De Omeyas y sombreros cordobeses


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Del 9 al 12 de Octubre de 2015
¿Con cuántas pulsaciones explota el corazón? No sé con cuántas pero algún día el mío dirá ¡Basta ya! Y si no, que se lo pregunten a mi Santo y su sentido de la puntualidad. No hay manera, no hay forma humana de hacerle entender que si un avión sale a las diez de la noche, llegar al aeropuerto media hora antes es, cuánto menos arriesgado. Pero como los Dioses siempre le acompañan, pues una vez más tuvimos la suerte de que el despegue del avión llevara retraso y milagrosamente conseguimos nuestro objetivo: volar de Valencia a Sevilla y llegar a las 11 de la noche, una hora más tarde de lo previsto. Enseguida cogimos las llaves del coche de alquiler, menos mal que estaba  abierta la oficina hasta media noche. Todo salió bien, los Dioses se apiadaron de mi pobre corazón…

A tan sólo 23 km por la Autovía en dirección a Córdoba, llegamos a dormir a Carmona. Me habían hablado muy bien de esta localidad sevillana, y al día siguiente, entendimos el por qué. Es uno de los pueblos más bonitos de Andalucía.
Nos alojamos en los apartamentos turísticos Casa Cantillo. http://casacantillo.com/inicio/; buenas referencias en los buscadores, las habitaciones, tipo estudio con cocina, son amplias y limpias, pero los ruidos de las tuberías al despertar son sencillamente un horror, una pesadilla. Así madrugamos, con un despertador que en vez de sonidos normales, emitía “ruidera de cañería atascada”.

Viernes 9: Carmona – Écija – Aguilar de la Frontera – Cabra – Priego de Córdoba – Almedinilla – Doña Mencía
Carmona es uno de los municipios que forma parte de la Ruta de la Plata, la antigua Vía Romana que discurría desde Sevilla hasta Gijón, atravesando el país de Norte a Sur, por el lado Oeste. http://www.rutadelaplata.com/es (asignatura pendiente de este diario viajero, ya en la lista de los viajes futuribles a corto-medio plazo).

Carmona se precia de ser una de las ciudades más antiguas del continente Europeo. La visita la iniciamos por la Puerta de Sevilla, entrada del Alcazar que junto a las murallas que rodean la ciudad, conforman un complejo defensivo casi infranqueable. A esas horas tempranas tuvimos la suerte de perdernos por las calles sin cruzarnos con gente, sólo con algunos tempraneros como nosotros y algún despistado que aún seguía de marcha.

Es casi imposible seguir una ruta racional, Carmona es un laberinto de calles adoquinadas y fachadas encaladas con grandes ventanales rematados con verjas en forja, a rebosar de flores. Vayas por dónde vayas te encuentras con Iglesias, Palacios, Museos y patios como el maravilloso patio marroquí que no encontramos casualmente al entrar en el interior de la Universidad Pablo de Olavide, político, traductor y jurista, cuya sede principal está en Sevilla: https://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Olavide.  Nos adentramos en su interior atraídos por el silencio y su patio escondido entre hiedras con una fuente plana de mármol árabe en el suelo que nos encantó. Al salir de allí, nos encontramos con la entrada del magnífico Parador de Carmona. Aunque no nos alojamos allí, entramos a ver el patio y su mirador, desde uno de los balcones principales. De hecho el Parador es un alcázar árabe del S. XIV con las mejores vistas sobre la campiña desde Carmona. Para quedarse allí aunque sea a tomarse un “cafelito”: http://www.parador.es/es/paradores/parador-de-carmona

La Iglesia de san Bartolomé, el Mercado de abastos, La Iglesia del Salvador, el Ayuntamiento, La Iglesia de Santa María y la de Santiago, el Convento de Santa Clara, el Convento de las Descalzas, el Hospital de la Caridad, La Casa Palacio de los Aguilar, de los Rueda, etc… ¿algún motivo más para visitar Carmona?. Sí, uno más, su maravillosa Plaza de San Fernando, con sus fachadas de edificios que datan de diferentes épocas (desde el S. XVI hasta el S.XIX). Las tres construcciones más antiguas, pertenecientes al siglo XVI, se encuentran en el flanco oeste; La primera es La Antigua Audiencia, la segunda el Convento de madre de Dios y, por último, una casa de estilo Mudéjar decorada con azulejos “de cuenca”. Es una plaza muy bonita y original. Ya en época romana era el punto central de convivencia de la urbe, y hoy en día, lo sigue siendo. https://sevillapedia.wikanda.es/wiki/Plaza_de_San_Fernando_(Carmona)

Volvimos a salir por dónde habíamos entrado a la Carmona amurallada, por la Puerta de Sevilla. Salimos del aparcamiento justo a tiempo, antes de que se apeara una horda de chinos de un autobús turístico sevillano. Yo confieso que debieron notar que salíamos corriendo en cuanto los vimos, pero ¿qué le vamos a hacer? no hay mejor manera que espantar a los turistas que sacar a pasear a un grupo de chinos en manada. ¡Infalible!, Además, la “espantá” es efectiva y cuesta poco tiempo, los chinos invaden, sacan mil fotos por segundo y se van corriendo a otro lugar, no vaya a ser que no puedan recorrer España y Andorra en 24 horas.

Desde Carmona salimos por la nacional en dirección a Córdoba en nuestro mini buga, un Lancia Epsilon al que tuvimos que acostumbrarnos por imperativo legal. Y digo acostumbrarnos, porque a pesar de su tamaño en cuanto me pasaba de velocidad controlada por rádar, me frenaba como si tuviese vida propia. Y así, entre frenadas y deleitándonos con el paisaje llegamos a la que denominan todos los veranos, cuando los termómetros aprietan, la “sartén de Andalucía”, o lo que es lo mismo, a Écija, la ciudad de las Torres, (11 concretamente). Llegamos a media mañana y el centro estaba a rebosar de gente y de tráfico. Aparcamos en un parking al lado de la gran Plaza Mayor y nos dispusimos a conocer esta ciudad tan andaluza y tan barroca.

