Lama – Lama in the Gambia


 

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Lama – lama in the Gambia
Del 9 al 16 de Octubre 2013

Miércoles 9 de octubre: Salida y vuelo a Banjul
Para nuestro bautizo africano (el Magreb es otra historia, lo descubrimos enseguida) todo el mundo dice que Gambia es el viaje “iniciático”, el modo suave de entrar en el fascinante continente africano. Un micro país, que antes formaba junto a Senegal, el país de Senegambia. Gente amable, ambiente relajado, violencia inexistente, sin conflictos locales. La Costa de la sonrisa, así se vende este país y tengo que decir que así fue, un oasis de paz en un continente conflictivo, en el que la mayoría de los países sufren además de la pobreza, guerras civiles cruentas y sanguinarias.  La “tranquilidad” de Gambia también se explica, todo hay que decirlo, por la dictadura de Yahya Jammeh que lleva desde 1994 imponiendo su ley, especialmente dura, contra los homosexuales y la libertad de prensa. http://es.wikipedia.org/wiki/Yahya_Jammeh

Teníamos también las referencias de nuestra amiga Marina, que ya había estado 3 veces y que siempre nos animó a descubrir este país de la sonrisa perenne. Así empezó nuestra aventura africana y lo que en principio cuentan que es el origen una enfermedad muy contagiosa: la “africanitis”. Una enfermedad incurable que te hace volver a África irremediablemente, después de esa “primera vez”.

Salimos de Castellón el 9 de octubre, día festivo en la Comunidad Valenciana, (ese mismo día del año 1238, Jaime I el Conquistador hizo su entrada en Valencia, después de pactar con el rey musulmán de Valencia Abul Djumayl Zayvan, su posterior capitulación a favor de la reconquista del reino de Valencia). Dejamos Castellón con un día soleado, tranquilo en busca de nuestra aventura africana. En el tren todo iba bien hasta que, cómo no, en este país de gente educadísima, nos tocó aguantar a un matrimonio que gritaba por el móvil, dando instrucciones a su pobre y paciente hijo de dónde, cuándo y cómo tenía que ir a buscarles al llegar a Barcelona. Todo el vagón nos solidarizamos con el pobre hijo. ¡Qué paciencia tienen algunos!

Llegamos puntualmente al aeropuerto del Prat,  y nos dirigimos al mostrador de Vueling,  la compañía con la que llegaríamos en 5 horas a Banjul, la capital de Gambia. Éramos los únicos blancos en el checking. Era como si de repente, todos los manteros de Barcelona hubiesen dejado la faena para hacer cola en el embarque. Todos hombres, mujeres pocas, contadas con los dedos de una mano. Cuando entramos puntualmente en el avión, el olor era penetrante, ese olor corporal tan suyo, que a nosotros nos resulta muy fuerte pero que, según parece, la sensación para ellos es a la inversa, equivalente. Iba a tope, hasta la bandera. A una de las azafatas le pregunté si era así siempre, si el avión siempre iba lleno y nos explicó el por qué: todos iban a sus lugares de origen para celebrar el Tobaski, el día en el que se celebra el sacrificio del cordero, al finalizar el Ramadán.

El momento apoteósico llegó, cuando todos se pusieron a pedir pizzas y bebidas al mismo tiempo. Las azafatas no daban abasto, rogándoles que dejaran sus enormes bolsas debajo del asiento. A mi derecha viajaba un chico que miraba en su portátil una telenovela. Me resultó curioso verle cómo miraba la pantalla con tanta atención, cómo podía interesarle tanto un culebrón. Al cabo de unos minutos, se aclaraba el misterio, resultó ser uno de los protagonistas de la teleserie. Sin saberlo estábamos volando junto a una estrella de la televisión gambiana. ¡Qué emoción!!

Llegamos con casi una hora de antelación. Al bajar del avión, la sensación de calor húmedo se hizo notar, aunque no era agobiante, era soportable. En el paso de aduanas y control de pasaportes todos iban como locos, como si se acabara el mundo. Pasamos el control sin problemas y bastante rápido. Uno de los militares se cuadró para controlar a la masa de gente que quería pasar por el scanner de las maletas a empujones. Por fin fuera ya, en el hall de entrada del aeropuerto no vimos mi nombre en ningún cartelito, teníamos acordado que el chofer del hotel vendría a buscarnos pero era pronto, el avión se había adelantado y era normal que no estuviese. En el exterior, un par de chicos se acercaron para ofrecernos el desplazamiento. Uno de ellos, muy insistente, se ofreció a llamar con su móvil a nuestro chófer para preguntarle a ver cuándo llegaba. A los 10 minutos llegó nuestro chófer, al “conseguidor” le dimos una propina. ¡Welcome to The Gambia! (al país se le conoce como The Gambia, por el río que lo cruza, todo el país prácticamente se compone de las dos orillas que bordean al gran río). Ya instalados en el 4×4, salimos del aeropuerto muy custodiado por la policía. Desde el aeropuerto hasta el hotel, un trayecto de no más de media hora, tuvimos que ralentizar la marcha y pasar por dos controles policiales. El chófer nos explicó que hay muchos controles, que es lo normal en el día a día. Cuando por fin llegamos al hotel, era tarde, la barbacoa y el concierto de música con percusiones de yembé ya había acabado. Nuestro chófer nos invitó a una cerveza de bienvenida y nos explicó las reglas del hotel, horarios y actividades. El sábado tendríamos la oportunidad de disfrutar también del concierto que acabábamos de perdernos.

Desde un primer momento, nos gustó mucho el Lemon Creek hotel que nos habían recomendado : http://www.lemoncreek.net/ . Se trata de un resort con playa privada, una piscina de ensueño, no muy grande, pero muy agradable, entre inmensos árboles que le dan sombra a cualquier hora del día. En la zona de Kololi, costa gambiana hay varios complejos hoteleros, especialmente cerca de la Senegambia strip. El Lemon Creek, está en la zona pero no tan céntrico, lo que le da un plus de tranquilidad que se agradece.

