Cinqueterre, coloreando el mar


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Del 11 al 17 de julio de 2016
A mis “Taruguez”

Si hay un lugar en el mundo fotografiado hasta la extenuación, ese lugar, se llama Cinqueterre. ¿Quién no ha visto alguna vez la imagen de unos pueblos de casas de colores cayendo al mar literalmente? Son postales que no se olvidan, fotografías que invitan a recorrer los cinco pueblos encaramados en la costa escarpada en tren, andando o desde el mar. A diferencia de la Costa Amalfitana de similares características, las Cinco Tierras no se pueden recorrer en coche y puestos a pedir, se agradece, porque no sería lo mismo.

Lunes 11: Girona
Viajar en grupo tiene sus pros y sus contras, y bueno, tengo que decir que me encanta organizar viajes, no me supone ningún esfuerzo, al contrario, disfruto con ello. Mis amigos lo agradecen y a pesar de que siempre puede haber algún roce, si eliges bien con quién viajas, no suele llegar la sangre al río. De hecho, aquí estoy escribiendo este diario, unos meses más tarde, vivita y coleando…

Al igual que organicé el año anterior un viaje a París para 7 personas, esta vez éramos 6 y volvimos los mismos, ninguno cayó por los acantilados de Cinqueterre, ni sufrió ningún accidente, misteriosamente provocado, por esas cosas que pasan cuando llevas muchos o demasiados días de convivencia. Puntualmente salimos de Pamplona, más o menos “resacosos”, después de unos días de fiestas de San Fermín bastante agitados a pesar de que ya peinamos canas más de uno. Con una única parada en un área de servicios de la autopista, nos costó llegar a Girona unas 5 horas. La capital catalana merece con creces un diario viajero per se, por eso no me voy a explayar en lo que significa para nosotros esta ciudad, a la que volvemos siempre que podemos. Es una ciudad pequeña con mucho encanto y con un centro histórico de cuento de hadas. El diario sobre Gerona está pendiente, y espero escribirlo en breve cuando también tenga material para escribir sobre la provincia. Para ello, necesito pasar unos días y descubrir lugares que aún no conocemos del interior.

Tal y como imaginaba a los que nunca habían estado en Girona, les encantó y a los que como nosotros, no era la primera vez, pues también nos gustó la idea de tomarnos unas cervezas en una de las terrazas que asoman por la judería mejor conservada del país.  Calles silenciosas, a pesar de que estábamos en temporada alta, tiendas originales, edificios magníficos y rincones de los que embelesan. Así empezamos el viaje, en una ciudad que enamora y de la que tengo pendiente escribir un diario completo.

Martes 12: Pisa
A media mañana teníamos que coger el avión. Dormimos justo al lado del aeropuerto, en un hotel que no está mal, las habitaciones son amplias y limpias. Se llama Vilobí y por 75 euros se puede dormir en habitación doble sin desayuno. La ventaja que tiene es que se puede dejar el coche en un parking vigilado durante todo el periodo que dure el viaje por sólo 5 euros por día. http://www.hotelvilobi.com/. Otra ventaja, es que a pesar de encontrarse al lado del aeropuerto no se oye ni un solo ruido de aviones sobrevolando. Es alucinante…

Desayunamos en la cafetería del hotel y nos fuimos andando, unos escasos 200 metros, hasta la zona de embarque. El avión salió puntualmente y a la 1 más o menos, aterrizamos en el aeropuerto Galileo Galilei de Pisa. Desde el aeropuerto se puede acceder al centro histórico de Pisa en bus urbano. Se compran los billetes en el mismo aeropuerto y en la salida se ubica la parada. Lo primero que hicimos fue ir al hotel dónde íbamos a dormir las 3 noches. Elegimos Pisa como “base operativa” porque se encuentra muy bien situada respecto a la Toscana, a una hora de Florencia en tren y también cerca de la Spezia, dónde se coge el tren para recorrer Cinqueterre.

El hotel elegido fue el Hotel Bonanno, un 4 estrellas cercano a la estación de tren de Pisa Sanrossore. http://www.grandhotelbonanno.it.directlybook.net/ El Hotel está muy bien, las habitaciones no son muy grandes pero bien decoradas y limpias. El desayuno muy completo pero siempre tiene que haber un “pero”, y por la noche se descubre, cuando estás durmiendo y de repente pasa un tren por tu cama a toda velocidad. Exagero un poco quizás… Lo de estar al lado de las vías del tren tiene sus inconvenientes y con la edad, una tiene el sueño más débil, no es tan profundo. En todo caso, la única que oyó ruidos fui yo porque los demás durmieron como lirones y no escucharon ningún ruido. El precio por la doble con desayuno incluido, en temporada alta ronda los 60 euros y para estar alojados en un lugar tan turístico como Pisa, es un buen precio. Además, Pisa es más tranquila que Florencia, menos gente y mejores precios.

