con sus más de 650 variedades de vino.

Mires a dónde mires todo es tan perfecto y hermoso que cuesta creer que aún existan lugares como éste. El edificio del Ayuntamiento de Bremen (en alemán Bremer Rathaus) es uno de los más importantes ejemplos de arquitectura gótica en Europa. En el año 2004 fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, junto con la Estatua de Rolando. El edificio es sede del Senado, del presidente del Senado y del alcalde del la ciudad hanseática de Bremen.

Existen estatuas de Rolando en varias ciudades del Sacro Imperio Romano Germánico como símbolo de los derechos de las ciudades. El Rolando de Bremen simboliza la libertad de la liga hanseática, una liga que en su día fue una federación comercial y defensiva de ciudades del Norte de Alemania y de comunidades de comerciantes alemanes en el Mar Báltico, los Países Bajos, Suecia, Polonia y Rusia, así como regiones que ahora se encuentran en Estonia, Letonia y Lituania. Bremen ha permanecido libre y autónoma desde que Carlomagno le concediera la independencia dentro del imperio Carolingio.

En la misma plaza también se ubica la catedral de San Pedro con sus torres de 99 metros de altura. Según una ley no escrita, no puede edificarse en Bremen ningún edificio más alto que la catedral. La altura de las torres contrasta con las casitas que componen el centro histórico de la ciudad. Las casitas de chocolate parecen. En el barrio de Schnoor, los visitantes pueden pasear justo al lado del río Weser entre orfebrerías y talleres artesanales, tomarse un descanso en uno de los múltiples cafés o restaurantes, comprar un pequeño regalo o sumergirse en la historia de la Ciudad Hanseática en «La Casa de la Historia» de Bremen. Merece la pena perderse por las calles del centro y acabar paseando al borde del río Weser.

Nuestro avión hacia Oslo salía a las 6 de la tarde, y tuvimos tiempo de degustar unas jarras de Pilsner y unas “bratwurst” con mostaza en el Biergarten del centro de Bremen. Después de la “parada técnica” teníamos fuerzas para volar a Oslo y al más allá.

Oslo, llegada a la capital
Con Ryanair no llegamos al aeropuerto de la capital, sino a un aeropuerto que se encuentra a unos 60 km de Oslo. Se trata del aeropuerto de Moss Airport Rygge. Para volar a Noruega con Ryanair existen 3 opciones: los 2 aeropuertos que se encuentran cerca de Oslo, el de Rygge y el de Torp y un tercer aeropuerto que se encuentra al otro lado del país, en la costa occidental, el aeropuerto de Haugesund, cerca de Stavanger y de dónde nosotros regresaríamos en nuestra vuelta a España.

Queda claro que la zona de los Fiordos es la más visitada de Noruega pero, bueno, aunque la capital no es una ciudad que destaque por su belleza, tiene algunos puntos de interés, y merece la pena visitarla un par de días, con ropa de abrigo aunque sea el mes de agosto, y la cartera bien surtida de billetes y tarjetas Visa.

Una buena opción para pasar 2 noches en Oslo sin dejarnos los ahorros de todo el año en el intento es el Hostel : http://www.ankerhostel.no/es/. El Anker Hostel se encuentra a 800 metros de la estación central de Oslo y de Karl Johanla, la principal calle comercial. A pesar de llegar en el mes de Agosto, tuvimos suerte y pudimos reservar una habitación doble con baño privado por 75 euros la noche. Para los precios de Noruega, no está nada mal. No deja de ser un alojamiento de mochileros en el que hay que pagar por el alquiler de las sábanas y las toallas pero su ubicación, a pocas paradas del centro en tranvía, compensa el retorno a los tiempos de “boy scout”.

Oslo
Si tengo un recuerdo inolvidable de nuestras primeras horas en la capital noruega, es el café cremoso que nos tomamos, con la espuma formando un corazón en la superficie de la taza de café humeante y el bollo fresco con sabor a canela que nos desayunamos, mientras brillaba un sol maravilloso sobre nuestras cabezas. No era cuestión de estresarnos sino de disfrutar sin prisas pero sin pausa de una ciudad que se puede “patear” sin dejarse las suelas de los zapatos en el camino. Después del rico desayuno, iniciamos el paseo por la calle más concurrida de la ciudad, la avenida Karl Johans gate. Es una zona imprescindible si se le quiere tomar el pulso a Oslo desde el primer momento. La avenida le debe su nombre a un antiguo rey de Suecia y Noruega, de los tiempos en los que Noruega formaba parte del reino sueco. Es una avenida limpia, ordenada, perfectamente alineada, perfectamente escandinava. Karl Johans Gate empieza prácticamente en la estación central de Oslo y culmina en el palacio real o Det Kongelige Slott. Entre estos dos puntos vamos cruzándonos con el tramo peatonal con tiendas más importante de Noruega, la catedral de Oslo o Domkirken, el parlamento noruego o Stortinget, la Universidad de Oslo o el Teatro Nacional con la efigie del famosísimo poeta y dramaturgo Ibsen observándolo todo.

Cuando llegamos a los jardines del Palacio real el cielo seguía siendo de un azul intenso y el sol seguía brillando con fuerza. Fue construido en el siglo XIX, entre 1823 y 1848, con planta en forma de C, donde el lado central es más ancho y contiene un cuerpo central saliente hacia ambos lados. Es obra del arquitecto Hans Linstow, quien lo proyectó para Carlos XIV Juan de Suecia, rey de Suecia y Noruega, que tras alcanzar el poder en 1818 quiso construirse un palacio en Oslo.

Tras la independencia de Noruega en 1905 el palacio, que no había sido demasiado utilizado por los reyes suecos, pasó a ser patrimonio de la casa real noruega, que actualmente lo utiliza como lugar de trabajo y no de residencia. Sorprende no ver verjas, ni vallas de seguridad. Apenas vemos guardia real y paseamos por los jardines como “Pedro por su casa”, bueno vale, como “Olav Osmundsen por su granja de renos”.

