Ooooh Lá Lá!!!


Costa Azul – Provenza

Del 28 de junio al 5 de julio 2022
Locura sí, escaparse unos días, en plena temporada de trabajo hotelero para ver la floración de los campos de lavanda, no se me ocurre más que a mí. Qué le voy a hacer…cabezona, testaruda, pura genética. En 2006 ya recorrimos una parte de la Provenza, visitando Avignon, Orange, Marsella, Arles y Aix-en-Provence: https://mimondolirondo.com/2006/04/18/van-gogh-no-estaba-loco/ pero esta vez quería adentrarme hasta el fondo, hasta cruzar la región entera y alcanzar la frontera con Italia. Un viaje ideado y ansiado desde hacía tiempo, esta vez ni el covid podría arrebatarme el placer de embriagarme con el olor a lavanda. Mi “mono” no me dejaba esperar más tiempo.

Martes 28: Perpignan-Albi
Cuando algo empieza mal, acaba peor, o eso dicen. Teníamos por delante más de 700 kilómetros hasta llegar a nuestro destino, cerca de Avignon para dormir. Algo aparentemente factible, si salíamos pronto, porque ya se sabe que en las Galias, a partir de las 7 de la tarde se acaba el mundo. Y claro, cuando un cliente te ruega que le alojes una noche más, y ese cliente con su mejor sonrisa te jura y perjura que sí, que saldrán pronto porque ellos regresan a Italia, y también tienen un viaje largo por delante, pues confías, no te queda otra. Pero, pero, pero…. Como no podía ser de otra manera, acabamos saliendo casi a las 12 con el turbo metido, para llegar a la frontera con Francia a las tres de la tarde. Desde Perpignan, hasta nuestro alojamiento cerca de Avignon teníamos otras 3 horas de viaje, con lo cual, llegaríamos a tiempo, antes de que nuestra anfitriona colgara el cartel de “Fermé”. En Perpignan, dimos más vueltas que un tío-vivo buscando la gasolina más barata (lo de siempre, lo que te ahorras por litro, te lo gastas buscando la susodicha gasolinera). Ya con el tanque a full, salimos de Perpignan y empezó la odisea de verdad. Humo, cada vez más espeso y extendido surgía por el Oeste, desde las montañas hacia la costa. Un incendio con letras mayúsculas que estaba arrasando un camping y varias zonas de pinadas. Seguimos poco a poco por la carretera y nos desviaron hacia Montpellier, o eso creíamos. Hacia Montpellier hubiese sido lo correcto porque después de muchos kilómetros, empecé a sospechar que algo iba mal. (Ya me podría haber dado cuenta antes, el desvío de nuestra ruta fue de casi 300 kilómetros). Entre el estrés de llegar a tiempo, el incendio y mi empeño en ir a Leberon, cuando en realidad nuestro destino era Lederon (lo que puede ocasionar una puñetera letra) casi provocan un divorcio a la italiana, sólo faltaba la mamma que le diese con el rodillo en la cabeza al mío marito. ¡Qué horror, qué gritos, qué histeria, qué exageración! En vez de ir hacia Avignon, íbamos hacia Burdeos, es decir, en dirección totalmente contraria, opuesta. Paramos cerca de Toulouse, contamos hasta diez, nos calmamos con unos ejercicios de relajación-respiración y llamé a la señora anfitriona de la casa rural para decirle que no íbamos a llegar a tiempo, que nos habíamos equivocado. Sólo le faltó descorchar la botella de champagne de la alegría que le entró, ni un ¿estáis bien?, si queréis os espero hasta cuando lleguéis.. Nada de nada, un escueto: Ah sí, estáis muy lejos. ¡La madre que parió a la Madame! Que soy del gremio Señora, que cuando le ha pasado algo así a un cliente me he desvivido para ir a buscarle si estaba perdido o le he indicado que si no dormía esa noche, podría volver en otra ocasión, sin cargo, obviamente. Pero en fin, son formas de ver la vida.. y ¿qué podíamos hacer a las 7 de la tarde, en un país en el que a esas horas se podría rodar un capítulo de “Walking deads”? Buscamos en Google maps, la ciudad más cercana, aparte de Tolouse a la que teníamos previsto ir a la vuelta, no a la ida. Y ahí estaba, la magnífica y preciosa ciudad de Albi, que yo tuve el honor de conocer cuando hicimos la Ruta de los castillos del Loira. Mi Santo más tranquilo y resignado, buscó un hotel en Albi y allí que fuimos a dormir, a 70 kilómetros de Toulouse. Daniel no conocía Albi, la ruta del Loira fue un viaje inolvidable que hice con mi querida amiga Pura y su hija María: https://mimondolirondo.com/2007/08/27/castillos-en-el-aire-castillos-en-en-loira/

Albi, es conocida por su majestuosa Catedral, de curiosa arquitectura y por el archi-conocido pintor “Toulouse-Lautrec”. Es una ciudad pequeña, que tiene mucho encanto y se puede recorrer en un par de horas. Antes de salir a recorrer sus calles, localizamos el hotel que estaba muy céntrico y dejamos las maletas. Hacía una temperatura buenísima para pasear. Gente en las terrazas y bastante ambiente nocturno, sorprendentemente. Lo primero que hicimos fue dirigirnos hacia la Catedral de Santa Cecilia, tenía ganas de que Dani se deslumbrara como yo lo hice entonces, ante tan descomunal edificio. Construida con ladrillo rojo, tiene un aspecto de fortaleza con unos muros altísimos que tocan literalmente el cielo. La entrada también impresiona, en realidad, se trata de un verdadero castillo-fortaleza que pasó a ser templo religioso. Como siempre, una imagen vale más que mil palabras (aunque duela reconocerlo), https://www.youtube.com/watch?v=bPWITmLC_Rg.

Era de noche, la entrada de día a la Catedral no iba a poder ser, nos habíamos equivocado de camino y teníamos que retroceder más de 300 kms, que se dice pronto. Albi, sin embargo, nos regaló una noche mágica. Fuimos hasta el otro lado del puente para ver la Catedral en honor a Santa Cecilia con las luces nocturnas y su torre campanario de casi 80 metros rompiendo el “skyline” desde otra perspectiva. Al volver del paseo, de regreso al hotel, vimos anunciado en el palacio que se ubica al lado de la Catedral, sede del museo dedicado al pintor Toulouse Lautrec, un espectáculo de luz y sonido que iba a dar comienzo en pocos minutos. No nos lo pensamos dos veces y compramos las entradas para disfrutar de 30 minutos de un espectáculo de proyección de imágenes sobre la vida de Lautrec y sus cuadros, con luces y sonidos, todo proyectado sobre los muros del palacio y los jardines. Nos encantó, un buen montaje sobre su vida en Albi dónde nació, y donde enfermó a causa de dos caídas graves que le atrofiaron las extremidades inferiores, dejándole una estatura de apenas metro y medio, sobre sus comienzos en la pintura, su vida en Montmartre, su alcoholismo, sus colegas pintores de la época: Van Gogh, Degas, Gauguin… hasta su muerte prematura a la edad de 36 años. https://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/toulouse_lautrec.htm. El museo lo visité en mi viaje previo y la verdad es que si no lo han arreglado desde entonces, su estado dejaba mucho que desear. Parece que sí, por lo que leo, se ha renovado y ya no crujen los suelos como entonces. Fue desde luego, el mejor regalo que nos dejó Albi, el día había sido duro, largo y tenso pero la vida siempre te compensa de alguna forma..

Miércoles 29: Aveyron- Avignon – Carpentras – Sault – Gordes – Apt
En vez de volver otra vez hasta Montpellier, lo que hicimos fue adentrarnos por el interior, y conducir en paralelo hasta Avignon, nuestro destino original del día anterior antes de que nos perdiésemos. Descubrimos casi sin querer un departamento increíble, Aveyron, cuyo nombre lo toma del río que atraviesa el departamento. Nos sumergimos en carreteras increíbles, rodeados de bosques, campos y pueblo preciosos, encaramados en las montañas, como el de Saint Sernin sur Rance, una joya empedrada que me recordó a Castellfollit de la Roca en Girona. Paramos en una panadería, y la señora que nos atendió se emocionó al oírnos hablar en español. Nos contó la historia de su abuelo de Pastrana, en Guadalajara que logró escapar de un fusilamiento franquista, llegando a Toulouse como pudo. Ella entendía el castellano pero lo hablaba poco. Se le caían las lágrimas narrando la historia de su abuelo. De esos momentos inolvidables que te regala la vida. Con el pan recién hecho, retomamos la ruta y seguimos descubriendo Aveyron, que por lo que vimos, da para hacer un viaje con más tiempo, alberga la mayor cantidad de pueblos de la lista de los más bellos de Francia. Un departamento eclipsado por la fama de Provenza o del Perigord, resulta que tiene una riqueza cultural y paisajística impresionante. Dejo aquí un artículo sobre los pueblos más bonitos de Aveyron para ir abriendo boca: https://www.tierrasinsolitas.com/pueblos-mas-bonitos-de-aveyron-encanto-francia/

Pasamos por Vabres l´Abbaye, un pueblo que destaca por su Abadía. A continuación, pasamos por la cuna del queso Roquefort, por un pueblo llamado Saint-Affrique, muy cercano a Roquefort-sur-Soulzon. Es curioso el origen de este tipo de queso: un gran terremoto provocó una falla inmensa en esta zona hace millones de años, y en mitad de esta falla se creó un valle. Los restos de las laderas de la montaña quedaron totalmente fracturados y rotos. El agua agrandó esas cavidades calcáreas “fabricando” cuevas, simas y conductos por los que el aire circula. Los pastores de ovejas de Larzac observaron que la temperatura de esas cavidades era contante a lo largo del año, gracias a las fracturas de la roca ,-las fleurines-, lo que permitía a los quesos un proceso de curación ideal. Y así nació el famosísimo queso con el hongo que al desarrollarse y crecer genera esas manchas de color azul. Se trata del mismo hongo del queso de Cabrales, y del mismo que descubrió Pasteur y favoreció la fabricación de las primeras vacunas. No paramos a comprar queso, pero sí que hicimos acopio en otro pueblo de varios rosados de Provenza y de varios quesos, entre ellos, uno del hongo azul.