Después de darnos las instrucciones, llegamos por fin a nuestra habitación. Cama con dosel y mosquitera, decorada con pétalos de flores. Me sentí por un momento Meryl Streep en Memorias de África.  Cansados del largo viaje, sólo nos quedaba dormir y descansar, mecidos con los sonidos de las olas del mar y el cri –cri de los grillos. Gambia nos daba la bienvenida. Jueves 10: relax y primer contacto El objetivo fundamental del viaje era descansar. Pese a mis reticencias a pasar  demasiadas horas bajo una tumbona,  tengo que decir que de vez en cuando no viene, nada, pero que nada, mal… Empezamos el día con un desayuno en el comedor al aire libre del hotel. El comedor, dónde se sirve el resto de comidas, estaba cubierto por un porche y tenía unas vistas sobre el mar espectaculares. El 90% de la clientela era europea, y la mayoría escandinavos. El surtido del desayuno en buffet libre era muy variado y abundante (estábamos en África pero a años luz de la escasez que vivimos en el hotel de Cuba). Lo que repetimos a diario fueron los zumos naturales del fruto del árbol más africano, el Baoab, y otro zumo de color vino, de otro árbol  autóctono, llamado wojo, con poderes antioxidantes, como nos explicó uno de los sonrientes camareros. Para aclimatarnos al ambiente teníamos dos opciones: piscina bajo los cocoteros o tumbona en la playa privada del hotel, con equipo de masajistas que ofrecían sus servicios a pie de playa.  Optamos por ir a la playa primero. Playa salvaje infinita, olas de espesa espuma blanca, tumbonas bajo sombrillas de paja y sones de yembé de un grupo que tocaba en una especie de chiringuito llamado “happy corner”. No recuerdo cuántas horas pasamos, porque entre la lectura y las cervecitas que nos traían desde el hotel, cayó más de una coscada. Nos metimos al mar y salimos rodando como croquetas, envueltos en arena. La fuerza del oleaje era impresionante. De hecho, días más tarde tuvimos un episodio que no olvidaremos fácilmente.

En la piscina, al estar ubicada en medio de grandes palmerales y mucha arboleda, el sol no picaba tanto ni mucho menos. Además, descubrí mi juguete particular: un salvavidas, de esos auténticos de color naranja, con cuerdas blancas, con el que me pasé horas y horas flotando sin pensar en nada, dejándome llevar por el flotador que, por momentos, parecía que cobraba vida. Con la perspectiva del tiempo, creo que nunca me he relajado tanto en mi vida, como esas horas que pasamos en la piscina del Lemon Creek, con largas siestas a la sombra, baños interminables y “conciertos” de graznidos de pájaros que jamás habíamos escuchado antes, sonidos muy diferentes entre sí, algunos tan raros y tan cómicos que nos hacían reír.

A pesar de ser octubre, el final de la temporada de lluvias e inicio de la seca, el sol seguía pegando fuerte. Para unas temperaturas más suaves, es mejor ir entre noviembre y marzo. En nuestro primer día de playa y piscina acabamos rojos como gambas, a pesar de la protección solar del 50 y estar en todo momento bajo la sombra de una sombrilla o de un árbol.

Antes de cenar en el mismo hotel, para culminar un día de relax total, sin preocuparnos siquiera de buscar un restaurante en los alrededores, dimos un paseo por la playa para disfrutar de uno de esos atardeceres africanos que te dejan sin habla. La sombra de un majestuoso y solitario baobab, reflejada en la gran bola naranja que se iba metiendo en el horizonte, nos dejó mudos durante un buen rato. Niños jugando en un improvisado e imaginario campo de futbol playero nos devolvieron a la realidad con sus gritos cuando uno de ellos marcó un gol.

Para cenar probamos una de las especialidades gambianas: el “Butterfish”, pez mantequilla, en salsa de mantequilla también, con cerveza local, marca “Julbrew”. Una cena buenísima para poner broche de oro a un día de relax total. Al día siguiente teníamos cita con nuestro guía-chófer particular, Lamin, el amigo de Marina.

Viernes 11: Bijilo Park, Cocodrile Pool en Bakau y Mercado de pescado en Tanjul
Puntual vino Lamin a buscarnos al hotel. Lo primero que hicimos fue ir a cambiar dinero a una casa de cambios de un amigo que nos hacía mejor cambio: por 100 euros nos daban 5000 dalasis, mientras que en el hotel nos daban 4000, e incluso 3500. Eso sí los billetes del cajero de un banco o del hotel no estaban tan viejos ni mal olientes como los que nos dio el amigo. La primera parada de nuestra ruta estaba relativamente cerca: el Bijilo Park. Este parque forestal, paralelo a la playa, es público pero hay que pagar entrada. El acceso se encuentra justo en frente de los jardines del Hotel Bijilo beach. Compramos cacahuetes para dar de comer a todos los monos, los más grandes de color pardo y los más pequeños que nos acompañaron durante todo el paseo, conforme les íbamos dando de comer a la boca o poniendo el cacahuete en sus manos. Aviso importante: los cacahuetes no se pueden traer de fuera, hay que comprarlos dentro del Parque, de lo contrario te pueden montar una trifulca memorable. Ver a las familias enteras de monos, con las crías mamando, las termiteras gigantes, los pájaros de mil colores y la vegetación exuberante es toda una experiencia. Amin nos explicó que muchas veces los monos se escapan a los hoteles aledaños en busca de comida. El sol calentaba con ganas, menos mal que durante todo el recorrido nos cobijamos en las sombras de los baobabs y de las palmeras gigantes. Lo interesante de este parque es que paseas entre los animales que están libres, no es un zoo, es un parque en el que los monos, principalmente, te invitan a su espacio, siempre y cuando les lleves cacahuetes, claro.

Después de los monos tocaba cocodrilos. Lamin nos condujo hasta Bakau, el pueblo dónde se encuentra la Cocodrile pool.  Un lugar sagrado, así lo consideran. Un gran estanque verdoso en el que aseguran vive un centenar de cocodrilos. Nosotros vimos menos de diez, en las orillas, quietos, estáticos como si estuviesen disecados. A uno de ellos le llaman Charlie, en honor al periodista británico que descubrió el lugar, hasta entonces escondido. El lugar está bastante descuidado, una lástima. En la entrada hay un pequeño museo etnográfico de Gambia, con fotografías antiguas, aperos de labranza, instrumentos musicales, una miscelánea de objetos que intentan situar al viajero en el contexto en el que han vivido y siguen viviendo en este rincón del mundo.