Rodeamos el Palacio y nos perdemos por una zona residencial que nos lleva a la zona del Puerto deportivo de Oslo, con la fachada del Ayuntamiento presidiendo como un majestuoso faro de ladrillo rojo. No es de gran belleza pero sí emblemático. En su sala principal se celebra y se otorga anualmente el premio Nobel de la Paz. El Premio Nobel de la Paz es el único de los cinco premios instituidos por el inventor e industrial sueco Alfred Nobel que se entrega en Oslo y no en Estocolmo. Aunque se desconoce la razón de esta decisión, así lo estableció Nobel en su testamento, redactado en 1885, cuando Noruega y Suecia estaban federadas en una unión que no se disolvería hasta 1905.

Merece la pena entrar en el hall del Ayuntamiento y contemplar su decoración interior, con motivos de la historia y la cultura noruegas. La entrada es libre y su horario es de 9.00 a 16.00 de lunes a domingo. El premio nobel de la paz cuenta con otros 2 decorados: el “Centro Nobel de la Paz” un museo que se encuentra muy cerca del Ayuntamiento, centrado en la vida de Alfred Nóbel y en la de los sucesivos galardonados, con exposiciones temporales como la que versa sobre Barak Obama, (premio Nobel del 2009) y que tuvimos la ocasión de ver; y el otro punto que completa el triángulo, es el Instituto Nobel Noruego, un edificio situado muy cerca del Palacio real en cuya sede se encuentran dos estancias clave: la sala de reuniones utilizada exclusivamente por el Comité que decide quiénes son los galardonados y la Nobel hall, en la que a mediados de octubre se anuncia el nombre del ganador.

Pasear por la zona del puerto deportivo de Oslo es una delicia, sobre todo si hace buen tiempo. Restaurantes de diseño, ejecutivos que se pasean con sus trajes a medida, el tintineo de los mástiles de los veleros que nos recuerdan que aunque los famosos fiordos están al otro lado del país, Oslo también se encuentra ubicado en un gran fiordo de 150 km de profundidad.

Desde el mismo puerto salen los barcos que cruzan el fiordo hasta la isla de los Museos. Es uno de los puntos de interés turístico de Oslo a no perderse. La isla, en realidad península, se llama Bigdøy. Allí se encuentran el famosísimo Museo Fram, el de barcos vikingos y el Museo Kon-Tiki. El museo Fram se llama así porque acoge el navío polar Fram, construido en 1892. Con este barco que se conserva con el interior original, los exploradores Nansen, Sverdrup y Amundsen, dirigieron sus grandes expediciones polares. Impresiona ver el barco en mitad del museo, como si estuviese a punto de zarpar otra vez. El primer explorador que utilizó el Fram, Nansen consiguió demostrar la existencia de una corriente submarina que comunicaba Siberia con Groenlandia a través del Polo Norte. Amundsen lo utilizó en su carrera hacia el Polo Sur, y el otro gran explorador, Sverdrup, utilizó el Fram que significa “Adelante”, en la exploración del Ártico canadiense.

Los otros dos museos de la isla, son también interesantes, pero sin duda, el Fram es el “museo ganador”. Sobre todo, si al salir, te llaman por tu nombre, y te encuentras con una amiga que no veía desde hace años y que se encuentra allí, a miles de kilómetros de casa como nosotros viendo el Fram.

El Museo Kon-Tiki fue construido con el propósito original de albergar al Kon-Tiki, una embarcación construida con madera de balsa y basada en un modelo peruano precolombino. Esta embarcación fue empleada por Heyerdahl para navegar entre Perú y la Polinesia siguiendo las corrientes marinas en 1947. No hace muchos años, en España un “aventurero local”, Kitín Muñoz, emparentado con la realeza búlgara, también intentó emular la aventura pero ha fracasado en varias ocasiones.

Viendo los 3 museos, se pasa una tarde en Bigdøy. Al regresar al puerto de Oslo, nos acercamos a otro punto de interés en la capital Noruega: El Parque de Vigeland. No sé cómo calificar este lugar. Es algo raro. Un parque lleno de esculturas que parecen esculpidas por un admirador del idealismo nazi. Hombre, mujeres y niños que representan la cotidianidad de la vida, pero eso sí, con unos cánones de belleza aria, de esa belleza que no admite ninguna variedad.

El parque se divide en 5 zonas diferenciadas. La primera es la puerta de entrada, le sigue el puente, dónde se encuentra entre 57 esculturas más, una de las figuras más conocidas y simbólicas, la del niño enojado o con rabieta “Sinnataggen”. Este niño aparece en las postales y recuerdos de Oslo, es como el Manekken pis Noruego. Luego está la fuente y a continuación el famoso monolito, la mayor atracción del parque. Un bloque único de granito que se alza sobre una plataforma octogonal escalonada, tiene 17 metros de altura, y está esculpido con 121 figuras humanas desnudas y entrelazadas. Para culminar el paseo, nos encontramos ante la “Rueda de la vida” en la que siete figuras humanas, cuatro adultas y tres infantiles se entrelazan formando un círculo.