Cuando llegamos, nos hicieron esperar hasta las 14:30 para subir a las habitaciones. No esperamos mucho tiempo, el justo para tener claro que teníamos que buscar un sitio para comer y no iba a ser tan fácil a esas horas. Dejamos las maletas y caminando hacia el centro, por la Vía del Resorgimiento encontramos una especie de bar, con una mini terraza cubierta, en las que nos dieron de comer lo que tenían. Con esa picaresca tan italiana, el camarero nos sirvió una ensalada que en la foto tenía gambas y en el plato brillaban por su ausencia, platos de pasta en los que había que buscar otros elementos como carne o verdura con lentes de aumento y sin cubiertos para todos. Un “morrazo al pesto” al que hicimos frente con muchas risas y con muchas ganas de disfrutar del viaje y no empezar con malos rollos.

El sol de las primeras horas de la tarde caía a plomo. Buscando las sombras, empezamos a caminar y el primer sitio  al que llegamos fue a una placita en la que habíamos estado en un viaje anterior. Se llama Piazza delle Vetovaglie construida entre 1544 y 1545 por orden de Cosimo I de Medici. La plaza siempre se ha usado como mercado, al principio para comerciar con el trigo exclusivamente, y posteriormente hasta la fecha, para frutas y verduras y otros productos, como los sombreros de paja de los que hicimos acopio para mitigar los rayos de sol. Es una plaza pequeña pero muy interesante, muy renacentista. Parada obligatoria. http://www.turismo.intoscana.it/site/it/elemento-di-interesse/Piazza-delle-Vettovaglie-Pisa/

 No seguimos un itinerario prefijado, nos dejamos llevar por la inercia, callejeando por las calles aledañas al río Arno, el mismo río que fluye por Florencia a su paso por el famosísimo ponte Vecchio. La mayoría de los turistas cuando llegan a Pisa, van al recinto dónde se encuentra la Torre inclinada más famosa del mundo y se marchan, no se toman ni unas horas para visitar esta ciudad universitaria que merece mucho la pena descubrir. Palacios, iglesias, museos, puentes y jardines, Pisa es mucho más que una torre a punto de caer. Desde el mercado por la animada Calle Borgho y siguiendo por la Vía Ulisse Dini, llegamos hasta otro lugar espectacular: la Piazza dei Cavalieri.

 A partir de la segunda mitad del siglo XVI fue la sede de la Orden de caballeros de San Esteban , promulgada por el gran duque Cosimo I de’ Medici. Actualmente es un centro de atracción cultural y estudiantil por la presencia de la sede central de la Scuola normale di Pisa, en el Palacio de la Carovana . En esta plaza se concentran varios de los edificios más relevantes de Pisa, convirtiéndola en la segunda más importante después de la plaza del Duomo, dónde se encuentra la famosísima torre inclinada. Además del Palazzo Della Carovana, nos encontramos con el Palacio del Reloj, con la Torre della Muda, la Iglesia de San Esteban de los Caballeros, el Palacio de la Rectoría, el Palacio del Consejo de los Doce, el Palacio Puteano, la Iglesia de San Rocco y en el centro la estatua de Cosme I de Medici. ¿Alguien da más?.

La Plaza de los Caballeros (dei Cavalieri) es la antesala a una de las plazas más fotografiadas del mundo, la Plaza del Duomo. Cuando llegamos era media tarde y el sol seguía cayendo a plomo. Gente, mucha gente, paseando, haciendo cola, jugando, y posando para la foto. Merece la pena pararse un rato para ver de lo que somos capaces los humanos por sacarnos una foto jugando con la Torre inclinada. Sobre la espalda, entre las manos, mil posturas para lograr el ansiado efecto óptico. Una señora ya talludita casi se cae de bruces, subida a un pilote, intentando mantener el equilibrio para sacarse la dichosa foto. La primera vez que estuvimos se podía pisar todo el césped que rodea los distintos edificios del Campo de los Milagros, nombre con el que también se conoce a la Plaza del Duomo. Actualmente el césped está protegido, y sólo se puede pisar en algunas zonas, aunque la extensión del recinto sigue siendo considerable. https://es.wikipedia.org/wiki/Piazza_dei_Miracoli

Para entender por qué Pisa, una ciudad relativamente pequeña, dispone de tanto patrimonio arquitectónico renacentista hay que indagar en la historia. Primero fue etrusca y luego fue colonia romana. Su posición estratégica junto al río Arno y al mar, la convirtieron en el puerto más importante del Mar Tirreno y los Lombardos, que en el siglo XV dominaban en Pisa, negociaban con Francia, España, Córcega y Sicilia. De hecho Pisa llegó a ser una República Marítima, ganando protagonismo tanto económico como político. También hubo derrotas y enfrentamientos con otras ciudades como Génova, Venecia o Florencia. El gran benefactor de Pisa, que la hizo resurgir de sus cenizas, fue Cosme I de Medici.  El Duque florentino cambió el aspecto de Pisa y mandó construir, a lo largo del río Arno varias residencias aristocráticas, el Palacio Real, la Iglesia de San Esteban y la famosa y antes citada Piazza dei Cavalieri.