Todos los cocodrilos que se suponen viven debajo de esa masa verdosa estancada, son “Nilo cocodriles” y pueden crecer hasta los 5 metros de envergadura. Cuenta la leyenda que también se han visto cocodrilos albinos. Está permitido tocarlos, pero yo no me atreví. Demasiado tranquilos como para fiarse. Algunos parece que están muertos, disecados, es realmente impresionante. http://kachikally.com/

Al salir, nos esperaban en la puerta, cerca del coche de Lamin una fila de niños esperando a que les diésemos algo. Menos mal que íbamos bien surtidos de caramelos traídos desde casa. Ya sé que está mal darles dulces y que es mejor darles bolígrafos, o algo más práctico, pero cuando ves la cara de felicidad que se les pone al darles caramelos, resulta bastante difícil reprimirse…

Ya en el coche intentamos atravesar las calles de Bakau sin dejar  las ruedas del BMW en el camino. La mierda, literalmente hablando, cruzaba por una especie de alcantarillado lateral que limitaba el “campo de baches” por el que teníamos que pasar. Algunas cabras y corderos que esperaban su sentencia de muerte para la celebración del Tobasky, en unos días, se nos cruzaron varias veces al intentar salir de Bakau a la carretera general.  Los precios de los preciados corderos para el sacrificio habían aumentado mucho ese año, según nos contó Lamin. Uno de los miembros de la familia, generalmente el padre o el hijo mayor compra el cordero, lo cría y cuando llega el día del sacrificio (final del ramadán) lo cocina la madre, con patatas y cebollas en un guiso estofado. Se reparte esta comida con toda la familia, incluso con los vecinos que no pueden permitirse este “lujo”. Ese año le había tocado a Lamin y nos invitó formalmente a compartir el día con su familia. Invitados de honor en una celebración que no

olvidaremos nunca y que tuvo lugar, tres días después, la víspera de nuestra despedida.

Cuando salimos de Bakau por fin, hacía tanto calor que decidimos ir a comer al hotel, bañarnos en la piscina y descansar para seguir la ruta por la tarde, cuando el sol no picara tanto. Para la visita a Tanjul merecía la pena estar descansados y preparados para otro momento de esos en la vida que no se olvidan nunca.

Cuando cae la tarde, con los últimos rayos de sol, se produce en Tanjul un fenómeno que no hay que perderse por nada del mundo. Se trata de la llegada de las barcas de mil colores que vuelven de faenar cargados de pescado fresco. Un espectáculo digno de verse, aunque el olor a pescado seco resulte insoportable por momentos. Nada más llegar, lo primero que nos encontramos fue un “parque” de neveras oxidadas dónde guardan el pescado con hielo. Nos abrieron varias neveras para que comprobáramos lo bien que guardaban en frío sus peces. Barracudas, jureles, doradas, sardinas, lo que no vimos fueron los famosos “butter fish”.

En la orilla, una vez pasada la fase “neveras oxidadas”, vimos a las mujeres con sus vistosos vestidos de batik cómo iban a recoger la pesca que traían sobre sus cabezas los mismos pescadores. Las mujeres negocian los precios del pescado para luego revenderlo. Mientras, los niños corren, juegan y chapotean en la orilla hasta que ven un par de turistas como nosotros y tardan una milésima de segundo en venir a pedir caramelos. En este video, no es perceptible el olor tan profundo a pescado, pero sí que da una idea de lo que se monta en Tanjul al atardecer: https://www.youtube.com/watch?v=6GoSp0xTTpQ

Seguimos andando por la orilla hasta llegar a un secadero de pescado, dónde hay que taparse la nariz porque si no, la vomitona está garantizada. No exagero nada. Allí asan el pescado con brasas para hacer pescado seco o compost. Las moscas celebraban un festín mientras un niño de 1 año escaso, sentado en el suelo, jugaba con las espinas de una sardina seca. Su cara era de felicidad, un pequeño buda negro como el tizón, nos miraba con sus ojos achinados y sonreía. Yo creo que hasta pensaba, pero ¡qué coño hacen estos dos blancos aquí,  si no se puede aguantar el olor a sardina seca y vieja!!!!

Después de la experiencia inolvidable de Tanjul, a ritmo de reggae, Lamin nos llevó a tomar unas cervezas y ver el atardecer desde la terraza de un restaurante que lleva un español. La gran bola naranja se metió en el mar muy rápidamente, el tiempo justo de tomarnos un par de Julbrews. Ese tiempo de relax nos vino bien para recapitular todas las vivencias del día.

Ya en el hotel, volvimos a cenar” Butter fish”, nos pareció tan bueno la noche anterior que volvimos a pedirlo. Lamin nos había recomendado probar también el “Lady fish” pero no estaba en la carta. Quedaba como asignatura pendiente.

Sábado 12: segundo día de relax total, con sorpresa incluida
Diez horas de cama te dejan como nuevo. Cuando bajamos a desayunar, apareció la dueña danesa con su marido gambiano y sus dos niños mulatos que hablaban perfecto español, salvo algunos gazapos como el partido de fútbol “empatatorio” que habían visto la noche anterior. Nos saludaron con un “hola”, mientras nos mostraban orgullosos sus camisetas del Barça.

Después de desayunar, fuimos a la playa y nos encontramos con que las hamacas estaban “ocupadas” con toallas sin personas, como en Benidorm. Tuvimos suerte porque quedaban dos libres pero los que iban llegando se quedaban “ojopláticos” viendo el panorama. Los empleados que ponen los colchones en las hamacas no se querían meter en líos y nos miraban un poco alucinados. No me extraña, esa práctica de reservar con toallas sólo se le puede ocurrir a un blanco egoísta… Los niños que jugaban en la arena también se acercaban a las tumbonas. Uno de ellos no se despegaba de una anciana holandesa que le invitó a bañarse con ella. Después del baño le dijo con su mejor sonrisa: “See you later now” y el niño, nada, como si no fuera con él. No se despegó en un buen rato de su lado.

