Cádiz 2.0


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Cádiz del 27 al 31 de marzo de 2013
Nos pasó en Irlanda. Pero, jamás hubiese imaginado que en Cádiz nos íbamos a encontrar con la misma moqueta verde, cubriendo colinas, montes y praderas. Sorprendente. Clic, conexión de ordenador, se abre la pantalla, y ahí están las colinas verdes gaditanas, las colinas Windows que nos acompañaron por la ruta de los pueblos blancos, por una costa limpia, salvaje y sin cicatrices de cemento, por la ruta de los toros y por la ruta del vino. Sólo dispusimos de 4 días de Semana Santa y alguna tormenta de lluvia, pero la cosa no salió nada mal, más bien, todo lo contrario: “enamoraíta” volví de “Cai” y de su gente.

Llegamos el miércoles por la noche al aeropuerto de Sevilla.  Una hora después, y por autovía con un tramo de peaje, llegamos al hotel Guadalete de Jerez de la Frontera: www.hotelguadalete.com (4 estrellas bien merecidas). Llovía a chorros, las predicciones no fallaban. Nos temimos lo peor para el día siguiente, pero no,  el jueves Santo amaneció con un sol radiante y no dudamos en ponernos en marcha desde primera hora de la mañana. Ese sol no era un espejismo y teníamos que “darle la vuelta” al mapa lleno de nubarrones que vimos por la tele antes de salir, durase lo que durase.

RUTA DE LOS PUEBLOS BLANCOS – jueves Santo
La ruta de los pueblos blancos tiene su punto de partida en Arcos de la Frontera. A 35 km, en menos de media hora llegamos a este pueblo gaditano que surge de las montañas. Cuesta definir con palabras la primera impresión que uno tienen a medida que se va acercando a Arcos. Una atalaya, un gigante pétreo que coronado por casitas blancas corta el paisaje, como una frontera natural, entre dos mundos. Arcos marca una de las la fronteras entre Andalucía y Castilla. La ciudad fue fundada por el rey Brigo, recibiendo el nombre de Arcobrigan. Acogió civilizaciones como las de tartesios, fenicios y cartagineses. Los árabes la bautizaron con el nombre de Medina Ar-kosch, siendo en esta época fortaleza de un reino de taifas. Fernando III la conquistó, aunque volvió a dominio de los árabes. En el año 1264 Alfonso X expulsa definitivamente a los musulmanes que hasta entonces habían permanecido en ella y la repuebla con cristianos. En el siglo XV fue concedido el condado a Pedro Ponce de León, pasando posteriormente a la casa de Osuna.

No es recomendable subir hasta la cima de Arcos en coche, a pesar de que sus calles son empinadas, conviene aparcar el coche cerca de la oficina de turismo, antes de arrepentirnos por subir por sus estrechas calles y quedarnos literalmente “encajados” entre pared y pared.

Uno de los primeros tesoros que salen al encuentro del visitante es la Basílica de Santa María de la Asunción. Es un templo en origen mudéjar de los siglos XIV o XV que tras unas profundas remodelaciones realizadas durante la primera mitad del siglo XVI quedó convertida en una espléndida iglesia gótica. En el exterior, además de los elementos góticos también destacan otros ornamentos renacentistas y barrocos. Espectacular su robusta y enorme torre, como un referente a la Giralda. Está inacabada y por eso mismo, el conjunto resulta muy especial:
http://www.turismoarcos.es/turismo_cultural/santa_maria.html.

Frente a la entrada principal de la basílica con su fachada en estilo plateresco, nos encontramos con una plaza rodeada toda ella por edificios emblemáticos: el Ayuntamiento, el Parador nacional, el Castillo Ducal y el Mirador de la Peña Nueva. Las vistas sobre el río Guadalete y sobre toda la extensión de tierra que rodea a Arcos desde el mirador son sencillamente impresionantes. Romanos, musulmanes y cristianos la hicieron suya, desde el Mirador se entiende el por qué.

Seguimos ruta y nos perdemos por un laberinto de calles que nos llevan hasta la cima. Subimos por el lateral derecho y bajamos por el izquierdo. En la subida, nos encontramos con el convento de las Mercedarias (el único que queda de clausura en Arcos), y el convento de la Encarnación con su fachada en estilo plateresco del siglo XVI. Los Palacios y las casonas, se suceden, es una ciudad señorial dónde cada edificio compite en belleza con su vecino. Otra joya sale al encuentro: el Palacio del Mayorazgo con su jardín andalusí en la trasera. Llegamos finalmente a las Iglesias de San Pedro y de San Agustín, antes de alcanzar la Puerta Matrera, la única que subsiste del primitivo recinto amurallado. Arcos se ha extendido fuera de las murallas, desde los tiempos de la reconquista gestada por el Rey Alfonso X el Sabio. Desde la Puerta, volvemos a ver unas vistas espectaculares de la vega del río Guadalete. No hay apenas turistas, tan sólo algunos gatos que saltan de azotea en azotea. El encalado blanco de las casas, los geranios bermellones y la ropa tendida al sol quedan en un primer plano de una vista que se pierde en un horizonte boscoso; al fondo nos espera la Sierra de Grazalema, enclavada en un Parque natural del mismo nombre. Nos costó volver al coche y despedirnos de Arcos pero teníamos que seguir.