En Aveyron, espectáculo de la naturaleza, uno de los Parques nacionales, el de les Grandes Causses, ocupa casi un tercio del departamento. Con sus 327.070 hectáreas, que se dice pronto, es uno de los mayores Parques Naturales de Francia. Mesetas calcáreas, gargantas escarpadas, colinas y montes de bosques frondosos, es un paraíso para el pastoreo de ovejas. ¡Ya puede salir bueno el Roquefort! . Bendito desvío y bendita la equivocación del día anterior, sin quererlo descubrimos un entorno increíble, una ruta por la región de Midi-Pyrénées que fue todo un descubrimiento.

Casi a las dos de la tarde llegamos a las puertas del Castillo Papal y el famoso puente de Avignon. Como ya lo habíamos visitado en un viaje anterior, seguimos ruta hasta Carpentras. Hacía tantísimo calor que di varias vueltas para aparcar lo más cerca posible del centro histórico. Tanto es así que aparqué en donde no se podía si no tenías la viñeta de residente. Un calor agobiante, una chicharrina que nos acompañó por el breve paseo que dimos bajo unos soportales. Ya habíamos dejado el departamento de Aveyron y habíamos entrado en el de Vaucluse, ya en la PACA (región de Provence-Alpes-Côte d´Azur). Todo muy italiano, fachadas de colores ocres y amarillos, una Catedral impresionante en honor a Saint Siffrein (no había oído nunca ese nombre) y un laberinto de calles estrechas que si cerrabas los ojos podías soñar que estabas en el mismo centro de Siena o de San Gimignano.

Fue breve la visita de Carpentras, el calor era insoportable. Seguimos ruta hacia nuestro siguiente destino: Sault. Ya en el camino empezamos a ver campos de lavanda en flor, lo que venía anhelando desde hacía tiempo. Cuando estuvimos en Guadalajara no tuvimos tanta suerte, apenas habían florecido los campos de espliego. Esta vez, a finales de Junio ya pudimos disfrutar en el departamento de Luberon  de varios campos de lavanda al son de las cigarras.

Sault está en lo alto, a 776 metros de altitud, encaramado en una superficie rocosa, rodeado de campos de Lavanda. Es muy bonito, merece la pena ir hasta allí. Detrás del pueblo, en el horizonte se perfila la cima del Mont Ventoux, “el gigante” de la Provenza. Esta antigua capital del condado es uno de los 6 emplazamientos a los que se le ha concedido el título de patrimonio mundial de la Unesco. Aquí se puede visitar una destilería de lavanda, y muy cerca también el famoso Museo de la Lavanda en Coustellet.

Aparcamos en un parking municipal gratuito, justo en el centro, al lado de una explanada donde estaban jugando a la petanca a pesar del calor. Lo bueno que tiene Sault es que al estar en altura soplaba una ligera brisa. Perderse por sus calles, ver las tiendas y comerse un helado artesanal en La confitería de André Boyer, fundada en 1887, ¿alguien da más?. Helado con sabor a lavanda, no podía ser de otra manera. En esta joyería del dulce, están especializados en “Nougats”, una especia de turrón de Alicante, del duro para entendernos, pero la pasta entre las almendras está más caramelizada, más viscosa. Es cuestión de gustos, yo me quedo con el turrón español, el Nougat me parece demasiado azucarado, no tan almendrado. La sección de las mieles, es un auténtico escaparate de joyería, a precio de oro, obviamente.

Una vez saciada nuestra dosis de azúcar, seguimos paseando y disfrutando de este pequeño pueblo rodeado de campos de lavanda. Sault fue un aperitivo, el siguiente pueblo, fue la apoteosis. Gordes se llama y se encuentra ubicado en pleno Parque natural de Luberon. De postal, no hay nada más que añadir. También encaramado en una roca, es un típico pueblo provenzal pero con ese aire majestuoso que le confiere su castillo-fortaleza medieval. Gordes inspiró a pintores como Chagall y Vasarely. No sé cuántas fotos saqué, desde todos los ángulos y puntos de vista panorámicos. Gordes es realmente uno de los pueblos más bonitos de Francia. Se puede aparcar  a unos 500 metros del centro, pagando eso sí. A la entrada, te recibe un hotelazo de 5 estrellas, con su personal vestido con trajes provenzales. Asomamos la nariz por uno de los ventanales  a ras de calle, y bueno, bueno, bueno…. Otra galaxia de lujo a la “provenzal”, un suspiro y un pensamiento al aire, el mismo que nos viene cada vez que vemos una de estas cosas reservadas a los ricos, muy ricos: el dinero no da la felicidad pero ayuda a calmar las penas. Si alguien tiene un capricho, a unos 1000 euros la noche: https://airelles.com/fr/destination/gordes-hotel

Por estos lares, hay mucha competencia en cuanto a pueblos con encanto. Yo me preparé la ruta a conciencia pero me dejé en el tintero algunos lugares imprescindibles (tendremos que volver) como: el pueblo de “Les Baux de Provence”,L´Isle sur la Sorgue (una pequeña Venecia) ó el famoso monasterio cisterciense que sale en todas las campañas publicitarias de la región: la Abadía  de Notre Dame de Sénanque.

Acabamos nuestro paseo por Gordes, saliendo ya en coche por la carretera por donde habíamos venido para sacar las mejores fotografías con perspectiva, desde un mirador frente a la gran roca. Inolvidable Gordes, un lugar para volver y volver…

Nuestra incursión por la Provenza no había podido empezar mejor, los siguientes pueblos que tenía apuntados en la ruta los dejamos para el día siguiente, ya eran casi las siete de la tarde y en Francia es casi la hora de retirarse a cenar, el mundo se acaba. Fuimos directamente a Apt, el pueblo donde tenía reservada una noche en un hotel urbano. El nombre extraño de la localidad procede de la época romana, ya que Apt fue fundada por Julio César. Es bonito pero no tiene el encanto de otros pueblos provenzales. Su Catedral en honor a Santa Ana y su centro histórico un poco decadente, no es un pueblo de postal, es más bien un pueblo de paso, de intersección entre otros pueblos. El Hotel elegido está céntrico pero no da ninguna oportunidad al lujo. Habitación pequeña y techos altos, se nota que es un edificio antiguo que han remodelado pero sin tirar la casa por la ventana… Lo que nos gustó de Apt fue el sitio donde cenamos, muy cerca del hotel, en la calle principal del centro histórico. Un restaurante especializado en “Crêpes” dulces y saladas, una Crêperie de toda la vida. Se llama “Le Chant de l´heure” y hace un juego de palabras con la festividad del “Chandeleur”, (fiesta de las candelas) que se celebra el 2 de febrero y ese día se comen Crêpes. Se celebra 40 días después del día de Navidad, cuando el niño Jesús fue presentado en el Templo. El local tiene mucho encanto, en la planta baja es la entrada y se sube por unas escaleras estrechas hasta la primera planta donde está en comedor en un patio, lleno de lucecitas, plantas y decoración muy “ad hoc”. Cenamos una ensalada con mollejas y huevo, muy buena, y de segundo nos repartimos una crepe con salmón, gambas, higos y crema fresca, ¡buenísima!. La botellita de rosado provenzal fresquito cayó, después de 700 kms (recuperando el desvío del día anterior) nos habíamos ganado esta cena tan rica. Molidos llegamos al hotel, no nos dio ni tiempo a quejarnos de la modesta y austera habitación.

