Like a rolling stone Jordania & Líbano


JORDAN

Amman – Petra – Aqaba – Beirut
Junio 2009 – Diciembre 2010 – Noviembre 2011
Dicen que el “negocio” es la negación del ocio pero discrepo, siempre se puede sacar tiempo al tiempo y aprovechar un viaje de negocios para disfrutar del ocio, yo,  por lo menos, lo intento siempre. Y si además, un cliente te abre las puertas de su casa y te invita a la ceremonia que precede a la boda de un familiar cercano, pues es imposible negarse, hacerlo sería pecado mortal. La primera vez que tocaba suelo jordano fue cuando los termómetros en junio marcaban los casi 40 grados pero me dio igual, una oportunidad de conocer Jordania no se presentaba todos los días. A mi Santo, la idea de acompañarme no le costó ni medio minuto sopesarla, lo tenía más claro que yo.

Para volar a la capital jordana, Iberia o  la Royal Jordanian Airlines ofrecen vuelos directos desde Barcelona o Madrid pero optamos por hacerlo vía Londres con una oferta de precios y de horarios mucho más amplia. Además aprovechamos para pasar el fin de semana en casa de mis cuñados. Al final, el tiro nos salió por la culata, porque la salida programada para las 8 de la tarde, al final se retrasó a la 1 y llegamos a las 5 de la mañana a Amán, en ese momento preciso que te “pilla” durmiendo profundamente, aunque resuenen los motores del avión y se enciendan las luces de cabina. El aeropuerto Internacional Reina Alia,  es un aeropuerto bastante tranquilo, sin demasiadas aglomeraciones. Para entrar a Jordania, hace falta un visado que se puede sacar también en el aeropuerto por unos 40 dinares jordanos con una equivalencia de casi paridad total con el euro (1 euro = 1,4 dinar jordano) (ojo! No admiten euros, así que es mejor cambiar moneda en una casa de cambio o en el cajero automático previamente). Los euros no son bienvenidos, los dólares americanos sí, pero como siempre, lo más fácil, es disponer de moneda local.

A esas horas intempestivas no teníamos ganas de buscar el autobús que lleva al centro de la capital jordana, cogimos un taxi y llegamos al hotel que nos había reservado el cliente en pocos minutos. Un hotel que está muy bien y que no está metido en el caos de Amán. Moverse por Amán en taxi no es nada caro, y para dormir mejor y sin tanta contaminación acústica, recomiendo este hotel de 4 estrellas que aunque está alejado del centro, tiene piscina y una buenísima relación calidad-precio: http://www.genevahotel-amman.com/home_page.aspx

La cita con el cliente estaba programada para las 10 de la mañana. La triste realidad es que llegó 6 horas más tarde, venía de Israel y estuvo retenido en la frontera unas cuantas y largas horas. Un hecho habitual, según nos contó, que se repite a diario y  que pone a prueba la paciencia del más calmado de los humanos. Menos mal que teníamos piscina, nos vino de maravilla para descansar y relajarnos. Cuando por fin llegó nos compensó la espera con dos escenarios que no olvidaremos nunca. Primero nos llevó a comer a un restaurante de comida local llamado Tawaheen_al_Hawa, un lugar increíble, con diferentes ambientes a cubierto y al aire libre. Nos sentamos en el patio, en unos almohadones en el suelo, como si estuviésemos en una jaima en mitad del desierto. A este restaurante nos trajeron de nuevo cuando regresé por trabajo al año siguiente. La comida estaba riquísima, varios platos con Hummus, carnes a la brasa y ensaladas. No probamos el plato nacional, el “Mansaf”, lo haríamos más adelante. Después de una buena sobremesa, el cliente nos quiso agasajar de nuevo por la espera tan larga que habíamos “sufrido” en la piscina y nos condujo a las afueras de Aman, a un sitio paradisíaco. Si algún día me toca algo en la primitiva, doy pistas para encontrarme: Hotel Kempinski a orillas del Mar Muerto: https://www.kempinski.com/en/dead-sea/hotel-ishtar/

No sé por dónde empezar…Piscinas desbordantes, suites con balcones privados y vistas al Mar Muerto, jardines paradisíacos… el lujo en su esencia. Nos llevó a una de las terrazas con unas vistas increíbles, mientras la luz del atardecer iba cayendo en el horizonte. Un mojito bien frío (en los hoteles internacionales es donde se puede beber alcohol y los jordanos de vez en cuando se saltan las reglas, todo sea por el “Business”) nos refrescó la garganta y nos acompañó durante uno de esos momentos que no se olvidan jamás. Nos resarció la espera en el hotel con creces.  Yo así le perdonaba lo que hiciese falta.  El Mar Muerto con esa luz de tonos naranjas y ocres, se reflejaba como un espejo. En frente, en la otra orilla,  Palestina para algunos, e Israel para otros. Con el segundo mojito, nuestro anfitrión Yahya nos explicó con detalle, cómo había sufrido su familia el exilio de Palestina y cómo seguían padeciendo sus orígenes cada vez que cruzaban la frontera con Israel, cómo le había pasado, una vez más, esa misma mañana. Familia rica la suya, con estudios en colegios británicos, otros palestinos no habían corrido la misma suerte, ni mucho menos….