Extraña sensación. Este parque no deja indiferente- Regresamos sobre nuestros pasos hacia el Ayuntamiento de Oslo otra vez. Para terminar el día contemplando otro tipo de belleza: la nueva y flamante Ópera de Oslo. Antes de llegar hacemos una parada en un Ice bar. Un capricho tonto, me cuesta convencer a mi Santo. (Ya sé que me repito pero desde que leí que Elvira Lindo a su marido le llama Mi Santo, me gustó tanto que le he pirateado sin compasión). Un ice bar es uno de esos bares de hielo, en los que por 20 euros por persona te ponen una capa de esquimal y entras en un bar-igloo para tomarte una mini consumición con cara de gilipollas. Ya lo sé, a mi edad, estas chorradas deberían estar prohibidas pero me sale el lado infantil de querer probar todo lo que se me ponga por delante. Los que están como nosotros, sentados en taburetes de hielo y envueltos en una luz cenital, son españoles también. Me da la sensación de que los locales, hace tiempo que se dieron cuenta del timo y de la tontería. Es como si cuando vienen a Denia, les encerráramos en un bar a 40 grados de temperatura, les hiciéramos sudar como monos, y a cambio de 20 euros les diéramos una sangría aguada y caliente…… No comment. http://www.icebaroslo.no/en/

Llegamos finalmente a la espectacular y recientemente inaugurada, Ópera de Oslo. Asoma el atardecer, e impresiona mucho ver este edificio que imita a un témpano de hielo emergiendo del mar. Todo el espacio es blanco, construido con mármol de carrara y cristal. Se inauguró en 2008 y sus creadores ganaron el premio internacional de arquitectura. Todo el espacio es en sí mismo una obra de arte. Además de subir, por el exterior, hasta la cima del tejado, desde dónde se ven unas vistas espectaculares sobre el fiordo, merece la pena dar una vuelta por el interior del vestíbulo principal, una sala inmensa abierta, decorada de manera minimalista con materiales sencillos como piedra, hormigón, vidrio y madera. Esta sala cuenta con varios bares y restaurantes y dispone de espacios para sentarse. Para los amantes de la arquitectura, la Ópera de Oslo, como dirían los snobs es un “MUST” con mayúsculas. http://www.visitnorway.com/es/donde-ir/este-de-noruega/oslo/que-hacer-en-oslo/que-ver-en-oslo/la-nueva-opera-de-noruega/

Oslo se patea, es una ciudad no muy grande y accesible. Otro de los puntos de interés, que ya visité en mi primer viaje a Noruega es el Museo de Bellas Artes de Oslo, la “Nasjonalgalleriet”. Para ver el famosísimo “Grito” de Munch, este es el sitio. La Galería Nacional alberga la mayor colección pública de pinturas, dibujos y esculturas de Noruega. La mayor parte de este arte es anterior a 1950 y entre las obras más destacadas se encuentran El grito y Madonna de Edvard Munch.

Desde Oslo a Stavanger en tren
Podríamos haber alargado la estancia en Oslo y visitar el Homenkollen, el salto de esquí más moderno del mundo, ubicado en la parte más alta de la ciudad, pero decidimos seguir la ruta que nos habíamos marcado. Viaje en tren desde la capital hasta el otro lado del país, a la ciudad de Stavanger, dónde nos esperaba a la llegada mi amiga Gunhild, mi hada madrina que cocinaba y me cuidaba como una hermana mayor, cuando vivíamos en Bruselas allá por el año 1995.

Desde Oslo a la costa occidental de Noruega hay una distancia de casi 500 km, pero dadas las características orográficas del país, con carreteras estrechas y límites de velocidad, casi compensa hacer este trayecto en tren. Dura 8 horas y discurre entre paisajes variados y con muchos contrastes. El precio es de unos 112 euros (929 coronas noruegas) por persona y trayecto, aunque parezca algo caro, para los precios noruegos, en los que una cerveza en un bar cuesta unos 10 euros, pues no resulta tan caro el viaje en tren. https://www.nsb.no/en/

Trenes impolutos, asientos comodísimos y paisajes inolvidables, ¿qué más se puede pedir? . Atravesamos la región de Kristiansand, la zona más sureña del país con vistas a Dinamarca. Se llama “Tierra de Cristian” en honor al rey Cristian IV que la fundó. Es la zona de vacaciones estivales del país, un país dónde ver el sol es casi un milagro. Kristiansand también es conocida por ser la costa desde donde salen disparados los ferries, llenos de noruegos que viajan en el día para llenar sus carros de alcohol en los supermercados de Dinamarca. Lo de siempre….. los ingleses lo hacen en Normandía, y los gibraltareños en Algeciras.

Llegamos puntualmente a la capital económica del país. Si Oslo es la capital administrativa, dónde se cuece el bacalao, perdón, el salmón y el petróleo que dan de comer al país actualmente, y posiblemente, a muchas generaciones futuras, es Stavanger.

Puntual y sonriente nos recibe mi amiga Gunhild. Luce el sol, y nos espera una cena de bienvenida en un pequeño pueblo, cercano a Stanvanger, llamado Tjelta. Allí nos reciben su marido Arild y sus hijos, Sunniva y Knut (difícil de pronunciar). En el camino hacia su casa, vemos unas espadas vikingas enormes, clavadas en la tierra. Sverd i Fjell es sin duda uno de los monumentos más bonitos e imponentes que se pueden encontrar hoy día en Noruega.

Su nombre, en noruego, significa “espadas en la montaña”, fue creado por el escultor Fritz Røed e inaugurado por el rey Olav en el año 1983. Se trata de tres gigantescas espadas vikingas de 10 metros de altura clavadas en la roca a las afueras de Stavanger. Fueron construidas en honor a una batalla, concretamente la batalla de Hafrsfjord (año 872), en la cual el rey Harald I consiguió unificar, por primera vez en un sólo reino toda la Noruega occidental. A pesar de ello son un símbolo de paz. La más larga de las espadas pertenecería al rey Harald I y al estar clavada en la roca simboliza el final de un periodo belicoso que trajo tiempos de paz a su reino, una de las edades de oro de Noruega. Las otras dos espadas representarían a dos reyes vencidos en esa batalla.

Un día largo e intenso. Después de la cena de bienvenida, no tardamos mucho en caer rendidos. Al día siguiente nos espera la visita de Stavanger.