Jueves 30: Menerbes – Roussillon – Saignon – Bonnieux- Lourmarin – Ansouis – Brignoles
¿Y cuál es una de las mejores formas de despertar en Francia? Desayunar un buen café con leche (aunque te cobren 5 euros) con croissanes recién hechos. La leche a precio de oro, el truco del almendruco, pedir un café “allongé” tipo americano con una pizca de leche. Pero bueno, tampoco es cuestión de hacer una tesis doctoral sobre los precios de los cafés franceses, es simplemente llamativo que vendan un café con leche a 5 o 6 euros en cualquier bar de pueblo, ya no digo en los Campos Elíseos. A gloria Bendita nos supieron los croissanes de la boulangerie. Ya estábamos listos para dejar Apt rumbo a Menerbes, otro pueblo precioso provenzal, entre viñedos y campos de Lavanda. Al decirle el nombre al GPS me contestó “tranquila, relájate y escucha música”. Si algo te enerva como Menerbes pues te calmas. No paramos de reírnos hasta llegar al parking del pueblo que se encuentra en la parte baja, antes de ascender al pueblo. Aún recuerdo el día que a Dani le dijo Alexa, “a mí no me hables así”, estas máquinas dan miedo, pavor.

Menerbes no enerva, todo lo contrario. Es un pueblo idílico, el típico pueblo provenzal con sus casas de piedra y sus contraventanas de colores azul añil o verde pastel. En una de las casas con las mejores vistas sobre el paisaje de viñedos y lavanda, residió y se inspiró Dora Maar, una de las amantes de Picasso, cuya vida artística como fotógrafa quedó eclipsada por su relación con el creador del Cubismo. En esta casa vivieron su pasión, hasta que Picasso la dejó por otra mujer, y ella mantuvo la propiedad pero se aisló en París hasta su muerte: Los jardines de la casa, que ahora alberga un refugio para artistas, fundado por una filántropa son espectaculares: https://guiadejardin.com/jardin-provezal-mediterraneo-francia/ .

Ménerbes se recorre en poco tiempo, ya que es un pequeño pueblo, pero hay que tomárselo con calma para descubrir su Ciudadela y su Castillo. Por sus estrechas calles llegamos a la plaza del Ayuntamiento con edificios medievales del siglo XV. Desde allí las vistas sobre los viñedos y los campos de Lavanda son impresionantes y si además, te tomas un momento de relax en uno de los bancos que hay en el mirador, y escuchas el concierto de cigarras, la experiencia es única. Nos quedamos un rato pero tampoco demasiado porque el “concierto” ya degeneró en escandaloso estruendo. Me pregunto cómo se puede aguantar el ruido, de una cigarra o dos tiene su gracia pero de un ejército entero es de frenopático. Ah! Se me olvidaba, para los frikies, este pueblo cuenta con un Museo del Sacacorchos.

Empezaba a apretar el calor y decidimos seguir nuestra ruta, volviendo sobre nuestros pasos hacia el parking. Nos esperaba otro pueblo de la lista de los más bellos de Francia: Roussillon. Otro de los pueblos más visitados de la Provenza, estaba hasta el mástil de turistas. Aparcamos en el parking municipal y anduvimos escasos 200 metros hasta llegar a la plaza del mercado. Sonaba una canción de Brassens, un músico callejero le ponía el toque más francés al paseo por Roussillon. Si algo destaca en este pueblo es su color rojizo. También tiene sus casas típicamente provenzales con sus contraventanas, les “volets” de madera en colores pero la piedra de sus muros es más rojiza, no amarilla como en el resto. El color rojizo se debe a que este pueblo peculiar se ubica en uno de los depósitos de ocre rojo más grandes del mundo. (de hecho , sus senderos de ocre “Les sentiers des Ocres” son
La plaza del Ayuntamiento es de película de Louis de Founes, sólo le falta el Diane 6 del gendarme en la puerta. Estaba a tope de gente, Roussillon, junto con Gordes es de los pueblos más visitados de la Provenza. Cuando ya casi dimos la visita del pueblo por finalizada pasó algo que nos dejó a todos patidifusos. De repente, el cielo quebró con el sonido de un caza militar que rompía la barrera de sonido sobre nuestras cabezas. ¡Un susto de los grandes! No sé si estaba de maniobras o qué pero fue horrible, nos fuimos de Roussillon medio sordos.

Y el siguiente pueblo en la ruta fue Saignon, muy cerca de Apt, donde habíamos dormido. Se encuentra en la cima de una montaña y cuando llegamos no había un alma. Aquí llegó el escritor  Cortázar y se quedó a vivir. Nada que ver con el ajetreo de Roussillon o Menerbes. Es un pueblo tranquilo, con casas de piedra muy bonitas, jardines escondidos y murmullo de agua de manantial. Visitas obligadas: la Abadía de San Eusebio y la Iglesia en honor a San Miguel.

Para comer decidimos seguir ruta hasta Bonnieux. En el camino, y después de hacer algunas compras cerca de Apt, antes de llegar a Bonnieux por caminos rurales paré el coche entre campos de lavanda en flor con banda sonora de cigarras a pleno pulmón. El ruido era ensordecedor, y los campos embriagadores. Un éxtasis para los cinco sentidos. Justo antes de llegar a Bonnieux, vimos un parque entre pinares y allí plantamos nuestro pic-nic. Sólo nos faltaba el mantel de cuadros. Hacía calor pero bajo la sobra de los pinos y la brisa que llegaba a retazos, comimos como dos reyes de Pernanbuco.

Bonnieux también merece la pena visitarlo. Aquí transcurre la película de “Un buen año” con Russell Crowe, es otro bonito pueblo típico de la Provenza que destaca sobre todo por el paisaje que le rodea. Viñedos y campos de lavanda en flor rodean las calles de Bonnieux, un buen lugar para retirarse como hace el “prota” de la película. El siguiente pueblo que nos impactó de nuevo es Lourmarin. Pueblo elegido por Albert Camus, entre otros, para vivir y morir. Ya en el parking empiezas a flipar. Por un lado, un imponente castillo Renacentista recibe al visitante, así, como si nada. https://es.martigues-tourisme.com/castillo-de-lourmarin.html y por el otro lado un paseo arbolado de espectaculares olmos, te conduce hasta este pueblo de postal. Talleres de pintura, tiendas de artesanía, zapatos, moda, decoración al estilo “Boho chic”, terrazas para quedarse a vivir, rincones especiales a cada paso, Lourmarin es una auténtica joya provenzal, mediterránea y, por supuesto, “a la francesa”. Disfrutamos del lugar un buen rato, a pesar del calor. Es realmente, junto a Gordes, uno de los pueblos más bonitos de la Provenza, a no perderse.

Suena ya un poco insistente pero si los pueblos son bonitos, las carreteras que transcurren entre ellos son el no va a más. No importa si te pierdes, siempre llegas al destino de tu ruta, este paraíso hay que disfrutarlo con calma, sin darle al acelerador. Así llegamos desde Lourmari a Ansouis. Ubicado sobre un promontorio rocoso, el pueblo también típicamente provenzal está protegido por su Castillo, con sus magníficos jardines y terrazas y una colección de muebles de los siglos XVII y XVIII. Al bajar al pueblo desde el castillo, destaca la Iglesia del S.XI con las reliquias del Conde Elzear de Sabran y su esposa Delphine, que gobernaron Ansouis en el siglo XIV. De nuevo, nos perdemos por su centro histórico, por sus calles estrechas que bajan serpenteando hasta la parte baja donde está el parking público, rodeado de viñedos. De hecho Ansouis cuenta con denominación de origen para sus vinos “AOC Côtes du Luberon”.

Y así, culminaba un día maravilloso, 100% provenzal. Teníamos que cruzar Aix-en-provence que ya vimos en nuestro primer viaje por la Provenza más cercana a Marsella, para llegar a Brignoles. Pasamos de la calma de los valles de Luberon y Vaucluse al tráfico mucho más denso, conforme nos íbamos acercando a la Costa azul. En Brignoles, un pueblo anodino, nos esperaba nuestra alojamiento en un hotel de la cadena B&B. Después de dejar las maletas y una buena ducha, nos fuimos caminando a unos 500 metros al centro del pueblo, buscando un sitio para cenar. Dimos un par de vueltas y al final caímos en un italiano (me he dado cuenta que en Francia, si no comes en una franquicia, comes en un Kebab, en un asiático o en un italiano, ¿Dónde están los restaurantes de cocina francesa, en París o en las grandes ciudades solamente? No cenamos mal, pero con nuestro pic-nic del mediodía entre pinos y campos de lavanda, habíamos puesto el listón muy alto…

Viernes 1 de julio: Saint Paul de Vence – Grasse – Gourdon – Niza
Calor del bueno desde el punto de la mañana. Ya estábamos muy cerca de la capital de la PACA, la famosa región de Provenza-Alpes-Costa Azul, la desconocida Niza para mí, a la que tantas ganas tenía de ir. Antes de acabar el día en nuestro apartamento reservado en Niza, muy cerca de la tristemente famosa por el atentado terrorista, Promenade des Anglais, el paseo marítimo de Niza, empezábamos nuestra ruta por Saint-Paul-de-Vence. Este pueblo a unos 30 kms de Niza, encaramado en un cerro, es probablemente, junto a Sain-Tropez, el pueblo más visitado de la Costa Azul. Para poder llegar a esta “Meca del artisteo”, tuvimos que aparcar casi a 800 metros en una pendiente muy inclinada, cerca de la Fundación Maeght, un Museo de arte contemporáneo, ubicado en un palacete, restaurado por un arquitecto español llamado, Josep Lluís Sert, con la colaboración de Chagall y Giacometti.                                     