Me vinieron a la memoria, los baños que nos dimos mi madre y yo en ese mismo mar, pero en la otra orilla, cuando estuvimos en Israel, 5 años antes.  Un mar sin vida, inerte, en lo más profundo de la tierra, separando dos mundos sin perspectivas de entenderse, bastante simbólico ¿no? La conversación, muy interesante, se alargó en el tiempo, mientras los mojitos se sucedían. Al caer la noche, volvimos a Amán, a dormir como niños buenos, nuestra aventura jordano-libanesa no había hecho más que empezar, y al día siguiente tenía que trabajar, o por lo menos, justificar el viaje.

Amman, un “bocho” en el desierto
Puntualmente me vinieron a buscar al hotel para llevarme a la fábrica dónde íbamos a celebrar varias reuniones comerciales. Todo el día trabajando y fumando como carreteros. (Menos mal que, hoy puedo decir que esos ceniceros rebosantes pasaron a la posteridad, por lo menos en mi caso). La anécdota tragicómica llegó esa primera mañana cuando el cliente me ofreció café sentado en su mesa de director ejecutivo. Yo estaba de espaldas a la puerta, sentada frente al cliente y de repente, una mano con guante blanco se deslizó por mi lado izquierdo con una bandeja de plata. Al darme la vuelta, pegué un brinco del susto, una “Ninja” (así las llaman), me ofrecía un café y sólo le podía ver los ojos negros, que asomaban por la única cavidad que tenía su burka negro. Mi reacción fue tonta, pero no lo pude evitar, el susto fue total. La chica vestía así porque quería, le habían “sugerido” que en el trabajo se quitase el burka pero no quería de ninguna de las maneras y tampoco lo iba a hacer por una “histérica” como yo…. Pasado el susto, el café me supo a gloria, y al segundo que vino más tarde no le hice ascos, todo lo contrario, me faltó poco para besar la mano del guante blanco.

A media tarde, de vuelta al hotel para quitarme el “traje de faena”, agradecí, como siempre, deshacerme de los tacones y calzar unas deportivas, bien mulliditas y planas para “patear” el centro de Amán. En taxi, por menos de 5 euros, bajamos y subimos colinas como si fuese una montaña rusa. Amán no es San Francisco pero sí un laberinto de calles que han ido horadando las colinas que conforman y rodean el centro histórico, que se encuentra en la parte baja, como el “bocho” de Bilbao.

La primera impresión que da esta ciudad, capital del reino Hachemita no es, digamos, muy positiva. El tráfico es caótico, el ambiente irrespirable, y por momentos la angustia es creciente. Cuando nos bajamos del taxi, al lado del anfiteatro romano, agradecimos mucho el entrar en un sitio más tranquilo, fuera del caos que nos había tocado vivir. Es un enclave único, construido también en una ladera (es la ciudad de las cuestas y colinas) en el siglo II D. C  orientado hacia el norte para que el sol no diese de pleno a los espectadores. Su foro original era de 6000 personas, las restauraciones más recientes han permitido recuperar el Forum y el Odeón dónde se celebran conciertos. Aunque cuesta esfuerzo, merece la pena subir hasta parte alta, las vistas sobre Amán son espectaculares. https://es.wikipedia.org/wiki/Teatro_romano_de_Am%C3%A1n

Otro de los espacios a visitar, es la Ciudadela, otro museo romano al aire libre. Lo mejor es ir en taxi porque hay que andar 20 minutos desde el centro, y el acceso es empinado y pedregoso. En este complejo arqueológico, se encontraron restos del neolítico, lo que la convierten en uno de los lugares habitados de forma continua, más antiguos del mundo. Las ruinas revelan influencias arquitectónicas de la Edad de Hierro, y de los períodos romano, bizantino y Omeya.