Por la costa hasta Egersund
Seguimos teniendo el sol de nuestro lado. La temperatura no supera los 13 grados pero el sol brilla y se agradece. Después de una cena de bienvenida y de un buen descanso, todo se ve mejor. Nos encontramos a unos 20 minutos de Stavanger, en un pueblo pequeño llamado Tjelta. Antes de visitar la ciudad de Stavanger, hacia el norte, damos un paseo por la zona que rodea Tjelta en el coche que nos deja mi amiga Guhnild. Toda la costa es de un verde tan intenso que las vacas que allí pastan están en la gloria. Al fondo el mar azul, los faros de madera blancos despuntan entre las colinas. Un paraíso terrenal. La carretera estrecha serpentea la costa y nos regala momentos de silencio, de paz. Perdemos la noción del tiempo.

Llegamos sin rumbo a un pequeño pueblo con puerto pesquero, llamado Egersund. Brilla tanto el sol que nos cuesta creer que estemos en uno de los países más fríos y grises del planeta. El sol invita a hacer un pic-nic, y eso hacemos, compramos comida y bebida en un súper mercado y nos sentamos en unos banquitos de madera, junto a los veleros que bambolean en las aguas tranquilas del puerto. No se oye un alma, sólo el tintineo de los mástiles. Me imagino que el invierno será mucho más duro, pero a juzgar por lo bien que se está al sol, es difícil imaginarse otro lugar más tranquilo y más agradable. Nuestra idea era dar una vuelta por esta zona y por la tarde ir a Stavanger, pero estamos tan bien, que dejamos la visita de Stavanger para el día siguiente.

Al volver a casa, volvemos sobre nuestros pasos, y de nuevo vemos los faros de madera blanca en la costa, con una luz diferente, la luz del atardecer. Paramos en uno de ellos, llamado Faro de Obrestad, construido en 1873. Hoy en día alberga un museo y se alquila para reuniones y alojamiento. Lo de dormir y alojarse en un faro siempre me ha parecido muy interesante. En Noruega, con más de 20.000 kilómetros de costa, los faros que ofrecen la opción de alojamiento, están localizados en su mayoría en la vertiente atlántica. Desde Grimstad, en el fiordo de Oslo, al sur del país, hasta Vardø, al norte, hay al menos 28 alojamientos disponibles. http://www.visitnorway.com/es/donde-alojarse/vacaciones-en-un-faro-en-noruega/

¡Qué paz y qué paisajes!- Ahora mismo mientras escribo estas líneas, cierro los ojos y recuerdo perfectamente el verde intenso de los pastos, el azul inmenso del mar, las casitas típicas noruegas con sus paredes de madera de color rojo, con los techos cubiertos de hierba y los faros blancos alumbrando el atardecer, mientras el sol va escondiéndose en el horizonte. Definitivamente la arcadia feliz.

Stavanger
El sol del día anterior no había sido un espejismo pero casi. Amanece el día gris y antes de salir de casa, echamos los paraguas y los chubasqueros para caminar por las calles de la capital del petróleo noruego. Según nos cuenta, Arild, el marido de mi amiga Gunhild, el “oro negro” da de comer a prácticamente el 90% de la población de la zona. Ya sea trabajando en las plataformas plantadas en alta mar, como en las empresas proveedoras de suministros para la industria petrolera. Se maneja mucho, mucho dinero. De hecho la “caja fuerte” noruega, el mayor fondo soberano del mundo, con más de 800.000 millones de dólares estadounidenses en activos, se nutre desde hace años de las ganancias que han dado los dos sectores principales del país: el petróleo y la pesca. Según leo, Noruega posee una de las mayores cargas fiscales del mundo, pero también es verdad que gracias a la intervención del Estado, disfrutan de un Estado del Bienestar verdadero. Ejemplo a seguir. Yo personalmente así lo creo.

Stavanger es una ciudad que se puede visitar fácilmente a pie. Aparcamos al lado de la Catedral de San Swithun, la más antigua de Noruega, y sede de la diócesis luterana, que lleva el mismo nombre, el nombre del patrón de la ciudad. De estilo románico y gótico, destaca el color gris de sus muros, construidos con piedra esteatita. Al entrar, nos sorprende la oscuridad y la ausencia casi total de adornos. Esta sencillez hace que destaque aún más, el púlpito barroco y la pila bautismal del siglo XIII. No hay muchos feligreses a esas horas, lo que sí que hay son turistas como nosotros que deambulan por el templo buscando refugio entre las paredes de la catedral para resguardarse de la lluvia. Al salir ya ha parado de llover y nos dirigimos hacia el puerto. Antes cruzamos el City Park con su lago artificial llamado Breiavatnet. Es una zona agradable de ver, ya que alrededor del lago se encuentran las fachadas de edificios antiguos que actualmente son sedes de dependencias municipales. Es la zona verde de la ciudad y los niños disfrutan jugando y dando de comer a las palomas.

Al puerto se llega a pie también. La parte vieja de Stavanger, formado por un laberinto de callejuelas empedradas y casitas de madera blanca, es un lugar único por el que merece la pena perderse. Las casas de madera, datan del siglo XVIII y a pesar de las embestidas de la historia, se mantienen con un color blanco inmaculado, gracias a las ayudas que reciben para su conservación. Es un cuento de hadas pasear por este centro histórico, dónde además de galerías de arte y viviendas particulares, se encuentra el único museo del mundo dedicado a las conservas de pescado.

Al otro lado del puerto, justo detrás del gigantesco buque de crucero que está atracado en ese momento, tenemos la parada del barco que nos lleva de excursión por el Fiordo de Lyse, de 42 km de largo. Hay dos excursiones “imperdonables” a realizar desde Stanvanger: el recorrido por el Fiordo “Lysefjord” y el famoso púlpito “Preikestolen”, sí el famosísimo peñasco, situado a 600 metros sobre el nivel del mar, que aparece en todos los folletos turísticos de Noruega.