Muchos artistas vivieron aquí, como el propio Chagall, Yves Montand, Matisse, Renoir, Miró, y un largo etcétera. Por eso, en sus calles empedradas te tropiezas cada dos pasos con pequeños talleres de pintura y de esas tiendas tan bonitas que parecen pequeños museos. Había bastantes turistas ya cuando llegamos a media mañana. No quiero imaginar lo que será esto en pleno mes de Agosto. Uno de los rincones que más me gustó, fue el cementerio con unas vistas increíbles. Allí, en una tumba cubierta de piedras pequeñas se encuentra la tumba de Chagall, el pintor ruso-francés, de origen judío, quien según dijo la hija de Picasso, Jacqueline, en su entierro, fuel el que mejor entendió el uso del color en la pintura. Dejo aquí un artículo de curiosidades sobre él, me ha parecido curioso: https://www.barnebys.es/blog/10-curiosidades-sobre-marc-chagall-que-quizas-no-sabias.

Después de patear las calles de Saint-Paul con calma, entrando a curiosear varias tiendas, y antes de despedirnos, nos tomamos unas cervezas en una terraza a la entrada del pueblo. A la sombra, y degustando una “blanche” bien fresquita, vimos pasar a todo tipo de turistas, desde un grupo de brasileños talluditos que gritaban bastante, otro grupo de “singles” también maduritas y maxi operadas , y otras parejas más o menos frikies, como nosotros con un punto en común: ganas de estar a la sombra sin derretirnos. Dejo también un enlace sobre Saint Paul de Vence con todos los puntos de interés turístico: https://www.la-provenza.es/saint-paul-de-vence

La parada nos dio fuerzas para seguir ruta hasta Grasse, el famosísimo pueblo que vive de los perfumes desde tiempos inmemoriales. Desde Saint Paul a Grasse tampoco hay mucha distancia pero sí una carretera sinuosa de curvas que poco a poco se adentra hacia el interior. Y ¿qué pasó? pues lo que me pasa a menudo, cuando tengo muchas veces de ir a un sitio me imagino ese lugar por referencias de películas, libros, y en este caso, después de ver la película “El perfume”, Grasse en mi cabeza era un pueblo medieval, no lo que apareció ante nuestros ojos. Un pueblo totalmente italiano, con edificios altos de colores ocre y siena. Si me llegan a decir en ese momento que habíamos llegado a cualquier pueblo de los que rodean el Lago Maggiore, o de la costa de Cinque Terre, me lo hubiese creído totalmente.

Entramos en Grasse por la avenida principal, rodeada de edificios de época, algunos abandonados y, aunque en mal estado, manteniendo aún la prestancia y majestuosidad de tiempos pasados. En una colina a 750 metros de altitud sobre el nivel del mar, Grasse tiene vistas sobre valles de rosas, jazmines, claveles, violetas, azahar y nardos. Todo el pueblo vive básicamente del negocio del perfume. La industria del perfume se desarrolló en Grasse en el siglo XVII y creció aún más en el siglo XVIII, cuando se desarrolló un nuevo proceso para extraer los pigmentos de la base con la que se fabrican los perfumes. Huele a flores. Huele a Italia. Cuando Niza y su región pasaron a formar parte del Reino de Savoya, la ciudad se convirtió en una importante ciudad fortificada debido a la importancia del comercio de pieles. Aunque, no tardó mucho en ser sustituido por el negocio de la perfumería.

Hay un edificio que destaca entre todos los demás. Se trata del Palacio de Congresos, que recuerda al Palacio de Vittorio Emmanuele en Roma o al palacio de los Grimaldi. Construido en el S.XVIII, también fue Casino . El otro edificio que destaca en Grasse es su Catedral, de estilo románico-provenzal, del S. XI. Todo el centro es un laberinto de calles con casas con arcadas, restos de murallas, casonas medievales y palacetes como el Hôtel de Pontèves, el Hôtel de Cabris o el de la Court de Fontmichel. Tuvimos la suerte de perdernos por calles estrechas cubiertas de paraguas rosas que daban sombra. La mezcla del rosa con las paredes de las casas en colores terrosos era una explosión de color. Cuando llegamos a la plaza donde está ubicado el Palacio de Congresos, nos sentamos a tomarnos otra cerveza fresca con unas vistas espectaculares sobre el valle. Junto a la plaza también se encuentra la Fábrica de Perfumes Fragonard. Merece la pena visitar este lugar, aunque salgas con la visa ardiendo si te atreves a bajar a la planta baja y dejarte llevar por el ambiente embriagador. No hay escapatoria, sales de allí con perfumes, jabones y muestrarios. Puedes incluso crear tu propio perfume. https://www.youtube.com/watch?v=kCtGVlup9Ck

La odisea para salir de Grasse no la olvidaremos fácilmente. Al salir del parking me vi envuelta en una locura de calles sin salida y al final, tuve que dar marcha atrás no sé ni cómo. Casi monto un atasco de película de Visconti.  Una pesadilla. Ya eran casi las dos de la tarde y Grasse no invitaba al pic-nic. Seguimos ruta hasta llegar a Gourdon y allí sí que encontramos el mejor lugar y las mejores vistas para comernos el bocata. Casi sin querer y por pura casualidad, dimos con un mirador excepcional. Sacamos del coche las banquetas de madera que habíamos comprado esa misma mañana, y nos preparamos el bocata con las mejores vistas que hubiésemos podido imaginar. Este pequeño pueblo medieval, a casi 800 metros de altitud sobre el nivel del mar, fue un antigua fortaleza sarracena. Apenas tiene dos calles principales y la visita es rápida pero sólo por ver las vistas sobre las Gargantas de Loup y el Mediterráneo, merece la pena la subida por las carreteras sinuosas desde Grasse.

1 de julio, enseguida notamos la operación salida, o entrada a la Costa Azul. Desde que bajamos a la civilización. Un tráfico densísimo nos tocó sufrir hasta llegar a Niza. El Aparta-hotel Adaggio que reservé en Avenue Californie pertenece a una cadena de este tipo de alojamiento, con apartamentos en toda Francia. No nos costó mucho encontrarlo, esta avenida es paralela al famoso paseo “Promenade des Anglais” con sus 7 kms de longitud. ¿Recomendaría este alojamiento? Pues la verdad es que por su ubicación sí, pero por las instalaciones, limpieza y espacio no, la verdad. Más que un apartamento, es una habitación grande con un baño y una mini cocina. Cuenta con piscina, y lo agradecimos. El bañito que nos pegamos antes de cenar, después de un día agotador, nos supo a Gloria Bendita! También es verdad que en Niza los precios, un 1 de julio están por las nubes, y este apartamento salió bien de precio (no encuentras nada por debajo de los 200 euros la noche). Dejo el enlace: https://www.adagio-city.com/es/aparthotel-niza.shtml?tid=176

Después del baño, cenamos en el balcón que daba a la piscina. Una buena ensalada, un vinito fresco y unas gambas. Ya estábamos en Niza, y al día siguiente nos esperaba otro día intenso.

Sábado 2: Niza – Saint-Jean de Cap Ferrat – Eze – Mónaco – Menton
¿Cuál es uno de los mayores gustos que me regalo cuando estoy en Francia? Desayunar café con croissants de mantequilla recién hechos en una boulangerie. Pequeños caprichos, pequeños placeres que te da la vida. Además, teníamos que andar los casi 7kms del paseo para llegar puntualmente a nuestra cita con la guía de Civitatis en la plaza Massena. Así que el súper desayuno lo íbamos a quemar sí ó sí. Un día espectacular, solazo y el mar azul de la Costa Azul, más azul que nunca. El Paseo (La Promenade des Anglais, cuyo nombre deriva de sus “mecenas” ingleses, el reverendo Lewis Way que costeó su construcción y el Duque de Connaught, hijo de la reina Victoria, quien le dio la forma actual en 1931), estaba lleno de paseantes, deportistas, turistas, perros, ciclistas y varios vagabundos que calentaban sus huesos al sol. A lo tonto, y después de 40 minutos de caminata casi llegamos tarde a la cita. Durante el paseo no pudimos dejar de pararnos ante las fachadas de los majestuosos e icónicos hoteles como el Negresco, una institución en Niza (en Cannes es el Martínez). En uno de sus jardines han ubicado un memorial a las víctimas del atentado terrorista del 14 de julio de 2016. Desde entonces la fiesta nacional del 14 de Julio, en Niza se celebra el día previo, el 13. En varios tramos del paseo vimos pivotes para evitar lo que pasó, que un camión pudiese entrar y arrollase a todo el que se le ponía delante.

Pregunté a una señora por la Plaza Massena después de comprar agua en un chino. Llegamos puntuales a la grandiosa, enorme, descomunal Plaza Massana. El punto central de Niza que divide la ciudad vieja y portuaria de la gran urbe que se ha ido formando detrás.  Estamos hablando de la quinta ciudad más poblada de Francia, después de París, Marsella, Lyon y Toulouse. Niza experimentó un fuerte incremento poblacional en la segunda mitad del siglo XIX por la llegada de inmigrantes italianos.