Es impresionante ver las ruinas del templo de Hércules, el Palacio Omeya del siglo VIII y el colosal aljibe que proveía de agua a la ciudad y alrededores, con una capacidad de casi un millón de litros de agua de lluvia. Dentro del recinto también se encuentra el Museo Arqueológico de Jordania, donde custodian los famosos Manuscritos del Mar Muerto. La mayoría de los manuscritos datan de entre los años 250 a. C. y 66 d. C., antes de la destrucción del segundo Templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 d. C. Parte de los manuscritos hallados en el mar Muerto constituyen el testimonio más antiguo del texto bíblico encontrado hasta la fecha. Otra parte de los manuscritos son libros no incluidos en el canon de la Tanaj, (Antiguo Testamento) comentarios, calendarios, oraciones y normas de una comunidad religiosa judía específica, que la mayoría de expertos identifica con los Esenios. (Una de las comunidades judías). http://dss.collections.imj.org.il/es/home

Estos dos complejos arqueológicos son los dos puntos más turísticos de Amán. Pero además de ver “piedras” también se puede pasear por la calle peatonal Al-Wakalat, una extensa avenida de tiendas de marcas conocidas o perderse por el zoco Jara, en Jabal Amman (eso sí, sólo abre de Mayo a Septiembre). https://www.facebook.com/SOUKJARA/

Fumar shisha de sabores en cualquier cafetería con terraza al aire libre, contemplar el atardecer desde alguna de las colinas, comer los dulces árabes que tanto le gustan a mi Santo, o simplemente abstraerse del caos y disfrutar de una ciudad de contrastes. Aprovechamos las tardes para descubrir Amán y tengo que decir, que al final, la hospitalidad y amabilidad de la gente, no se compran por kilos, pero en Jordania, es el mejor recuerdo que te puedes llevar.

Beirut, sabor agri-dulce
Madrugamos bastante para coger el avión y plantarnos en la capital libanesa en menos de una hora. Cumplimos con la cita profesional en una reconocida empresa de interioristas y después disfrutamos de un paseo por Beirut. Dos años más tarde también volví a Beirut por motivos profesionales y estuve más días, los suficientes para saber que sería otra de las ciudades en las que me costaría vivir. El tráfico infernal, la obsesión de los libaneses por la ostentación y un exceso de población que agobia por momentos, son un cóctel perfecto para salir pitando de una ciudad que ha vivido y sigue viviendo con una “paz” tensa, que parece que se puede romper en cualquier momento. Una periodista que admiro es Maruja Torres, he seguido su trayectoria de cerca y me gusta mucho cómo describe su amor por esta ciudad, de hecho una de sus frases es: “Barcelona es mi esposa y Beirut es mi amante”. Yo no puedo decir lo mismo, aunque tampoco tuve mucho tiempo en mis dos visitas de conocer a fondo esta ciudad, seguramente Maruja Torres tenga mil razones para declarar su amor por Beirut.

Al salir a la calle después de la reunión, cogimos un taxi que nos llevó hasta la zona más turística, una zona restaurada de tiendas, restaurantes y espacios públicos que se llama “Solidere”, muy cerca del famoso paseo marítimo, conocido como “Corniche”. En nuestro trayecto, por las calles y avenidas paralelas al mar, vimos soldados armados, tanques parados en las esquinas y huellas de mortero en muchos edificios. Impresiona mucho… las cicatrices de la guerra civil del año 1975 asoman en varias fachadas. Un horror no tan lejano en el tiempo: https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_Civil_Libanesa

Parece que los libaneses han querido pasar página, pero sin olvidar su historia y han renovado el centro histórico (down town) con esta zona peatonal llamada “Solidere”, (proyecto impulsado por el ex primer ministro Rafic Hariri, asesinado por Hezbolá por instigación del gobierno Sirio, de Bashar Al-Assad según las investigaciones):
http://www.elmundo.es/elmundo/2005/02/14/obituarios/1108398596.html.

También vimos varios carteles gigantes que pedían con el lema “Stop solidere” la paralización de esta mega reconstrucción. La realidad es que siguen construyendo y siguen borrando las huellas de la guerra y se mezclan las mezquitas con las iglesias cristianas maronitas, las torres y edificaciones ultra modernas con construcciones a punto de derrumbarse. Accedimos a la zona de Solidere atravesando una gran explanada, la Plaza de los mártires antesala de la gran Mezquita de Al-Amin, una réplica de la Mezquita azul de Estambul. Esta plaza es todo un símbolo para los libaneses. En este espacio se celebran las protestas y manifestaciones como las del año 2005 contra el gobierno de Siria, y las de la Revolución de los Cedros, un movimiento popular que surgió tras el asesinato de Hariri, consiguiendo la retirada de 14.000 soldados sirios: https://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_de_los_Cedros