La primera parada obligatoria es la Plaza España, de planta rectangular alargada, tiene más de 400 metros de perímetro; en uno de sus frentes se encuentra el edificio del Ayuntamiento presidiendo este amplio espacio urbano conocido en la población con el nombre de «El Salón». Las dimensiones de la Plaza impresionan, imposible sacar una foto panorámica que abarque todo el espacio. Intentando ampliar los ángulos de visión nos adentramos por algunas de las calles que desembocan en la plaza. Una de las calles más concurridas es la calle Mas y Prat. Para adentrarse en ella, pasamos por el curioso Bar de las 4 esquinas y delante de una fachada singular, la de la Casa Mirador del Gremio de la Seda (s. XVIII), una fachada barroca en policromía que ha sido recientemente restaurada y que es una de las fachadas más fotografiadas de la ciudad. La economía de Écija se ha basado siempre en la agricultura y en la ganadería, sin embargo, en el s. XVII la industria de la seda y el lino adquirió un gran auge con la existencia de hasta 1000 telares. Debido a este auge, se construyó esta casa donde los comerciantes hacían sus tratos comerciales tanto a nivel nacional como internacional.

Seguimos por las calles que rodean la Plaza España y descubrimos otra plaza más pequeña en la que el barroquismo ya no podía ser más exagerado. El casco histórico de Écija conserva uno de los mejores legados de arquitectura y arte barroco de Andalucía y probablemente de toda la Península Ibérica. De hecho durante el siglo XVIII, la ciudad vivió el Siglo de Oro Ecijano, además de la construcción de sus famosas torres, se construyeron Iglesias, palacios, conventos, edificios públicos, etc…

La plazuela de Santa María, que es cómo se la conoce, lucía especialmente engalanada para la procesión Mariana que se iba a celebrar al día siguiente. Tanta devoción mariana tiene su explicación, hay que buscar el origen en la historia y en el edicto que se estableció en el año 1615 como consecuencia de la defensa a ultranza que hizo la población de Écija de la Virgen Inmaculada, oponiéndose a la prohibición de actos que se celebraban en su honor.

No era Semana Santa pero olía a incienso y mirra. Seguimos nuestro recorrido por las calles estrechas y llegamos a la terraza del Casino que aunque no destaca especialmente desde fuera, el acceso al interior merece la pena. Nos tomamos una cervecita fresca en la terraza intentando imaginar en qué consistía la “Sopa de gato” que se anunciaba en el menú del día. Saciamos la curiosidad, el camarero nos explicó amablemente que la sopa gatuna es una variante de la sopa de ajo a la que se le añaden tomates pelados y pimientos verdes. La tapita con la segunda caña de cerveza nos calmó las tripas, ya empezábamos a tener hambre canina, digo gatuna….

Antes de despedirnos y coger el coche para salir de la ciudad de las torres, dedicamos un buen rato a meternos por todos los patios y entradas a las que podíamos acceder, embriagados por la cantidad de Palacios que se esconden en el laberinto de calles que conforman la judería de Écija. http://ecijahistoria.blogspot.com.es/2015/03/don-yusuf-de-ecija.html; No sé cuántos, la lista es larga,  pero los que no hay que perderse son: el Palacio de Justicia, conocido popularmente como el Palacio de las Tomasas, ya que perteneció a dos hermanas ecijanas apodadas así. Presenta una exuberante decoración “historicista”, basada en la ornamentación de la Alhambra; el Palacio de Benamejí, modelo de arquitectura civil en el barroco español y una de las joyas del gran siglo ecijano. El edificio fue originalmente propiedad de los marqueses de Benamejí. Más tarde albergó la Remonta Militar y desde 1997 es sede del Museo Histórico Municipal; y por último, la fachada del Palacio de Peñaflor, otra joya del Barroco, declarado Monumento Histórico- Artístico desde el año 1962.

Aguilar de la Frontera, ya en la provincia de Córdoba nos esperaba para comer. Subimos todas las cuestas en coche hasta el punto más alto, desde dónde ya no teníamos más opción que volver sobre nuestros pasos. Las comparaciones son odiosas, pero yo pensaba que nos íbamos a encontrar con una réplica de Arcos de la Frontera en Cádiz, un lugar que nos encantó, pero no, Aguilar es un pueblo en cuesta con unas vistas espectaculares sobre la campiña cordobesa y poco más. Nos habían recomendado un restaurante que se llama la Casona. Nos costó encontrarlo en la parte baja del pueblo, pero mereció la pena la espera. Se ubica en la Avenida Antonio Sánchez y viendo en el entorno “poligonero” uno no se hace a la idea de que por sus mesas han pasado famosos como Carmen Calvo (ex ministra de cultura), el escritor Francisco Bejarano, o el pintor Ginés de Liébana, entre otros. De estilo andaluz, el comedor invita a probar las especialidades cordobesas. El pan tostado que sirven está buenísimo, la sopa de pescado, los típicos “flamenquines” (rollos rebozados de lomo o pollo con jamón y queso en el interior) y el postre de la casa “Gachas con arcope” están buenísimos. http://lacasonarestaurante.es/restaurante. Recomendable 100%.

A la capital no teníamos intenciones de ir hasta el final del viaje, primero queríamos recorrer la provincia y desde Aguilar seguimos hasta el pueblo de Cabra. Un sitio con un entorno natural espectacular, con una parte nueva que no tiene mucho interés pero con otra parte histórica que merece la pena visitar. La localidad de Cabra está rodeada de naturaleza y agua. El Macizo de la Sierra de Cabra está considerado como una de las maravillas naturales de la provincia de Córdoba y de la comunidad Andaluza. Tiene la categoría por parte de la Unesco de geoparque, estando bajo protección de esta.