La guía de Civitatis resultó ser una guía excepcional. Peruana, viajó a Europa y se enamoró de Niza por su clima y su mar azul. Le puso ganas, nos contagió su entusiasmo y la verdad es que fue una visita que duró más de 3 horas y descubrimos el centro histórico de Niza que nos encantó. Empezamos por la Plaza Massena. Está considerada como  el centro de la ciudad de Niza. Fue construida en 1840 pero fue totalmente rehabilitada en 2007. Destacan las esculturas del artista español Jaume Plensa. La obra se llama “Conversation à Nice” y se trata de 7 esculturas de resina en forma de persona sentadas a cuclillas a unos 12 metros de altura que representan los 7 continentes. Estas esculturas se iluminan de noche y vale la pena pararse a contemplarlas. La Fuente du Soleil ocupa la zona más cercana  al centro histórico y desde allí se puede o bien, ir hacia el centro o seguir por el paseo, llamado Promenade des Arts.

Seguimos a la guía hacia el Teatro-Ópera de Niza, que se encuentra justo en frente de la pastelería más antigua de la ciudad, la archifamosa “Maison Auer”, de estilo Florentino, cuya especialidad son las frutas confitadas.  Estas dos instituciones de Niza tienen una larga historia que contar. El edificio actual de la Ópera se inauguró en el año 1885 y fue construido sobre el anterior, de madera, que databa del año 1776 y que ardió en un incendio. A pesar de su antigüedad, en su escenario y anfiteatro barrocos se siguen celebrando conciertos, obras de teatro y óperas. Quiero imaginar a la burguesía “Niçoise” saliendo de una ópera de Verdi y entrar en la Maison Auer, entre actos, para relamerse con sus “gourmandises”. Tan barroco, tan tremendamente exagerado….

Seguimos hacia la izquierda, hasta alcanzar el famoso mercado de las Flores. Antes nos enseñó en un escaparate, el símbolo de la ciudad y de la Costa azul, una silla azul. Habíamos visto en el paseo un monumento con una silla azul gigante y la guía nos explicó el significado. El uso de las sillas en el paseo marítimo siempre había sido de pago y de mimbre y de color blanco. Ante la llegada masiva de los turistas en los años 70, el alcalde mandó construir a un artesano local unas sillas más robustas, más resistentes y de color azul, como el mar azul de la Costa azul. Desde entonces, ya no son de pago, la gente protestó y cualquier persona se puede sentar en una de las sillas azules y deleitarse con ese mar Mediterráneo, con ese horizonte infinito.

Cuando llegamos al mercado de las flores estaba en plena ebullición. Los productores locales montan sus puestos de flores, de lavanda, por supuesto, de hortalizas, frutas, de comida típica “Nisarda”, como la Socca, una especie de de crêpe hecha con harina de garbanzos y aceite de oliva ó la “tourte de blettes” que es nada menos que una tarta de acelgas, que puede ser dulce o salada. Los lunes desaparecen los puestos de comida y flores y se convierte en un mercado de antigüedades. A ambos lados del mercado ocurren cosas. Por el lado izquierdo, el majestuoso Palacio de la Prefectura y del otro lado, hacia el mar, se puede subir a las escaleras que dan a las “terrasses des Ponchettes” para contemplar todos los palacios que flanquean la avenida “Cours Saleya”. Estas terrazas o azoteas de las antiguas casas de pescadores están cerradas al público pero hasta los años 60 se podía caminar por este original paseo con privilegiadas vistas al mar.

Cuando acabamos la visita del mercado, la guía nos condujo por calles estrechas hasta la fachada del Palacio Lascaris, otro ejemplo de Palacio de estilo Genovés. Los colores de los edificios del centro histórico de Niza fueron elegidos en el s XVI por el “Consiglio d´ornato”, una especie de Consejo de “decoración urbana”. Colores ocres, siena y amarillos son los colores autorizados aún hoy en día. Delante de la espectacular fachada del Palacio nos explicó la historia de la lavandera Cathérine Segourane. Según cuenta la leyenda, esta humilde lavandera desempeñó un papel decisivo al repeler el asedio de la ciudad por parte de los invasores turcos aliados con Francisco I, en el verano de 1543. En aquel entonces Niza pertenecía al Ducado de los Saboya. Aunque el ducado de Saboya , del que Niza formaba parte, había sido un protectorado francés durante Un siglo, Francisco I optó por atacar la ciudad de Niza con la fuerza aliada, principalmente porque Carlos III, duque de Saboya, lo había enfurecido al casarse con Beatriz de Portugal , convirtiéndose así en aliado de los Habsburgo. El caso es que al intentar el asedio, la lavandera animó al pueblo a luchar contra el enemigo y noqueó a un abanderado con su bastidor, tomando su bandera como signo de victoria. La Catalina de Aragón Nisarda culminó su hazaña, levantándose las sayas y mostrando sus nalgas al enemigo, o sea, un heroico “calvo” según los anales de la historia. Cuento, leyenda, o verdad verdadera, el caso es que la lavandera ha pasado a la historia.

A pocos metros del Palacio Lascaris, llegamos hasta la Plaza Rosetti, dónde se encuentra La Basílica-Catedral de Santa María y Santa Reparata, la patrona de la ciudad, otro ejemplo de Barroquismo en el más estricto sentido de la palabra. Su interior está inspirado en La Iglesia de San Pedro del Vaticano y está formado por diez capillas. El coro alberga una balaustrada de mármol y un altar mayor, ambos coronados por una representación de la Gloria de Santa Reparata. La Plaza Rosetti, es sencillamente una plaza Italiana, es realmente alucinante. A la Plaza Garibaldi (no sabía que el susodicho, el unificador de Italia era Nisardo) no nos llevó la guía porque dijo que estaba apartada. El apoyo francés a la reunificación italiana, le costó a Garibaldi que se utilizara Niza como moneda de cambio. Cuenta la historia que tanto los nizardos como los saboyardos votaron libremente su anexión a Francia pero lo cierto es, que en el momento de la votación Niza estaba ocupada por las tropas de Napoleón III, que las papeletas estaban escritas en francés (idioma que los nizardos no entendían) y que no habían papeletas con el “no” a la anexión. Muy democrático todo…

La guía nos llevó a otro punto interesante, al final del Paseo de los Ingleses, hay un ascensor (también se puede subir andando) que lleva, sin coste alguno, a la cima de la colina dónde hubo un castillo. Las vistas sobre Niza son las mejores, espectaculares. Por un lado del Parque de la colina del Castillo, se ve el puerto pesquero y deportivo y por el otro, la bahía de los ángeles – la Baie des Anges y toda la urbe que se extiende por kilómetros. Llegamos justo antes de las 12 del mediodía, y escuchamos un cañonazo. La guía nos explicó que hubo un escocés, afincado en Niza, Sir Thomas Conventry-More, que estaba harto de que su mujer saliera a pasear y llegara siempre tarde a preparar la comida. Mandó construir un cañón y lo instaló en la colina en el año 1861. Desde entonces, todos los días a las 12:00 suena ya no el cañonazo pero sí un cohete pirotécnico. Dejo aquí la curiosa historia:
https://blogs.20minutos.es/yaestaellistoquetodolosabe/la-curiosa-anecdota-sobre-por-que-en-niza-se-escucha-un-canonazo-cada-mediodia/

Cuando acabó la visita guiada, en lo alto de la colina, y con las vistas de la bahía de fondo, la guía nos hizo fotos al grupo y a una petarda que iba sola (no me extraña) y que le hizo hacerle un book de fotos, apartando a la gente del ángulo para que posara ella. Pobre guía, lo que tuvo que aguantar…. Dimos una vuelta por el Parque antes de volver a bajar en el ascensor. Había una Fiesta del Partido Comunista y nos tomamos una cerveza bien fresca en uno de los puestos a la salud de la Internacional comunista. Ya era la hora de comer y en el puerto vimos como se iba acercando un Ferry que iba o venía de Córcega. Ya abajo, las terrazas de los restaurantes estaban a rebosar, no cabía un alfiler. Hacía tanto calor que no nos sentimos con fuerzas para volver andando hasta el apartamento ni ara buscar un autobús. Cogimos un taxi y en menos de 10 minutos estábamos en la puerta de la recepción de los apartamentos cerrada a cal y canto. Fue culpa nuestra por devolver la llave, cerraban la recepción entre 12 y 2 de la tarde, menos mal que eran ya las dos menos veinte. Veinte preciosos minutos para tomarnos otra cervecita en un bar de esos tan franceses, en los que venden lotería y no hay un alma. Nunca he sabido cómo se ganan la vida en estos bares franceses, menos animados que un funeral en el mes de noviembre.