No olvidan a Hariri, ahora preside el país su hijo, y sus restos mortales descansan en un mausoleo, siempre rodeado de coronas de flores y varios retratos, que también se encuentra en la Plaza los mártires, en el mismo lugar dónde fue asesinado junto a otras 20 personas. Y así, con la historia más reciente pisándonos los talones llegamos a la polémica zona de Solidere. Los escaparates de las tiendas exclusivas destacan por su lujo descarnado, como un antídoto contra el pasado gris. El escaparate del diseñador libanés Elie Saab es sencillamente único y espectacular. Les gusta a los libaneses el oropel, los brillos, las marcas, los logos es una cosa por demás. Para verlos, lo mejor, es sentarse en una terraza de cualquier bar o cafetería y ver pasar a los libaneses con sus gafas de sol, a cada cual más “fashion” y a ellas con sus cejas tatuadas y sus morritos recauchutados. Las libanesas, aunque estén retocadas en general son guapas y elegantes pero si de repente, aparece una cuadrilla de chicas horteras, maquilladas como puertas y gritonas esas, no son libanesas, son de Arabia Saudí que vienen a despendolarse al Líbano para divertirse y quitarse los burkas. Así nos lo explicó nuestro anfitrión, y la verdad es que se nota a distancia.

En Solidere además de pasear, ver tiendas, fumar shisha o tomar algo, es de obligado cumplimiento probar las riquezas culinarias del país. Una cena o comida tradicional libanesa pasa por comerse unos “mezze” (aperitivos fríos y calientes), probar también el Baba Ganoush (puré de berenjena, untado con pan de pita), seguir con el plato nacional que se llama Kibbeh y que consiste en una especie de albóndigas de carne de cordero muy picada y acompañada de trigo bulgur, junto a una ensalada “Fattoush” (hortalizas con trozos de pan de pita fritos o asados). Para beber, no puede faltar el tradicional “Arak” que recuerda bastante al licor anisado “ricard” francés, ni un buen café y unos pastelitos árabes de esos que tanto le gustan a mi Santo. La gastronomía libanesa es una de las más variadas y coloridas del mundo, de la mezcla de las tradiciones culinarias árabes, turcas, francesas y drusas surge una de las cocinas con más fama internacional. (Para consolarnos, contamos con un amigo libanés que de vez en cuando nos deleita con estas exquisiteces a domicilio, si no, la vida sería mucho más dura).

Y después de comer y beber, una buena idea es dar un buen paseo por el “orgullo” de los beirutíes, su paseo marítimo conocido como “Corniche”. Con sus casi 5 km de longitud, es un paseo muy agradable ya que por un lado da al Mediterráneo y por el otro se ven las cumbres del Monte Líbano, con una altura máxima de 3.088 m. Mar y montaña: en el Líbano se puede esquiar por la mañana y cenar en el mar por la noche. https://www.nevasport.com/libano/art/5450/El-esqui-en-Libano-Las-estaciones-Mzaar/

Sin dejar el paseo de la Corniche, merece la pena entrar en cualquiera de los restaurantes y cafés, con vistas espectaculares sobre las “Pigeons Rocks” (rocas de las palomas), para tomar un café, fumar narguile o tomar una cerveza local “Almaza”. Estas rocas en el mar son el emblema de la ciudad, la postal de Beirut. Aislarse del bullicio que provocan los taxistas que pitan sin parar es posible en estos “oasis” de calma frente al Mediterráneo. Si algo recuerdo de la segunda vez que vine a Beirut fueron las largas horas que tuve que sufrir en los taxis que me llevaban de una punta a la otra de la ciudad, sin poder abrir las ventanillas por la contaminación y el ruido extenuante. Beirut es un mosaico de religiones, culturas y razas, por eso, perderse por sus barrios es como perderse en una gran torre de Babel, en un laberinto de historias y pasiones. Hamra es el barrio del ambiente nocturno, aunque Badaro, el “Malasaña” beirutí, también se ha puesto de moda como “centro de operaciones” de los más “modelnos”. Para las compras, sin mirar las etiquetas (un sueño de muchos terrícolas) la zona de Verdun es la indicada.

Mar y montaña, vuelvo a remarcarlo, porque una buena idea es coger cualquier taxi de los que abundan en Beirut y decirle que desde el paseo de la Corniche nos conduzca hacia una población cercana que se llama Jounieh. A 17 kms se encuentra esta población con un puerto marítimo, que aún mantiene cierto encanto y que prácticamente ya forma parte del “Gran Beirut”. Desde allí se puede tomar un teleférico que nos lleva al mirador montañoso de Jarisa para disfrutar, una vez más, de unas vistas sobre Beirut inolvidables. Absténganse los que tengan vértigo, el ascenso es tan inclinado que lo conocen también como “Terrorifique” en vez de Téléphérique.