Siguiente parada: Ubrique. La ruta de los pueblos blancos incluye 19 puntos de interés, y hace falta como mínimo 5 días para recorrerla con tranquilidad. A falta de tiempo, y al disponer sólo de 1 día para esta ruta, decidimos hacer una selección. Después de Arcos nos metimos de lleno en los pueblos del Parque Natural de Grazalema. La carretera, a pesar de las curvas, es bastante buena y después de cruzar El bosque, llegamos a Ubrique, enclavado en un valle, en la entrada del Parque Natural de Grazalema y del Parque Natural Los Alcornocales. Lo primero que llama la atención al llegar es la ubicación de Ubrique, entre montañas, en un valle profundo, partido por un río que corre caudaloso, como si de repente nos encontrásemos en un paisaje pirenaico, en vez de estar en el sur más profundo del país. De las alturas de Arcos de la Frontera a las profundidades de un valle que esconde rincones como este pueblo, reconocido internacionalmente por su industria de la piel. Parece ser que en el siglo XIX, la población de Ubrique se incrementó con la llegada de una oleada de emigrantes del Sur de Italia, que fueron los precursores de esta industria que ha puesto a Ubrique en el mapa.

En la avenida principal, las antiguas fábricas de piel, muchas de ellas en activo, tienen un encanto especial. Es día festivo pero todas las tiendas de marroquinería están abiertas al público. Huele a piel, el olor invita a entrar en las tiendas y pecar. Lo más recomendable antes de quemar la visa, es dar una vuelta por el centro histórico y recorrer la plaza del ayuntamiento, la Iglesia de San Juan de Letrán y de San Antonio, y por supuesto, el Museo de la piel, ubicado en un antiguo convento de los Capuchinos, un edificio espectacular que merece la pena visitar: http://www.ayuntamientoubrique.es/index.php/turismo/museos/museo-de-la-piel-de-ubrique.html.

Nosotros no pudimos entrar porque ya era tarde, cierran a las 2 y en vez de visitar el museo, hicimos caso de los sabios consejos del conserje y nos fuimos a tapear al centro del pueblo. Cervecita fresca y cazón adobado, lo mejor para recuperar las fuerzas perdidas. Teníamos por delante la Sierra de Grazalema y más pueblos blancos por descubrir. Después del descanso y el tapeo con auténtico “ceceo” de los camareros, decidimos seguir ruta, con una parada previa en la oficina de turismo. No podía irme sin preguntar dónde está la Casa más famosa de Ubrique, la finca “ambiciones” del torero Jesulín de Ubrique. ¿Vergüenza? No ninguna, además la chica de la oficina estaba por lo visto muy acostumbrada a la preguntita- ¡Cuánto paparazzi frustrado!. La famosa casa no está en Ubrique, se encuentra entre El Bosque y Villamartín, teníamos que volver sobre nuestros pasos si queríamos verla, y por supuesto, mi locura no llegaba a tanto. Ambiciones quedaba pendiente para mi próxima vida….

La Sierra de Grazalema es sencillamente espectacular. Por los restos que se han hallado, parece que la aparición humanada en esta Sierra data del paleolítico.  Música de Manuel de Falla en la radio del coche, nubes y claros en el cielo y las colinas de Windows volvían a aparecer. Al llegar a Grazalema, a primera vista no se ve el pueblo. Como engullido en la montaña, conforme te acercas va mostrando su belleza poco a poco. Sus orígenes son árabes, tal y como muestra su primogénito nombre, Gran Zulema, de donde proviene el actual. En 1485 fue conquistada por el duque de Arcos. Tomó un gran auge económico a partir del siglo XVII gracias a la industria de pañería que producía la famosa manta de Grazalema.

Según las estadísticas es el municipio más lluvioso de Andalucía. Cuando llegamos nos encontramos con Grazalema envuelto en una bruma espesa que le daba un aspecto casi fantasmagórico. Siempre hay turistas en este pueblo, de hecho, junto a Arcos de la Frontera es uno de los pueblos blancos más visitados. A pesar de la bruma y la llovizna,  en la plaza del ayuntamiento, punto de partida del recorrido del pueblo, sólo escuchamos los clics de las cámaras. Mires por dónde mires hay un rincón, una fachada, un portalón, una calle estrecha que invita a perderte entre sus casas encaladas y rematadas con sus verjas de hierro forjado.

Alejados del centro, y perdiéndonos por las calles de Grazalema en su parte norte, nos encontramos con un cartel informativo que nos hizo mucha gracia. Los vecinos de Grazalema se dividen en dos bandos: los “jopones” y los “jopines” o lo que es lo mismo, los vecinos jopones se identifican con el rabo de toro grande, y los otros con el rabo de toro pequeño. Para las mentes calenturientas tengo que decir que en nuestro regreso al coche no nos encontramos a ningún vecino jopón que hiciera honor a su nombre….

Para seguir ruta, teníamos que coger la carretera de Algodonales pero estaba cortada, así que no nos quedó otra opción que tomar una carretera más larga que pasa justo por la entrada de Ronda, en la provincia de Málaga. No nos paramos, el tiempo se echaba encima y además ya tuvimos el placer de visitar Ronda el año anterior cuando pasamos la Semana santa en Málaga.