La Plaza de la Catedral o del Duomo, está dominada por cuatro grandes edificios religiosos: El Duomo (Catedral), la Torre inclinada de Pisa, (campanario de la catedral), el Baptisterio y el Campo Santo, (cementerio). Todo el conjunto es único y merece la pena verlo y disfrutarlo durante horas. http://www.opapisa.it/en/tickets/prices/

La Catedral en honor a la Asunción de la Virgen, fue el primer edificio construido y es una basílica de cinco naves con un crucero de tres naves. Su construcción se inició en el año 1063 por el arquitecto Buschetto.  La construcción culminó durante el último cuarto del siglo XII cuando se colocaron en la fachada central las puertas de bronce de Bonanno, las cuales se perdieron en el incendio de 1595. La fachada principal, está formada por cinco niveles de arcadas. La parte inferior está compuesta por siete arcos ciegos, la entrada principal y dos portadas laterales separadas por columnas y pilares. Todo el conjunto construido con el famoso mármol de las vecinas canteras de Carrara.

El Baptisterio, justo en frente de la Catedral fue diseñado por Deoti Salvi en 1153. Los materiales utilizados son los mismos que en los demás edificios, y destaca su planta circular con un diámetro de 43 metros, rodeada por un deambulatorio columnizado y dividido en dos pisos. El edificio fue terminado en 1278 d. C. aunque tiene añadidos góticos del siglo XIV.

El Campanile (Campanario) o la archi famosa Torre inclinada, obra de Bonano Pisano, es una torre cilíndrica, decorada con galerías de arcadas como la Catedral. En el exterior, columnas y arquerías envuelven totalmente la torre-campanario. Con sus 58 metros de altura y sus 253 escalones en espiral, la torre empezó a hundirse y a inclinarse desde el inicio de su construcción en el año 1173. Se construyó en tres fases, y en la última, la torre se inclinó tres metros hacia el norte, debido a unos cimientos débiles y un subsuelo inestable.  El diseño de esta torre era imperfecto desde su comienzo y su construcción cesó durante un siglo, debido a las guerras entre los pisanos y los estados vecinos. Este lapso permitió al suelo asentarse: de otro modo, la torre se habría derrumbado.

Cierra el conjunto, el Campo santo o cementerio. Recibe el nombre de “Campo Santo” porque se cree que fue construido alrededor de un cargamento de tierra sagrada traído desde Tierra Santa (Jerusalén), del Gólgota, durante la Cuarta Cruzada por Ubaldo de Lanfranchi, arzobispo de Pisa en el siglo XII. Una leyenda afirma que los cuerpos enterrados en dicho suelo se descomponían en sólo 24 horas. De este lugar se deriva el uso de la palabra “camposanto” como sinónimo de “cementerio” en los países católicos. Contiene 600 lápidas, muchas de ellas grecorromanas. Los muros de las galerías están cubiertos por admirables frescos realizados en la segunda mitad del siglo XIV y a lo largo del siglo XV por artistas como Benozzo Gozzoli, Taddeo Gaddi, Andrea di Buonaiuto y Antonio Veneziano.

No sé cuántos millones de visitantes recibe este Campo de los Milagros por año, pero sospecho que después de la Torre Eiffel, la Torre de Pisa sea el monumento más visitado del mundo.

Para cenar, cuando ya empezó a caer el sol, volvimos a la orilla del río Arno, y pasamos al otro lado del río por el Puente “en mezzo”, el Puente de en medio que llega hasta la calle más comercial de Pisa, el Corso Italia. Siguiendo el Corso Italia se alcanza la gran Plaza de Victor Manuel, dónde se encuentra la estación central de trenes.

El puente en sí, no tiene nada de particular, es bastante reciente, se construyó  después de la 2ª guerra mundial, pero sí que merece la pena pararse un rato, y disfrutar de las vistas desde el puente sobre las dos orillas de Pisa. Dos edificios destacan en este lado del río, el Palazzo Gambacorti y la Iglesia de Santa María Della Spina. El Palacio alberga actualmente las oficinas municipales de Pisa, fue construido en el Siglo XIV y es de estilo veneciano.

Siguiendo la orilla del rio Arno, por el paseo, llegamos hasta la Iglesia de Santa Maria Della Spina, de estilo gótico, y para mí, el edificio más bello de la ciudad. La iglesia, construida en 1230 por la familia Gualandi, fue originariamente conocida como Santa Maria di Pontenovo, por el puente que la conectaba a través de San Antonio, Vía Santa María, que se derrumbó en el siglo XV. El nombre della Spina (de la espina) se deriva de la presencia de una espina, reliquia presuntamente perteneciente a la corona de espinas de Cristo, traída en el 1333. Es de pequeño tamaño y está considerada como uno de los edificios góticos más admirados de Italia. Una joya arquitectónica, ubicada en un lugar muy especial. No cuento las veces que la fotografié desde el puente y desde el otro lado del río con la luz del atardecer.

Así “borrachos” de tanto arte, llegamos a cenar a una de las plazas que se esconden por las calles paralelas al Corso Italia. Dicen que comer en Pisa es un dilema, porque se come bien en cualquier lugar. En Pisa se come buen pescado y buena carne. Optamos por un restaurante dónde en su terraza sólo se escuchaba hablar en italiano. La camarera, hija de vasca, nos recomendó probar los Picci, una variedad de espaghettis gordos, típicos de Toscana y el pulpo braseado sobre crema de patatas. Cenamos muy bien, olvidamos enseguida la comida “desesperada” que nos habían servido horas antes. De vuelta al hotel andando, tardamos unos 20 minutos que se hicieron eternos por el calor reinante: 30 grados a las 11 de la noche. Ducha fría al llegar al hotel, era una cuestión vital.