La sorpresa del día llegó a continuación. Al cabo de un buen rato, tumbados en las hamacas decidimos probar las aguas del océano atlántico. Los holandeses se quedaban en la orilla, sorteando las olas pero nosotros, inocentes y bastante atrevidos, nos pusimos a nadar mar adentro. La mar no estaba muy movida y se podía nadar bien, sin problemas. El susto llegó a la hora de volver a la orilla. La fuerza del arrastre era tal que por más brazadas que dábamos no avanzábamos nada. Al principio nos lo tomamos a risa, pero llegó un momento en el que empezamos a agobiarnos. Menos mal que Daniel mantuvo la calma y me tranquilizó. Poco a poco, y tras mucho esfuerzo llegamos por fin a la orilla. Llegamos extenuados. En la orilla, un inglés sonriente nos recibió con la siguiente frase: ¡¡¡Oh finalmente volvisteis!!!- Porque nos pilló sin fuerzas… porque a gusto le hubiera metido la cabeza en el agua hasta ahogarlo. ¡Menudo susto!!! Cómo para aguantar ese humor tan asquerosamente irónico, tan jodidamente inglés.

Tardamos un rato en darnos cuenta de la que nos habíamos librado, en tomar conciencia del peligro pasado. En una playa gambiana no hay socorristas, como mucho, un grupo de locales tocando el yembé, mientras ven a los turistas tostarse al sol y darse baños suicidas. Tras el susto llegó la calma y nos fuimos a pasear por la orilla. Daniel se fue a ver los jardines de un hotel nuevo que estaban construyendo al lado del nuestro y yo me fui paseando sin rumbo, hasta que llegó un chico que quería acompañarme con la frase gambiana que repiten sin cesar; “it is nice to be nice” o lo que es lo mismo Lama-lama in the Gambia. Intenté ser amable aa principio, pero luego ya le supliqué que me dejara pasear sola, mientras un “butterfish” muerto en la orilla me miraba con ojos de compasión. Al final, el chico se dio por vencido y me dejó seguir sola. Lo que menos me apetecía en esos momentos era ser agradable con un desconocido por muy “nice” que quisiera ser.

El sol seguía cayendo como plomo, así que decidí volver a la hamaca, a la sombra del parasol de paja. Daniel llegó enseguida y cambiamos la tumbona de la playa por la de la piscina, un estrés total. Así pasamos la tarde, entre baños de piscina, lectura y siestas, al son de una música reggae con poco volumen. Ese sábado tocaba cena especial de barbacoa y espectáculo de música y danzas africanas, el mismo concierto que nos perdimos al llegar tarde la primera noche. Cuando llegó la hora de cenar, era un primor vernos a todos rojos como gambas, especialmente a los holandeses, vestidos con nuestras mejores galas, y oliendo a crema hidratante. La fiesta fue apoteósica, acabaron bailando todos, camareros, dueños, clientes, menos dos sosos españoles, que no hacían más que beber cerveza y observar al personal. Pero bueno, después del susto del baño matutino en el mar, se apiadaron de nosotros… teníamos el miedo en el cuerpo aún, era imposible bailar

Domingo 13: Serekunda, Lamin Lodge, mercado de Brikama
Con retraso llegó Lamin. Al parecer había pasado mala noche y se había levantado vomitando. A las 11 salimos en dirección a Lamin Lodge. En el camino, pasamos por el centro de Serekunda, dónde había mercado. Agobiante, hubo un momento que pensé que se iban a meter en el coche. Para comprar telas africanas o batiks, es el mercado indicado, con precios interesantes. Era domingo y el mercado estaba a tope, convenimos con Lamin que volveríamos otro día más tranquilo para comprar las telas.

Llegar al Lamin Lodge fue un regalo de los cielos. Un remanso de paz y tranquilidad. Es un paraje descubierto por un alemán, casado con una gambiana. Allí el alemán construyó un restaurante, en un palafito sobre los manglares que bordean el gran río Gambia. Cuando llegamos estaba en obras, no pudimos tomar nada en el Lodge, pero sí pasear en barca por los manglares. Antes de montar, nos enseñaron lo que hacen con las conchas de los berberechos: cemento, pintura y pavimento exterior. Al pisar sobre las conchas, el ruido que se produce hace que sea una “alarma natural”, nos indicó uno de los que por allí pululaban.

Montamos los 3 en una barca junto al “capitano” y otros dos remeros simpatiquísimos. No paré de reírme durante todo el paseo; intentaban hablar en español con nosotros y se lo inventaban todo. Es un sitio muy especial, con mucha magia. Pararon en una especie de islote de arena en el que vimos un montón de cangrejos que iban y venían, metiéndose en la arena y volviendo a salir para después correr en paralelo. Tanto al salir como al volver a montar en la barca nos hicieron montarnos sobre sus hombros. Yo quería morirme, me entró un ataque de risa que no podía contenerme. Saludábamos a todas las barcas que pasaban a nuestro lado. También vimos a mujeres que iban navegando solas, pescando ostras de los troncos de los manglares en unas cestas. Según nos explicó el “Capitano” es un trabajo solitario el de estas mujeres, muy sacrificado, muy duro. Cuando acabó el paseo, volvimos al punto de partida, y nuestro guía Lamin negoció con ellos el precio que tenía que pagarles. No sé si les timó, pero su gesto simpático no lo era tanto cuando nos despedimos de ellos.

