O porto, O douro


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A Pura y Javier nuestros compañeros de viaje

Del 2 al 5 de diciembre de 2011
Agujetas. Así empieza mi diario viajero… ¿Se puede resumir un viaje de una manera más lacónica? Fuera bromas, Oporto es mucho más, es una ciudad melancólica y dinámica a la vez, es una ciudad decadente y al mismo tiempo moderna y con mucho encanto. Las comparaciones son odiosas y se tiende a comparar a Oporto con Lisboa y no es justo. Lisboa es más luminosa, vale, pero Oporto es dentro de su “grisura” una ciudad que embruja desde el primer momento. Hay que patearla, hay que dejarse las piernas en sus cuestas, y brindar con agua con bicarbonato para seguir descubriendo la “Dama del río Duero” sin dejarse los gemelos en el intento…

Viernes 2: llegada a Oporto
Desde Valencia y con Raynair el vuelo es directo y con precios increíbles. Llegamos por la tarde y no íbamos solos, tuvimos el gustazo de hacer este viaje con mi querida amiga Pura y Javier,  su pareja. Nuestra primera experiencia de viaje con otra pareja, no sólo salió perfecta, disfrutamos de momentos inolvidables y las risas fueron continuas.

Un aeropuerto moderno el de Oporto. Al igual que nos ocurrió en Lisboa, nos sorprendió bastante el nivel de las infraestructuras portuguesas. La Expo Universal de 1998 que se celebró en Lisboa, dio un empujón a la modernización del país. Nada que ver con la primera imagen que tuve al entrar por carretera al país, desde Badajoz, cuando condujo mi primo Marcel (al que añoro todos los días), desde Pamplona hasta Lisboa en mi viejo y carrasposo Opel Corsa. Jamás olvidaré el miedo que pasé conduciendo por esas carreteras llenas de agujeros, sin líneas de separación que propiciaban unos adelantamientos que para no morir del susto y por accidente, obligaban a echarse literalmente al arcén para no ser embestidos. Una pesadilla de viaje que no olvidaré jamás. ¡¡¡qué paciencia tuvo mi primo con semejante copiloto!!!

Portugal dejó hace tiempo de ser “el hermano pobre”. Por supuesto, hay muchas cosas mejorables como ocurre en la vecina España, pero para los que no han estado nunca o hace tiempo que no volvieron, los cambios que se perciben, especialmente, en las infraestructuras, son notables. Desde el moderno aeropuerto de Oporto, la forma más económica y cómoda de desplazarse hasta el centro de la ciudad es utilizando el metro. En poco menos de media hora se llega al centro. Hay que hacer transbordo en la estación de Trindade y coger la línea que lleva hasta la estación de tren de São Bento, una de las sorpresas agradables del viaje. La estación de tren es una reliquia del pasado que invita a pasar un rato y admirar los más de 20.000 azulejos típicos de la zona, en blanco y azul, que decoran las paredes de la entrada principal narrando la historia del país. La estación fue construida en el siglo IX sobre los restos del Convento en honor a San Bento del Ave María.

Al salir a la calle, ya nos dimos perfecta cuenta de lo que nos esperaba: cuestas y más cuestas, Oporto es una alegoría al sentido vertical. La ciudad está claramente dividida en dos partes:  los barrios altos y la zona baja a la orilla del Duero, dónde se ubican las bodegas del vino dulce que lleva el mismo nombre. Nuestro hotel de la cadena Easy Hotels estaba en la zona más alta, así que no tuvimos más remedio que armarnos de valor y empezar a sentir lo que significa subir y subir las calles más empinadas del mundo (creo que sólo puede competir con San Francisco). Desde la estación cogimos la Rua de 31 de Janeiro (que conmemora la revuelta del 31 de enero de 1891,  la primera gran amenaza que sintió el régimen monárquico antes de ser derrocado finalmente en el año 1910). Esta calle no tiene fin, empiezas a andar y nunca ves el horizonte… hasta que finalmente llegas a la preciosa Iglesia de San Ildefonso, con su fachada también decorada con azulejos blanquiazules, como los de la estación. Esta Iglesia parroquial, de estilo Barroco, fue construida entre los años 1724 y 1730, añadiendo posteriormente las dos torres-campanario que delimitan la fachada principal. Jorge Colaço fue el responsable de decorar el exterior de la iglesia, con 11.000 azulejos que reflejan escenas de la vida de San Ildefonso y el Evangelio.
https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Ildefonso_(Oporto)