Para los amantes de los fósiles en Cabra encontrarán un paraíso. Desde la antigüedad, las rocas de la Sierra de Cabra han sido utilizadas para la construcción de la propia ciudad. Por sus calles, plazas, monumentos, fuentes y fachadas se exponen para admiración de quien repara en ellos, fósiles y fondos marinos con una claridad y belleza, difícilmente observable en la propia naturaleza. Las rocas de la Sierra de Cabra son calizas del Jurásico (entre 200 y 145 millones de años) que se formaron en el mar de Tethys. Muchos de los seres vivos que habitaron aquel mar prehistórico quedaron sepultados por sedimentos y se transformaron con el paso del tiempo en rocas. Es muy curioso, y creo que único en el mundo. Una ciudad fosilizada…http://www.turismodecabra.es/wp-content/uploads/2015/11/Guia-Cabra-Jur%C3%A1sica.pdf

Aparcamos en la parte más histórica, en el barrio de la Villa Vieja, junto a la imponente Iglesia de la Asunción de los Ángeles (s. XVIII), que conserva la planta de una mezquita y dispone de cinco naves, nada más y nada menos. En ese pequeño perímetro también se ubican el Castillo-Palacio de los Condes de Cabra, dónde según parece nació el rey Enrique II, el Parque de la Fuente del río y los restos de las murallas de la antigua Alcazaba árabe, con un mirador que merece la pena recorrerlo y dejarse llevar por la tranquilidad que allí se respira.

Al otro lado de la calle principal que atraviesa Cabra, se encuentra la parte nueva, en la que se mezclan las casonas y palacios con edificaciones más modernas de los años 70 que rompen todo el encanto. Una de las fachadas que nos llamó la atención fue la del Conservatorio de música, una fachada barroca con toques renacentistas que en su día fue la casa natal del escritor Juan Valera, el autor de dos clásicos: “Pepita Jiménez” y “Juanita la Larga”, entre otros. No había mucha gente por las calles, a pesar de ser un Viernes Santo, seguramente los “cabritos” estarían guardando fuerzas para la noche.

Siempre hacia el Este de la provincia, seguimos después de dejar Cabra hacia Priego de Córdoba, otro pueblo en las alturas que depende de por dónde llegues te parece horrible o precioso. Nosotros llegamos por la cara menos agraciada y pasamos de largo. Al volver por el otro lado sí que vimos el “Priego bonito”, la imagen de “postal”, con una hilera de casas blancas en la cima de una gran roca.  Pero ya era tarde, Priego quedaba como asignatura pendiente…

Llegamos al límite con las provincias de Granada y Jaén, a un pueblo que se llama Almedinilla. Además del pueblo en sí, típico andaluz de casas blancas, guarda dos tesoros arqueológicos en su interior: una ciudad romana a la que, como no podía ser de otra manera en este bendito país, sólo se puede acceder de 10 a 2 de la tarde, y un poblado Ibérico del Cerro de la Cruz, (siglos II y III A.C) que conserva el urbanismo de la época con construcciones en las que se distinguen las estancias según su uso: almacenes, talleres, etc… No tuvimos tiempo de visitar ninguno de los dos enclaves pero sí quería reseñarlos porque en pocos pueblos tienen un patrimonio arqueológico de tal calibre. Sí que recorrimos el pueblo de cabo a rabo, y nos gustó mucho sobre todo la presencia del agua en todos los rincones. El término municipal de Almedinilla se abastece de los diferentes acuíferos subterráneos y manantiales de la zona. Por eso, durante todo nuestro recorrido a solas, sin ver a nadie, pudimos escuchar el ritmo constante del caudal del río Caicena. Una auténtica gozada.

Al igual que la ruta de los pueblos blancos gaditanos, la comarca de la Subbética incluye 14 poblaciones y varias rutas temáticas para recorrerlos. Nosotros tuvimos la oportunidad de visitar la mitad, dejamos la otra mitad para la posteridad. En este enlace que creo que es muy interesante: http://www.subbetica.com/rutas-turisticas/ruta-arabe-y-medieval se señalan las rutas disponibles: Ruta árabe y medieval, ruta arqueológica, de los miradores, del agua, del Barroco y de Senderismo y Montaña.

Llegamos al punto final de la ruta cuando estaba atardeciendo. En Doña Mencía teníamos reservado el alojamiento, en un hotel moderno, muy nuevo y con buenos precios. Se llama Mencía Subbética y pertenece a la cadena Mencía hoteles. Recomendable. http://www.menciahoteles.com/hotel-mencia-subbetica/

El único “pero” que tuvimos fue que al día siguiente organizaban una boda, y nos tragamos todos los preparativos y la noche previa de los invitados, que a juzgar por las horas en las que se fueron a la cama, de la boda se enterarían más bien poco, o nada. Muy cerca de Doña Mencía se encuentra uno de los pueblos nombrados en la lista de los más bellos de España, Zuheros. Teníamos intenciones de ir a cenar allí,  pero la recepcionista del hotel nos desaconsejó hacerlo. Al día siguiente le dimos la razón. Son pocos kilómetros pero con una densidad de curvas tan inhumana que conviene atajarlas con el estómago vacío o casi.

Optamos por descansar y relajarnos en el hotel. Para cenar bajamos al comedor y después de cenar unas berenjenas con miel de caña y un surtido de flamenquines, nos dormimos como lirones.

Sábado 10: Zuheros – Almodóvar del Río – Montoro
Nos fuimos temprano de Doña Mencía, después de desayunar y de dar una vuelta rápida buscando el Castillo. Dimos un par de vueltas con el coche y no hubo forma de encontrarlo, mirábamos los cerros circundantes y no veíamos ni una ruina. Increíble pero cierto. Finalmente descubrimos el motivo, el Castillo está integrado en el núcleo urbano: http://andaluciarustica.com/castillo-de-dona-mencia.htm.