Y así entre alcornoques, mesetas, riachuelos que nos recordaban al Baztán, llegamos a otra joya de la ruta: Setenil de las Bodegas.  Su nombre que procede del latín “Septem nihil”, siete veces nada, hace referencia a las 7 veces que resultó ser inexpugnable durante la Reconquista.  Realmente impresionante ver este pueblo enclavado en el tajo de la montaña. Algunas casas están literalmente encajadas debajo de una gran roca, y el resto encima de la roca, confiriendo al pueblo una singular disposición con diferentes niveles de altura. En la parte baja los vecinos han aprovechado el tajo creado en la roca por el río para construir sus casas. Se trata de un excepcional ejemplo de un tipo de vivienda denominado “abrigo bajo rocas” que, a diferencia de otras construcciones semi troglodíticas desarrolladas en Andalucía, no excava la roca, sino que se limita a cerrar la pared rocosa y desarrolla la vivienda de forma longitudinal. Un pueblo singular, una parada obligatoria en la ruta de los pueblos blancos.

Olvera fue el último pueblo de la ruta que nos dio tiempo a visitar antes de que la noche se nos echara encima. Vista espectacular de Olvera desde la carretera al ir llegando. Sólo por esta vista desde la lejanía, merece la pena tomar todas las curvas de la Sierra de Grazalema. Una cima coronada por una iglesia y un castillo, y una falda de monte teñida de casas blancas que caen en cascada hasta el nivel del mar. Olvera está situada al noroeste de la serranía gaditana, siendo fronteriza con las provincias de Sevilla y Málaga.

Cuando llegamos aparcamos en una de las callejuelas que circundan el paseo, en la parte baja de Olvera. Subir hasta el castillo nos costó sudor y lágrimas. Nuestra particular penitencia de Semana Santa. Una verticalidad inhumana, ¿Cómo diablos podían vivir allí personas ancianas? Cuando llegamos a la cima, y después de disfrutar de las vistas durante un buen rato, empezamos a ver cofrades que subían sin aliento, portando los capirotes en sus manos con los rostros desencajados después de la expedición a la cima. A la misa de Jueves Santo no podían faltar ni los cofrades, ni las vecinas de Olvera que desafiaban las alturas, llegando con sus taconazos y sus mejores prendas a la Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación. Una estampa inolvidable.

Al regresar al coche, nos cruzamos en la bajada con muchos vecinos, niños y mayores que “escalaban” las calles empedradas para ir a misa. Una proeza que el Santísimo, supongo que tendrá en cuenta porque eso es tener fe y lo demás son tonterías…. Con la noche ya cayendo nos despedimos de Olvera, aún nos quedaban más de 100 km para llegar a Jerez, nuestro cuartel general. Al llegar quisimos cenar en el centro pero fue imposible aparcar por las procesiones de Jueves Santo. No nos quedó más remedio que cenar a las afueras del centro. Probamos las ortiguillas, aperitivo muy típico en Andalucía, y especialmente en Cádiz. Dicen que cuando muerdes una, es como comerse el mar y, sinceramente, a mí con perdón de los gaditanos me supieron más a rebozado de aceite que a otra cosa…. Quizás no era el sitio adecuado para probarlas, puede ser, pero no me quedaron ganas de volver a probarlas. Según Arguiñano hay que comerlas en Sanlúcar de Barrameda en el restaurante “El Bigote”, así que haríamos caso de los que saben,

RUTA DEL VINO y RUTA DE LA COSTA – viernes Santo
La ruta de la costa gaditana parte de la capital hasta Tarifa, pasando por San Fernando, Chiclana, Conil, El Palmar, Los Caños, Zahara de los Atunes y acaba en Tarifa. Nosotros la recorrimos pero además quisimos ver el triángulo que forma la ruta del vino, formado por Jerez, Sanlúcar y El Puerto de Santa María.

Desde Jerez hasta Sanlúcar apenas hay 30 km de distancia. El nombre de Sanlúcar podría proceder del árabe “Shaluqa”, nombre árabe del viento de Levante, llamado “Siroco” o “jaloque”. Se encuentra ubicado en la costa atlántica, concretamente en el margen izquierdo de la desembocadura del río Guadalquivir que separa las provincias de Sevilla y Huelva.

Sanlúcar desde el primer momento “engancha”, tiene una magia especial. Sus playas infinitas, sus palacios, sus bodegas de manzanilla, sus casonas decadentes recuerdan a la habana vieja. En nuestro primer paseo mañanero, nos cruzamos con los empleados del ayuntamiento que se afanan en limpiar los restos de la batalla de un Jueves Santo que confunde, no hay restos de cirios o de flores, lo que limpian son restos de botellón. En la plaza del Cabildo, los viejos del lugar charlan a la sombra de un árbol, entre naranjos y palmeras, entre terrazas de bares y restaurantes que invitan a pedir raciones del mejor pescado recién traído de la lonja con una buena botella de manzanilla de la tierra.

La ruta sigue por la “calle ancha”, la calle comercial del “Barrio bajo” de Sanlúcar. Llegamos a una iglesia pequeña que esconde un pequeño altar con una figura de San Fermín y una dedicatoria de la hermandad rociera de Sanlúcar, dando las gracias al Santo en nombre de todos los Sanluqueños que emigraron a Navarra para labrarse un futuro allí. Nos toca la fibra sensible, tan lejos y tan cerca de Pamplona, en una pequeña iglesia de Sanlúcar.