Por la tarde, después de comer y echar una siestita que nos supo a gloria, cogimos el coche para recorrer la costa desde Niza hasta el último pueblo francés que limita con la frontera italiana, Menton, el pueblo de los limones. El gps me mandaba por autopista pero lo apagué, aunque haya que ir a 50, merece la pena bordear la costa, es un espectáculo: Villefranche sur Mer, es el pueblo costero más cercano a Niza, hacia Italia, pero, a diferencia de Niza, sus playas son de arena fina y no de guijarros. A continuación, la exclamación, boquiabiertos nos quedamos viendo la península de Saint-Jean-de-Cap-Ferrat. En el origen, esta roca inmensa que sale al mar era un pequeño pueblo de pescadores y agricultores que se agrupaban en torno a una iglesia y a un puerto, formando parte del término municipal de Villefrance-sur-Mer. En el año 1876, la Compañía General de las Aguas creó un lago artificial en medio de un parque arbolado, era el inicio del paraíso estival de muchos habitantes de Niza que venían hasta aquí en coches de caballos a pasar el día. Hoy en día es todo un símbolo de la Costa Azul, de la Riviera Francesa. Mansiones como la del multimillonario Rothschild, la Villa Ephrussi y sus 9 jardines de ensueño, se mezclan con otras casonas no tan barrocas, ni tan rosas, pero sí deslumbrantes. No tuvimos tiempo de visitar los jardines, el tiempo se nos echaba encima pero sí, que dejo un video que he encontrado en Internet, sobran las palabras:
https://www.youtube.com/watch?v=6LTV2DNJkJ4

Todo el tramo que va desde Niza hasta Menton por la costa es un sendero de pequeños tesoros. El siguiente fue otro de los iconos de la Costa azul: Èze, otra joyita medieval frente a mar. La visita se inicia cruzando una doble puerta fortificada del s.XIV. Seguimos y nos encontramos con una plaza donde destaca la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, muy cercana a una pequeña capilla, en un callejón escondido, la Capilla de los Penitentes blancos. Poco a poco, se accede al gran atractivo de Èze, el Jardín exótico. Encaramado y con las mejores vistas sobre el Mediterráneo, este jardín cuenta con ejemplares exóticos de flores y plantas que crecen en terrazas con las mejores vistas sobre un mar azul que en días claros deja ver la isla de Córcega. Como ya vimos en Saint-Paul-de-vence, aquí también han buscado refugio, famosos como Bono el cantante de U2 o el escritor de Frederic Nietzsche, quien subiendo y bajando por un sendero empinado, montañoso que enlaza la costa con el pueblo medieval de Èze, encontró la inspiración para la tercera parte de su novela Así Habló Zaratustra. Este sendero que tantas veces transitó, ya lleva su nombre. No lo recorrimos pero sin duda el hombre elegía bien dónde encontrar a sus musas.

Y de repente, entre tanto pueblo bonito, y antes de llegar a nuestro destino final, Menton, ¿qué vimos? La mayor concentración de edificios y gente en menos de 2 km2, el Principado de Mónaco. Ya en su día, atracamos en el puerto, cuando hicimos el crucero por el Mediterráneo, allá en el año 2004, en nuestro viaje de bodas (aunque después me fui de verdad de viaje con mi amiga Mónica a la India y mi Santo me lo echará en cara toda la vida). Al grano, ver Montecarlo, su capital, desde la carretera, también impresiona, sobre todo por la densidad de población y cemento que transmite. Las mayores fortunas del mundo se apelotonan en este micro país, no lo entiendo…. Yo desde luego si tuviese opciones como esta gente no vendría a este lugar ni a heredar. Recuerdo que visitamos la zona del Palacio de los Grimaldi y el puerto deportivo, no hay prácticamente nada más interesante que ver. Cochazos, perros con pedigrí, yates descomunales y torres de pisos compitiendo entre sí en altura.

No quisimos ni entrar, ni parar, preferimos seguir ruta hasta Menton. Ya estaba atardeciendo, y tuvimos el gustazo de recorrer el pueblo de los limones y el carnaval, con la luz tardía, con la mejor luz del día. No nos daba tiempo a llegar hasta San Remo, una vez cruzada la frontera con Italia. Nos habían recomendado visitar su centro histórico y la Iglesia Ortodoxa rusa pero tuvimos que dejarlo para otra ocasión, nos centramos en Menton. Es una ciudad de postal que mira al Mediterráneo con un extenso y rico patrimonio arquitectónico y cultural. Uno de los edificios más importantes es la Basílica de Saint-Michel, es del s.XVII, aunque el campanario es de principios del XVIII y la fachada es del XIX. Abundan los palacetes, como el Palacio Carnolés (hoy en día el Museo de Bellas Artes), el Palacete de Ahémar de Lantagnac, que hoy en día alberga la Maison du Patrimoine, o la Villa Maria Serena, con sus magníficos jardines con vistas al mar. Hubo una importante colonia rusa en los tiempos de los Zares de la Familia Romanov, y se nota en el barroquismo de algunos edificios.

El color que predomina en Menton es el amarillo, no sé si por los limones (se venden zumos, jabones, todo tipo de objetos de decoración en amarillo limón) o por qué. Pero con la luz del atardecer que tuvimos la gran suerte de disfrutar, los colores ocres y dorados de sus calles y edificios nos parecieron de otro planeta. ¡Espectacular!!! (lo de los limones, es porque según parece aquí disfrutan de un microclima, parecido al de la costa californiana, favorable al cultivo de cítricos).

Había mucha gente, Menton es un destino turístico muy frecuentado por franceses, italianos y europeos en general. Llegamos andando hasta la zona de playas, abarrotadas de gente incluso en esas horas tardías. Aguas cristalinas, en unas playas que han hecho rendirse a personajes célebres como Vicente Blasco Ibáñez ó Jean Cocteau que cuenta con su propio museo. Y si hay que buscar una excusa para viajar hasta Menton, durante el mes de Febrero se celebra la Fiesta del Limón, también conocido como el Carnaval de Mentón. Carrozas y esculturas hechas con limones y naranjas desfilan por el pueblo y compiten en espectacularidad con el Carnaval de Niza que se celebra en las misas fechas.
https://www.youtube.com/watch?v=LFAXeaAi36s

El parking de Menton donde dejamos el coche estaba saturado, cuando fui a sacar el coche, nos dimos cuenta que lo habíamos aparcado en un sitio no “muy legal” pero, bueno, llegamos a punto para no recibir una bonita multa (ya la recibí semanas más tarde en mi buzón, por conducir a 55 en vez de a 50 esa misma tarde, recorriendo la costa Azul). Volvimos tranquilamente por la misma carretera hasta Niza (son apenas 30 kms, pero cunden mucho…). Vimos un cartel que indicaba Cabo Saint Martin y no me hubiese importado desviarme para ver la cabaña de mi admirado arquitecto, Le Corbusier (aunque sigue siendo inaccesible en coche y por libre, tiene que ser previa reserva de excursión guiada). Estaba tan orgulloso de su cabaña, rodeada de vegetación y con vistas al mar, que le comentó a un amigo que ese espacio de menos de 20m2 era tan preciado para él, que no le importaría morir allí. La historia de este refugio de madera es un culebrón venezolano: https://www.revistaad.es/arquitectura/galerias/le-cabanon-le-corbusier-eileen-gray

Y así, poco a poco, con calma, disfrutando del paisaje llegamos al anochecer a Niza. Las terrazas del Paseo de los ingleses estaban a tope de gente, normal para un sábado 2 de julio. Cenamos otra vez en el apartamento, nos dimos el último baño en la piscina y preparamos las maletas para salir de Niza al día siguiente.

Domingo 3: Antibes – Mougins – Cannes – Corniche d´or – Saint Tropez – Toulon
Cargamos el buche de croissants recién hechos y el coche de gasolina, nos esperaba otro día largo e intenso. Hacia el sur de nuevo, volvíamos por la costa hacia Montpellier. La primera parada que hicimos fue en el precioso pueblo de Antibes. Su ubicación en un atolón, me recordó a Peñíscola. Aparcamos a casi 1 km del centro histórico, pero merece la pena la caminata, a pesar del calor, Antibes lo merece. Un placer recorrer las calles que recorren el centro y que chocan contra el mar, a través de sus murallas del s.XVI. Si se dispone de tiempo, Antibes ofrece al viajero un Museo dedicado a Picasso, que vivió aquí, y transformó el antiguo castillo de los Grimaldi en un taller en el que pintó más de 60 obras. También, otra visita ineludible es la espectacular fortaleza del s. XVI, con forma de estrella, llamada “Fort Carré”. Construida por el Rey Enrique II de Francia, se ve desde varios ángulos ya que está situada en la península de Saint-Roch con vistas al Mediterráneo. Uno de los residentes más célebres fue Napoleón Bonaparte, encerrado allí por poco tiempo durante la Revolución Francesa. Lo tiene todo Antibes, playas de arena y aguas cristalinas, un centro histórico amurallado, museos, castillo, calles, tiendas, plazas y mercados provenzales. Una joyita entre Niza y Cannes.