Miércoles 13: Lucca – San Gimignano – Siena
Para deleitarse con los paisajes de la Toscana, la mejor opción es alquilar un coche y perderse por sus caminos entre viñedos y colinas. Otra opción es hacer una excursión organizada que incluye normalmente la visita de Siena – San Gimignano y Chianti, con salidas desde Florencia o Pisa. Los precios por persona oscilan entre los 60 y los 70 euros. Yo tenía vía libre para organizar, así que decidí hacer la excursión a nuestro aire por tren y autobús, reduciendo el coste por persona a unos 25 euros. La cosa se complicó un poco por las correspondencias en tren, pero bueno, al final supuso media hora más en tren, y 3,5 euros de vuelta desde Lucca a Pisa. ¡¡¡Ah sí! Y una aventura nocturna en tren que casi nos deja durmiendo en la estación de Poggibonsi, en mitad de la nada. Pero vamos por partes…

Desde el hotel hasta la estación San Rossore, no había más de 500 metros a pié, pero tardamos más de media hora en dar toda la vuelta, en sentido contrario, siguiendo las indicaciones de un parroquiano que nunca supimos si nos gastó una broma, o más bien le faltaba un hervor. A media mañana cogimos por fin el tren que en media hora, más o menos, y por 3,5 euros nos llevó hasta Lucca, una ciudad Toscana inolvidable.

Lucca está amurallada y tiene el privilegio de mantener sus murallas medievales intactas, conservando un centro histórico medieval único en el mundo. De hecho, la ciudad fue una república independiente durante 500 años. Cuna del famoso compositor Giacomo Puccini, Lucca también albergó a Dante Alighieri durante parte de su exilio. El escritor reflejó en la Divina Comedia el trasiego de las familias feudales de la época.

Desde la estación a la muralla, por dónde se accede al centro de Lucca, hay escasos metros. Una vez cruzamos la muralla, iniciamos un viaje al Renacimiento que no olvidaremos nunca. Lucca es conocida como la ciudad de las 100 torres y de las 100 iglesias. No sé cuántas vimos, lo que si sé es que no paramos de girar la cabeza durante varias horas, es una sobredosis literal de arquitectura renacentista. Meterse en el recinto amurallado es perderse por un laberinto de calles, sin pretender seguir una ruta coherente. Dejarse llevar e ir descubriendo palacios, iglesias, plazas y rincones que no dejan indiferente al viajero.

Entre las paradas “obligatorias” se encuentran: El Palazzo y su Torre Guinigi, un palacio del siglo XIV que perteneció a la familia Guinigi, una de las principales sagas de Lucca. El palacio alberga actualmente el Museo Nacional de Lucca. Su torre de defensa – Torre del Guinigi- de 41 metros de altura, linda con el palacio. La torre es uno de los monumentos más famosos de Lucca, y cuenta con un pintoresco jardín en la parte superior. Se puede subir y apreciar unas maravillosas vistas de Lucca. https://es.wikipedia.org/wiki/Torre_Guinigi

 La Catedral también es de visita imperativa. Il Duomo di San Martino (Catedral de Lucca) es una imponente iglesia románica que se construyó en el siglo XI. El interior de la misma fue reconstruido en estilo gótico, entre los siglos XIV y XV. La iglesia alberga il Volto Santo, una figura de madera de Cristo. Se dice que El Volto Santo es el verdadero rostro de Cristo, tallado por Nicodemo, quien estuvo presente en la crucifixión.

La Basílica de San Frediano, la Vía Fillolungo, la principal calle comercial de Lucca, La Torre de las horas, la Plaza Napoleón y el Palacio Ducal, hoy sede del gobierno local, ubicada en la plaza más grande de Lucca, son otros puntos de interés turístico. Aunque, si hay un lugar que caracteriza a Lucca y por el cual se conoce la ciudad a nivel mundial es la archi famosa plaza del anfiteatro. La plaza fue fundada sobre las ruinas de un antiguo anfiteatro romano (del año 177 A.C.), período en el que los romanos fundaron la ciudad) es uno de los sitios más pintorescos de Lucca. Única en el mundo por su forma ovalada, en esta plaza hoy se encuentran numerosos restaurantes, cafés, heladerías y negocios de souvenir además de ser sede del mercado de la ciudad.

Encontramos la famosa plaza, casi sin quererlo y nos gustó mucho. Es especial;  su forma, su tamaño y las fachadas de las casas que la conforman en distintos colores le dan mucha magia. Unos cuantos posados cayeron, el escenario valía la pena. https://es.wikipedia.org/wiki/Plaza_del_Anfiteatro.