Seguimos callejeando y llegamos al mercado de abastos, dónde vemos un mural que explica en coloridos azulejos la relevancia de Sanlúcar en la exploración del Nuevo Mundo. De su puerto zarparon expediciones marítimas de gran importancia, como el tercer viaje de Cristóbal Colón en 1498. Asimismo fue el punto de partida y llegada de la primera circunnavegación marítima de la Tierra, expedición comenzada por Fernando de Magallanes el 20 de septiembre de 1519 y finalizada por Juan Sebastián Elcano en 1522. Al ser uno de los lugares naturales de espera de los misioneros que iban al Nuevo Mundo, y gracias al patronato de la Casa de Medina Sidonia, muchas órdenes religiosas se establecieron en Sanlúcar, llegando a ser una auténtica ciudad sacralizada, la ciudad-convento de Sanlúcar de Barrameda.[

Sin embargo, La desamortización de Mendizábal afectó mucho a las numerosas órdenes religiosas instaladas en Sanlúcar, cerrándose varios conventos y desamortizando muchas propiedades rústicas y urbanas. El cambio de propiedad favoreció el surgimiento de cierta burguesía y la abolición de los mayorazgos así como la expansión de las bodegas, procediéndose a ampliar y modernizar los viñedos del municipio, naciendo por estas fechas el famoso vino de la zona denominado manzanilla, siendo desde entonces uno de los productos más representativo de esta zona.

Este auge de una nueva burguesía se percibe cuando se sube a la parte alta de Sanlúcar. Allí se encuentran, entre otros edificios emblemáticos, el palacio Ducal de Medina Sidonia, cuyo patio es uno de los más bonitos que he visto en mi vida, y el Palacio de verano de Orleans-Borbón (actualmente sede del ayuntamiento de Sanlúcar). Este palacio fue construido entre los años 1853 y 1870 como residencia de verano por Antonio de Orleans y María Luisa Fernanda de Borbón, a la sazón Infantes de España y Duques de Montpensier. Tanto por fuera como por dentro la decoración resulta un poco extravagante. Un “empacho visual” que tuvimos que curar con una buena manzanilla, fresca y bien tirada, en un bar castizo de los que muestran los afamados langostinos de Sanlúcar, apelotonados, en una urna de cristal, como si fuesen buñuelos de feria.

Volvimos a la parte baja, y recuperamos el coche que habíamos aparcado justo delante de la puerta principal de la bodega “la Gitana”. Todo un presagio. Nos tomamos la primera manzanilla del día en Sanlúcar, teníamos que seguir ruta a ver dónde caía la segunda.

Por la costa, siguiendo el paseo marítimo de Sanlúcar e imaginando cómo corren los caballos  por esas playas, en las famosas carreras declaradas Fiestas de Interés nacional e internacional, que se celebran cada año en el mes de Agosto, llegamos a Chipiona.

Para los que visitan este pueblo costero y no andan muy duchos en el “papel couché”, decirles que la “más grande”, la cantante Rocío Jurado está omnipresente en Chipiona. La bienvenida te la da una figura suya de bronce enorme a la entrada del puerto marítimo y cuando te marchas, el Santuario de la Virgen de regla, un edificio amarillo ocre y de dudoso gusto arquitectónico, te despide con la firma de la cantante, tamaño XL plasmada en una placa conmemorativa.

El  “santuario” de la cantante, sí vale, pero Chipiona es mucho más: su malecón particular que rodea un centro de casas blancas que desafían las brisas del Atlántico, su faro enorme, que según cuentan es el más grande de Europa, sus playas de arena blanca, su famoso y celebrado vino de moscatel, su tapeo y sus cervecitas frescas que quitan el “sentío”.. Eso sí, para no olvidarte  de dónde estás, el tapeo rodeado de fotos de la Jurado, en el Bar Paquito, imprescindible la visita.

Una vez repuestas las fuerzas seguimos nuestro camino hacia la capital del Sherry: El Puerto de Santa María. Desde Chipiona hasta el Puerto tan sólo hay 28 km. En el camino pasamos por la base militar norteamericana de Rota. Impresiona ver todo el alambrado y las medidas de seguridad que rodean el recinto. Las casitas de los militares recuerdan a cualquier capítulo de “Mujeres desesperadas en Wisteria Lane”, alineadas, con sus porches y sus yardas detrás. No sé si les reparten el periódico y la leche igual que en las películas, pero desde luego que viendo el panorama cualquiera diría que estamos en cualquier barrio residencial de gringolandia.

Al llegar a Puerto Santamaría tuvimos el susto del viaje. A la entrada por el paseo marítimo, los coches de delante estaban parados, no avanzaban. Al minuto entendimos el por qué. Un chico negro gigante estaba totalmente enajenado en mitad de la carretera, dando porrazos a los coches. Al coche que iba justo delante del nuestro, le empezó a darle golpes en la chapa delantera, mientras gritaba a todos los que le estaban mirando con estupor desde las terrazas de los restaurantes. Pasaron unos minutos y llegó la policía. Por suerte no nos tocó a nosotros porque si no, el coche de alquiler nos lo hace papilla. Aún tengo en la retina la cara de loco que tenía el hombre. Se lo llevaron escoltado y esposado, por lo que escuchamos, no era la primera vez que montaba el numerito.

Un Viernes Santo a las 4 de la tarde, en Puerto Santa María dormían hasta las palomas. Aunque después de la escena anterior, el paseo en calma por las calles se agradecía. Al igual que en Sanlúcar, se nota el señorío de esta ciudad. Ubicada en la desembocadura del río Guadalete, la ciudad del Puerto de Santa María es conocida como la ciudad de los cien palacios. Producto de la actividad comercial con la América Española o Indias en los siglos XVII y XVIII se levantaron en la localidad auténticos palacios adaptados a las necesidades de los grandes comerciantes que también recibían el nombre de Cargadores de Indias.