Para ir al famoso púlpito, es mejor reservarse un día entero, ya que la subida hasta allí es dura y no se hace en poco tiempo (2 horas de subida y otras tantas de bajada). Lo que sí se puede hacer, es verlo desde el barco como hicimos nosotros, al recorrer el fiordo, y otro día ir por tierra hasta la base y subir a pie hasta la cima. El paseo en barco por el fiordo es simplemente espectacular. Cascadas de agua, muros de piedra formados hace 10.000 años como consecuencia del deshielo. La cascada de Hengjanefossen de 400 metros de altura es el punto culminante del crucero. El barco se detiene durante unos minutos frente a esta maravilla de la naturaleza y la gente sencillamente enmudece. La grandeza de la naturaleza es su estado puro. Impresionante.

Al regresar al puerto de Stavanger, las nubes grises ya habían desaparecido. Comimos en una terraza al aire libre y por la tarde seguimos descubriendo los rincones de Stavanger. El Museo del Petróleo es otro de los puntos de interés, pero a nosotros no nos atraía y pasamos de largo. Decidimos volver a casa, antes de cenar, ya que teníamos que organizar nuestro siguiente destino: Bergen. Yo había intentado buscar alojamiento en casa de algún miembro de la red “couchsurfing”, de la que formo parte, pero fue imposible. Así que con mucha paciencia, buscamos alojamiento y transporte en autobús desde Stavanger hasta la que se considera “la puerta” de los fiordos noruegos. Y digo paciencia, porque justo en esas fechas era casi imposible encontrar alojamiento en Bergen- Todo estaba completo, tocaban los Iron Maiden y la ciudad estaba literalmente tomada por los “heavy metal”. Al final conseguimos reservar en el Hotel RICA: https://www.rica-hotels.com/hotels/bergen/rica-hotel-bergen/

El hotel se encuentra muy cerca de la estación de autobuses, y a unos 500 metros del centro histórico que gira alrededor del puerto hanseático de Bergen.

Bergen
El viaje en bus desde Stavanger hasta Bergen es una odisea. Es lo que tiene este país, no existe ninguna carretera en línea recta que discurra por la costa sin tener que hacer transbordos y tomar el ferry. Un recorrido de 160 km se convierte en un viaje de casi 5 horas. Hay varias empresas de autobuses que van a Bergen desde Stavanger. Nosotros fuimos con Kystbussen: http://www.kystbussen.no. Para llegar al terminal desde dónde salen los ferries, Arild nos llevó en coche, pasando por los túneles de Byfjordtunnelen y de Mastrafjordtunnelen, hasta Mortavika. (También se puede coger el bus en Stavanger, no hace falta ir hasta el muelle de los ferries). Desdes Mortavika fuimos en barco hasta Arsvågen, y luego, a continuación, pasamos por el túnel de Bømlafjordtunnelen, de 8km de largo que pasa por debajo del fiordo, y tomamos el barco desde Sandvikvåg a Halhjem, antes de llegar a Bergen. En definitiva, toda una aventura para recorrer 160 km, pero es que este país es así, la orografía hace que las carreteras sean estrechas, se crucen muchos túneles y se tenga que navegar en ferry cada x kilómetros.

Los noruegos están más que acostumbrados a viajar en ferry. Por eso, en cuanto el bus se adentra en las tripas del ferry, el chófer para el motor, y todos los pasajeros salen disparados hacia la parte alta del barco. Está prohibido quedarse en la zona de parking. Sopla el viento con fuerza pero merece la pena cargar los pulmones de aire fresco, de aire marino con olor a yodo y salir a cubierta. Se vuelve a repetir una sensación que nos acompaña a lo largo de nuestro viaje: en Noruega la naturaleza manda, impone sus reglas de juego y los noruegos tienen que adaptarse al medio y no al revés, como lamentablemente ocurre en la mayoría de los países.

Tras casi 5 horas de viaje por mar y tierra, llegamos finalmente a Bergen a media tarde. Rodeada por 7 montañas y 7 fiordos, entre los que destaca el de Sognefjord, el segundo más largo del mundo con 204 km de profundidad, Bergen es una de las joyas mimadas por la UNESCO. Su barrio hanseático, de casas de madera, llamado Bryggen es patrimonio de la humanidad. Pero vamos por partes porque Bergen es mucho Bergen.

Uno de los momentos mágicos a no perderse bajo ningún concepto en esta ciudad es el atardecer sobre el puerto. Llegamos justo a tiempo, después de dejar las maletas en el hotel. Entre los puestos de pescado fresco, atendidos por muchos jóvenes emigrantes españoles, se cuelan los últimos rayos de sol que caen sobre las casas de madera en tonos rojos, amarillos y anaranjados que bordean el puerto, produciendo un reflejo totalmente simétrico en las aguas oscuras del fiordo. Para ver este espectáculo hay que tener suerte, porque en Bergen llueve una media de 300 días al año. Así que no estábamos solos viendo el atardecer, nos rodeaban muchos vecinos de la ciudad sin paraguas y con cara de felicidad.

Teníamos 2 noches de hotel en Bergen con la esperanza de poder ampliar la reserva. No lo habíamos conseguido por internet y teníamos la esperanza de poder hacerlo in situ. En la oficina de turismo nos confirmaron nuestros temores: no había ni una sola plaza de hotel libre para el fin de semana; la llegada de Iron Maiden anulaba cualquier posibilidad de alojarnos por más días en Bergen. Teníamos dos posibilidades: seguir ruta en barco hasta el norte de Noruega a bordo del famoso Hurtigruten o bien alquilar un coche y aventurarnos sin rumbo fijo. Antes de seguir nuestro descubrimiento de Bergen teníamos que solucionar este problema de alojamiento. Después de ver los astronómicos precios que pedían por un camarote en el Hurtigruten, decidimos alquilar un coche. Además, tampoco quedaban plazas en cabina, sólo quedaban asientos sin cama en las salas comunes.