En Lucca, las horas pasan rápido. Hay mucho, mucho qué ver. Pero teníamos que seguir nuestra ruta, y además, en la estación nos dimos cuenta de que para ir al siguiente destino, San Gimignano, teníamos que volver a Pisa. Así que volvimos y en la estación central de Pisa, cogimos el tren hacia Poggibonsi. Desde este pueblo con nombre cómico, teníamos que coger un autobús (no hay otra forma de ir, si no vas en coche particular) para ir a San Gimignano, el famoso pueblo toscano de las Torres. El bus que se coge en la puerta de la estación es el número 130 y en 20 minutos se llega al pueblo amurallado, de origen medieval en lo alto de las colinas toscanas.

San Gimignano es conocido especialmente por las 14 torres medievales que se conservan y que fueron construidas junto con otras 58, en una especie de “batalla de poderío” con la que las familias más ricas luchaban por demostrar su poder a base de construir la torre más alta. San Gimignano es otra de las localidades más visitadas de la Toscana. Cuando llegamos era la hora de comer y estaba a tope de gente. Nos dividimos en dos grupos y quedamos en la parada de bus que nos llevaría de nuevo a Poggibonsi para seguir en tren hasta el destino final del día: Siena.

San Gimignano es un pueblo pequeño que se puede recorrer cómodamente en un par de horas. El centro de la ciudad cuenta con dos calles principales: la Via San Matteo y la Via San Giovanni; y cuatro plazas: Piazza della Cisterna, Piazza del Duomo, Piazza Pecori, y Piazza delle Erbe. En temporada alta es difícil encontrar un rincón tranquilo, sin gente, pero no imposible. El nombre del pueblo honra al obispo San Geminiano que lo defendió de los hunos de Atila. En la Edad Media y el Renacimiento, era un punto de parada para los peregrinos católicos en su camino a Roma, puesto que quedaba en la medieval Vía Francígena. El desarrollo de la ciudad se vio también favorecido por el comercio de productos agrícolas de las fértiles colinas que la rodeaban.

No creo que viva mucha gente actualmente, está invadido por turistas todo el año. La ciudad moderna se ha extendido a unos kilómetros fuera de la muralla. Uno de los mayores atractivos es subirse a una de las torres para disfrutar de las mejores vistas sobre los campos y colinas de la Toscana. Se puede visitar también la Colegiata, que antes fue la Catedral, y la Iglesia de San Agustín, que alberga una amplia colección de obras de arte de algunos de los principales artistas del Renacimiento italiano.

Para los amantes de la historia en su faceta más truculenta San Gimignano es también muy famoso por alojar un Museo de la Tortura, con una exhibición de instrumentos y aparatos de tortura de varias épocas y lugares. Nosotros no lo visitamos, bastante tortura era colarse por las filas interminables de turistas que colapsaban las calles principales. En la plaza del Duomo, las filas ante las dos heladerías que competían entre sí, era tan largas que optamos por “unirnos al enemigo” y hacer cola también para comernos unos “gelatti” de esos que se recuerdan años y años…

Hay que tener cuidado con la frecuencia del servicio de autobús, volvimos a las 6 de la tarde porque no pudimos hacerlo antes por falta de servicio. Este retraso nos hizo llegar a Siena, en el mismo bus que nos había traído, un poco tarde. Nosotros ya habíamos estado pero el resto del grupo no.  Y ¿Qué decir de la famosa ciudad del palio? Siena es sencillamente una de las ciudades más atractivas de Italia. Lloviendo nos recibió Siena, pero no duró mucho el chaparrón y pudimos callejear y por lo menos, ver los puntos principales antes de que se hiciese de noche.

La calle principal y más comercial de Siena, se llama Via di Cittá que junto con la Vía Banchi di Sopra, es la arteria principal del centro histórico de Siena. Desde la estación de bus hasta la emblemática Piazza del Campo, bajamos por la Vía Banchi di Sopra. Con la luz del atardecer, esa luz que a mí tanto me gusta para fotografiar, llegamos a la plaza dónde cada año se celebra el célebre “Palio”. Una carrera de caballos que enfrenta  a las “contradas” o distritos de la ciudad de Siena. De origen medieval, la carrera se celebra dos veces al año: el 2 de julio se corre el Palio di Provenzano (en honor a la Virgen de Provenzano) y el 16 de agosto el Palio dell’Assunta (en honor de la Asunción de la Virgen). El nombre de la carrera, Palio, hace referencia a un paño de seda o tela preciosa, que se ofrecía como premio al vencedor en determinados juegos de carrera. Cuando estuve por primera vez en Siena, tenía mucha ilusión en conocer esta plaza en la que mis padres habían tenido la suerte de ver esta carrera, años atrás.
Mi padre trajo de recuerdo una bandera de seda, de una de las “contradas” o cofradías, y siempre me picó la curiosidad de conocer la ciudad del Palio. https://es.wikipedia.org/wiki/Palio_de_Siena#La_historia_del_Palio https://www.youtube.com/watch?v=3_yGZhZItVo

La plaza es impresionante, de gran tamaño y forma ovalada. Para verla en su totalidad, lo mejor es situarse en el centro y empezar a girar, intentando no padecer el síndrome de Stendhal, que se traduce  textualmente en: “una enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, depresiones e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, cuando estas son especialmente bellas”.