Muy cerca, se encuentra también la famosa Praça da Batalha, una explanada muy bonita dónde se concentran entre otros monumentos: el Teatro Nacional de São Joao, de estilo renacentista francés, inspirado en el Louvre y la Ópera de París, la estatua del rey Pedro V, un rey muy venerado por los portugueses ya que introdujo grandes mejoras en el país,  y la Oficina central de correos, construida a finales del S. XVIII.

Como decía antes habíamos reservado el hotel, en una de las calles adyacentes a la Plaza, la calle Alexandre Herculano nº 296. Si entonces este hotel pertenecía a la cadena Easy, ahora, aunque sigue conservando la decoración básica y funcional, se llama Istay con precios que rondan los 40 euros por habitación doble sin desayuno: http://es.istayhoteis.com/. Al igual que ocurre en Francia, los hoteles ya no incluyen por regla general el desayuno, y según dónde esté ubicado, merece la pena desayunar en los cafés de los alrededores. Normalmente se desayuna mucho mejor y por precios más bajos.

Dejamos las maletas y como ya era la hora de cenar, nos acercamos a una “Brassería” de la Praça de Batalha, dónde probamos uno de los platos “estrella” de Oporto: la “Francesinha”. Con ese nombre tan sensual y sugerente no nos pudimos negar. El plato con nombre de mujer consiste es una bomba calórica que consiste en: una tostada de pan de molde, rellena de diferentes tipos de embutidos y carne: jamón cocido, chorizo, mortadela, filete de ternera o de cerdo, que se recubre con lonchas de queso y se gratina. Se sirve con una salsa picante elaborada a base de cerveza y picante. Esta bomba suele tener dos dedos de grosor. Si esto no basta, existen las “francesinhas especiales” que para rizar el rizo, llevan un huevo frito a modo de corona. Hay que “atacarla”  con cuchillo y tenedor, y es tan consistente que con una unidad da para dos comensales, más que de sobra. Lo ideal es acompañar el bocado con una cerveza portuguesa “Sagres” o la “Super bock”. Dicen que las mejores de Oporto se comen en la calle Passos Manuel, frente al Coliseo de Oporto en la zona del centro conocida como Baixa.  Allí hay dos cafés que son leyenda para comer este plato típico: el Café Lado B en el número 190 y el café Santiago en el número 226.

Nuestra primera Francesinha no estuvo mal pero fue tal empacho que no volvimos a probarla durante nuestra estancia. Para digerirla, después de cenar en el Café Tropical fuimos caminando hasta la Catedral de Oporto, desde dónde las vistas sobre la Ribeira de Oporto son espectaculares. Declarada Monumento Nacional, su origen hay que buscarlo en el siglo XII, cuando comenzó a construirse según el estilo románico que imperaba en Europa por aquel entonces. Su aspecto exterior es sobrio,  y parece más una construcción defensiva que un templo religioso. El interior ya estaba cerrado, pero sólo por las vistas nocturnas mereció la pena haber llegado hasta allí. En la Catedral de Oporto, además del Altar Mayor que contiene 3 órganos y la imagen del Virgen de la ciudad, la Virgen de Nuestra Señora de Vandoma, no hay que perderse el Altar de plata, de la Capilla del Santo Sacramento, considerado como una obra maestra de la platería portuguesa, ni la Capilla funeraria de João Gordo, caballero de la Orden de los Hospitalarios de Malta y uno de los hombres del rey Dionisio I, y por supuesto, imprescindible es la visita al Claustro, dónde nos encontramos una vez más con la decoración de las paredes a base de los azulejos blancos y azules, que en este caso representan las escenas de la obra “Metamorfosis” de Ovidio. http://www.oporto.es/que-ver/catedral-de-oporto/