“El crucero más bello del mundo” – http://www.hurtigrutenspain.com/es/index.php. Así se le denomina, y sin embargo el Hurtigruten no es un crucero, es un servicio de línea regular que navega bajo la bandera del servicio postal, desde Bergen con 3 salidas semanales hasta el punto más septentrional de Noruega: Kirkenes. Los precios en cabina interior no bajan de los 1500 / 2000 euros por persona, según temporada. Eso sí, si el bolsillo lo permite, no sé si es el crucero más bello pero, desde luego, tiene que ser una experiencia para recordar toda la vida.

Alquilado el coche, ya podíamos seguir disfrutando de la ciudad antes de conducir hacia el norte. Si hay algo por lo que destaca esta ciudad, entrada de los fiordos, es por su puerto pesquero y su entramado de casas de madera de colores. Hacia el final del siglo XIII, se convirtió en una de las ciudades más importantes de la Liga Hanseática.

Bergen adquirió importancia gracias al comercio del bacalao seco de la costa norte del país, que empezó alrededor del año 1100. Los mercaderes frisios y germanos de la Liga Hanseática se instalaron en un barrio exclusivo de la ciudad, en el cual hablaban sus lenguas de origen: el frisio y el bajo alemán, y disfrutaban de derechos exclusivos de comercio con los pescadores norteños que cada verano navegaban con dirección a Bergen. Este barrio exclusivo, llamado Bryggen, con casas de madera es la “joya de la corona” de la ciudad. Merece la pena perderse por sus calles y dejarse llevar. El barrio fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979. Actualmente, la cuarta parte de los edificios datan de después del incendio de 1702; el resto son más recientes. Se conservan algunos sótanos de piedra que se remontan al siglo XV. Tras el incendio de 1955, en la zona afectada se construyó un museo y varias casas de madera en el estilo antiguo; también se edificó un hotel de ladrillo muy controvertido.

Otra de las atracciones turísticas, además del mercado de pescado fresco que se instala todos los días en el frontal del puerto, con unos bocadillos de gambas y de salmón que quitan el hipo, es el funicular que sube al monte Floyen. Las vistas desde arriba sobre el puerto y las 7 colinas que rodean al centro, como en Roma, merecen realmente la pena. No es fácil ver un cielo nítido y que las nubes dejen ver el paisaje, de hecho Bergen es la ciudad de la lluvia, la Seattle de Europa, pero aún y todo, no hay que dejar de subir el funicular hasta la cima del monte Floyen.

Bergen invita a quedarse más días, pero el concierto de los Iron Maiden no nos dejaba alternativa, teníamos que seguir ruta y aventurarnos hacia el norte, hacia la ciudad de Alesund. Los imprevistos tampoco están mal, dan “vidilla”. Al principio, tengo que confesar que me daba un poco de miedo conducir por Noruega, teniendo que coger ferries cada dos por tres, pero al final resultó ser uno de los viajes más tranquilos y más bonitos de los que hecho en mi vida. Salimos por la mañana después de un desayuno bien nutritivo a base de salmón braseado. (por muchos años que pasen, nunca olvidaré el gusto del salmón en Bergen, una vez probado lo demás son tonterías). A pocos km de la salida de Bergen ya empieza el cuento por el país de “Nunca jamás”: un auténtico cuento de hadas, un paraíso de naturaleza majestuosa, virgen, silenciosa, verde y azul, limpia y cristalina, la arcadia feliz en el sentido más estricto de su significado. Cuando atraviesas Noruega, te das cuenta de que otra forma de vida es posible, de que en el planeta tierra aún existen paraísos como éste. El ensimismamiento es total cuando atraviesas los túneles en silencio, cuando sólo se escucha el agua de los manantiales que cae a orillas de la carretera, cuando la vista se pierde en el horizonte entrecortado por las sombras de las paredes montañosas que forman los fiordos, entonces es cuando uno se siente muy, muy pequeño, insignificante. No apetece ni escuchar música en la radio del coche, lo que apetece es dejarse llevar por la magia de la naturaleza en estado puro.

No sé cuantos ferries cogimos, ni cuántos túneles cruzamos para recorrer los 423 km que separan a Bergen de Alesund, pero lo que sí recordaremos para “siempre jamás” es esta experiencia de comunión total con la madre tierra. Para recorrer estos km son necesarias más de 7 horas, pero no importa en absoluto, Noruega no es un país para viajar con prisas, es un país para todo lo contrario, para tomárselo con calma, mucha calma. Hasta el Cabo norte hay casi 2000 km, o sea que nuestro límite al norte en Alesund, se quedaba en nada, para lo que había por encima hasta llegar a la cima de la costa noruega. Asignatura pendiente, sin duda.

Alesund, la ciudad Modernista
Al llegar a nuestro destino, enseguida localizamos nuestro hotel en una calle en cuesta. Volvimos a quedarnos en un hotel de la cadena RICA, como lo habíamos hecho en Bergen. https://www.rica.no/hoteller/alesund/rica-hotel-scandinavie/. Es un hotel precioso de arquitectura modernista y los precios no son exagerados: habitación doble en pleno mes de agosto con desayuno incluido por unos 75 euros/noche.