El Castillo que sí descubrimos fue el de Zuheros, a dónde llegamos después de “sufrir” un sinfín de curvas. Pero como dicen, “todo esfuerzo tiene su recompensa” y sí, Zuheros es un “regalo” para los sentidos. Una calma casi intrigante nos recibió. Era temprano y los primeros rayos de sol eran tímidos y teñían la atmósfera de un tono azul que matizaba el blanco resplandeciente de los muros encalados de las casas. Paseando por el laberinto de cuestas y calles descubrimos el Castillo de Zuheros, que ocupa una espectacular posición sobre un enorme risco. Al lado, también se encuentra la Iglesia de los Remedios, construida, al parecer, sobre la antigua mezquita de Zuheros.

Las vistas sobre los olivares desde el mirador cercano al castillo son sencillamente impresionantes. El castillo fue edificado por los árabes en el S. IX y, actualmente, alberga los restos de un palacio de estilo renacentista. El conjunto es un buen ejemplo de castillo-fortaleza medieval. Desde su posición estratégica sobre el peñasco, el dominio sobre el entorno tuvo que ser indudable. Mejores vistas que el Castillo de Doña Mencía tenía el de Zuheros, ¡dónde va a parar…! .

Y así, paseando y disfrutando de Zuheros, nos fuimos despidiendo de aquél lugar del mundo tan especial. Las curvas de regreso las sufrimos igual, pero con la satisfacción de haber visto un lugar que lo recordaríamos siempre. Por carreteras y caminos comarcales, atravesando los viñedos de Montilla y latifundios de cereales llegamos hasta otro punto crucial de nuestro viaje por la provincia de Córdoba: Almodóvar del Río, famoso también por su Castillo que actualmente tiene dueños y está habilitado para su visita. Esta localidad y su Castillo sólo están a 22 kilómetros de la capital y pasa por ser uno de los lugares más visitados de la provincia de Córdoba.

Conviene subir en coche hasta la ladera que rodea el castillo, porque para subir las cuestas del pueblo casi hace falta un equipamiento de alpinismo. Siempre que nos ha tocado visitar pueblos como éste, recuerdo especialmente el de Olivera en Cádiz, me pregunto a mí misma ¿qué clase de gemelos tendrán los parroquianos?, porque por muy acostumbrados que estén, no deja de ser una prueba de alto rendimiento físico, ¡Jesús y María Santísima, vaya cuestas!

Como decía antes, el castillo es de propiedad privada. Los orígenes de la fortaleza se remontan a la época romana, pero el castillo fue construido por los árabes en el año 760. Sin embargo, en el año 1240, durante el reinado de Fernando III, pasó a manos cristianas. Durante los reinados de Pedro I y Enrique II, fue convertida en residencia real. Posteriormente pasó a la Orden de Calatrava y después a la de Santiago. En el año 1903 se abordaron algunas tareas de restauración, realizadas por el Conde de Torralva, propietario del castillo, que se prolongaron hasta el año 1936.

Dejo este enlace, que es el vídeo que se exhibe en la visita al castillo y que explica la vida del Conde de Torralva, un viajero impenitente que puso todo su empeño en restaurar el castillo de sus antepasados. Su vida fue una aventura y merece la pena verlo: https://www.youtube.com/watch?v=MIvbA00I614

El dueño actual es Miguel Ángel de Solís y Martínez-Campos, marqués de la Motilla. En el castillo además de abrirlo al público para su visita, también se organizan bodas y otros eventos. https://castillodealmodovar.com/. La visita no guiada que hicimos nosotros se puede hacer también guiada por un Mayordomo del rey o por el mismísimo “reencarnado” Conde de Torralva. Almenas, murallas, patio de armas,  réplicas de espadas, torreones desde dónde las vistas sobre el Guadalquivir son inolvidables, vídeos que explican la historia del castillo, una visita de lo más completa.

Sólo echamos en falta un vídeo en el que se explicara al público femenino que subir a un castillo como éste con tacones de 10 centímetros es, cuanto menos, una tentativa de suicidio. Y, por supuesto, algún cartel mimetizado con el entorno, que no estropeara mucho el decorado, y que rogase no, que impusiese silencio a esas familias, tan “simpáticas” y  tan extremadamente ruidosas que no sabes si ponerles un bozal, o lanzarlas en catapultas al otro lado del río. ¡Qué cosa más horrible e insoportable!

Cuando acabamos la visita empezó a chispear y como era ya algo tarde, decidimos quedarnos a comer en el propio Castillo. En el menú: ensalada de pimientos con atún y huevos cortijeros con chorizo y morcilla. Una bomba calórica de lo más digestible que nos aportó fuerza y coraje para soportar unos minutos más al público “silencioso”.

A la capital, a la “Sultana Omeya” llegamos más o menos a la hora del café de sobremesa. Dimos varias vueltas para encontrar sitio dónde aparcar. La “capi” estaba a tope de gente pero queríamos hacer una primera aproximación, aunque para mí era la ocasión de recordar la primera vez que pasé unas horas en Córdoba, varios años atrás. Recordé el hotel que estaba justo al lado de la mezquita y el paseo que nos dio en su calesa, un gitano de cara curtida que daba rienda suelta a sus explicaciones y nosotras entendíamos de la misa, la mitad. Uno de los lugares que nos enseñó y que se me quedó en la memoria durante mucho tiempo y, que iba a volver a ver, es la Plaza del Cristo de los Faroles. Uno de mis rincones preferidos de Córdoba, sin duda.