Estuvimos un buen rato en la explanada que se extiende frente a la entrada principal de la Catedral y que culmina en un mirador desde dónde las vistas como comentaba antes son espectaculares. Vistas sobre el río Duero y la zona de las bodegas “Ribeira”, por un lado, y por otro lado, unas vistas nocturnas sobre el centro histórico que nos costó esfuerzo dejarlas pasar. Teníamos aún tiempo de seguir descubriendo la ciudad, nuestro descubrimiento de Oporto no había hecho más que empezar.

Sábado 3: pateando las calles de Oporto
Amanecimos relativamente pronto con las piernas entumecidas pero con ganas de seguir pateando y de seguir subiendo y bajando cuestas. Desayunamos en el mismo café Tropical dónde habíamos cenado la noche previa y caminando, poco a poco bajamos hacia la zona más céntrica, cercana a la estación de trenes que tanto nos gustó al llegar. El centro histórico no es muy grande y se puede recorrer a pié sin problema pero para ir a la zona de Ribeira o a la zona de la playas del Atlántico sí que es conveniente ir en tranvía o un autobús turístico. Incluso, para bajar a la orilla del Duero desde la zona alta hay un funicular que sale desde la plaza de Batalha, se llama Funicular dos Guindais. http://www.oporto.es/que-ver/funicular-dos-guindais/

 Lucía el sol en diciembre, aunque el viento era helador. Llegamos a la plaza más importante de Oporto, la Praça da Liberdade. A escasos metros de la estación de tren de São Bento y de la famosa Torre de los clérigos, en esta plaza destaca en el centro la figura ecuestre del Rey Pedro IV. Desde allí arranca la Avenida de los Aliados, un paseo de edificios modernistas con unas fachadas impresionantes, bares y cafés antiguos y el Ayuntamiento al fondo. Es una avenida que invita a recorrerla pausadamente, estudiando cada fachada, y viendo al detalle un conjunto de arte modernista muy interesante.

La Torre de los clérigos también es otro punto de referencia. Fue ideada por el arquitecto insigne de Oporto, el italiano Nicolau Nasoni, el autor de muchas de las obras arquitectónicas que hoy se pueden admirar en las calles de esta ciudad. Se convirtió en el Siglo XVIII en una de las figuras más influyentes en la arquitectura barroca portuguesa y la arquitectura rococó. Su sello arquitectónico se reconoce en los edificios más importantes. https://es.wikipedia.org/wiki/Nicolau_Nasoni

La torre mide 76 metros y es la más alta del país. A los que tengan el ánimo de subir a pié los más de 200 escalones, no se arrepentirán porque las vistas desde esa altura son incomparables (según nos cuentan porque nosotros no vencimos la pereza). La Iglesia del mismo nombre que se encuentra al lado, también merece la visita. Fue construida entre 1735 y 1748 en el estilo barroco dominante en Oporto. El conjunto que conforman la Iglesia y la torre fue construido por la Hermandad de los clérigos pobres, en el centro histórico en una zona conocida como el “cerro de los ahorcados” ya que era el lugar donde se enterraba a los sentenciados a muerte.