Era la hora de cenar, pero la luminosidad era tal que parecían las 4 de la tarde. No había gente en la calle, estaban todos cenando. Nos perdimos por el centro histórico, un centro en el que predomina sorprendentemente la arquitectura “Art Nouveau” o Modernista. Según cuentan las crónicas, Alesund fue pasto de las llamas, la noche del 23 de enero de 1904. Prácticamente la ciudad entera fue destruida y la población la tuvo que abandonar con sólo unos minutos de margen. Únicamente murió una persona en el incendio, pero más de 10.000 personas se quedaron sin casa bajo el duro invierno noruego

Tras el incendio, el káiser Guillermo II de Alemania, que veraneaba en las cercanías, envió 4 barcos con materiales para construir albergues temporales y barracones, tras un periodo de planificación, la ciudad fue reconstruida en piedra y ladrillo en Art Nouveau, el estilo arquitectónico de la época, famoso por sus torrecillas, agujas y ornamentación decorativa.

Pasear por sus calles y su puerto, y ver un sol de verano que no deja de ponerse en el horizonte, no tiene precio. A las 11 de la noche, la luz seguía siendo diurna. Después de cenar y tomarnos una cerveza en un pub muy “British” nos fuimos a descansar para continuar nuestra ruta, al día siguiente, hacia otro de los puntos “imprescindibles” de Noruega: el Fiordo de Geiranger. En estas latitudes en verano no anochece, y no deja de ser curioso ver cómo pasada la medianoche seguíamos teniendo una luz más tenue pero nunca oscura.

Amanecimos temprano, un país como Noruega no invita a quedarse en la cama, invita a seguir descubriéndolo. Alesund está compuesta por 7 islas o islotes y para ver bien su fisionomía desde las alturas, lo mejor es subir al mirador. Desde allí las vistas sobre esta ciudad única son alucinantes. Nos tocó un poco de bruma al principio, pero poco a poco las nubes fueron despejando el telón de fondo para dejarnos boquiabiertos paulatinamente, como si las nubes fueran cómplices y no quisieran descubrir de golpe el tesoro guardado bajo su manto. Una vez más el silencio ante tanta belleza nos dejó extasiarnos durante un buen rato.

Para llegar al Fiordo de Geiranger, Patrimonio de la Humanidad, a través del Trollstigen (la escalera de los Trolls), desde Alesund hay que conducir unos 120 km. El camino que conduce de Ålesund a Geiranger transcurre entre montañas y al borde de los fiordos acompañado de vistas magníficas. Habrá que tomar primero la carretera E136, luego la 650 que discurre en parte por largos túneles, y tomar el ferry que parte de Linge. Atravesado el fiordo, la carretera serpentea entre paisajes verdes por el valle en un entorno idílico.

La carretera recibe el nombre de Carretera de las águilas porque se eleva sobre el nivel del mar rápidamente y aparece en medio de un relieve muy abrupto sobre el corte por donde se abre camino el Geirangerfjord. Para hacernos una idea de la magnitud de las montañas que rodean este pequeño pueblo de Geiranger, hay que tener en cuenta que la montaña de los trolls es la pared vertical más alta de Europa, con 1800 metros en total, más de 1000 metros son de pared vertical. Impresionante. Una vez alcanzado el pueblo en el fondo del valle, aún impresiona más al echar la vista al cielo. Nos topamos con la llegada del Hurtigruten que se quedaba a unos 500 metros de la orilla del pueblo. A los turistas del famoso barco los traían en barcas a tierra firme. Geiranger es muy turístico, muy pequeño y muy entrañable. Una pulga en mitad de unas montañas abrumadoras.

Salir de allí con tanto turista nos costó un poco, pero enseguida dimos con la ruta de ascenso que nos llevaría hasta un paraje totalmente distinto a lo que habíamos visto hasta el momento. Una llanura inhóspita con un lago, como si fuera un paisaje de estepa siberiana, con un manto de tundra. Este rincón en el medio de la nada se llama Djupvannet. Es bastante inhóspito, sobrecoge, uno de esos lugares en los que a nadie le gustaría perderse…

Para llegar a hacer noche en Flam teníamos más de 6 horas de ruta por delante, así que seguimos nuestra ruta siguiendo las indicaciones del mapa, bordeando más lagos, atravesando túneles, admirando las cascadas que salían a nuestro paso y disfrutando una vez más de una naturaleza grandiosa. Incluso la lengua de un glaciar pudimos ver en un lado de la carretera. Paré el coche, un glaciar no se ve todos los días. Esta ruta entre Geiranger y Flam transcurre entre dos parques nacionales: el Parque de Naustdal-Gjengedal y el Parque de Jostedalsbreen. La siguiente parada fue para comer, mientras un sol resplandeciente caía a plomo, nos paramos en un área con mesas y bancos de madera, rodeados de casitas de madera de colores y varias ovejas que vinieron a visitarnos mientras comíamos. Un lujo de 5 tenedores.

Varios transbordos en ferry después, llegamos al atardecer a otra de las sorpresas del viaje: el túnel de carretera más largo del mundo. El túnel de Lærdal (Lærdalstunnelen) es un túnel de carretera de 24,5 km que conecta Lærdal y Aurland, en la provincia de Sogn og Fjordane, al oeste de Noruega. Su construcción comenzó en 1995 y finalizó en 2000. Forma parte de la ruta E16 entre Oslo y Bergen. Aunque hay túneles ferroviarios como el de Seikan en Japón o el Eurotúnel entre Gran Bretaña y Francia que pueden exceder los 50 km de longitud, el de Lærdal es el túnel de carretera más largo del mundo.

Antes de entrar en el túnel, paramos el coche para mentalizarnos. No teníamos otra opción era sí o sí. La verdad es que es un poco angustioso, llega un momento en el que parece que el túnel no tiene fin. El diseño del túnel tiene en consideración el estrés mental de los conductores, e incluye tres grandes cuevas distribuidas por su recorrido con un tamaño e iluminación que permiten descansar la vista y romper la monotonía. Nosotros no paramos pero impresiona saber que hay gente que tiene que hacerlo para poder seguir adelante.