Pero ese “revival” lo dejamos para el día siguiente. Esa tarde dimos un primer paseo por la ciudad y nos retiramos a Montoro, una localidad a 40 km en dirección a Madrid, dónde íbamos a dormir, o por lo menos intentarlo, dos noches. Y digo intentarlo, porque cuando llegamos el acceso a nuestro hotel “el Mirador de Montoro”, estaba cerrado. Tuvimos que hacer malabares para aparcar en un mini hueco que encontramos por casualidad. http://www.hotelmiradordemontoro.es/nueva/

Montoro estaba de feria y a la hora que llegamos, en plena “hora punta taurina”. Dejamos las maletas en la habitación con unas vistas espectaculares sobre el río y nos fuimos a pasear por Montoro “la nuit”. Si no puedes con el enemigo, únete a él…

A Montoro se la conoce como la “Bella escondida”,  porque nadie imagina lo puede contemplar a medida que uno deja la autovía y se va acercando a esta ciudad asentada sobre cinco colinas. Montoro es un laberinto de calles sinuosas que corren paralelamente al barranco que cae sobre el meandro del río Gualdalquivir. Casas populares y edificios notables construidos con la piedra rojiza conocida como “molinaza” se combinan, formando un conjunto arquitectónico único y especial.

Por la calle Mayor no había nadie, todo el ambiente de la Feria estaba al otro lado del pueblo, junto a nuestro hotel. Vimos varias tiendas cerradas a cal y canto, menos una. De una tienda abigarrada de productos artesanales de cestería, salía una leve luminosidad del fondo. Entramos a curiosear y a nuestro encuentro vino un personaje maravilloso. Tendría el hombre 90 años, con su traje azul de faena, y un cinto de piel que le daba varias vueltas, se presentó dándonos su nombre y una lista infinita de apellidos. Nos explicó con su acento cordobés que llevaba toda la vida siendo artesano de la cestería en mimbre. Nos repitió varias veces una frase que deberían incluirla en las clases magistrales de marketing y ventas, “no es por haser comersio”,  como si vender y que se notara que nos quería vender fuera algo ultrajante, algo poco ético. Alfombras, figuras, persianas, cestos de mil formas y tamaños, todo el patrimonio que allí tenía el hombre lo había creado con sus propias manos, unas manos ajadas y huesudas que seguían siendo su “fondo de negocio”. Nos dejó su tarjeta comercial, escrita a mano, al mismo tiempo que se lamentaba de que no tendría sucesores que siguieran su profesión porque el trabajo de espartero es muy duro. Un encanto de hombre, allí le dejamos seguir con la tertulia que tenía organizada en torno a una mesa camilla con otros de la misma quinta.

Seguimos con nuestro paseo y llegamos a una plaza bellísima, la Plaza España presidida por la Casa consistorial, y en frente la iglesia dedicada a San Bartolomé, templo construido en el siglo XV cuya puerta principal se adorna con un pedestal romano y una lápida visigoda. Por una de las calles que dan a la plaza, nos adentramos en busca de la famosa Casa de las conchas. Momento “frikie” del día. No es fácil de encontrar, pero preguntando se llega a todas partes. La casa la construyó, en 1960, Francisco Río y, en vez de encalar y pintar sus paredes, decidió cubrirla enteramente de conchas (según afirma el propietario, la casa cuenta con 116 millones de conchas). El resultado es un tanto peculiar.  Viendo la fachada, sin entrar en el interior al que se puede acceder pagando sólo 1 euro, la sensación es de claustrofobia, de un “horror vacui” que no sabes si echar a correr o quedarte a intentar entender esta obra tan “conchiforme”. https://www.youtube.com/watch?v=ta8m0GieFXQ. Por cierto, si a alguien le interesa, parece ser que la casa está en venta.

Ya de noche acabó nuestro recorrido por el centro histórico de Montoro. Para culminar bien el día, en condiciones, nos unimos al ambiente de la Feria. Muchas chicas y señoras talluditas iban vestidas con traje de flamenca, otras iban apretadas, con peinados imposibles a lo “Bonnie Tayler”, vestidos ceñidos y zapatos de plataforma de difícil equilibrio. Ellos “maqueaditos” con sus camisas de puños, pantalones ajustados y zapatos de “chúpame la punta”. ¿El conjunto? Un primor,  que me río yo de la “front raw” de la Cibeles Fashion week, el desfile de Montoro nos dio para unos cuántos rebujitos en varias casetas en las que las tapas de cazón (mi plato preferido) volaban. Acabamos cenando en la caseta del PSOE que estaba a tope de militantes y afiliados.

¿Qué sería del PSOE nacional sin esta gran reserva espiritual del partido en Andalucía?. El sistema para pedir nuestra cena era de traca. Primero te acercabas a la barra a comprar tickets, luego con los papelitos te acercabas a otra barra y los entregabas dando tu nombre. A continuación buscamos mesa dónde pudimos y a esperar la llamada por megafonía para ir a recoger los platos a la barra dónde habíamos dejado la comanda. Hasta ahí todo claro, lo mortal vino después, cuando intentamos descifrar y traducir lo que decía el pavo cada vez que cogía el megáfono. Al cabo de casi media hora, y de comernos las uñas hasta dejarnos los muñones, escuchamos algo así como: “Daniel el travieso, ya puede venir a recoger su pedío”. Los comensales ya estaban acostumbrados a estos chistes pero el “travieso” nunca olvidará el desfile hasta la barra para recoger el “pedío”, mientras todas las miradas le escrutaban y chascarreaban a su paso. ¡Ozú qué momentaso!

Domingo 11: Medina Azahara – Córdoba capital
Desayuno con diamantes no, pero casi. Desayunar en el comedor del Hotel Mirador de Montoro con una cristalera panorámica que ofrece las mejores vistas sobre el entorno, es sencillamente un lujo que no tiene precio. Lo único que empañó un poco la situación fue notar la presencia de unos nubarrones que no presagiaban nada bueno.