Seguimos nuestro paseo por la calle San Filipe de Nery y al final de la calle, a la izquierda por la calle de las Carmelitas hasta alcanzar otro de nuestros objetivos, entrar en el número 144 en la librería más fotografiada del mundo, la famosísima Librería Lello e Irmao, una librería que los amantes de las películas de Harry Potter reconocerán enseguida. Es una joya, una auténtica pasada. Si no me equivoco ahora ya cobran entrada por visitarla, y no me extraña. Los turistas como nosotros, entramos, la vemos, subimos las famosas escaleras de madera y nos vamos sin comprar nada de nada. Con lo cual los clientes que realmente quieren comprar libros, se ven invadidos por hordas de turistas pesados que no hacen otra cosa más que molestar.. Así que restringen la entrada a 80 personas, con una duración de 15 minutos máximo, por 5, 50 euros la entrada. Un negocio que tenía que llegar, era inevitable…http://www.livrarialello.pt/

Después de viajar al universo Harry Potter por unos instantes, dimos una vuelta por los alrededores, viendo más edificios modernistas como la fachada de los “Armazens Cunhas – vendemos mais barato”, una fachada en la que destaca un magnífico pavo real en el centro. https://gailatlarge.com/blog/2016/01/19/41295#more-41295

Si os gusta tanto como a mí el modernismo, otra fachada maravillosa es la del Hotel Peninsular, en la Rua Sá Da Bandeira, nº 21.  Muy cerca de Oporto, a unos 80 km, en Aveiro se puede seguir una ruta modernista que nada tiene que envidiar a otras ciudades españolas como Reus o Barcelona. Si hay tiempo merece la pena http://www.centerofportugal.com/es/ruta-modernista-aveiro/

Para visitar la otra parte importante de la ciudad, la Ribeira, volvimos por el mismo camino hasta la avenida de los aliados. Desde la estación de Sao Bento bajamos por la Rúa Mouzinho da Silveira hasta los jardines del Infante Don Enrique, dónde se ubican el Palacio de la bolsa y la Iglesia de San Francisco (barroco en estado puro). Los frailes franciscanos comenzaron a construir la Iglesia de San Francisco en el año 1245. Más tarde tuvo que ser reformada tras el incendio que destruyó el antiguo claustro y parte de la iglesia. Aunque los orígenes de esta iglesia son románicos, posteriormente fue transformada al estilo gótico y más tarde adquirió decoración barroca.

Para llegar hasta esta zona de la ciudad, bajamos cuestas kilométricas, Oporto es una ciudad vertical como dije desde el principio. Por eso, cuando dimos por finalizada la visita de la zona portuaria, cogimos un autobús de vuelta y nuestras piernas lo agradecieron. Y, ¿Qué encontramos en Ribeira exactamente? Pues una zona decadente pero bellísima, un barrio emblemático con rincones abandonados a su suerte. Lo primero que impacta al llegar a la orilla del Duero es el tamaño colosal del Puente de San Luis de hierro forjado, con estructuras que recuerdan mucho a los diseños de Eiffel. De hecho, el primer proyecto que se presentó y que el gobierno luso no aceptó, venía de la firma Gustave Eiffel. Es impresionante, y cuando se pasa por debajo con el barco, aún lo es más. https://es.wikipedia.org/wiki/Puente_Don_Luis_I

Se puede cruzar a pié, de hecho, nosotros lo hicimos cuando fuimos a visitar las bodegas de vino dulce al otro lado del río. Desde cualquier punto de la orilla, las vistas desde alguna terraza de las que abundan son inmejorables, especialmente de noche, cuando se ven las bodegas iluminadas al otro lado. En Ribeira las fachadas de las casas son de colores y el conjunto es bonito, aunque muchas estén desconchadas, a falta de una buena capa de pintura. Pero así es el encanto de la cara decadente de Oporto. A diferencia de Lisboa, más blanca y más luminosa, Oporto es más gris, a pesar de que los vecinos intenten paliar ese ambiente plomizo, pintando sus casas con colores vivos.