La plaza está dividida en nueve sectores.  Las secciones parten de lo que se conoce como boca del gavione (la boca central de desagüe), y atraviesan la Piazza como rayos de sol hasta nueve extremos y puntos diferentes de la explanada. El motivo de que se divida en nueve apartados es fruto de un homenaje a cada uno de los representantes del Gobierno de los Nueve, que reinó 63 años desde 1292. Dos puntos destacan sobre todos los palacios que rodean la plaza, la fachada y torre del Ayuntamiento, y la fuente,  “Fonte de Gaia”.

El Palazzo publico (Ayuntamiento) se empezó a construir a finales del siglo XIII bajo un estilo gótico italiano y con una fachada ligeramente curvada. Llama la atención el contraste entre la primera planta, fabricada a base de piedra blanca, y el ladrillo utilizado para las plantas superiores. Junto al Palazzo se levanta la Torre del Mangia, un campanario de más de 80 metros de altura visible desde cualquier punto de Siena y al que se puede acceder gratuitamente.

La atracción principal es la Fonte Gaia, la Fuente de la Alegría, del año 1419. Tiene forma rectangular y se caracteriza por tener tres paneles de mármol blanco repletos de grabados y relieves de la Virgen. La fuente original es obra de Jacopo della Quercia, pero a mediados del siglo XIX tuvo que ser sustituida por una copia debido al mal estado que presentaba. Pese a ser una reproducción, hoy en día es el símbolo de Siena y uno de los principales puntos de reunión.

 Horas y horas nos hubiésemos quedado en este punto central de Siena pero teníamos que seguir si queríamos llegar a tiempo a coger el último tren que saldría de Siena hacia Pisa. Cerca de la Plaza, por una de las onces calles estrechas que desembocan en ella, llegamos, subiendo cuestas, a la magnífica Catedral de Siena en mármol blanco y negro. No pudimos entrar en el interior porque estaba cerrada al público por un concierto o evento privado. Pero, a pesar de los pesares, pudimos disfrutar de su majestuosidad desde el exterior. ¡Es impresionante! Un ejemplo soberbio de gótico italiano.  Está considerada como una de las catedrales más importantes de Italia, así como una de las pocas del país construidas  completamente en estilo gótico. Su edificación tuvo inicio en la segunda mitad del siglo XII, con motivo de reemplazar una antigua iglesia del siglo IX que, además, había sido la sede del Obispado de Siena.

En 1339, se realizó el proyecto para ampliar aún más la ya grandiosa Catedral. La ampliación consistía en añadir a la parte sur del Duomo una nueva y enorme nave de 50 metros de longitud y 30 metros de anchura. La idea estaba basada en el deseo de convertir la Catedral de Siena en el mayor templo de la Cristiandad, pero el ambicioso proyecto no pudo llevarse a cabo, a consecuencia de la terrible epidemia de peste que asoló la ciudad en 1348. Hoy en día, la nave inacabada alberga una galería de arte dedicada a la escultura gótica. El gran arquitecto y escultor toscano Nicola Pisano (Apulia (prov. de Lucca), 1220 c. – Pisa, 1278, c.) fue quien diseñó la mayor parte de los planos de la Catedral. http://operaduomo.siena.it/en/

Su emplazamiento, en lo alto de la ciudad, le aporta aún más majestuosidad. Con las yemas de los dedos, tocas casi, casi, el cielo…Y así, con esa especie de éxtasis religiosa, nos fuimos despidiendo de Siena, volviendo sobre nuestros pasos, hacia la estación de trenes. Nos indicaron que no estaba lejos, pero sí que tuvimos que andar una media hora, con el agobio de no saber si llegábamos a tiempo.  Llegamos a tiempo pero el último tren llevaba retraso y nos temimos lo peor. Teníamos que hacer transbordo en Empoli para coger el tren que nos llevaría a Pisa. Si el nuestro de Siena no llegaba a tiempo, perderíamos la correspondencia. Y así fue, por culpa de los repetidos retrasos que sufrimos en varios trayectos de nuestra estancia, nos quedamos en Empoli hasta la medianoche, para coger un enlace que milagrosamente nos libró de quedarnos a dormir en el andén. Viajar en tren en Italia tiene sus riesgos, los retrasos son cotidianos. Encima, el país estaba en estado de shock después del accidente brutal que tuvo lugar justo el día que llegamos en el sur del país, con un choque frontal de trenes que dejó al menos 27 muertos.

Llegamos casi a la 1 de la madrugada al hotel. Para el día siguiente, teníamos que madrugar bastante para poder coger el barco en la Spezia que nos llevaría a Cinqueterre. Decidimos dividirnos otra vez. Unos dormirían 6 horas y nosotros optamos por ir más tarde.

Jueves 14: Cinqueterre
En tren, desde la parada cercana al hotel, a la Spezia tardamos una hora aproximadamente. La Spezia, con uno de los puertos militares más importantes de Italia, se encuentra en el Golfo de los poetas y es la puerta de entrada a Cinqueterre, patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Hicimos el viaje en tren, acompañados de dos matrimonios mejicanos con sus respectivas proles que nos contagiaron sus risas y sus expresiones güates. Pasamos por las canteras de Carrara, las canteras del mármol más famoso del mundo y cuando por fin llegamos a la estación de la Spezia empezamos a “saborear” lo que es viajar a uno de los sitios más visitados de Italia en pleno mes de julio. Las colas de gente, el trasiego de maletas, los gritos, las prisas… ¡qué lejos quedaba la tranquilidad de Pisa….!