Llegamos a Medina Azahara (Madinat – Al Zahra) a las 10 de la mañana, justo a tiempo para coger el bus que te lleva hasta la misma entrada del recinto arqueológico. Si eres ciudadano de la UE no te cobran entrada, sólo pagas el bus. Los malos presagios se cumplieron, al poco tiempo de estar recorriendo el recinto empezó a diluviar. Pero no nos rendimos, habíamos llegado hasta allí y no íbamos a perdernos la Ciudad brillante del Califato Omeya. http://www.artencordoba.com/medina-azahara/madinat-al-zahra-cordoba.html

La historia de Medina Azahara comienza con Abderraman, III, y su decisión de construir una ciudad a las afueras de Córdoba, entre los años 936 y 976. Aprovechando la orografía del terreno, se diseñó una ciudad a partir de las alturas existentes, donde la terraza superior estuvo ocupada por la función privada y residencia de la familia real, así como la función gubernativa. Según la leyenda nació de una historia de amor, y otra historia, de guerras, la destruyó cuando sólo tenía 70 años. La leyenda cuenta que Azahara, una esclava del harén del Califa cautivó de tal modo y corazón de su dueño, Abderramán III, que esté mandó a edificar para ella una hermosa ciudad.

Sólo han excavado un 10% de la superficie total, y se enseña un 5%. No es que nos defraudara la visita pero sí que yo personalmente me esperaba que fuera mucho más espacioso. Tampoco ayudó el mal tiempo y la lluvia que nos caló hasta los huesos.  Lo que recomiendo, es ver la película que se exhibe después de cada turno de visitas. Es muy instructiva y muy interesante. Y para los que como yo sienten fascinación por la cultura árabe, recomiendo también leer el libro de Antonio Muñoz Molina, que se puede adquirir en la tienda del recinto, titulado “Córdoba de los Omeyas”, un libro que te traslada a la época dorada de la dinastía de los Omeyas en España.

Como no podía ser de otro modo, cuando salimos ya paró de llover y cogimos el bus de vuelta hasta el parking para coger el coche y conducir hasta la capital, a tan sólo 8 km. Otra vez tuvimos que dar mil vueltas para encontrar sitio para aparcar. Córdoba estaba a tope, el puente del Pilar o de la Hispanidad había movilizado a medio país hasta la ciudad de los patios floridos. La primera parada que hicimos en nuestro recorrido a pié fue la Plaza de los Capuchinos, una de las plazas más apreciadas y visitadas de la ciudad dado que allí se encuentra el famoso y ya mencionado “Cristo de los Faroles” y el Convento de los Dolores. El recinto es sobrio, un rectángulo de blancas paredes encaladas en las que como dijo un famoso arquitecto “jamás en arquitectura se ha hecho tanto con menos”. Dejo estos versos que describen a la perfección lo que se siente al contemplar a este Cristo de los faroles:

“Y el tiempo se ha quedado inerte y blanco
detenido en el centro de una plaza
donde un Cristo de luna entre fanales
agoniza sin tregua año tras año”

Después de volver a ver al Cristo de mis recuerdos, seguimos paseando hacia el centro y nos encontramos con las columnas del templo romano en honor a la Diosa Diana. Dedicado al culto imperial, asombra por sus grandes dimensiones. Formó parte del Foro Provincial junto con un circo. Originariamente estaba elevado sobre un podio y contaba con seis columnas exentas de tipo corintio en su entrada. Se ha reconstruido, pero no deja de impresionar su emplazamiento en el mismo centro de la ciudad.

Muy cerca vimos también otro símbolo cordobés. Una figura en bronce de una chica regando las macetas con una especie de palo largo que utilizan para regar los tiestos que están más altos en los patios más bellos del mundo, los patios cordobeses. No sé cuantos cientos de fotos hice, pero meter la nariz en estos espacios privados y sagrados es entrar en otra dimensión. Todos compiten entre sí por su belleza. Para verlos, lo mejor es perderse por el barrio del Alcázar viejo y la parroquia de San Basilio, aunque también los encontramos por el barrio de Santa Marina, alrededor de San Lorenzo y la Magdalena. En el entorno de la Mezquita-Catedral, el barrio de la judería presenta también ejemplos de gran belleza y antigüedad. El exponente más bello lo encontramos en el Palacio de Viana, que ofrece doce patios diferentes. Merece la pena, de verdad, tomarse varias horas para verlos. Y si se tiene la oportunidad, a mediados de mayo se celebra todos los años el “Festival de los patios cordobeses”, un concurso en el que los participantes abren, de modo gratuito, sus patios para que puedan ser visitados dentro del horario establecido para tal fin.http://www.unesco.org/culture/ich/es/RL/la-fiesta-de-los-patios-de-cordoba-00846

En la Plaza de la Corredera encontramos también mucho ambiente. Esta plaza es la única plaza mayor de forma cuadrada de Andalucía y se puede acceder a ella por los llamados Arco Alto y Arco bajo. Algunas fachadas como las del Mercado de Sánchez Peña o las de las Casas de Doña Ana Jacinta destacan entre las demás, que dicho sea de paso, recuerdan mucho a las que se ven en la Plaza Mayor de Madrid. Según parece,  hasta el siglo XV, la plaza de la Corredera fue una gran explanada extramuros de la Medina o ciudad alta cordobesa. A esas horas del día, y a pesar de que la lluvia volvía a hacer acto de presencia, la gente estaba tomando el vermut en las terrazas bajo los toldos y los paraguas. Nosotros seguimos andando y llegamos a otra plaza carismática, la Plaza del Potro, en la que se encuentra el Museo de Julio Romero de Torres, un pintor que retrató a muchas mujeres, como “la Chiquita Piconera” o la “Fuensanta”, famosa por aparecer, durante muchos años, en los antiguos billetes de 100 pesetas. La Plaza del Potro, a orillas del Guadalquivir, debe su nombre, según algunos historiadores a un antiguo mesón en el que se vendían potros y mulas y según otros, a la fuente con la figura de un potro que preside en el centro de la plaza.

El Museo, del pintor expresionista más famoso de Córdoba que recoge su obra, se asienta en el antiguo Hospital de la Caridad. Estaba cerrado, los domingos y festivos cierran a las 14:30, una pena, asignatura pendiente para otro viaje: http://museojulioromero.cordoba.es/?id=1.