No lo conseguí en Lisboa, y aquí lo intenté por todos los medios. Quería cenar y disfrutar de un buen concierto de Fados. A mis pobres y sufridos acompañantes (a los que desde aquí doy las gracias) les hice patear todo el barrio en busca de un garito que ofreciera esa noche un buen concierto de canciones tristes y nostálgicas en “fala” portuguesa. Ribeira es el escenario perfecto: puerto, tugurios, decadencia y “mala vida”. Pero a pesar de los esfuerzos, no lo conseguimos. Hay dos lugares “sagrados” en Oporto pero es casi imposible entrar sin previa reserva. La Casa da Mariquinhas, junto a la catedral: http://www.casadamariquinhas.pt/pt/inicio/ y “O fado”, cerca del Palacio de la Bolsa: http://ofado.com/es/. Además, los precios no son regalados, normalmente es cena con concierto y el precio no baja de los 50-60 euros por persona. Algún día tendré la suerte de escuchar fados en algún bar de la Alfama de Lisboa, dónde a veces empiezan a cantar espontáneos, en vez de estas veladas tan organizadas y tan de “ asalto al guiri”.  He oído hablar de la Tasca do Chico en el Barrio Alto Lisboeta: https://www.youtube.com/watch?v=LP6l86E4JYo&list=RDLP6l86E4JYo#t=51

De momento me tuve que contentar con seguir escuchando los fados de Madredeus y de Mariza. Con el paso del tiempo, me doy cuenta de lo insistente que puedo llegar a ser cuando se me mete algo entre ceja y ceja..¡Qué paciencia tuvieron! Esa noche volvimos al centro, a la parte alta para cenar, a Ribeira ya volveríamos al día siguiente para coger el barco que nos pasearía por el Duero.

Domingo 4: Paseo en barco, visita de bodega y comida en la playa
Relativamente pronto nos levantamos para aprovechar el día a tope. Bajamos a Ribeira con el funicular desde la parada que se encuentra cercana a la Catedral. Da un poco de impresión para los que padecen de vértigo como una servidora pero se puede aguantar. El paseo en barco por el Duero, cruzando por debajo de los 6 puentes principales, merece la pena. Dura más o menos una hora y suele incluir una entrada gratuita a una de las bodegas de vino Oporto que se encuentran a orillas del río. Nosotros escogimos un paseo matutino, a primera hora del día. La rasca en diciembre era considerable pero como dice el refrán “sarna con gusto no pica”.

Para todos los gustos y colores. La oferta es amplia y variada: desde un simple crucero hasta un crucero de 9 horas, visitando el valle del Duero y 4 ciudades ribereñas. https://www.getyourguide.es/-l151/-tc48/?cmp=ga. La opción que escogimos nos permitió disfrutar, a pesar del frío, de unas vistas de la ciudad desde el barco inolvidables. Las fachadas y edificios históricos se ven desde una perspectiva diferente y merece la pena. Es una oportunidad única para disfrutar también de los paisajes y edificios de Vila Nova de Gaia desde el río. Hasta 6 puentes históricos conectan Oporto con esta población vecina. A los barcos se les conoce como Rabelos, ya que así se llamaban los antiguos barcos en los que se transportaban las barricas de vino

La visita a la bodega se hace después del paseo en barco, menos mal. Montarte en un barco con unas copitas de Oporto encima no puede ser saludable. La historia de este vino es interesante y está muy unida a Reino Unido. En el año 1678 Francia e Inglaterra entraron en guerra, ocasionando escasez de vino en el Reino británico. Para hacer frente a la escasez, Inglaterra recurrió a los vinos de Portugal, su aliado durante tres siglos. El vino del valle del Douro comenzó a hacerse popular en Gran Bretaña, más que nada por su ubicuidad en tiempos donde el vino francés era escaso o inexistente. Una versión sobre el origen del vino de Oporto como se conoce actualmente, dice que en 1678, comerciantes de Liverpool adoptaron una técnica utilizada en un monasterio en Lamego para modificar el vino. Esta técnica consiste en añadir brandy al vino durante la fermentación, interrumpiendo así el proceso de fermentado. El resultado es un vino con mayor contenido de alcohol (hasta 25 °) y con sabor más dulce, debido al azúcar remanente que no terminó de fermentarse.