Su atractivo turístico principal es su litoral de 16 km de playas de arena fina, unas playas que fueron testigo de la preparación del segundo viaje de Colón y de la construcción de la nave “la Santa María”, propiedad del marino Juan de la Cosa, que fue piloto de Colón en 1492 y el que fechó el primer mapa que incluía América en el año 1500.

Tras un fuerte período de recesión con la perdida de las últimas colonias de ultramar del imperio español, en el siglo XX se optó por nuevas vías para la expansión económica y para ello se explotó el comercio del vino con prestigiosas bodegas instaladas en la ciudad. Mundialmente famosas, en Puerto de Santa María se encuentran las bodegas de Osborne, Terry, 501, Caballero, etc.

No tuvimos ganas de tomarnos un vino, pero sí un café en una de las terrazas de la plaza de España, frente a una de las fachadas platerescas más impresionantes vistas hasta la fecha (con permiso de la Iglesia de Los Jerónimos de Lisboa). Se trata de la Iglesia Mayor Prioral, declarada como bien de interés cultural desde 1982. Fue une pena no poder entrar en su interior, porque las puertas estaba cerradas a cal y canto, así que nos consolamos viendo su fachada y las cigüeñas que campaban a sus anchas en varias de sus torres.

Muy cerca de la Iglesia, se encuentra una de las casas-palacio, conocida como la de los Leones. Representa el mejor ejemplo de casa barroca en El Puerto de Santa María. Se conoce popularmente como Casa de los Leones por estar representado dicho animal en las pilastras que decoran el pórtico de la entrada. Construida en 1790 y restaurada en 1999, alberga un complejo de apartamentos turísticos. Merece la pena visitar su patio interior.

Así culminamos nuestra visita, a paso lento, dejándonos la vista en cada fachada de las casas palaciegas que forman el centro de Puerto Santa María. Teníamos que seguir la ruta de la costa, y el siguiente punto de la Bahía de Cádiz era San Fernando, la ciudad que vio nacer al mejor “cantaor” de flamenco, José Monge Cruz, conocido mundialmente como “Camarón de la Isla”. Antes de llegar a San Fernando, disfrutamos de un recorrido por las salinas y las marismas. De hecho, San Fernando se encuentra ubicado en una isla, rodeado de agua por todas partes. Su entorno natural es único pero la ciudad en sí, no nos dejó huella. De hecho, la densidad de población es considerablemente elevada, debido al número de habitantes y a su reducido término municipal. Su extensión superficial es de apenas 32 km², una de las más bajas de la provincia. A primera vista, y después de haber estado en Sanlúcar y en el Puerto de Santa María, San Fernando se ve como una ciudad dormitorio, un laberinto de calles flanqueadas por torres de pisos que no dejan ver el sol, cemento que engulle y no deja apreciar los edificios históricos que pierden su valor entre antenas de televisión, parabólicas y tenderos de ropa al viento.

Posiblemente, no fuimos justos y teníamos que haber dispuesto de más tiempo para descubrir San Fernando, pero la primera impresión de ciudad caótica nos dejó sin ganas. Seguimos nuestro camino hacia Chiclana, otro de los municipios de la ruta de la Costa. Pueblo costero, pequeño, de casas bajas, muy acogedor. Un contraste con respecto al enjambre de San Fernando. A 24 km de la capital, Chiclana nos recibió al atardecer, con su centro tranquilo sin apenas gente. Económicamente dependen en gran parte del turismo de playa y el golf, al estar ubicados muy cerca de la urbanización Novo Sancti Petri, que cuenta con el mayor número de plazas hoteleras de toda la provincia. En Chiclana también abundan las casas-palacio como la del Conde de Torres, la del Conde Del Pinar, la del Conde las Cinco Torres y la casa Briones. Un paseo por el centro histórico, viendo la Torre del reloj de la Plaza Mayor, las fachadas de las iglesias de San Juan Bautista o la de San Telmo, degustando un helado casero de turrón, es toda una experiencia recomendable. Un lugar tranquilo para acabar el día.

Volvimos a Jerez. Esta vez fuimos precavidos y dejamos el coche en el hotel para ir en taxi a ver la procesión de Viernes Santo. Casi indescriptible lo que allí vivimos. Por un momento, no supimos si estábamos viendo una procesión o una concentración de todos los familiares de los Ruiz Mateos. “Zoylos” con gomina,  mejor dicho, con las cabezas enceradas, chicas vestidas de revista “Hola”, compitiendo entre sí para ver quién se parecía más a Nati Abascal. Impresionante documento. En un Jerez, cuyo alcalde está imputado por corrupto y dónde las arcas municipales están literalmente en bancarrota. Ciudad de rancio abolengo, de apellidos compuestos que no caben en el DNI, la ciudad que vio nacer a Lola Flores y al empresario que más disfraces ha usado en sus comparecencias ante la justicia. Allí estábamos, rodeados de alto postín, viendo pasar a duras penas los pasos de Semana Santa entre densas condensaciones de incienso y perfumes de los que dejan rastro eterno. El Cristo de los Gitanos con una melena al viento que casi le llegaba a la cintura nos dejó boquiabiertos, y el mantón de la Virgen del Valle nos dejó sin habla. Como dice la canción: toda una experiencia religiosa.