Lo reconozco, mi visión del Líbano no es imparcial ni objetiva, conocer un lugar por trabajo no es lo mismo que hacerlo sin horarios, sin prisas y con libertad vacacional. Por eso, no tuve la oportunidad de visitar los dos enclaves arqueológicos más importantes del país como son Byblos y Baalbek, ni bañarme en las playas de Batroun o de Tyr, cercanas a Beirut. Asignaturas pendientes que siempre quedan en el “debe”. https://lagartorojo.es/2012/09/25/viaje-por-el-libano-ii-al-norte-de-beirut/

Otra vez será…. Si me dejan entrar claro… porque sí, lo confieso estoy “fichada” por la policía libanesa, por un error de viajero principiante. Sucedió una fría noche de noviembre del 2011. Llegamos a medianoche a la aduana del aeropuerto de Beirut procedentes de Chipre en misión comercial. Yo iba medio dormida y sin darme cuenta le entregué al policía el pasaporte francés, que utilizo pocas veces, porque entre otras cosas, no me permite viajar a países árabes por lucir dos flamantes cuños de entrada y salida a Israel, el enemigo número uno de muchos países, entre ellos y principalmente, del país al que yo pretendía entrar en ese mismo momento. Al abrir mi pasaporte, entendí enseguida la “gran cagada” que acababa de cometer. Se le cayeron literalmente las gafas de la nariz al policía. Llamó a sus compañeros y en “un visto y no visto” me ví encerrada, aislada en una habitación abriendo mis bolsos llenos de muestras y catálogos y explicando que venía a trabajar sólo y exclusivamente. Una media hora tardé en saber si me repatriaban o me mandaban al “Guantánamo” libanés. Finalmente, se apiadaron de mí, me dieron un papelito rosa avisándome de que no lo podía perder durante mi estancia, bajo amenaza de expulsión inmediata si lo extraviaba. Al día siguiente, en nuestra primera reunión comercial en la oficina del embajador español en Beirut, me aseguraron que había tenido mucha, mucha suerte. No sé si creerlo, aún dudo de sus palabras pero me dijeron textualmente que era la primera vez que hacían la vista gorda. Me sentí como el turista “un millón”. Ahora me río al recordar la historia,  pero la cosa fue justita, justita…

Mi gran boda jordana
Y llegó uno de los momentos más esperados de nuestro viaje. Estábamos invitados a presenciar y a participar en un acto muy familiar y muy simbólico. La ceremonia de la entrega de la dote, una sucesión de actos cargados de significado. Al llegar a media tarde a la casa familiar de los padres de la novia, nos separaron, Daniel tuvo que quedarse abajo con el resto de hombres, todos trajeados,  y a mí me dijeron de subir al primer piso con las mujeres, también luciendo sus mejores galas. Esta ceremonia es uno de los actos previos a la gran boda. Los novios no se conocen al azar, son matrimonios “concertados” o “arreglados”, que no forzados. En un matrimonio arreglado, aunque la reunión de los cónyuges es organizada por miembros de la familia, parientes o amigos, los cónyuges se casan, sólo si están de acuerdo.

En esta ceremonia, en la que las mujeres agasajan a la novia que se sienta en una especie de trono, mujeres y hombres están completamente divididos. En la sala femenina, las amigas y mujeres de la familia le cantan, le bailan y la novia es el centro de atención de la fiesta. No puede entrar en esta fiesta ningún hombre, su vida corre peligro. Las chicas se “desmelenan”, no llevan velo muchas de ellas y entre canción y canción algunas se despachas con gritos árabes como los que se escuchan en este video: https://www.youtube.com/watch?v=JrLeV_PsxI0. Mientras tanto, en la zona masculina, no hay gritos, ni bailes, el asunto es más serio. Los respectivos padres de los novios (no las madres), junto al resto de los familiares y amigos más íntimos, se reúnen en un círculo y toman un café negro en la misma taza que se van pasando, sin hacer ascos, no hay lugar para los escrupulosos.  Es el momento de negociar la dote y el contrato matrimonial entre el padre de la novia y el hermano del novio, ante la ausencia del padre fallecido del novio. Mi pobre Santo no se enteraba de nada, bebió café de la misma taza y ponía cara de circunstancias cada vez que le hablaban en árabe o en inglés. (Por que todo hay que decirlo; mi Santo en los países musulmanes está totalmente mimetizado, con su tez morena, su nariz lejos de ser chata y su cabello negro azabache, a mi “jabibi” le habla todo el mundo como si se llamase Hussein o Mustafá). Cuando acabó todo, nos condujeron hasta el hotel. Era un primer acto, del que fuimos testigos de excepción, aún nos quedaba por celebrar otro gran día…