El éxito de este tipo de vino en Gran Bretaña, llevó al establecimiento de varias casas vinícolas en Portugal, de origen británico. Para el siglo XVIII, había un monopolio británico de facto sobre la producción de oporto. Marcas como la famosa “Sandeman” combinan el nombre “British” con un logo genuinamente portugués, con la sombra de un misterioso caballero vestido con capa y sombrero autóctonos. Me gustó especialmente el diseño de la marca Sandeman, impacta y destaca entre todas las marcas con diferencia. He encontrado un blog de un viajero que ofrece una guía y consejos para visitar las bodegas muy interesantes. Lo comparto porque creo que es útil: https://viaxadoiro.com/2014/07/13/guia-y-consejos-para-visitar-las-5-mejores-bodegas-de-oporto/

Navegando por el Duero podríamos haber llegado hasta la desembocadura del río en el Atlántico pero optamos por pasar menos frío y hacerlo a cubierto. La zona de playas, conocida como Foz do Douro es espectacular. Si se dispone de tiempo, merece la pena desplazarse hasta allí para disfrutar de unas playas infinitas y de una brisa marítima que oxigena los pulmones y carga el cuerpo de energía positiva. Se puede ir en transporte público, en autobús o en tranvía (línea 1) teniendo en cuenta los horarios, ya que el tranvía, por ejemplo, acaba pronto, a media tarde. Una buena opción, a la que me había negado siempre, pero que tengo que reconocer que es muy cómoda, es comprar un vale de dos días de autobús turístico. En todas las ciudades turísticas suele haber un servicio de este tipo y la verdad es que es muy cómodo. Te paras dónde quieres y el precio no es elevado si lo utilizas al máximo como hicimos nosotros. De hecho, en Estocolmo también repetimos, y fue nuestra salvación en muchos momentos del día, en los que de repente se ponía a llover a jarros. Así que gracias Javier, tenías razón y desde aquí te agradezco la idea, a pesar de nuestras reticencias: https://www.getyourguide.es/oporto-l151/ticket-de-dos-dias-por-oporto-en-autobus-turistico-t3453/

Volviendo a la zona de playas, el paseo marítimo es interminable y además de algún que otro chiringuito y pocos bares, quizás por tratarse de zonas residenciales de alto standing con vistas inmejorables al Atlántico, también posee dos fortalezas, la Fortaleza de San Juan Bautista de Foz es la única que se puede visitar. El viento arreciaba pero dimos un buen paseo, respirando a fondo y haciendo hambre para comer en uno de los restaurantes de la zona. Según parece, en la gastronomía portuguesa hay tantas maneras de cocinar el plato estrella del país, el bacalao, como días tiene el año. Los portugueses son los mayores consumidores del mundo. Una de las modalidades que queríamos probar, es el famoso “Bacalhau à bras o dorado”. Los ingredientes de este típico plato son el bacalao en salazón (muy típico de la cocina portuguesa) que se desala un día antes y el huevo que se hace revuelto junto con unas patatas muy finamente cortadas y que se fríen por separado (patatas paja). Cuando se sirve, se suele acompañar de perejil y olivas negras. Lo que no sospechábamos es que nos fuese a costar tanto tiempo y tanto esfuerzo encontrar un sitio que tuviese esta modalidad en su menú. Quizás pecamos de ingenuos, y lo mismo que un guiri busca tortilla de patatas en la carta de un restaurante de Torremolinos, nosotros buscábamos un plato tan común que no lo incluyen en sus cartas. Al final lo conseguimos pero, todo a su tiempo…