Acabábamos de navegar por uno de los afluentes del gran río Gambia, uno de los mayores ríos de África, que discurre durante 1.130 kilómetros desde la planicie Futa Yallon al norte de Guinea, hasta desembocar en la ciudad de Banjul, a orillas del océano Atlántico. La mitad de su recorrido es navegable. http://es.wikipedia.org/wiki/R%C3%ADo_Gambia

La siguiente parada fue en el mercado de artesanía de Brikama. Se encuentra cerca de Serekunda, la ciudad más grande del país que habíamos atravesado por la mañana. Es un mercado de artesanos que trabajan sobre todo la madera. Se puede hacer buenas compras, aunque en los diferentes puestos, exhiben casi todos los mismos productos. Conviene no regatear en exceso, al final siempre aceptan el precio que pides, pero tampoco hay que abusar. Normalmente puedes sacar los productos con un 25% de descuento. En uno de los puestos me fijé en una talla de madera que reproducía una barca de colores, como las que habíamos visto en la playa del Tanjul. El dueño me dijo que no se vendía pero que esperase 5 minutos que me iba a traer la misma pero más pequeña. Y así fue, me la trajo y la compré. No recuerdo bien si pagué mucho, lo que sí recuerdo es que salimos con muchas más cosas de las que en principio íbamos a comprar…

Justo en frente del mercado, paramos a comer en un “fast-food” local. Yo sé que el 90% de las personas que conozco no hubiese parado allí a comer ni de coña. Pero nos fiamos de Lamin, y resultó ser un acierto, la comida estaba buenísima. Eso sí, en la terraza comimos rodeados de gallinas, cabras y transeúntes que no daban crédito al vernos allí. Al baño no tuve el valor de ir, ya era superior a mí. Daniel fue y volvió sano y salvo. No le salió el cocodrilo Charlie por el agujero del wáter.

Después de comer, Lamin nos condujo hasta una “Granja de reptiles”. Se llama así porque realmente es la granja de un pirado francés que un día vino a Gambia  y se quedó, enamorado de los reptiles. En la puerta nos recibió un guía de Sierra Leona que nos fue explicando con detalle cada bicho reptante que allí había en jaulas gigantes y terrarios. El guía era un profesional con todas las letras. En una de las jaulas nos hizo meternos dentro para ver a una cobra gigante en pleno proceso de cambio de piel y al salir, me di cuenta de que, justo detrás de mí, había una serpiente enorme, enroscada en una rama. Aún me tiembla el cuerpo cuando recuerdo ese momento. En cada terrario nos ofrecía la posibilidad de tocar a los bichos. Daniel tuvo el valor de aguantar a más de una serpiente en sus manos, yo creía que me moría.

La verdad es que es un lugar escondido, que dudo mucho que vayan los turistas en masa. Pero merece la pena visitarlo, el guía como digo, es un verdadero amante de los reptiles y se nota en sus explicaciones.

Ya de regreso al hotel, después de otro día completo de vivencias africanas, paramos el coche para recoger a dos holandeses, una pareja que Amin conocía muy bien. Estaban alojados en nuestro hotel. Llevaban años viniendo a Gambia y habían decidido subvencionar un centro médico contra la malaria. Según nos explicó el hombre de la pareja, la malaria es una enfermedad muy cruel ya que no hay un solo tipo de malaria y aunque se haya adelantado mucho en su investigación, e incluso se haya encontrado la vacuna adecuada, no interesa venderla. Hay intereses económicos y políticos mezclados, y mientras tanto sigue expandiéndose. Antes de viajar a Gambia recomienda la OMS vacunarse contra la malaria y contra la fiebre amarilla. Nosotros ya estábamos vacunados de fiebre amarilla, pero sí que tomamos precauciones con el anti-mosquitos relec  extra fuerte. Antes de viajar a cualquier país africano es importante consultar las recomendaciones de Sanidad https://www.msssi.gob.es/profesionales/saludPublica/sanidadExterior/salud/home.htm

Aún queda gente comprometida en el mundo, y nos gustó mucho conocerles. Cuando llegamos al hotel, a la hora de cenar los vimos, y nos saludaron. Cenamos pronto y nos fuimos a descasar con una tormenta impresionante de fondo. Al día siguiente íbamos a vivir un día muy intenso.

Lunes 14: Isla de Kunta Kinthe
Teníamos por delante un día muy especial, con un viaje que nos ocuparía varias horas, hasta la noche, cruzando el gran río Gambia hasta alcanzar la isla del esclavo más famoso de la Televisión: Kunta Kinthe. Salimos a las 10 de la mañana hacia la capital del país, Banjul, para embarcar y cruzar el río Gambia. Como había llovido la noche anterior, las calles al salir de hotel eran auténticos ríos de barro rojo. La capital, no por su tamaño ya que Serrekunda es mucho más grande,  no tiene especial interés, además tuvimos que soportar un atasco considerable para acceder al embarcadero. Mientras esperábamos en el coche de Lamin a que avanzara unos metros, vimos la puerta de un hospital donde se hacinaban mujeres y niños tirados en el suelo. Según nos explicó Lamin, son los familiares de las mujeres que dan a luz y que esperan, día y noche, a que las parturientas salgan del hospital.

En Banjul vimos algunos monumentos en honor al dictador Yahya Jammeh, que lleva desde 1994 gobernando el país con mano dura. Según nos comentó Lamin, Banjul es una ciudad sucia, contaminada y con muchos mosquitos, nada agradable para vivir. Al llegar por fin al embarcadero nos esperaba la gran sorpresa del día- Teníamos dos opciones cruzar el río en uno de los ferries destartalados que se veían en el horizonte, u optar por cruzarlo en cayucos hasta la bandera de gente. Yo al principio pensé que era una broma de Lamin pero enseguida nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. Había decidido que fuésemos en cayucos, porque según él era más rápido y más económico. De repente nos vimos aupados, encima de los hombros de unos fornidos muchachos que nos llevaban en volandas hasta la punta del cayuco para subirnos cómo buenamente pudimos. No había tiempo de reaccionar. Por mucho que gritara que no, que no quería, era como una pesadilla. Al final nos dio por reírnos porque vimos claramente que no había vuelta de hoja. No había otra salida, íbamos a cruzar el gran río en cayucos, como los que cruzan el estrecho de Gibraltar, hacinados, con maletas y bolsas por todos los lados, hasta corderos para sacrificarlos al día siguiente, llegaron a montar en el cayuco.  Yo me puse en la parte de abajo, dónde se supone que van las mujeres y los niños. Era una histeria colectiva, ahora que lo recuerdo desde la distancia, sigo acordándome de la sensación de agobio que pasamos. Niños llorando, mujeres con rostros tristes intentando proteger a sus niños y al mismo tiempo, guardando las bolsas cómo podían, hombres sudorosos chillándose los unos a los otros para dejar pasar a los quedaban por embarcar. Menos mal que el trayecto duró sólo media hora, porque en la parte de abajo dónde yo estaba, empecé a tener claros síntomas de claustrofobia. A la salir del cayuco, y tener que volver a salir a horcajadas, no me importó tanto, eran más fuertes las ganas de respirar aire puro.