 Petra y Aqaba
Un trabajo de comercial tiene sus compensaciones y en cuanto supe que tenía que viajar a Jordania mi cerebro hizo “tilt” y pensé: allí, en ese país, es dónde se esconde uno de los tesoros más grandiosos del planeta, la ciudad de Petra, ¿cómo podía negarme? Los sueños se cumplen cuando menos te lo esperas, y uno de los míos se iba a cumplir, casi sin querer. Nuestro anfitrión hizo caso a mis plegarias y nos dejó en manos de uno de sus hermanos, el más pequeño, junto con su primo que había llegado de Arabia saudí para guiarnos y llevarnos hasta la ciudad milenaria de Petra. Son 236 kms los que separan a la capital jordana de Petra, la carretera es bastante buena y no se nos hizo muy pesado (para ir en bus desde Amman, la compañía Jet Bus tiene un servicio diario que sale a las 6:30 de la mañana y llega a las 10:30, o también se pueden usar los minibuses públicos que van hacia Wadi Musa partiendo desde la estación Mujamaa Janobi) .

Salimos temprano y antes de que el sol cayera a plomo, llegamos al acceso principal de la antigua capital del reino nabateo, antiguo pueblo arameo y Patrimonio de la Humanidad: https://es.wikipedia.org/wiki/Nabateos. El nombre de Petra proviene del griego y significa piedra. No podía tener otro nombre esta ciudad, aunque no es que esté construida en piedra sino que está literalmente excavada y esculpida en piedra. Antes de iniciar la visita, hay que tener en cuenta varias cosas: normalmente el sol y el calor son más que notables y para caminar bajo el sol durante todo el día los imprescindibles son: un buen protector solar, una botella de agua, un buen calzado, ropa ligera, unas gafas de sol y alguna gorra o visera. Para ver los puntos más visitados y renombrados, hay que tomarse la visita con calma, y contar con un mínimo de 6 horas. La entrada si no se pernocta en Wadi Musa no es barata, nos costó 90 dinares jordanos (unos 65 euros).

Los restos más célebres de Petra son sin duda sus construcciones labradas en la misma roca del valle, en particular, los edificios conocidos como el Khazneh (el Tesoro) y el Deir (el Monasterio). Empezamos a caminar por los senderos que discurren entre paredes de piedra, alternando espacios más abiertos con desfiladeros por los que pasaban los comerciantes que llevaban las especias, el incienso y otros productos de lujo desde Oriente Medio al Sur del Mediterráneo. Antes de llegar al famoso tesoro, la parte más fotografiada de Petra, el camino se va estrechando cada vez más, entre muros de 80 metros de altura. Se trata del famoso desfiladero llamado El Siq (garganta en árabe). Un camino sinuoso que mantiene el misterio y que no deja ver lo que se esconde al final.

Nos cruzamos con varios turistas que venían de vuelta con las caras rebosantes de felicidad, “iluminados” por lo que acababan de ver. Y sí, merece la pena sufrir el calor, el sudor, la sed y el dolor de pies. ¡No hay palabras para describir lo que se descubre al abrirse la luz ante la fachada de piedra más fotografiada del planeta! Piedra roja, silencio y mucha calma. A pesar de que siempre hay gente, nos llamó mucho la atención la simplicidad y la magia del lugar (por la noche, con la luz de las velas ya tiene que ser apoteósico). Se puede traspasar literalmente la fachada de piedra, de 40 metros de altura y 28 metros de ancho. Dentro, el espacio es reducido, no hay nada especial en el interior, la belleza está en el exterior, en la increíble fachada esculpida sobre la piedra. Dos soldados jordanos con sus hattas (turbante jordano, similar al palestino pero en vez de blanco y negro, en rojo y blanco), vigilan el espacio, charlan tranquilamente entre ellos, mientras los turistas seguimos boquiabiertos. La función del edificio parece ser que era funeraria y la leyenda cuenta que en la cúspide, dentro de una urna, se ocultaba un tesoro. Tanto los beduinos como los otomanos se afanaban en disparar sus fusiles con la intención de hacer caer las monedas de la urna y que por eso se ven los impactos de las balas. No sé si será real la explicación o pura ficción, lo que sí me quedó claro es que el Khazneh es de esos tesoros, nunca mejor dicho, que hay que ver antes de morir. https://www.youtube.com/watch?v=VmqPDlQCAOc

La visita sigue mientras el cuerpo y los pies aguanten. Para descubrir Petra al completo también se puede recurrir a otros medios de transporte menos sufridos y más exóticos: camellos, burros o caballos que tiran de carritos en los que a trompicones, pisando las losetas enormes que forman el pavimento, o la tierra directamente, trasladan a los turistas. Después de todo un día andando bajo el sol se agradece cualquier medio de locomoción para volver al punto de origen, aunque sea a trompicones.