38 grados marcaba el termómetro cuando dejamos Antibes. Por la costa queríamos seguir hasta Cannes pero antes nos desviamos hacia el interior para ver otro pueblo, Mougins. La sombra de Picasso es alargada en esta zona. Nada más llegar a este pequeño pueblo en lo alto de una colina, nos recibió un busto gigante del pintor malagueño, vecino de Mougins durante muchos años, aunque esté enterrado en un castillo en las cercanías, en el Castillo de Vauvenargues. Allí fue donde se retiró definitivamente, hasta el día de su muerte.

Mougins es un pueblo dedicado al arte, calles plagadas de galerías de arte y pequeños talleres que proliferan en casa esquina. Y no sólo el arte está presente en recintos cerrados, hay esculturas y pinturas al aire libre, en muchos rincones del pueblo, al alcance de la mano. Con forma de caracol, el núcleo urbano de Mougins se arremolina en torno a la Iglesia “Notre Dame de Vie”, con su torre románica del s.XVI, desde la que se divisa hasta la Bahía de Cannes.
En nuestro recorrido, íbamos buscando la sombra, el calor era intenso. Pero, de verdad, que merece y mucho la pena conocer y visitar Mougins. Habíamos subido a pié, desde el parking gratuito, pero, aviso a navegantes, hay un ascensor, junto a la Oficina de Turismo, en la explanada donde recibe al viajero, el busto de Picasso, que conecta el centro del pueblo con la parte baja del parking.

Desde Mougins, volvimos a la costa, en dirección a Cannes. Seguía haciendo un calor intenso y no aparcamos el coche al llegar al paseo de la Croisette. Optamos por recorrerlo de cabo a rabo en coche y con el aire acondicionado a tope. Si en Niza el hotel de los hoteles es el Negresco, aquí, en Cannes, es el Martínez. Un 5 estrellas con una larga e interesante historia:https://es.wikipedia.org/wiki/H%C3%B4tel_Martinez. Hay otros hoteles emblemáticos como el Carlton o el Majestic, pero el Martínez es historia de Cannes.

Mansiones, apartamentos de lujo con vistas increíbles, el paseo de la Croisette es sencillamente único. Lo que no me gustó tanto fue el Palacio de Congresos donde se celebra el celebérrimo Festival de Cine. Un edificio renovado en los 70, anodino que desentona totalmente con el entorno. Alguien pensará que el Kursaal de San Sebastián tampoco combina mucho con toda la belleza que le rodea pero, creo que por lo menos tiene personalidad, el de Cannes me pareció que podría perfectamente albergar un centro comercial o una pista de patinaje, en fin, cuestión de gustos: https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_de_Festivales_y_Congresos_de_Cannes

Poco a poco, a 30 por hora nos deleitamos con nuestro recorrido de la Croisette, por un lado, las playas y por el otro flipando con las mansiones, edificios y jardines que bordean la Croisette. Un sonoro aplauso para los jardineros municipales de Cannes, en mi vida había visto un paseo tan cuidado, unas flores tan bonitas y unos colores tan bien combinados. ¡Glamour!!
Culminamos el paseo, en el pueblo antiguo de Cannes. Por supuesto, ya no es el pueblo de pescadores de antaño, conocido como el Suquet, el centro histórico de Cannes es un laberinto de calles estrechas adoquinadas que suben y bajan por la colina que da al puerto deportivo “Vieux Port”, donde atracan multitud de yates de los archimillonarios que pululan por estos lares. Para ver las mejores vistas de la Bahía de Cannes, hay que subir a patita hasta la Iglesia gótica de Nuestra Señora de la Esperanza, y si aún hay ganas, también se puede visitar el Museo del Castillo de la Castre, donde se muestran exposiciones etnográficas sobre la Costa Azul. Cannes nos despedía pero también nos invitaba a iniciar uno de los recorridos más bonitos de los realizados en 20 años del diario viajero, la ruta de la Corniche d´or.

Esta ruta que se inicia muy cerca de Cannes, desde La Napoule hasta Saint-Raphaël por la costa, bordea el litoral y recorre unos 30 kms de curvas sinuosas viendo el mar. Algo así como conducir el BMW del anuncio, dejando el brazo izquierdo mecerse con la brisa marina y dejándose llevar por una de las rutas más bonitas del planeta. Por supuesto, soñar es gratis, seguimos conduciendo nuestro coche pero sí que fuimos, por casualidad, toda la ruta detrás de un coche modelo americano descapotable, que lo conducía un chico, acompañado de su novia, al más puro estilo Cary Grant y Grace Kelly. Casualidades de la vida pero que en ese preciso momento era lo que tocaba, seguir a la parejita “made in Hollywood”.

Echando la vista atrás, a medida que íbamos avanzando, veíamos la Bahía de Niza, la de Cannes, las calas entre paredes rocosas llenas de gente, no cabía ni un alfiler. Si pudiese volver ahora mismo lo haría, es una ruta que hay que hacerla una vez en la vida, muy recomendable. Es la quinta esencia de la Costa Azul, ni más, ni menos.

Al llegar a Saint-Raphaël, un pueblo costero que sin ser tan famoso y visitado como otros, también cuenta con puerto deportivo y una estética provenzal, ya nos tocaba volver hacia el interior para llegar a nuestro siguiente destino: Saint-Tropez. Y ¿quién no ha oído hablar de esta localidad, meca de ricachos de cuna y de los de nueva creación?. Yo tenía curiosidad, por pisar sus calles impolutas, por ver los escaparates de las “grandes”, y por oler a petrodólar recién impreso. Y bueno, es un parque temático, un “port-aventura” a la medida de Paris Hilton, me quedo con los pueblos de la Provenza de los primeros días, con cualquiera de ellos.

El puerto de Saint-Tropez es bonito, tiene su aquél. Eso sí, no huele a pescado, sólo huele a gasoil de los yates y embarcaciones hechos a la medida del ego de los propietarios. Calles limpísimas, vitrinas igual de limpias, transparentes, y unos helados buenísimos, a 6 euros la bola. Nuestro paseo no duró mucho tiempo, una hora escasa, para hacernos una idea de este “Puerto Banús” a la francesa. Relamiendo el helado de mango y pistacho, que todo hay que decirlo estaba buenísimo, volvimos poco a poco sobre nuestros pasos para seguir ruta hacia nuestro destino final del día: Toulon.

Lunes 4: Toulon- Narbonne – Tolouse
Cerca de Toulon nos despertamos. La reserva la hice en un hotel que me llamó la atención porque parecía un “motel” americano, con terrazas abiertas a la piscina y a pie de carretera. El “interiorismo” muy francés, muy estética años 70, sofás de sky y flores artificiales. Pero tampoco podíamos pedir grandes lujos por 70 euros la noche con piscina. El baño a última hora de la tarde, después de un día intenso, caluroso y largo en kilómetros es el mejor regalo.

Al principio no pensaba parar en Toulon, tenía la idea de que básicamente es una ciudad “militarizada”, una importante base naval como Cartagena y poco más, pero una vez más me pudo más la curiosidad y a primera hora del día amerizamos en la ciudad portuaria. Toulon vive por y para el mar. Aparcamos junto al puerto deportivo y empezamos el paseo desde el mar hacia adentro. Los yates de Saint Tropez no tienen cabida en el poco glamuroso puerto de Toulon, aquí más bien tienen cabida los tatuajes, los cortes de peinado al cero y una numerosa población magrebí que vive en las calles colindantes al puerto. Caminando con calma bordeamos el puerto y cruzamos una gran avenida que daba a las calles del centro de Toulon.

Hicimos una parada en una terraza de un bar, de esos en los que venden lotería también, para tomarnos un café, rodeados de los parroquianos que hablaban árabe entre sí. Eso sí, como en Fez o en Marrakech, aquí en Tolon (en occitano) tampoco había mujeres en las terrazas, coto reservado a la testosterona. Callejear sin rumbo, eso hicimos en Toulon.

Hay varios edificios majestuosos en esta ciudad portuaria, el de la Ópera es uno de ellos. Está situado en la plaza de la Libertad, rodeada de palmeras y fuentes, y diseñada por Georges-Eugène Hausmann, el creador de los bulevares de París. La Catedral de Nôtre-Dame de la Seds es un ejemplo de eclecticismo, su antigüedad es visible en el interior, porque el exterior con una fachada neoclásica de lo más anodina, es algo fría, tan marcial como la ciudad.

Las fuentes sí que son colosales. Hay varias en el viejo Toulon pero destacan la Fontaine-Lavoir de Saint-Vincent, que se llama así porque además de surtidores de agua, dispone de abrevaderos para lavar ropa, la Fontaine des Trois Dauphins, en la plaza Puget, y por supuesto, la Fuente monumental o Fontaine de la Féderation, en la plaza de la Libertad, con la estatua de la Libertad, que simboliza la misma que se envió de Francia a Estados Unidos como signo de la alianza entre los dos países. Desde esta plaza, desde el Boulevard de Estrasburgo, hacia arriba, se formó la parte alta de la ciudad, en las faldas del Monte Faron, al que se puede acceder en teleférico. Esta ciudad “nueva” o alta, entre el Boulevard y la estación de tren, fue construida en el s.XIX bajo el mandato de Luis Napoleón. El estilo arquitectónico de esta parte de la ciudad, con el sello Hausmann, es muy diferente al centro histórico, cercano al puerto, pero también merece la pena patear sus avenidas y calles.