Ya estábamos cerca del río, y paseamos por el paseo que lo orilla hasta alcanzar el Puente romano, que ahora es peatonal, no como cuando vine hace años que se podía cruzar en coche. Aunque fue polémica la peatonalización, el puente romano que une el barrio del Campo de la verdad con el Barrio de la Catedral, y  que está delimitado por un lado, por la Torre de Calahorra edificada por los árabes para proteger el puente, y por otro lado, por la Puerta del puente,  es, junto a la Gran Mezquita, la seña de identidad de Córdoba.  Había mucha gente y daban ganas de irse,  pero lo cruzamos lentamente para disfrutar del momento.

Y llegó el momento de la verdad, la hora de visitar la Mezquita de las Mezquitas. Nos habíamos reservado la visita para el final del día. Antes de acceder al patio, nos dejamos llevar por el gentío y paseamos por las calles que la rodean para contemplar sus muros exteriores.

La Mezquita-Catedral de Córdoba (Patrimonio de la Humanidad desde 1984) es el monumento más importante de todo el Occidente islámico y uno de los más asombrosos del mundo. En su historia se resume la evolución completa del estilo omeya en España, además de los estilos góticorenacentista y barroco de la construcción cristiana.  Bajo dominación visigoda se construyó en este mismo solar la basílica de San Vicente, sobre la que se edificó, tras el pago de parte del solar, la primitiva mezquita. Esta basílica, de planta rectangular fue compartida por los cristianos y musulmanes durante un tiempo. Cuando la población musulmana fue creciendo, la basílica fue adquirida totalmente por Abderraman I y destruida para la definitiva construcción de la primera Mezquita Alhama o principal de la ciudad. En la actualidad algunos elementos constructivos del edificio visigodo se encuentran integrados en el primer tramo de Abderraman I.

La gran Mezquita consta de dos zonas diferenciadas, el patio o sahn porticado, donde se levanta el alminar (bajo la torre renacentista), única intervención de Abd al- Rahman III, y la sala de oración o haram. El espacio interior se dispone sobre un concierto de columnas y arcadas bicolores de gran efecto cromático. Cinco son las zonas en las que se divide el recinto, correspondiendo cada una de ellas a las distintas ampliaciones llevadas a cabo.

Lo que sin duda más sorprende es la perfecta sintonía que hay entre la sala de las columnas y arcos árabes con el barroquismo cristiano de la Catedral. Simplicidad y ornamentación extenuante combinadas en una obra maestra que nadie puede dejar de visitar, al menos una vez en la vida. Lástima eso sí, que no se pongan limitaciones de aforo, o al menos eso nos pareció, porque al cabo de un rato nos tentó la posibilidad de cometer una masacre infanticida y acabar con los niños que jugaban al escondite entre las columnas y no paraban de gritar. Viajar cuando todo el mundo viaja es lo que tiene… Algún día, Inshallah, volveremos a verte Gran Mezquita Omeya.https://www.youtube.com/watch?v=SE4kemMXzQk

Después del éxtasis nos retiramos a Montoro. Cenamos en el hotel, de nuevo con unas espectaculares vistas, esta vez nocturnas, y rodeados por las cuadrillas de los toreros que esa misma tarde habían cumplido con la faena taurina y se alojaban en el mismo hotel. Sólo nos quedaba por ver a una camarera con los mismos rasgos que la piconera de Julio Romero de Torres, ya hubiese sido el no va a más.

 Lunes 12: Córdoba capital – Osuna – Estepa
Horas de descuento. Nuestro avión de regreso a casa desde Sevilla salía a las 9 de la noche. Teníamos todo el día por delante para seguir callejeando por Córdoba y viendo algún pueblo en el camino hacia Sevilla. Aparcamos en el mismo lugar que el día anterior y andando, andando nos perdimos literalmente y llegamos a los arrabales de la ciudad con una sorpresa, de esas que no te esperas ver en una barriada: la Iglesia Fernandina de San Lorenzo. Fundada sobre una antigua mezquita que reemplazó una iglesia visigótica más antigua. La iglesia, fue construida durante la segunda mitad del S. XIII, probablemente entre 1244 y 1300, en plena transición del románico al gótico, en la misma época que otras iglesias similares que se conocen como “fernandinas (conjunto de construcciones religiosas mandadas edificar por el rey Fernando III el Santo tras la conquista de Córdoba en 1236). Se trata de edificios en los que un marcado aire románico se entrelaza con el gótico y el mudéjar. Para visitar todas las Iglesias cordobesas que el rey mandó edificar se pueden seguir dos rutas por la ciudad.
http://www.turismodecordoba.org/seccion/ruta-fernandina

Mereció la pena perdernos, siempre lo merece. Después de entrar en la Iglesia de San Lorenzo y pasar un rato entre sus muros, y en total silencio, recuperamos el rumbo, siguiendo la orilla del río hacia el centro. Volvimos a la Mezquita, al patio de los naranjos en dónde se notaba que era el día de la Hispanidad y la gran Fiesta de la Guardia Civil. Uniformes de gala, tricornios brillantísimos y filas de galones y medallas que se salían de las solapas. Cualquier turista extranjero podía pensar que allí se estaba cociendo algo gordo. Menos mal que la mayoría, iban acompañados por sus respectivas parejas vestidas con trajes ajustados, algunas con escotazos de infarto y tacones imposibles. Tanto sex- appeal relajaba el ambiente marcial de la benemérita.

Por el lateral sur de la Mezquita salimos hacia la judería, la parte de la ciudad que nos quedaba por callejear. Una estructura que se repite: un laberinto de calles estrechas con patios escondidos y plazas que sorprenden al pasar. Siendo festivo había mucha gente, turismo nacional e internacional, sobre todo, japoneses. Muchas calles, varias plazas y muchos rincones inolvidables. Si tuviese que hacer una selección me quedaría con: la Plaza de las Bulas con su museo taurino, presidido por el busto del famoso torero “Manolete”, el patio Mudéjar del hotel NH Amistad Córdoba que ocupa dos mansiones del siglo XVIII, muy cerca del hotel, la calle de Judíos, dónde se encuentra la Bodega Guzmán, una taberna castiza para echarse unos “finos montillanos”, la Plaza Tiberíades, con la figura en bronce del filósofo árabe Maimónides que nació y vivió en Córdoba en el siglo XII y la Sinagoga, la única existente en Andalucía y una de las únicas tres que se conservan en España de esa época, junto a la Sinagoga del Tránsito y la de Santa María la Blanca que están en Toledo.