Cuando al final del túnel vimos la luz, fue como el éxtasis, como despertar de una pesadilla. Al llegar por fin a Flam, otro de los lugares más visitados de Noruega, nos encontramos con que no había habitación libre sin haberla reservado previamente. Todos los hoteles estaban completos, salvo uno, el más lujoso, en el que sí que había habitación doble al módico precio de 250 euros la noche. Nos dio un ataque de risa nerviosa, porque la idea de volver sobre nuestros pasos, y buscar alojamiento al otro lado del túnel más largo del mundo, nos hizo entender que hay momentos en la vida en los que ese plástico milagroso, llamado VISA cobra y salva vidas…. Sin dudarlo, nos quedamos con la habitación del Fretheim hotel: http://fretheimhotel.no/. Dejamos las maletas y nos fuimos a pasear por los jardines del hotel, cercanos a la estación del famosísimo Flamsbana, un tren turístico que en sus 20 km de recorrido descubre al viajero una ruta, que según la guía Lonely Planet, es el viaje en tren más bello del mundo. Al día siguiente, a primer ahora de la mañana, seríamos dos pasajeros más del famoso tren, ¿Seríamos capaces de dormir esa noche?

El tren de Flam
Sí que dormimos sí, como dos marmotas. Al día siguiente, la pesadilla del túnel era algo olvidado, o casi… Después de un desayuno acorde con el “Luxury hotel” fuimos a la estación que ya estaba abarrotada de turistas, sobre todo de japoneses.

El Flam es un tren de película, casi de juguete. Al verlo, parece mentira que recorra una de las líneas ferroviarias más inclinadas del mundo. El gradiente es de 55/1000 en casi el 80% de la línea. No sé cómo será el que llega al Machu Pichu (algún día espero comprobarlo en persona) pero la sensación de vértigo es continua.

Durante el trayecto de 20 km el Flam se adentra entre profundos barrancos y saltos de agua, montañas con cimas nevadas y granjas que se “cuelgan” literalmente de las escarpadas laderas. Casi al final del recorrido hay una parada del tren ante la cascada de Kjosfossen, con una caída de 24 m que nos deja sin habla. De repente suena una música y aparece una chica disfrazada de hada que se esconde y reaparece entre las aguas del manantial. Nos quedamos un poco perplejos con semejante “performance”… No es una alucinación, va incluida en el precio.

Volvemos a montarnos al tren y poco más tarde llegamos a la cima, a la última parada, antes de regresar al punto de origen. En esta última parada algunos turistas hacen transbordo y se montan en otro tren para seguir ruta hacia otro destino. Tras unos minutos de espera, volvemos a nuestros asientos. La vuelta se nos hace más corta, ya es “terreno conocido”.

Aunque el precio es algo caro: 280 coronas, casi 40 euros, merece la pena montarse en el Flam, son de este tipo de cosas que se hacen una vez en la vida. A las 10 de la mañana ya estábamos listos para volver a Bergen: 168 km. Teníamos que devolver el coche de alquiler antes de la 1 del mediodía. Llegamos puntuales. Nos dio tiempo a dar una vuelta otra vez por el puerto de Bergen antes de coger el bus que nos llevaría de nuevo a Stavanger.

Månafossen – Púlpito
El viaje por la Arcadia feliz iba poco a poco llegando a su fin. Aún nos quedaban 3 días en Stavanger y nuestros queridos anfitriones nos tenían reservadas aún dos excursiones en la región de Rogaland: el manantial de Månafossen y el famosísimo Púlpito del fiordo Lysefjorden.

A la famosa roca situada unos 600 metros por encima del fiordo no llegamos a subir por el mal tiempo. La caminata hasta llegar al Preikestolen es de casi 5 horas entre la ida y la vuelta. Empezamos con ánimo pero la niebla espesa se fue adueñando del camino y el suelo era muy resbaladizo. Yo me rendí, me dio mucha pena pero lo que peor llevaba era la falta de visibilidad. Daniel también se rindió un poco más tarde, y acabamos los dos juntos esperando a Arild, Knut y Sunniva en el refugio de montaña que se encuentra en la base del recorrido. En plena forma volvieron de la caminata, unas horas más tarde. Nos consolaron contándonos que no se veía nada por la niebla desde el púlpito. Quedaba anotada otra asignatura pendiente en el diario viajero.

La segunda excursión sí que la disfrutamos al 100%. La cascada de Månafossen es la cascada más grande de Rogaland y la novena de Noruega. Desde el aparcamiento se llega caminando por el lado sureste del río. El sendero hasta Månafossen es en parte escarpado y difícil. En las partes más abruptas se han puesto escalones y cadenas donde agarrarse. Cuando al final de la ruta se llega hasta la cascada, con una caída de 92 metros, todas las penurias del camino se olvidan al minuto. Pasamos un día muy bonito.

Y así, poco a poco fue llegando el fin de nuestra estancia en la Arcadia feliz. Unas compras, unos paseos por los alrededores de Tjelta, el pequeño pueblo dónde viven nuestros amigos. Es un sitio muy tranquilo, rodeado de suaves colinas y pequeñas calas que dan a un mar del Norte con aguas heladas, incluso en verano. La noche previa a nuestra despedida, nos agasajaron con una barbacoa y pude reencontrar a gente que conocí en su día en Bruselas, cuando vivíamos allí en el año 1995. Recordamos viejos tiempos y echamos muchas risas.

Al día siguiente Arild nos condujo hasta el aeropuerto de Haugesund, a unos 50 km de Stavanger. Para ir directamente en coche hay que subir al ferry o si no, dar una vuelta enorme por tierra. Fuimos en ferry y volvimos a sentir, ya por última vez, la brisa marina desde la cubierta. El viaje llegaba a su fin, ahora sí. Una pena dejar atrás tan buenos momentos, pero un consuelo también saber que aún existen diferentes formas de vivir, rodeados de naturaleza virgen en una arcadia feliz.

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