La primera noticia que tuvimos es que no nos quedaba más remedio que recorrer Cinqueterre en tren y no navegando, como queríamos, ya que se habían anulado los paseos en barco por mala mar. Aunque brillaba el sol, la mar estaba picada y no era cuestión de arriesgar la vida, acercándose a las escarpadas costas de los 5 pueblos marineros. Una pena sí, pero bueno, el viaje en tren parando en cada pueblo no está nada mal. Aquí dejo el enlace con la información de los horarios y precios de los paseos en barco. Con un billete de “día entero” se puede subir y bajar del barco en Portovenere y en todos los pueblos de Cinqueterre: Riomaggiore – Manarola – Vernazza y Monterosso (el quinto pueblo, Corniglia está en la cima de un cerro y no tiene puerto): http://www.navigazionegolfodeipoeti.it/es/embarcaciones-horarios-tarifas/la-spezia.html

Empezamos el itinerario yendo en tren desde la Spezia hasta el pueblo más alejado: Monterosso. La idea era, desde allí volver hacia la Spezia, parando en el resto de los pueblos. El trayecto hasta Monterosso dura unos 20 minutos y por unos 4 euros por persona, llegamos, junto a cientos de turistas que ese día se levantaron con la misma idea. También se puede comprar el billete para un día, y hacer todos los transbordos que se quiera, por unos 20 euros. Es el pueblo más poblado de los 5 y su fisionomía recuerda a las películas de la Italia de los años 50. No es tan espectacular como el resto pero sí merece el paseo por su centro histórico y sus playas. No vimos la estatua del Gigante pero lo apunto porque es el símbolo de Monterosso. Ubicada en la parte moderna del pueblo, es una estatua imponente que representa al Dios de los mares Neptuno, realizada en el año 1910 por el arquitecto Levacher y el escultor Minerbi. https://www.lonelyplanet.com/italy/monterosso

Después de callejear por el centro, que se encuentra muy cerca de la estación, fuimos paseando por la costa y vimos que desde allí, cerca del Roca Porto Hotel, se puede, bajando unas escaleras iniciar el camino senderista hacia el siguiente pueblo, Vernazza. Son 3,5 km pero hay que ir preparado, con calzado adecuado y no como nosotros. Así que desistimos y fuimos realistas, volviendo sobre nuestros pasos para retomar el tren hacia Verazza. Aquí  un enlace con los caminos que se pueden recorrer para hacer todo el itinerario a pié: http://www.cinqueterre.eu.com/es/caminos

Vernazza ya es otra cosa, ya vimos uno de los pueblos que caen al mar, con sus casas de colores encaramadas en la roca, luchando contra la gravidez y el salto al vacío. No tiene tráfico y se conserva como uno de los pueblos marineros más auténticos. Desde la estación bajamos por una cuesta hasta el puerto, sorteando las hordas de turistas que nos hacían maldecir una vez más las fechas elegidas. Sentarse en el espigón y disfrutar de las vistas, tomarse una cerveza en una de las terrazas y no inmutarse por la clavada, teniendo claro que el “impuesto” por disfrutar del entorno de Vernazza, se paga con creces y sin rechistar, comerse un trozo de pizza recién sacada del horno, en una de las panaderías que impregna el ambiente de orégano, y dejarse llevar…

A las fachadas de colores les falta, a muchas, una capa de pintura. Resulta un poco desconcertante que siendo uno de los lugares más visitados de Italia, no estén más cuidados los edificios. ¿Decadencia italiana? Así lo afirman muchos, que el país está atravesando una de las mayores crisis de su historia. Dolce vita, Dolce far niente… así pasamos un buen rato en Vernazza, hasta que decidimos seguir en tren hasta el Manarola. Pasamos de largo del único pueblo que no tiene puerto y al que para acceder a él hay que ir en bus o andando por una bonita escalinata de 377 escalones, ya que se encuentra en lo alto de un cerro. Este pueblo “montañés” se llama Corniglia. También forma parte de las Cinque terre y conserva también las casas con fachadas de colores. Nosotros pasamos de largo, el resto del grupo sí que subió y nos confirmaron que merece la pena subir, aunque sea como sardinas en lata en el bus. http://www.cinqueterrecorniglia.com/en/

Manarola, como el resto estaba a rebosar de gente. Del los 5, es quizás el más fotografiado por tener su puerto flanqueado por dos malecones. En uno de ellos vimos muchos locales que tomaban el sol “a la italiana”, ellas maravillosas luciendo palmito y ellos marcando todos los músculos de su cuerpo. Lo más sorprendente de este lugar lleno de encanto es que las barcas han de izarse a pulso desde el puerto hasta una terraza, a los pies del pueblo, con ayuda de cuerdas, porque no existe embarcadero alguno. Para conseguir las mejores vistas, hay que seguir el paseo del amor que discurre entre Manarola y Riomaggiore. Este paseo es mundialmente conocido y está catalogado como uno de los paseos más románticos. Para conocer su historia: http://www.conociendoitalia.com/paseando-por-la-va-del-amor-en-cinqueterre/