Una vez en tierra firme, al otro lado de la orilla nos apeamos en un pueblo que se llama Barra. A la orilla vinieron un montón de niños a pedirnos cosas. Empecé a repartir caramelos y Lamin nos aconsejó comprar lápices mejor para repartirlos, en vez de caramelos. Antes de subir al 4×4 que nos iba a llevar tierra adentro, cargamos con bolsas de lápices para el camino. El Toyota que nos conduciría hasta nuestro siguiente destino tenía más años que la tos, no se veía  ni el cuenta kilómetros, pero al chófer con un único diente por dentadura le daba igual. Antes de arrancar, Lamin y él negociaron la tarifa y en pocos minutos pusimos rumbo hacia la isla de Kunta Kinthe. Por una ruta de tierra roja, un camino lleno de baches, íbamos cruzando poblados de chabolas de barro con tejados de paja y ramas gigantes de hojas de plátano- Los niños salían a nuestro encuentro, persiguiendo el coche y saludándonos al pasar. Les echábamos lápices y cuando se acabaron, también los caramelos, era difícil quedarse impasible. Es una sensación contradictoria. La razón te dice que no eches nada, porque te sientes mal, como el blanco que echa de comer a los perros pero por otro lado, te lo están pidiendo, es como un juego para ellos. Cada vez que pasa un coche de turistas salen corriendo al encuentro porque saben que son las reglas del juego, y no hay más. ¿Éticamente reprobable quizás? Sí puede que sí, pero hay que vivirlo para ser capaces de negarles una sonrisa a esos niños.

Cuando finalmente llegamos a nuestro destino con un buen “automasaje” en sendas posaderas a base de botes sobre mil baches, el calor era infernal. A nuestra llegada a Jufureh nos esperaba un guía local para enseñarnos el museo sobre la esclavitud que se encuentra ubicado junto a otro embarcadero desde dónde se coge otro cayuco para llegar a la Isla de Saint James, el lugar donde los tratantes de seres humanos aprisionaban y clasificaban a los esclavos antes de embarcarlos hacia las plantaciones americanas. Según cuenta la historia unos tres millones de personas fueron capturadas y enviadas a América como esclavos.

La aldea de Jufureh se hizo famosa en los años 70 al ser el escenario del inicio de la novela Raíces, de Alex Haley. Jufureh presume de ser la cuna del celebérrimo Kunta Kinte, personaje histórico y ascendiente del propio escritor que fue secuestrado y vendido a mediados del siglo XVIII. En el museo que nos mostró el guía local vimos varios mapas y dibujos dónde se explicaba muy gráficamente cómo transportaban a los esclavos como sardinas en lata, en los barracones de los barcos. Nunca imaginé que la esclavitud había sido un negocio de tanta envergadura. El museo es modesto y cuenta con escasos medios, pero da una imagen muy detallada del horror que supuso la esclavitud.

Después de la visita al museo, nos dispusimos a embarcar otra vez en otro cayuco para navegar hasta la isla de Saint James. Esta vez no tuvimos que subirnos a los hombros de nadie pero sí tuvimos que bajar por unas escaleras desde un puente hasta el cayuco. El calor era intenso, pesado. Sólo pudimos aliviarnos cuando ya empezamos a cruzar el río y la brisa era un regalo de los cielos gambianos.                No duró mucho el trayecto, en poco menos de media hora, pisábamos la isla de los esclavos. De aquella época quedan el antiguo fuerte, construido por los ingleses en el siglo XVII, y los barracones que servían como prisión.

Es un lugar muy tranquilo y muy bonito, si no fuera por su triste pasado. Después de recorrer el escaso pedazo de tierra que se encuentra en mitad del río, nos sentamos a charlar en la orilla con Lamin y los que habían venido con nosotros en el cayuco. Hablamos del expolio de los recursos naturales que ha sufrido y sigue sufriendo África, del paro, de sus creencias religiosas (la mayoría son musulmanes), de la vida en general. Yo les pregunté sobre qué les contaban de Europa en la televisión, en la prensa, para que siguieran cruzando el estrecho jugándose la vida por sueños que se rompen antes de nacer. Y ante su respuesta no tuve nada que decir: “el hambre no conoce barreras, ni muros, ni mares”.  En definitiva, estuvimos charlando un buen rato en la isla del pasado triste, con gente libre sí, pero con un futuro “esclavo”, sin esperanza.

Cuando llegó la hora de regresar, no podía dejar de pensar en la crueldad de aquellos años de esclavitud. Todo el camino de vuelta en el cayuco, mantuvimos la vista sobre la isla que dejábamos atrás, seguramente que para siempre. La vuelta la hicimos a contra corriente, el calor seguía siendo sofocante pero ya casi ni lo notábamos. Al llegar nos esperaba una troupe de vendedores de artesanía, todos querían vendernos algo, no había escapatoria, éramos los únicos turistas a esa hora y en ese lugar. Prometimos comprar después de comer. En un bar de la orilla nos esperaban para comer: gambas fritas y cerveza fresca. Los vendedores nos miraban desde el exterior de la terraza, sabían que después de comer nos iríamos en el 4×4 y no tendrían tiempo de engatusarnos. Y así fue, tan pronto acabamos de comer ya estaba el chófer del diente solitario esperándonos. Nos montamos y un pobre anciano al que antes le dije que le compraría me sonreía y me decía que por favor no me fuera sin comprarle nada. Fue una situación extraña. El coche arrancando, Daniel diciéndome que me montara de una vez y el anciano mostrándome 2 ensaladeras de madera que no me iban a caber en las maletas. Al final las compré, me dio mucha pena aquel hombre tan anciano. De repente arrancó y el hombre siguió el coche corriendo para regalarme una pulsera por haber cumplido con mi palabra de comprarle a él y sólo a él. Directo al corazón, las lágrimas no tardaron en caer.