Después del Tesoro, seguimos caminando, aún extasiados, hacia el Teatro, construido por los nabateos en el Siglo I A.C  para 3000 espectadores, y que luego fue ampliado por los romanos hasta lograr una capacidad de 8500 personas. Es otro monumento impresionante esculpido en la misma piedra rosácea que el resto de la ciudad. También abundan las tumbas y entre ellas destaca la Tumba de Urn con sus escaleras en arco que permiten llegar a la entrada. A cada paso, la ciudad nabatea sorprende más y más. La única pega es el sol que no afloja y se hace duro seguir caminando, pero, es inevitable querer mantener el ritmo ante tanta historia concentrada en un mismo espacio.

Llegamos hasta el Templo en honor al Dios Dushara, también conocido como Qasr al-Bindt Firaun (o templo de la hija del faraón), un templo nabateo de dimensiones colosales, que se ha mantenido milagrosamente en pié, a pesar de los terremotos sufridos. Se trata de un lugar de culto en honor al Dios Dushara y es la única edificación que no está excavada en la piedra sino edificada. Es probablemente el principal templo de Petra. Su sólida silueta domina un amplio recinto pavimentado (griego: temenos) que estaba abierto a los fieles del pueblo mientras que el propio templo y el altar estaban restringidos a los sacerdotes.

Para hacerse una idea de la gran envergadura de la ciudad de Petra, lo más claro y sencillo es ver el mapa con todos los puntos que se pueden visitar: http://hugopacilio.blogspot.com.es/2016/05/el-camino-del-sol-en-petra.html. Como he comentado antes hace falta un mínimo de 6 horas, y lo recomendable es quedarse dos días para recorrer las dos rutas de 15 kms cada una, que incluyen básicamente todos los puntos de interés turístico. Nosotros acabamos la visita sin llegar a ver otro de los platos fuertes, el Monasterio ed Deir, pero quería reseñarlo porque es el punto más alejado y llegar hasta él supone una gran recompensa. Son dos horas y media de caminata ascendente, bastante dura, pero todos los que se atreven dicen que merece la pena el esfuerzo. A ver si algún día..https://es.wikipedia.org/wiki/Deir

Desde el punto más alejado del acceso hasta donde llegamos, después de haber caminado todo el día, regresamos a media tarde en un carro tirado por burros. Nuestros guías lo hicieron en camello, nosotros optamos por estar más a ras de suelo. Habíamos cumplido un sueño y se nos notaba en la cara, radiantes de felicidad nos despedimos de la ciudad de piedra. Desde allí, seguimos camino hacia el sur, hacia la ciudad portuaria de Aqaba. Por la autopista de los Reyes, teníamos que recorrer 125 kms de distancia, cruzando paisajes desérticos impresionantes. El desierto más famoso es el de Wadi Rum, no lo cruzamos por dentro, ni nos quedamos a dormir en una jaima con beduinos, pero sí lo contorneamos y nos hicimos una idea de su dimensión y espectacularidad.

Cuando por fin llegamos a Aqaba empezaba a atardecer y lo primero que hicimos fue dar un paseo por las playas del Mar Rojo. Esta ciudad, que no es especialmente bonita pero sí tiene el encanto de estar al borde del mar, es el escape marítimo de los jordanos, el único puerto del país y zona de playa sin ser el Mar Muerto. Con mi luz preferida del atardecer vimos a unos niños que se bañaban mientras sus madres se metían al agua, vestidas de los pies a la cabeza, para cuidarles. En la orilla opuesta vimos las sombras de los edificios de la ciudad israelí (palestina para nuestros guías) de Eilat. La historia de Aqaba es muy interesante, merece la pena leer este enlace: https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81qaba.

Un punto estratégico en esta guerra de países que dura ya tantos años. De hecho, aquí confluyen las costas de cuatro países: Jordania, Israel, Egipto y Arabia Saudí. La ciudad en sí, no tiene muchas cosas para ver, las playas que vimos estaban un poco sucias, aunque, según parece, este mar es uno de los mares más atractivos del mundo para el snorkel y el submarinismo. El paseo marítimo de Aqaba es el principal punto de interés de la ciudad y está presidido por una gigantesca bandera de Jordania en uno de sus extremos, donde también se erige el Fuerte de Aqaba, una pequeña fortaleza del siglo XVI.