En internet me documenté sobre el tapeo en Jerez y seguimos escrupulosamente los consejos. En la calle Consistorio nº 16, parada absolutamente obligatoria en el bar “La Cruz Blanca”, muy cerca de la playa mayor, dónde estábamos, y dónde se encuentra el Ayuntamiento. www.lacruzblanca.com: el mostrador de tapas y raciones es espectacular, y su ración de solomillo con salmorejo e ibérico es para morirse literalmente. Siempre está lleno de gente, los Zoylos ya saben dónde se come bien, cenamos rodeados de muchos de ellos, comiendo y bebiendo sus vinos exquisitamente, como si estuviesen en las carreras de Ascot. Al salir de allí, empezó a diluviar y nos tuvimos que cobijar bajo el toldo un buen rato. Cerca de la Cruz blanca, se encuentra el “Gallo azul”, otro de los bares recomendados en Internet. La tapa de boquerones con salmorejo y lasaña de base recomendada ya no existe, pedimos una de solomillo al brandy y francamente nos defraudó. Mucho mejor la calidad de las tapas en la Cruz Blanca. Ahora bien, sólo por ver el edificio dónde se encuentra el Gallo Azul, merece la pena ir. Con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929, la familia Domecq le encargó al arquitecto sevillano que crease un edificio que serviría para embellecer el cruce entre la calle Larga y la calle Santa María, en la plaza homónima al edificio, como regalo a la ciudad. El Gallo Azul es un paso obligado en el centro histórico y comercial de Jerez y quizás por ello, es uno de los lugares más fotografiados.

Seguía diluviando, pero tuvimos suerte. En pocos minutos teníamos un taxi en la puerta que nos llevó al hotel, sanos y secos.

CÁDIZ CAPITAL y RUTA DE LA COSTA – Sábado Santo
El sábado amanecimos con un sol radiante. Nuestro plan del día era visitar la capital, la “tacita de plata” y seguir con la ruta de la costa que habíamos dejado en Chiclana. En menos de media hora, por la autovía que une Jerez a Cádiz, entramos por un puente colosal sobre la bahía, dejando los astilleros de Navantia en el margen derecho. Por la kilométrica avenida de Andalucía, avanzamos hasta llegar al centro. Aparcamos delante del Ayuntamiento (4 horas: 9 euros) y después de visitar la oficina de turismo que se encuentra justo a la entrada del parking, empezamos nuestro descubrimiento de una ciudad que nos dejó muy buenos recuerdos.

Con casi 125.000 habitantes es la segunda ciudad más poblada de la provincia, después de Jerez. Fue fundada por los fenicios con el nombre de Gádir, que quiere decir “Castillo”, “Fortaleza”, o en general “recinto amurallado”. Situada en un tómbolo, frente al estuario del río Guadalete, Cádiz es una de las ciudades más antiguas de Europa. Ha sido testigo de importantes capítulos de la historia: escenario de las guerras púnicas, la romanización de Iberia, el descubrimiento y conquista de América o la instauración del régimen liberal en España con su primera constitución. Lord Byron la bautizó como “Sirena del Océano”, pero se la conoce popularmente como la “tacita de plata”.

Nos adentramos en la ciudad por la Plaza del ayuntamiento, “la puerta grande” para iniciar la ruta por el barrio del Pópulo, el barrio más antiguo de la ciudad, dónde se encuentran la catedral y el teatro romano, ocupando el área de la antigua ciudad amurallada medieval. El nombre del barrio del Pópulo proviene de un cuadro de la virgen instalado en una puerta de las murallas en el siglo XVI, con el fin de proteger a la ciudad. Es casi mediodía, y el barrio está a rebosar de gente, activo, bullicioso, después de dos días festivos. Por las calles estrechas del Pópulo, cruzamos otro de los arcos que cerraban el recinto amurallado, y llegamos a la Catedral Nueva, con la suerte de ver a tiempo la salida de la procesión del Sábado Santo.

Desde allí, decidimos salir al paseo marítimo, para rodear el centro por el exterior y volver a cruzarlo a la vuelta. Las vistas de las playas y el océano desde la parte trasera de la catedral son impresionantes. Merece la pena ver la ciudad desde esta perspectiva e ir descubriendo los castillos y baluartes que circundan la parte exterior del centro histórico. Andando y guiados por las gaviotas, llegamos al Castillo de San Sebastián, una de las fortalezas de la ciudad de Cádiz ubicada en uno de los extremos de la playa de La Caleta sobre un pequeño islote. Hace calor, mucho calor pero el paseo hasta el faro, atravesando la puerta que anuncia la exposición permanente de “Americádiz” vale la pena. Allí huele a mar, de repente es como si no existiese la ciudad que queda detrás, de repente es como si entraras de lleno en el rodaje de una de las películas que se han rodado allí. ”Alatriste” es una de ellas, y otra famosa es “Muere otro día” de la saga de James Bond.

La famosa playa de la Caleta, símbolo de la ciudad, está flanqueada por los castillos de San Sebastián y Santa Catalina. Es la playa más pequeña de Cádiz y quizás su aislamiento del resto la hace más bonita aún. Los pescadores del popular barrio de la Viña la conocen bien. De regreso al centro histórico, cruzamos las calles de este popular barrio, dónde abundan las tabernas de flamenco y es cuna del carnaval. Paramos a tomar una cerveza fresca en un bar-ultramarinos, un bar con su barra y sus parroquianos y una tienda de ultramarinos en la parte posterior. Seguimos callejeando hasta el Mercado de abastos. Se encuentra situado en los terrenos del antiguo convento de los Descalzos. Es de estilo neoclásico, y entre los puestos de frutas y hortalizas, entre los puestos de pescado fresco, nos encontramos con los “gastrobares”. Una buena idea para tomarse una caña o un vino, acompañados de lo mejor de la gastronomía gaditana, con los mejores productos de la tierra, que son los que allí se venden y están a la vista en los diferentes puestos del mercado.