Al salir de la judería, acabamos el paseo recorriendo los jardines que rodean el Alcázar de los Reyes Cristianos, muy cercano al Barrio de San Basilio, uno de los barrios que más “patios floridos” acoge en su interior. Salir del laberinto de la judería, rebosante de turistas,  y encontrarse con los jardines que rodean a este palacio-fortaleza amurallado y rodeado de vegetación es como encontrarse con un oasis: http://www.artencordoba.com/alcazar-reyes-cristianos/edificio.html

Necesitábamos alejarnos un poco del gentío. Nuestra despedida de Córdoba tenía que ser calmada y tranquila. Lo conseguimos dejando para el final, un recorrido por las calles casi vacías del Barrio de San Basilio, metiéndonos en todos los patios que pudimos. Cuando pasas el umbral de las casas y entras en estos “pedacitos de cielo” no sabes por dónde empezar a mirar los cientos de flores que decoran paredes, suelos y escaleras. Cada patio es único y al mismo tiempo similar al anterior. En el mes de mayo es cuando se celebra la fiesta de los patios, y si en octubre los vimos preciosos, no me puedo imaginar cómo lucirán en primavera. Una experiencia vital a no perderse: http://patios.cordoba.es/es/como_visitar_informacion

Y así llegó la despedida de Córdoba, rodeados de flores y comiendo unos de nuestros platos favoritos de Andalucía: el cazón en adobo. Nuestro avión salía de Sevilla a las diez de la noche, teníamos tiempo de hacer alguna parada en el camino de regreso. Sin saberlo, ni haberlo anticipado, decidimos dejar la autovía y aventurarnos por las carreteras comarcales, cruzando campos de cereales y “haciendas cortijeras”. Llegamos a Osuna, y quisimos entrar, yo sobre todo, para ver de cerca uno de los muchos escenarios que se han elegido en nuestra geografía para rodar la serie “Juego de tronos”. Por su situación estratégica, se convirtió en un punto crucial para la defensa de la línea fronteriza con el reino nazarí de Granada.

Este municipio pertenece a la provincia de Sevilla y si destaca por encima de otros es por el conjunto arquitectónico que corona la parte más alta del municipio, conjunto formado por la antigua Universidad, edificada en el año 1548 y cerrada en el año 1824. Actualmente, y desde el año 1996, funciona como Escuela Universitaria. https://es.wikipedia.org/wiki/Universidad_de_Osuna  y la Colegiata de nuestra Señora de la Asunción, de estilo Renacentista. Las vistas desde allí son espectaculares: https://sevillapedia.wikanda.es/wiki/Colegiata_de_Nuestra_Se%C3%B1ora_de_la_Asunci%C3%B3n_(Osuna) . No es extraño que eligieran este entorno para rodar la serie de Juego de tronos, el conjunto es majestuoso y colosal. Muy “ad hoc” para la serie.

En la parte más baja de Osuna, el centro histórico también merece la pena recorrerlo. La plaza del Ayuntamiento, dónde se encuentran el Mercado municipal de abastos, la Iglesia del convento de la Concepción y el propio Ayuntamiento, construido en el año 1533. Osuna es una ciudad señorial y muchas fachadas delatan la existencia de varias casas-palacio como el Palacio de los Cepedas, que alberga el edificio de los juzgados y tiene una espectacular fachada en estilo barroco andaluz. Uno de los miembros más destacados de la aristocrática familia de los Cepedes, fue Santa Teresa de Jesús cuya esfinge se reproduce en la fachada principal de la casona. En la Calle Sevilla, se encuentran otras dos fachadas a visitar: la Casa de los Rosso y justo en frente la Casa Palacio de los Gorvantes y Herdara, construido en el Siglo XVIII. Por último, la Casa del Conde de Puerto Hermoso, con un estilo arquitectónico mucho más sobrio, totalmente diferente al abigarrado barroco del resto de las fachadas. Después de patear por el centro, llegamos a la conclusión de que cualquier rincón de Osuna serviría para ambientar la serie más vista de la historia. Toda la ciudad es monumental.

Nos costó esfuerzo irnos de Osuna, es una localidad que “engancha” por su belleza. Pero teníamos que seguir hasta el aeropuerto de Sevilla. Nos dio tiempo para desviarnos unos kilómetros y subir hasta Estepa, el famoso pueblo de los mantecados de navidad. La dulce despedida del viaje nos la brindamos comprando mantecados para toda la familia, es imposible ir a Estepa y no caer en la tentación. Cuesta subir hasta la cima, Estepa es un sinfín de cuestas empinadas pero el olor a canela te embriaga desde el principio, no hay escapatoria….

Y así acabó nuestro periplo por Córdoba y algunos pueblos sevillanos, mantecado en boca y con ganas de volver sin habernos ido aún. Atrás quedaban el Cristo de los Faroles, la gran Mezquita y Medina Azahara. “Córdoba lejana y sola” recitaba en sus versos García Lorca. Aunque, casi me quedo con las palabras de Abderramán III sobre Córdoba en la obra de Antonio Gala, “El manuscrito carmesí”: “Fui rey durante 50 años de la ciudad más hermosa del mundo y, por si algún esplendor le faltaba, junto a ella construí otra aún más hermosa. La fulgurante joya de Medina Azahara. Amé a la mujer más bella de la tierra (la divina Azahara) y ella me amó. A mi corte se acogieron los filósofos más profundos, los poetas más sutiles, los más alados músicos”.

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