Lo que nos llamó también la atención fueron los pequeños huertos urbanos que se encuentran junto al mar. Detrás de la Corniche (el paseo marítimo), hay un montón de tiendas y mercadillos y, aunque no vimos nada interesante para comprar, las destilerías se multiplican y venden las cervezas más baratas del país, gracias a un menor gravamen sobre el alcohol. Apuramos el paseo por Aqaba hasta que el atardecer fue dando paso a la noche. Aún teníamos que volver a Amán, pues al día siguiente nos esperaba la gran fiesta.

El camino de vuelta fue un poco ajetreado. El tráfico entre Amán y Aqaba es muy denso. Camiones y contenedores se hacen dueños del asfalto y los coches son pequeñas hormiguitas que tienen que hacerse un hueco como pueden. Además, tuve que ponerme seria, cuando de repente, con los ojos como platos, vimos que bajaban las ventanillas y empezaban a tirar las latas de coca cola y sprite como si la carretera fuera un estercolero. No entendían mi enfado, y tampoco era cuestión de arruinar un día tan maravilloso. Les dije que me dieran las latas que las iba a guardar. Flipaban a colores con mi petición pero me hicieron caso, mientras reían y exclamaban “welcome to Jordan”. Si no fuese porque nos habían acompañado y tratado como “reyes hachemitas”, les hubiese dado sendas cocas en el pescuezo y me hubiese quedado tan a gusto. Pero bueno, son las cosas del directo, diferentes modos de ver la vida…

El gran día
Nuestra despedida de Jordania no pudo ser más auténtica y genuina. Además de haber tenido la oportunidad de unirnos a la ceremonia de la entrega de la dote, también nos invitaron a una ceremonia con más de 300 invitados, que no era la boda en sí, sino una especie de “pre boda”. La “boda real” se celebraría unos meses más tarde con casi 700 invitados. Según nos comentó nuestro cliente-amigo Yahya, en la suya, al ser el primogénito, tanto en la boda como en la previa, llegaron a juntarse 1000 invitados.

Estos actos se celebran en los mejores hoteles de Amán. Fue de noche y el espectáculo fue impresionante, inolvidable. Los trajes negros masculinos se mezclaban con las túnicas blancas, impolutas de algunos invitados venidos de Arabia Saudí. Las mujeres lucían sus mejores galas, casi todas sin velo, con unos trajes espectaculares, sin eclipsar a la novia que llegó a la sala como una princesa de cuento de hadas. Un vestido de pedrería blanco a juego con su tocado, a modo de velo, brillaba como una “súper nova” en un cielo azul oscuro.

A su encuentro fue el novio a recibirla, acompañado por su séquito de testigos. Se sentaron en la mesa principal y empezó la ceremonia oficialmente. Tras los discursos de los padres, amigos y testigos, no hubo ceremonia religiosa, lo que sí hubo fue un buffet libre de comida que no tenía fin y mucho zumo de frutas (de alcohol, ni gota). No sé cuántas horas pasamos comiendo y fumando hasta que llegó el momento de comer la tarta y empezar a bailar como locos. Para que luego digan que sin alcohol no hay fiesta posible. ¡Fue increíble! Los hombres portaban al novio sobre los hombros, jaleando y gritando, mientras la novia y sus amigas seguían bailando al mismo ritmo. Canciones árabes muy pegadizas, estuvimos bailando hasta las tantas ….. Fue una de esas noches inolvidables de mi vida.

Al día siguiente, el padre de la novia nos invitó a su casa junto a otros invitados que habíamos acudido a Amán desde el extranjero. Nos volvieron a agasajar con una comida tradicional jordana, con el plato más conocido, el “mansaf”. No sólo está riquísimo el cordero cocinado de esta manera, cocido en crema fría y servido con arroz estofado, además el ritual de comerlo todos reunidos en torno al plato principal, con las manos, como los antiguos beduinos, es lo más. Después de una larga noche bailando y riendo, el mansaf fue un regalo de los cielos jordanos, nos chupamos los dedos de las manos y casi los de los pies. Estaba riquísimo. Una imagen vale más que mil palabras: http://www.lavozdelarabe.com.mx/2017/05/de-jordania-el-mansaf-delicioso/.

Lo que hubiese dado por regar este manjar con un buen vaso de vino tinto, pero no, la felicidad completa es difícil de conseguir y nosotros ya habíamos obtenido un alto porcentaje. Así fue nuestra despedida, con la hospitalidad y el cariño de una familia que nos ha dejado huella. Ya no trabajamos juntos por circunstancias de la vida pero seguimos siendo amigos, es imposible dejar de serlo. Desde aquí un gran “Shukran” a la familia Abu Eidah, nuestra familia jordana. A ver si algún día podemos agasajarles del mismo modo. Será difícil, pero lo intentaremos…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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