En la zona de las playas hay varios restaurantes que ofrecen platos de pescado recién cogido del Atlántico y de “arroz caldoso”. En esta zona los precios son más elevados pero nos queríamos dar un capricho y salirnos de las “Francesinhas”. Con los entrantes acertamos pero con el plato principal nos llevamos un “soponcio” de órdago la mayor. Cuando vimos aterrizar en la mesa una cazuela de tamaño gigante para el arroz caldoso, que resultó ser más bien, una sopa de mariscos con arroz flotante, nuestros ojos se salían de las órbitas. Así que lo dicho, para los que busquen un arroz caldoso en su punto de caldo, la brújula mejor ponerla hacia el Mediterráneo.  Definitivamente, estábamos reñidos con la gastronomía portuguesa, en Lisboa ya nos pasó y en Oporto se volvió a repetir…. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero al otro lado de la Sierra de Gredos como que se come mejor…

Después de la “sopa” gigante, y de unas cuantas risas volvimos a dar otro paseo por las playas. Teníamos que digerir tanto líquido acumulado. Además, aún teníamos que disfrutar de una cena más especial aún. Una cena que no olvidaremos aunque pasen cien años…. En las playas de Oporto si se dispone de tiempo, merece la pena disfrutarlas sin prisas. Un “balón de oxígeno” mental y corporal, sin duda. Oscurece antes y amanece antes también en el Oeste, cuando nos quisimos dar cuenta ya era hora de regresar al centro. Volvimos por la costa, en silencio los cuatro, viendo el paisaje que es especialmente bonito. Al llegar a la Avenida de los Aliados nos apeamos, y volvimos a recorrer el paseo una vez más. No habíamos pisado una tienda y aprovechamos las últimas horas en Oporto para curiosear y hacer alguna compra. La calle comercial más conocida es la Rua Santa Catarina. Un paraíso para las compras y una calle dónde además, en el número 112, se puede disfrutar del café Majestic, un lugar único y emblemático de Oporto. Este lujoso café de los años 20 mantiene su belleza de antaño, para los amantes del “art déco o modernismo”, la parada es obligatoria.

Así paseando, y haciendo algunas compras como un recopilatorio de fados que encontré, se nos hizo de noche. Llegó entonces uno de los momentos de “traca” del viaje, cuando Javier tuvo la idea de cenar en un bingo que vimos detrás del Ayuntamiento. “En los bingos se cena bien, abundante y a buen precio”… Nos convenció. Nunca, jamás olvidaremos esa noche y las risas que nos echamos cuando intentábamos entender los números en portugués que iban cantando a medida que íbamos tachando los números en nuestros cartones. Entre cartón y cartón, cenamos y bebimos, efectivamente casi gratis. Por lo visto, esta práctica es bastante habitual y la gente suele hacerlo, juegas unos cartones y cenas por cuatro duros. La idea no está mal, y si lo haces en “portugués” ya es el no va más!!!  Inolvidable, me entra la risa cada vez que lo recuerdo…

Lunes 5: Comida de bacalao a brasa y regreso a Valencia
El adiós estaba cerca y teníamos una última misión que cumplir: encontrar un restaurante dónde probar el “bacalhau a bras”. Finalmente lo conseguimos, aunque la desesperación nos pasó factura. El lugar: un restaurante en Ribeira, de escala “liliputiense” con mesitas bajas y taburetes en los que apenas nos cabían las piernas. No anoté el nombre porque tuve claro que no volvería. La mujer, que a primera vista, tendría unos 80 años, nos dijo que sí, que nos iba a cocinar un buen “bacalhau a bras” y cuando vimos el plato casi nos saltan las lágrimas al ver unos trozos de bacalao con patatas fritas, mondas y lirondas encima, nada más. Teníamos dos opciones, o tirarnos al Duero o matar a la cocinera. Era una señal, lo entendimos, Oporto nos decía claramente que tendríamos que volver, no era un adiós definitivo. Nuestra misión seguía en el aire…. Algún día volveríamos a comer un verdadero “bacalhau a bras” con concierto de fados incluido. Y claro, por supuesto, a cantar Bingo en portugués 🙂

 

 

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