Como dije al principio, Toulon me recordó mucho a Cartagena, ciudad que por cierto tenía ganas de conocer y tuvimos la ocasión de hacerlo en nuestro último viaje a Almería pocos meses antes. Barroquismo, historia, luminosidad mediterránea y protagonismo de sus puertos mercantil, deportivo y militar. Dos ciudades que podrían estar hermanadas. Toulon lo está con la Spezia (no me extraña), y Cartagena, entre otras con Cartago (tampoco me extraña).

A las 12 más o menos salimos de Toulon hacia Montpellier. Esta vez no había pérdida, ni incendios, ni cambios de sentido, ni desvíos de 300 kms. Por la autopista, directos hasta Narbonne, para volver a ver la Catedral de las Catedrales del sur de Francia, con permiso de otras colosales como las de Avignon, Albi o Marsella. Si en su día nos impactó su altura, esta vez volvimos a quedarnos boquiabiertos. Dentro del conjunto del Palacio de los Arzobispos, su construcción nunca fue concluida y un paseo por su interior es una experiencia religiosa, como la canción, sobrenatural y sobrecogedora. Otra dimensión. Dejo un vídeo muy interesante:
https://www.youtube.com/watch?v=SkBQiMyBhXA

Ya sólo nos quedaban 151 kms para llegar a Tolouse, nuestro destino final y casi última etapa del viaje. Yo conocía la ciudad pero Daniel no, y tenía ganas de volver porque la recordaba muy animada, muy universitaria y poco afrancesada, más bien, la más “españolizada” de Francia. Directos a nuestro apartamento, que desde aquí recomiendo, (el de Niza no, pero este sí):
https://www.myresidhome.com/toulouse/residhome-toulouse-occitania/apparthotel-residence-hoteliere.html

Instalaciones nuevas, limpieza aséptica, personal amable y apartamento espacioso y completo, ¿qué más puede pedir?, un buen precio… pues también, no llega a los 70 euros por noche en temporada alta. Y para más inri, cuenta con piscina, no muy grande pero sí lo suficiente como para darse un baño después de un día intenso. Así lo hicimos, nos dimos un baño que nos dejó como nuevos y fuimos al súper más cercano para comprarnos la cena. Una buena ensalada y un salmón con verduras gratinado que nos supo a gloria. La visita de Toulouse la dejamos para el día siguiente, el último de nuestro viaje por la Costa Azul y Provenza.

Martes 5: Tolouse – Genat – Pamplona
Más de 40.000 exiliados republicanos llegaron a Tolouse y puede que sea una de las razones, o la principal, para que esta ciudad sea más española que francesa. Se nota en el ambiente, terrazas llenas, vida en la calle. La ciudad rosa, como Bolonia, Tolouse no está hecha de piedra sino de arcilla, de ladrillo rojo. Aparcamos en el parking subterráneo que hay en la gigantesca plaza del Capitolio. Inmensa, con un gran mosaico que representa la Cruz occitana, su perímetro está rodeado de soportales, decorados con frescos que cuentan historias locales y bajo los que se ubican, cafés, restaurantes, joyerías y tiendas de todo tipo. Esta gran plaza es el punto desde donde salen las calles y avenidas que componen el centro histórico y que en su mayoría son peatonales e invitan al paseo.

Dimos un buen paseo por el centro y descubrimos, más bien buscamos, en la parte más al norte del centro histórico, la Basílica de Saint-Sernin, la mayor iglesia románica del país, patrimonio de la Unesco. El templo se construyó entre los siglos XI al XIV, para proteger y dar cobijo a las reliquias de San Sernin, primer obispo de Toulouse en la época romana y que en Pamplona es conocido como San Cernin o San Saturnino, siendo uno de los patrones de Pamplona. La leyenda dice que en el año 250 en la plaza del capitolio los habitantes de Toulouse estaban sacrificando un toro para ofrecérselo a los dioses romanos en honor al emperador, y le ofrecieron a San Sernin participar en el sacrificio, pero él al ser cristiano rechazó participar. Desairados, los tolosanos de la época decidieron martirizar a San Sernín atándole a un toro y arrastrándolo por la calle que conduce hasta el capitolio y que hoy en día lleva el nombre de la rue du Taur (calle del Toro). Parece claro que Tolouse y Pamplona tienen una larga historia en común.

Nos gustó mucho la Basílica, por dentro y por fuera: no es tan alta como la de Narbonne (creo que es única en su especie) pero sí que es de grandes dimensiones. Allá va:
https://www.youtube.com/watch?time_continue=39&v=F5hSLuN2rMA&feature=emb_logo
Tolouse es el centro histórico pero también sus barrios y su gran río, el Garona, el que atraviesa Burdeos, hacia el Oeste. El barrio de Carmes que pateamos, es el barrio del centro histórico, el de las terrazas, el del “savoir-vivre” a la española. Junto al de Carmes, recorrimos una parte del Barrio de Saint-Etienne, elegante, señorial, con palacetes renacentistas y tiendas de las marcas exclusivas, aunque el barrio más comercial es de la Bolsa (Bourse-Daurade), con tiendas “hipster”, vintage, con ropa de segunda mano y los muelles de la Daurade con las mejores vistas sobre el Garona. El Barrio de Saint-Aubin, es el barrio alternativo, el Montmartre de Tolouse, donde cada domingo se celebra un mercado de artesanía y brocantería. EL Barrio de Chalets, es el barrio residencial de los Tolosanos con más pedigrí y, por último, el Barrio de Saint-Cyprien, el multicultural, el de la orilla izquierda del Garona que siempre fue cobijo de peregrinos y exiliados, hoy en día, es el barrio de las culturas, de los museos y de las mejores vistas sobre la ciudad, desde el otro lado del río.

A mediodía nos despedimos de Tolouse, recorriendo la orilla del río. ¡Cómo me gustan las ciudades con río!. Nos fuimos con la promesa firme de volver, nos quedamos con las ganas de quedarnos más tiempo pero teníamos una cita ineludible, a una hora de camino, hacia el sur, hacia los Pirineos, hacia un pueblo perdido en la cumbre de una montaña, llamado Genat.

Y ¿qué se nos había perdido en este rincón perdido? El refugio veraniego de la madre de mis días, no podía haber elegido un sitio más recóndito, ni menos accesible…El entorno es bonito, no se puede negar pero podía haber elegido yo qué sé, una playa en el País Vasco-francés, o cualquier otro lugar sin necesidad de ascender más de 1000 metros por un camino de cabras (antes estaba peor me asegura). En fin, allí que llegamos puntuales para el aperitivo antes de comer como habíamos acordado. La verdad es que después de los 38 grados de Niza, agradecimos comer a la fresca, con chaqueta incluida. 26 habitantes, buen lugar para aislarse del mundanal ruido no? ¿Mar ó montaña? Yo personalmente prefiero el mar abierto pero reconozco que el entorno de Genat, en el departamento de Ariège es para verlo y descubrirlo. ¿Quién sabe? Igual en unos años soñamos con pasar el verano a la fresca, respirando aire puro pirenaico. Y así acabamos nuestro periplo, despidiéndonos de mi santa madre hasta septiembre y recorriendo toda la cordillera por el lado francés, desde Genat (al otro lado de Andorra) hasta la frontera de Irún, una auténtica gozada. Son 360 kms de pastos, colinas, bosques y curvas más o menos sinuosas. Bueno, en realidad, hay un buen tramo de autopista que cogimos porque si no, se nos echaba la noche encima y al día siguiente teníamos que estar preparadísimos para la Fiesta de las Fiestas. También me hubiese gustado desviarme y conocer el Santuario de Lourdes y Pau, dos lugares cercanos a Pamplona, pero que nunca había tenido la ocasión o las ganas de ir. Así que, el País Vasco-Francés ó Iparralde lo dejamos para otro diario viajero, creo que merece verdaderamente un capítulo aparte.

¡Qué diferentes los pastos pirenaicos a la Costa Azul y los campos de lavanda!, cada lugar de este bendito mundo tiene sus tesoros y me faltan vidas para descubrirlos… Siguiente capítulo: “Poesía eres tú, Soria”.

2 comentarios en “Ooooh Lá Lá!!!

  1. Creo que es de los mejores mondos lirondos que he leído. No sé si porque me enamora el destino o porque está tan bien contado o porque huele a lavanda y cielo azul. Será también que hay un arranque cómico-trágico que nos divierte de lo lindo antes de meternos en faena. Una audacia abarcar en pocos días tantos sitios -no es de extrañar que esta vez no les acompañen sus niñas- y crear un menú rápido para tanto que ver. Otra joyita que guardar en la bandeja de Planes Viajeros. Merci beaucoup!

    1. Muchísimas gracias querido lector, la verdad es que el destino como bien dices huele a lavanda y a cielo azul y lo recomiendo al 100%!
      Ojalá puedas comprobarlo y lo disfrutes tanto como nosotros. Un abrazo.

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