La vuelta por el camino de baches nos embelesó otra vez. Esa tierra roja y esa vegetación componen un paisaje difícil de olvidar. Algunas de las termiteras eran tan grandes, que parecían montañas y les salían incluso ramas. No salieron tantos niños al encuentro, era la hora de la siesta y vimos algunos dormidos a la sombra de los enormes plataneros.

Ya eran las 5 de la tarde cuando llegamos a Barra de nuevo para embarcar en un cayuco de vuelta a Banjul. La víspera del gran día de las celebraciones del Tobasky el embarcadero estaba a rebosar de gente. Nos montamos con tiempo y nos situamos en la proa del cayuco, mientras las olas nos balanceaban, esperando a que se cargara al 100% de gente, maletas y corderos vivos, atados por las patas, y balando sin cesar.  Al cabo de una hora de espera, nos empezamos a poner nerviosos todos, era desesperante. Guardar el equilibrio, mientras el cayuco no dejaba de balancearse por el oleaje, era sencillamente horrible. Menos mal, que nos entretuvimos escuchando las conversaciones de dos chicos que se contaban sus proezas sexuales en un francés bastante incomprensible por momentos. Cuando por fin salió el cayuco, no importó nada que nos salpicaran las olas, el atardecer sobre el río y la alegría de saber que por fin íbamos a llegar a destino, nos hizo olvidar la espera.

Éramos los únicos blancos y al llegar a la orilla, cuando nos tuvimos que subir otra vez a los hombros de los chicos que nos llevaban a tierra firme por unos cuantos dalasis, fuimos la atracción del momento. En mi vida olvidaré la experiencia, nunca me había sentido tan observada. Gente, mucha gente. Lamin nos explicó que era la víspera del gran día del sacrificio del cordero y que muchos buscaban aún, a última hora, un cordero para comprarlo a mejor precio. Llegamos extenuados al hotel, a nuestra pequeña galaxia, alejada del mundanal ruido. Felices eso sí de haber vivido un día inolvidable, sobre todo eso, inolvidable.

Martes 15: el gran día del Tobasky
En Gambia las distintas religiones conviven armoniosamente, sin ningún tipo de problemas. Es totalmente normal invitar a familiares o amigos a las celebraciones aunque no practiquen la misma religión. El gran día del sacrificio del cordero había llegado y todos los comercios estaban cerrados. Nosotros estábamos invitados a comer cordero al día siguiente, cuando después de sacrificarlo la madre de Lamin lo iba cocinar para invitar a todos sus allegados, incluidos nosotros, todo un honor, por cierto.

Después de desayunar, nos fuimos a la playa para disfrutar de nuestro último día de relax. Uno de los huéspedes, un holandés, bajó con su enorme bongo, para tocar con los chicos del “Happy corner”. Pasamos todo el día entre tumbonas playeras y piscineras, al son de la música de los yimbés.  Al atardecer, cogimos un taxi y nos fuimos a la Senegambia Strip, una avenida dónde están todos los restaurantes, bancos y algunos de los principales resorts hoteleros. Antes de elegir el local para cenar, fuimos a un banco, dónde en la moderna sala de cajeros había un conserje que no paraba de sonreír, al verme remugar por no poder sacar más de 3000 dalasis cada vez que pedía un reintegro. Como en el hotel no se podía pagar con Visa (un gran fallo para un hotel al que no habíamos encontrado ningún pero), nos tuvimos que armar de paciencia para sacar todos los dalasis del cajero. Hasta 8 reintegros tuvimos que hacer para poder sacar todo el dinero necesario. Menos mal que por lo menos de los cajeros los billetes salían nuevos, y no los mugrientos y casi inservibles billetes que nos habían dado el primer día, en la casa de cambios del amigo de Lamin. Con nuestros bolsillos llenos de dalasis, salimos a cenar, con parada previa en los jardines del hotel de 5 estrellas Kairaba Hotel. Entramos para ver la piscina que desde fuera se veía espectacular. Impresionante, la verdad. La playa privada de hotel, sin embargo, estaba bastante peor que la nuestra, erosionada, sin arena, se veía claramente que habían querido ganar terreno al mar y no lo habían conseguido. No se puede tener todo….

En la calle de los restaurantes, había para todos los gustos: comida italiana, asiática, francesa, y africana, obviamente. Optamos por la gastronomía local, por el restaurante African Queen. http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g297575-d1213319-r159013977-Tahonga_African_Queen-Kololi_Banjul_Division.html. El sitio fue todo un acierto. El personal muy amable, a las órdenes de una señora que parecía hindú, la comida buenísima y el ambiente muy relajado. La especialidad son los “slizzers”, platos servidos en parrillas humeantes compuestos de carne o pescado, servido con verduras y arroz, pero nosotros elegimos, una vez más, pescado, ésta vez el “ladyfish”, en vez del butterfish.  Uno de los platos de pescado lo comimos con salsa de coco y arroz con vegetales, y el otro con salsa picante de cebolla y arroz negro. ¡Buenísimo todo! Y encima, por  700 dalasis, (14 euros cada uno), con 4 cervezas incluidas. Muy recomendable este restaurante, la verdad.

Al salir nos esperaba el mismo taxista que nos había traído dos horas antes. Nos podíamos haber quedado a dar una vuelta pero no era cuestión de arriesgarnos a perder todo el dinero que llevábamos encima para pagar el hotel. Regresamos como buenos chicos, pagamos religiosamente la estancia  de nuestra semana en el hotel y nos fuimos a preparar las maletas, muy a nuestro pesar. Al día siguiente tocaba cierre y despedida.

Miércoles 16: despedida
Lamín vino a buscarnos a media mañana. Antes, nos despedimos de todo el personal en el desayuno. No recuerdo a nadie serio, todo el mundo sonriendo, por algo llaman a la costa de Gambia, la “Smiling coast”. La hospitalidad en el sentido más estricto de la palabra. Nos dio pena tener que decir adiós pero no quedaba más remedio.