Vencemos la tentación, y seguimos ruta hasta la Plaza de las Flores para comer en la freiduría más famosa de la ciudad, que toma su nombre de la plaza. Es una visita obligada, nunca decepciona por la calidad de su “Pescaíto frito” en todas sus versiones: cazón, calamares, boquerones,  tortillas de camarones, etc. Sentarse en la terraza fue imposible, así que no nos quedó más remedio que entrar y comernos las raciones de pie, en la barra, eso sí, disfrutando del ambiente. Unos cuantos camareros gritando las comandas a una cocina que no paraba ni un segundo de sacar fritangas en cantidades industriales. El espectáculo dio para 3 cervezas por barba y unas cuantas raciones. Momento inolvidable, sin duda.

Cuando salimos de la freiduría, el sol seguía colándose con fuerza. Aprovechamos para seguir descubriendo el centro, cobijándonos en todas las sombras que encontramos a nuestro paso. Lo bueno de perderse, es que te encuentras con sorpresas muy agradables como la Plaza Mina, rodeada de majestuosas casas, en su mayoría de estilo Isabelino. En el número 3 de la Plaza de Mina, una lápida conmemorativa nos recuerda que en esta casa nació el 23 de noviembre de 1876 el músico Manuel de Falla. Otra plaza a no perderse, muy cercana a la de Mina, es la plaza de San Francisco.

En la plaza de la Candelaria, en su esquina con la calle Obispo Urquinaona, un café, el Royalty nos sedujo desde sus puertas. Inaugurado en 1912, cuando la ciudad se preparaba para celebrar el centenario de la Pepa, este café cerró en vísperas de la Guerra Civil  y ha vuelto a abrir sus estucos y mármoles al gran público en 2012, aprovechando el bicentenario de la que fue la primera constitución promulgada en España. Cuentan las crónicas que en el local se dieron conciertos de Manuel de Falla. www.caferoyalty.com

La última Plaza que descubrimos antes de dejar Cádiz, fue la Plaza de España. Espacio ajardinado, de forma elíptica,  que separa la parte vieja y la nueva de la ciudad. El motivo de su construcción fue albergar el Museo a las Cortes, Constitución y Sitio de Cádiz. El monumento que se erige en el centro de la plaza, alcanza los 32 metros de altura. En la parte central destaca una figura femenina que simboliza la Pepa, con la palabra “Constitución” escrita a sus piés, el texto en la mano derecha y una espada en la mano izquierda. El sillón vacío debajo de la Pepa con 3 flores de lis, simboliza la ausencia del monarca. Todo el conjunto escultórico está cargado de simbolismo, y su enorme tamaño responde al deseo de que este símbolo de la libertad se viera desde los barcos que llegaban al puerto.

Llegó la hora de marcharse y nos despedimos de una ciudad que nos dejó muy buenos recuerdos, a pesar de las pegatinas que vimos varias veces con el lema “Cádiz, capital europea del paro”.

En Chiclana dejamos la ruta de la costa el día anterior, la retomamos en Conil. De un sol que nos había acompañado todo el día, pasamos a una bruma pesada que auguraba lo peor. De hecho, cuando llegamos a Conil, fuimos a su playa directamente para empezar la visita desde allí y no vimos nada, era como si el pueblo de casas blancas hubiese sido engullido por una gran nube espesa. Personalmente, lo poco que vi de Conil no me gustó. Me pareció un “apelotamiento” de casas encima de la playa. Seguramente, las condiciones meteorológicas no eran las más indicadas, así que decidimos seguir nuestro camino, pese al cielo encapotado.

Siguiente parada: Caños de Meca y Barbate. En realidad Caños es una pedanía de Barbate, y sus playas son “lugar de culto” para muchos de los que ahora se llaman “bohemian chic”, o lo que es lo mismo, los hippies de toda la vida con un toque pijo “porque yo lo valgo”. Los Caños, afortunadamente no ha sufrido el “terrorismo inmobiliario”, es un remanso de tranquilidad de playas infinitas, de dunas y brisa marina. Frente a sus playas, tuvo lugar la famosa batalla de Trafalgar en 1805, en la que la armada franco-española cayó ante la escuadra inglesa del Almirante Nelson. Muy cerca de Caños,  a 16 km en el interior, se encuentra Vejer de la Frontera, con un centro histórico declarado “Conjunto histórico-artístico”. Lo apunto porque no pudimos, por falta de tiempo, desviarnos y ver Vejer, pero yo estuve hace años y merece muy mucho la pena visitarlo.

Tras la calma de Caños, y de habernos llenado los pulmones de yodo en una de sus playas, paramos en Barbate. Me costó reconocer este pueblo que en su día me gustó. Esta vez, lo vi sucio, abandonado, desconchado. Si la provincia sufre la lacra del paro, más que en ningún otro sitio, creo que en Barbate lo que han hecho es dejarlo abandonado a su suerte. También es verdad que seguía el cielo plomizo y la luz era triste, pero no me dejó buen sabor de boca, y preferí seguir ruta y quedarme con los buenos recuerdos del Barbate del pasado.