Después de disfrutar de las vistas, continuamos hasta el último pueblo: Riomaggiore. Con la luz de media tarde, llegamos al estrecho embarcadero, dónde también disfrutaban de un baño algunos turistas. Es más tranquilo que Manarola o Vernazza, quizás por ser más pequeño, pero mantiene el encanto del conjunto con sus casas de colores y su ubicación abrupta sobre el mar. Paseando por el puerto, paramos a comprar un helado con sabor a melón y nos sentamos en unos escalones para disfrutar del momento, viendo a la gente pasear mientras degustábamos un “gelatto” exquisito. Uno de esos momentos que no se olvidan, simples pero llenos de magia.

En Riomaggiore tienen castillo, una fortificación del siglo XIII que se encuentra en lo más alto del pueblo. No subimos, nos dio pereza, pero seguramente merezca la pena porque las vistas desde allí tienen que ser increíbles. Y así acabó nuestro periplo por Cinqueterre, con ganas de volver cuando no hubiese tanta gente pero satisfechos, al mismo tiempo,  de haber descubierto esta zona que llevaba mucho tiempo en la lista de los “lugares pendientes”. Volvimos en tren a la Spezia, y desde allí enseguida cogimos el tren que nos llevó de nuevo a Pisa San Rossore, la estación cercana al hotel. El resto del grupo aún se quedó más tiempo por Cinqueterre y después de descansar un poco, volvimos a la plaza del día anterior que nos había gustado tanto para cenar. Cambiamos de terraza por una pizzería y recordé las palabras de mi madre: “no siempre se comen las mejores Pizzas en Italia, ni las mejores paellas en Valencia”. Pues eso, comestible pero más bien paupérrima presencia de ingredientes a parte del tomate y la mozarella. No me acuerdo del nombre, ni falta que hace… Sólo recuerdo que después de cenar nos dimos un buen paseo andando, volviendo a cruzar el Campo de los Milagros, para disfrutar por última vez de la Torre de Pisa con iluminación nocturna. Quedaban pocas horas para regresar a casa y el paseo tranquilo fue la mejor manera de acabar un día intenso en todos los sentidos de la palabra.

Viernes 15: Florencia y regreso
¿Firenze más bonita que Venecia? Es cuestión de gustos, yo desde luego me quedo con las dos, puestos a elegir, el todo o la nada… No era la primera vez para nosotros, pero siempre emociona volver a una de las ciudades más bonitas del mundo y volver a extasiarnos con tanta belleza a pesar de las masas de gente. Nada más llegar a la estación compramos el billete de vuelta para Pisa, no era cuestión de perder el avión del regreso a Girona. La primera parada, cerca de la estación fue volver a la farmacia más antigua del mundo, la famosa Farmacia de Santa María Novella del año 1612. Sigue funcionando como tal, y sólo por ver sus dependencias, merece la pena ir a verla.

Desde allí fuimos paseando, y sorteando las masas de turistas hasta la Catedral. La cola para entrar era kilométrica. Tanta gente había que ni nos atrevimos entrar en ningún recinto cerrado. El Ponte Vecchio, la Piazza Della Signoria, dónde ondeaba la bandera francesa junto a la italiana, en honor a los muertos asesinados en Niza por un yihadista dos días antes, la Galería Uffici, la estatua de Dante Alighieri en la Piazza de Santa Croce, y así hasta la hora de despedirnos, pasaron las horas recorriendo la ciudad más renacentista de Italia. El Diario de Firenze al detalle, ya lo escribí en su día, y aunque la ciudad merece más de un diario, ésta vez fue imposible verla en condiciones, por eso, emplazo a leer lo ya escrito:  https://mimondolirondo.wordpress.com/2007/03/12/al-encuentro-de-los-medicci-florencia-siena-y-pisa/.

Y así llegó el final, “borrachos” de tanto arte y de las birras tamaño XL que nos tomamos en la terraza del aeropuerto de Pisa, antes de coger el avión a Girona. Cuando aterrizamos, estaba todo cerrado para cenar  y los Taruguez no podíamos acabar el viaje así, a palo seco y con el estómago vacío. Con nocturnidad y alevosía, nos montamos los seis en el coche, y rezando para que los mossos de escuadra no nos pillaran acabamos en un pueblo perdido, dónde nos dieron de cenar, cuando el reloj marcaba casi la medianoche. ¡Qué lejos quedaban ya las torres de San Gimignano… y…. ¡¡Qué buena estaba la butifarra!!!

2 comentarios en “Cinqueterre, coloreando el mar

  1. Nenaaa, fantástico el diario. Fui por ahí el año pasado, 15días, Toscana con 3 días en 5terre y aunque tengo memoria fatal d sitiossi ls tengo de sensaciones, de esa borrachera de belleza en cualquier lugar, d lo bien q s come y d lo bien q s vive. Solo hubiera faltado un bello italiano de los q pillaba años ha😜😜 muchos besos artista viajera, a los dos. Marian

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