Antes de ir a casa de sus padres y comer el cordero con toda su familia, Lamín nos llevó al mercado de las telas batik, como así se lo había pedido. La Batik factory, se encuentra muy cerca del mercado de Serrekunda. En un gran patio al aire libre se exponen todas las telas que se atan y tiñen en diferentes colores y diseños fascinantes.  La fábrica la dirige una mujer que se llama Musukebba Drameh. Nos atendió personalmente y nos invitó a tomarnos nuestro tiempo para elegir las telas que nos gustasen. Cuando llegó la hora de negociar los precios, enseguida supo con quién tenía que hablar. No quería negociar los precios con Daniel, sólo conmigo. La situación se puso rocambolesca, cuando Daniel quiso despedirse de ella y no quiso ni mirarle, no paraba de decirle que con él no quería negociar, que sólo conmigo. Al final compramos 4 telas preciosas y 2 camisas por 40 euros. No sé si nos timó o no, sólo sé que nos gustaron y que en Europa hubiéramos pagado probablemente el doble, o incluso el triple.

Queríamos llevar algo a casa de Lamín. Y nos llevó a una tienda cercana a su casa. Bueno más que tienda, era un almacén oscuro, lleno de sacos de legumbres y estantes casi invisibles de comida y productos de limpieza. El tendero, un egipcio, nos atendió muy amablemente. En vez de caramelos, Lamin nos dijo que era mejor llevar galletas. Y así lo hicimos, compramos una caja llena de paquetes individuales de galletas y una bolsa de caramelos de sabor a mango.

Cuando llegamos a la casa, el patio con un enorme árbol en el medio, estaba lleno de niños correteando y mujeres con vistosos batiks sentadas en el suelo y comiendo cordero con las manos de una gran fuente metálica. Salió a saludarnos el padre, el patriarca, y nos presentó a todos sus hijas, yernos y nietos. Los niños con ojos como platos, nos miraban como si hubiesen llegado dos marcianos en una nave espacial, justo en ese momento. Los más pequeños, incluido Hussein, un niño del que nos enamoraron sus ojos, se pusieron a llorar del miedo que les daba ver a unos blancos como nosotros. Lamín nos hizo pasar a la cocina, dónde se encontraba su madre cocinando el cordero.  La cocina era una especie de horno en el suelo en un patio trasero de la casa, al aire libre. De unas cuerdas colgaban las tripas y pieles del cordero que habían sacrificado el día anterior. Olía muy bien el guisado de la carne con patatas y cebollas.

La escena era casi cómica, por no decir incómoda, porque, mientras todos comían en el patio, sentados en el suelo, mujeres y niños por un lado, y los hombres por otro, nosotros, los “invitados de honor”, teníamos reservados los únicos asientos de la casa para que comiéramos el cordero, con las manos también, pero sentados en las butacas y con el ventilador puesto. No podíamos negarnos, teníamos que agradecer su hospitalidad, pero esa sensación de vernos como “blancos en su trono” no me hizo mucha gracia. Fue un poco violento, aunque, enseguida pasó el mal trago, porque después de chuparnos los dedos con el cordero que estaba realmente exquisito, llegó el momento de jugar con los niños, de repartir las galletas y de reírnos sin parar hasta que llegó el momento de irnos.

Nuestro avión de vuelta salía a media noche. Teníamos varias horas por delante para aprovechar, antes de irnos del país de la sonrisa. Nos despedimos de toda la familia a media tarde, y Lamín nos propuso ir a otro lugar increíble, la Paradise beach. Está claro que en todos los lugares turísticos hay alguna playa con ese nombre, algunas hacen justicia al nombre y otras no, la Paradise de Gambia es de las que no engañan. Se encuentra en la zona de Sanyang, una comunidad de pescadores. Es de arena blanca y tiene mucha fama porque según dicen, en los restaurantes se come el mejor marisco y las mejores langostas del país.

Cuando llegamos, después de cruzar un paisaje casi lunático, de manglares y zonas pantanosas, no había casi gente. El sol se iba escondiendo poco a poco en el horizonte, y la paleta de colores iba del rosáceo del cielo al color púrpura del mar, en contraste con el naranja intenso de una bola de fuego que se iba poco a poco haciendo más pequeña. Los que sí disfrutaban del paisaje como nosotros eran tres ancianos británicos, dos mujeres y un hombre, arrugados  como tortugas, que no dejaban de beber cervezas en la barra de un bar, bajo un techo de paja. Sus ojos azules, ya menguados, brillaban como pequeñas estrellas ante la belleza que nos rodeaba. Lamín nos explicó que hay muchos ingleses jubilados que pasan largas temporadas en Gambia. Disfrutamos mucho del momento, y hasta que el sol no se escondió del todo, no quisimos irnos de la Paradise beach. Un paraíso gambiano, buen lugar para jubilarse.

Al salir al encuentro de la carretera principal, vimos a muchos niños vestidos de “domingo” con gafas de sol de colores. Lamín nos explicó que con el Tobasky, los niños reciben regalos, es como la navidad cristiana. (foto de portada). Nos sonreían y nos saludaban al pasar. ¡Cuánto íbamos a echar de menos esas sonrisas….!

Al llegar a la zona de la Senegambia Strip, la zona de los hoteles, había mucha gente por la calle. La celebración del Tobasky dura varios días y si el día anterior, el día del sacrificio, todo estaba cerrado, en esos momentos toda Gambia estaba en la calle. La verdad es que sin quererlo, ni saberlo habíamos viajado a Gambia en una época del año muy especial.

Ya sólo quedaban horas, nos teníamos que despedir de Gambia. Cuando Lamín nos dejó en el aeropuerto y nos despedimos de él, agradeciéndole todo lo que había hecho por nosotros, el aeropuerto estaba animado. Tuvimos tiempo de tomar algo sin prisas, y de reírnos al recordar los mejores momentos del viaje. En menos de cinco horas estaríamos otra vez en la “civilización”, dónde las sonrisas se “venden” mucho más caras. ¿Y que podíamos hacer? Pues nada, asumir que ya nos habíamos contagiado de esa terrible enfermedad que dictamina que el que viaja a África por primera vez, vuelve irremediablemente, tarde o temprano. Sí, así de crudo….. NO HAY CURA.

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