Zahara de los atunes, está muy cerca de Barbate, en dirección hacia Tarifa. Es otro centro hippy-pijo de la costa gaditana. Para llegar a Zahara, volvimos a tener el placer de poder conducir kilómetros viendo playas salvajes, sin ninguna barrera de cemento que impidiese ver el mar. Al llegar la bruma espesa seguía siendo persistente pero no nos desanimó como en Conil, sino todo lo contrario, en nuestro paseo por la playa, con mar agitado, las nubes espesas dejaban entrever a un grupo que cabalgaba a paso lento por la orilla. En fila los caballos, aparecían y desaparecían, a capricho de las nubes bajas que tocaban literalmente el mar. Fue un momento mágico, verdaderamente mágico.

La ruta de la costa culmina en la capital mundial del windsurf: Tarifa. Cuando llegamos las nubes grises daban paso a la noche y nos dio tiempo a dar un paseo rápido por el centro y el puerto desde dónde salen los “fast ferries”, que en 35 minutos alcanzan la orilla de Tánger. Mi recuerdo de Tarifa, era un viento huracanado que nos acompañó durante toda la visita. Esta vez los vientos de Levante y Poniente nos dejaron “vivir” y disfrutar de la meca de los windsurferos. Tarifa no esconde sólo playas infinitas, este enclave estratégico, a tan sólo 14 km de África, ha sido durante siglos un lugar codiciado por romanos, visigodos, bizantinos, musulmanes, cristianos, franceses e ingleses. El centro histórico está amurallado, y en su playa más urbana, aún quedan rastros de las fortalezas que han custodiado la ciudad a lo largo de su historia. Antes de regresar a Jerez, nos dimos un homenaje en uno de los bares frecuentados por familias maravillosas, con un denominador común: pelos rizados al sol, pieles tostadas con la misma tonalidad y dentaduras blancas. El homenaje consistió en una ración de queso Boffard aceitado con cebolla caramelizada y un vino tinto reserva que nos hizo olvidar que el final de nuestro viaje a Cádiz estaba llegando.

MEDINA SIDONIA – JEREZ – SEVILLA – Domingo
Nos quedaba la cuarta ruta, la ruta del toro que abarca: Jerez – Paterna -Media Sidonia – Alcalá de los Gazules – Benalup – Los Barrios – Castellar – Jimena – San Roque – Algeciras – Tarifa. Imposible recorrerla, nuestro avión de regreso a Valencia desde Sevilla salía por la tarde. Sí que quisimos conocer por lo menos Medina Sidonia pero fue misión imposible. Amaneció lloviendo en Jerez, y cuando llegamos a Medina Sidonia la niebla era tan espesa que al aparcar al lado de la plaza mayor, era imposible ver nada. Increíble pero cierto. También es verdad que Medina Sidonia se ubica en lo alto del cerro del Castillo, la mayor elevación de todo el tercio occidental de la provincia. Fue una pena no poder ver nada, el “Himalaya gaditano” se nos quedó en la retina como una nube blanca, espesa, e inexpugnable.

De vuelta a Jerez, la lluvia remitió y decidimos visitar a fondo esta ciudad que nos había servido de “base” pero que aún no habíamos pateado como se merece. Jerez es “poderío” y su centro histórico lo demuestra, un recorrido de casas-palacio, plazas, iglesias y bodegas. Recorrimos el barrio flamenco, cuna de Lola Flores, los jardines de la majestuosa Catedral, mezcla de estilos, y construida sobre una antigua mezquita. A pocos metros, seguimos nuestra ruta por el Alcázar y  las bodegas de Pedro Domecq y de González Byass – Tío Pepe. Palacios y casonas se multiplican en Jerez. Lo mejor es perderse y no seguir una ruta fija. Disfrutar de la fachada del Palacio de Riquelme o del Palacio de Domecq del siglo XVIII, claro ejemplo del señorío andaluz establecido en la ciudad gracias al negocio de las bodegas, no tiene precio.

A la hora del vermú ya empezamos a ver gente en las calles. Volvimos sobre nuestros pasos hacia la playa Mayor para deleitarnos con las tapas, las cañitas y ese “look” tan jerezano, tan “british”, tan de revista “Hola”, especialmente, en un domingo de Pascua y Resurrección. Entre vestiditos de nido de abeja, lazos de satén descomunales, cabellos engominados y trajes – sastre a medida, nos despedimos de Jerez, rumbo al aeropuerto de Sevilla.

4 días intensos en Cádiz llegaban a su fin, 4 palabras podían resumir nuestro paso por “Caí”: naturaleza salvaje, historia y un carácter especial, muy especial.

Epitafio gaditano:

“ROGAD AL CACHONDEO POR EL ALMA DE UN TÍO QUE VINO A CADIZ, PROBÓ EL PESCAO FRITO, LAS TORTILLITAS DE CAMARONES, LOS ERIZOS, LOS CANGREJOS MOROS, VIÓ AL CÁDIZ EN EL “CARRANZA”, ESCUCHÓ CARNAVÁ, VIO AL NAZARENO EN SANTA MARIA, SE PEGÓ UN BAÑO EN LA CALETA, PASEÓ POR LA ALAMEDA, ALUCINÓ CON EL “ANGE” NATURAL DE SU GENTE Y NO TUVO MÁS COJONES  QUE DECIR: ¡¡MUERO EN CAI!!

Pues eso.

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